Teoria de medios - Apuntes del profesor Paez de Bibliotecologia primer año



La Cocina del sentido – Roland Barthes – Unidad 1
Un vestido, un automóvil, un plato cocinado, un gesto, una película cinematográfica, una música, una imagen publicitaria, un mobiliario, un titularle diario, de ahí objetos en apariencia totalmente heteróclitos. ¿Qué pueden tener en común? Por lo menos esto: son todos signos. Cuando voy por la calle —o por la vida— y encuentro estos objetos, les aplico a todos, sin darme cuenta, una misma actividad; que es la de cierta lectura: el hombre moderno, el hombre de las ciudades, pasa su tiempo  leyendo.


Lee, ante todo y sobre todo, imágenes, gestos, comportamientos: este automóvil me comunica el status social de su propietario, esta indumentaria me dice con exactitud la dosis de conformismo, o de excentricidad, de su portador, este aperitivo el estilo de vida de mi anfitrión. Aun cuando se trata de un texto escrito, siempre nos es dacio leer un segundo mensaje entre las líneas del primero: si leo en grandes titulares: «Pablo VI tiene miedo,. esto quiere decir también: «Si usted lee lo que sigue, sabrá por qué

 Todas estas «lecturas son muy importantes en nuestra vida implican  demasiados valores sociales, morales, ideológicos, para que una reflexión sistemática pueda dejar dé intentar tomarlos en consideración: esta reflexión es la que, por momento al menos, llamamos semiología ¿Ciencia de los mensajes sociales? ¿De los mensajes culturales? ¿De las informaciones de segundo grado? ¿Captación de todo lo que es teatro en el mundo, desde la pompa eclesiástica hasta el corte de pelo de los Beatles, desde el pijama de noche hasta las vicisitudes de la política internacional? Poco importa por el momento la diversidad o fluctuación de las definiciones.

 Lo que importa es poder someter a un principio de clasificación una  enorme masa  de hechos en apariencia anárquicos, y la significación es la que suministra este principio: junto a las diversas determinaciones (económicas, históricas, psicológicas) hay que prever ahora una nueva cualidad del hecho: el sentido.. El mundo está lleno de signos, pero estos signos no tienen todos la bella simplicidad de las letras del alfabeto, de las señales del código vial o de los uniformes militares: son infinitamente más complejos y sutiles.
La mayor parte de las veces los tomarnos por informaciones. naturales; se encuentra una ametralladora checoslovaca en manos de un rebelde congoleño: hay aqui una información incuestionable sin embargo, en la misma medida en que uno no recuerda al mismo tiempo el número de armas estadounidenses que están utilizando los defensores del gobierno, la información se convierte en un segundo signo. ostenta una elección y politica. Descifrar los signos del mundo quiere decir. siempre fuel ar contra cierta inocencia de los objetos. Comprendemos el francés tan «natural-mente«, que jamás se nos ocurre la idea de que la lengua fran::csa es un sistema muy complicado y muy poco «natural« de signos y de reglas: de la misma manera es necesaria una sacudida incesante de la observación para adaptarse no al contenido de los mensajes sino a su hechura: dicho brevemente: el seiniólogo, como el lingüista, debe entrar en la «cocina del sentido. Esto constituye tina empresa inmensa. ¿Por qué? Porque un sentido nunca puede analizarse de manera aislada.
 Si establezco que el filtrejean es el signo de cierto dandismo adolescente, o el puchero, fotografiado por una revista de lujo, el de tina rustick:ad bastante teatral, y si llego a multiplicar estas equivalencias para constituir listas de signos como las columnas de un diccionario, no habré descubierto nada nuevo. Los signos están constituidos por diferencias. Al comienzo del proyecto semiológiáo se pensó que la tarea principal era, según la fórmula de Saussure, estudiar la vida de los signos en el seno de la vida social, y por consiguiente reconstituir los sistemas semánticos de objetos (vestuario, alimento, imágenes, rituales, protoco-los, músicas, etcétera). Esto está por hacer. Pero al avanzar en este proyecto, ya inmenso, la semiología encuentra nuevas tareas: por ejemplo, estudiar esta misteriosa operación mediante la cual un mensaje cualquiera se impregna de un segundo sentido, difuso, en general ideológico, al que se denomina sentido connotado si leo en un diario el titular siguiente: «En 13ombay reina una atmósfera de fervor que tto e.xcluve ni el lujo ni el triunfalismo'', recibo ciertamente una infori-nación.1 literal sobre la atmósfera del Congreso Eucarístico, pero percibo también tina frase estereotipo, formada por un sutil balance de negaciones que me remite a una especie de visión equilibrada del mundo; estos fenómenos son constantes; ahora es preciso estudiarlos ampliamente con todos los recursos de la 'lingüística. Si lás tareas de la semiología crecen incesantemente es porque hecho nosotros descubrimos cada vez más la importancia y la extensión de la significación en el mundo; la significación se convierte en la , manera de pensar del mundo moderno, un poco como el hecho constituyo anteriormente la unidad de reflexión de la ciencia positiva. 

UNA CLAVE DE LA NATURALEZA DEL HOMBRE: EL SIMBOLO

EL BIÓLOGO Johannes von Uexküll ha escrito un libro en el que emprende una revisión crítica de los principios de la biología. Según él es una ciencia natural que tiene que ser desarrollada con los métodos empíricos usuales, los de observación y experimentación; pero el pensa-miento biológico no pertenece al mismo tipo que el penSamiento físico o químico. Uexküll es un resuelto campeón del vitalismo y defiende el principio de la autonomía de la vida. La vida es una realidad última y que depende de sí misma; no puede ser descrita o explicada en términos de física o de química Partiendo de este punto de vista Uexküll desarrolla un nuevo es-quema general de investigación biológica. Como filósofo es un idealista o fenomenista, pero su fenomenismo no se basa en consideraciones metafísicas o epistemológicas sino que se funda, más bien, en principios em-píricos. Como él mismo señala, representaría una es-pecie verdaderamente ingenua de dogmatismo suponer que existe una realidad absoluta de cosas que fuera la misma para todos los seres vivientes. La realidad no es una cosa única y homogénea; se halla inmensamente diversificada, poseyendo tantos esquemas y patrones diferentes cuantos diferentes organismos hay. Cada organismo es, por decirlo así, un ser monádico. Posee un mundo propio, por  lo mismo que posee una experiencia peculiar. Los fenómenos que encontramos en la vida de una determinada especie biológica no son transferibles a otras especies. Las experiencias, y por lo tanto, las realidades, de dos organismos diferentes son inconmesurables entre sí. En el mundo de una mosca, dice Uexküll, encontramos sólo "cosas de mosca", en el mundo de un erizo de mar encontramos sólo "co-sas de erizo de mar". Partiendo de este supuesto general desarrolla Von Uexküll un esquema verdaderamente ingenioso y original del mundo biológico; procurando evitar toda inter-pretación psicológica sigue, por entero, un método objetivo o behaviorista. La única clave para la vida animal nos la proporcionan los hechos de la anatomía compa-rada; si conocemos la estructura anatómica de una es-pecie animal estamos en posesión de todos los datos necesarios para reconstruir su modo especial de experiencias. Un estudio minucioso de la estructura del cuerpo animal, del número, cualidad y distribución de los diversos órganos de los sentidos y de las condiciones del sistema nervioso, nos proporciona una imagen perfecta del mundo interno y externo del organismo. Uexküll comenzó sus investigaciones con el estudio de los organismos inferiores y las fue extendiendo poco a poco a todas las formas de la vida orgánica. En cierto sentido se niega a hablar de formas inferiores o supe-riores de vida. La vida es perfecta por doquier, es la misma en los círculos más estrechos y en los más am-plios. Cada organismo, hasta el más ínfimo, no sólo se halla adaptado en un sentido vago sino enteramente coordinado con su ambiente. A tenor de su estructura anatómica posee un determinado. sistema "receptor" y un determinado sistema "erector."

 El organismo no podría sobrevivir sin la cooperación y equilibrio de es-tos dos sistemas. El receptor por el cual una especie biológica recibe los estímulos externos y el efector por el cual reacciona ante los mismos se hallan siempre estrechamente entrelazados. Son eslabones de una misma cadena, que es descrita por Uexküll como "círculo funcional".1 No puedo entretenerme en una discusión de los principios biológicos de Uexküll; me he referido únicamente a sus conceptos y a su terminología con el propósito de plantear una cuestión general. ¿Es posible emplear el esquema propuesto por Uexküll para una descripción y caracterización del mundo humano? Es obvio que 1 Véase Johannes von Uexküll, Theoretische Biologie (2' ed. Berlín, 1938); Umwelt uncí Innenwelt der Tiere (1909; ed. Berlín, 1921).
este mundo no constituye una excepción de esas leyes biológicas que gobiernan la vida de todos los demás organismos. Sin embargo, en el mundo humano encon Luir - tramos una característica nueva que parece consti  la marca distintiva de la vida del hombre. Su círculo funcional no sólo se ha ampliado ...cuantitativamente sino que ha sufrido también un cambio cualitativo. El hombre, como' si dijéramos, ha descubierto un nuevo método para adaptarse á su ambiente. Entre etodasl sistema las receptor y el efector, que se encuentran en  especies animales, hallamos en él como eslabón inter-medio algo que podemos señalar como sistema "simbólico". Esta nueva adquisición transforma la totalidad de la vida humana. Comparado con los demás animales el hombre no sólo Vive en una realidad más amplia sino, por decirlo así, en una nueva dimensión de la realidad. Existe una diferencia innegable entre las reac-cion-es orgánicas y las respuestas humanas. En el caso primero, una respuesta directa e inmediata sigue al estímulo externo, en el segundo respuesta es demo-rada, es interrumpida y retardada por un proceso lento y complicado de pensamiento. A primera vista semejante demora podría parecer una ventaja bastante equívoca; algunos filósofos han puesto sobre aviso al hombre acerca de este pretendido progreso.

 El hombre que medita, dice Rousseau, "es un animal depravado": sobrepasar los límites de la vida orgánica no representa una mejora de la naturaleza humana sino su deterioro. Sin embargo, ya no hay salida de esta reversión del orden natural. El hombre no puede escapar de ',su pro-pio logro, no le queda más remedio que adoptar las condiciones de su propia vida; ya no vive solamente en un puro universo físico sino en un universo simbólico. El lenguaje, el mito, el arte y la religión constituyen partes de este universo, forman los diversos hilos que tejen la red simbólica, la urdimbre complicada de la experiencia humana. Todo progreso en pensamiento y experiencia afina y refuerza esta red. El hombre no puede enfrentarse ya con la realidad de un modo inmediato; no puede verla, como si dijéramos, cara a cara. La realidad física parece retroceder en la misma proporción que avanza su actividad simbólica. En lu-gar de tratar con las cosas mismas, en cierto sentido, conversa constantemente consigo mismo. Se ha envuel-to en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en símbolos míticos o en ritos religiosos, en tal forma que no puede ver o conocer nada sino a través de la inter-posición de este medio artificial. Su situación es la misma en la esfera teórica que en la práctica. Tampoco en ésta vive en un mundo de crudos hechos o a tenor de sus necesidades y deseos inmediatos. Vive, más bien, en medio de emociones, esperanzas y temores, ilusiones y desilusiones imaginarias, en medio de sus fantasías y de sus sueños. "Lo que perturba y alarma al hombre —dice Epicteto—, no son las cosas sino sus opiniones y figuraciones sobre las cosas." Desde el punto de vista al que acabamos de llegar podemos corregir y ampliar la definición clásica del. hombre. A pesar de todos los esfuerzos del irraciona-lismo moderno, la definición del hombre como animal racional no ha perdido su fuerza. La racionalidad es un rasgo inherente a todas las actividades humanas. La misma mitología no es una masa bruta de supersticio-nes o de grandes ilusiones, no es puramente caótica, pues posee una forma sistemática o conceptual;2 pero, por otra parte, sería imposible caracterizar la estruc-tura del mito como racional. El lenguaje ha sido identificado a menudo con la razón o con la verdadera fuen-te de la razón, aunque se echa de ver que esta definición no alcanza a cubrir todo el campo. En ella, una parte se toma por el todo: pars pro toto. Porque junto al lenguaje conceptual tenemos un lenguaje emotivo; jun-to al lenguaje lógico o científico el lenguaje de la ima-ginación poética. Primariamente, el lenguaje no expre-sa pensamientos o ideas sino sentimientos y emociones. Y una religión dentro de los límites de la pura razón, tal como fue concebida y desarrollada por Kant, no es más que pura abstracción. No nos suministra sino la forma
Véase Cassirer, Die Begriffsform im mythischen Den-ken (Leipzig, 1921).
ideal, la sombra de lo que es una vida religiosa genuina y concreta. Los grandes pensadores que definieron al hombre como animal racional no eran empiristas ni trataron nunca de proporcionar una noción empírica de la naturaleza humana. Con esta definición expresaban, más bien, un imperativo ético fundamental. La razón es un término verdaderamente inadecuado para abarcar las formas de la vida cultural humana en toda su riqueza y diversidad, pero todas estas formas son formas simbólicas. Por lo tanto, en lugar de definir al hombre como un animal racional lo definiremos como un animal simbólico. De este modo podemos designar su diferencia específica y podemos comprender el nuevo camino abierto al hombre : el camino de la civilización.

III. DE LAS REACCIONES ANIMALES A LAS RESPUESTAS HUMANAS

CON NUESTRA definición del hombre como animal simbólico hemos llegado a la primera etapa para investi-gaciones ulteriores. Es necesario desarrollar ahora en algún grado esta definición para dotarla de una mayor precisión. Es innegable que el pensamiento simbólico y la conducta simbólica se hallan entre los rasgos más característicos de la vida humana y que todo el pro-greso de la cultura se basa en estas condiciones. ¿Pero estamos autorizados para considerarlas como dote especial del hombre, con exclusión de los demás seres orgánicos? ¿No constituye el simbolismo un principio que puede retrotraerse hasta una fuente mucho más hon-da y que posee un ámbito de aplicabilidad mucho más amplio? Si respondemos a esta cuestión en sentido negativo habrá que confesar nuestra ignorancia en lo que concierne a muchas cuestiones fundamentales que han ocupado perennemente el centro de la atención en la filosofía de la cultura. La cuestión acerca del origen del lenguaje, del arte y de la religión no encontrará respuesta y quedaremos abandonados frente a la cultura como ante un hecho dado que parece, en cierto sentido, aislado y, por consiguiente, ininteligible. Se comprende que los científicos hayan rehusado siempre aceptar semejante solución. Han realizado grandes esfuerzos para conectar el hecho del simbolis-mo con otros hechos bien conocidos y más elementales. Se ha sentido que este problema revestía una importancia extraordinaria pero, por desgracia, pocas veces ha sido abordado con una mente enteramente abierta. Desde un principio ha sido oscurecido y enturbiado por otras cuestiones que pertenecen a un campo de las dis-cusiones completamente diferente. En lugar de proporcionarnos una descripción y un análisis netos del fenómeno mismo, el cambio de ideas en torno a este problema se ha convertido en una disputa metafísica.
 Ha resultado el caballo de batalla de los diversos sis-temas metafísicos: entre idealismo y materialismo, en-tre espiritualismo y naturalismo. Para todos estos sis-temas la cuestión del simbolismo se ha convertido en un problema crucial del que parecía depender la forma futura de la ciencia y de la metafísica. No nos interesa en este lugar este aspecto del problema, ya que nos hemos propuesto una tarea mucho más modesta y concreta. Trataremos de describir la actitud simbólica del hombre en una forma más rigu-rosa, para así poderla distinguir de otros modos de comportamiento simbólico que .se dan en el reino animal. No cabe duda que no siempre los animales reaccionan ante los estímulos en una forma directa y que son capaces de una reacción indirecta. Los tan cono-cidos experimentos de Pávlov nos proporcionan una rica masa de pruebas empíricas por lo que se refiere a los estímulos llamados "representativos." En el caso de los monos antropoides, un estudio experimental muy interesante llevado a cabo por Wolf ha puesto en eviciencia la realidad de la respuesta a las señales. Los animales aprendían a responder a las señales sustitutivas del alimento de la misma manera en que respondían al alimento mismo. Según  Wolfe, los resultados de diversos y prolongados experimentos de aprendizaje han demostrado que en el comportamiento de los monos antropoides tienen lugar los procesos simbólicos. Robert M. Yerkes, que describe estos experimentos en su último libro, saca una importante conclusión general. Es evidente que [los procesos simbólicos] son relativamente raros y difíciles de observar. Puede uno continuar poniendo en duda su existencia, pero yo sospecho que en la actualidad serán iden-tificados como antecedentes de los procesos sim-bólicos humanos. Abandonamos, pues, el tema én una etapa de desarrollo de lo más incitante, en el momento en que parecen inminentes descubri-mientos de importancia. (Chimpanzees. A Labo-ratory Colony, New Haven, Yale University Press, 1943, p. 189).
Sería prematuro hacer ninguna predicción con res-pecto al desenvolvimiento futuro de este problema. Hay que dejar el campo abierto para futuras investigaciones. Por otra parte, la interpretación de los hechos experimentales depende siempre de cierto concepto funda-mental que debe ser esclarecido antes de que el mate-rial empírico pueda producir sus frutos. La psicología y la psicobiología modernas parecen tomar en conside-ración esta circunstancia. Creo altamente significativo que no sean los filósofos sino los observadores e inves-tigadores empíricos quienes, en la actualidad, parecen desempeñar papel directivo en la solución de este pro-blema. Nos dicen éstos que, después de todo, no es meramente empírico sino, en alto grado, lógico. Recientemente, George Révész ha publicado una serie de artículos en los que parte de la proposición de que la cuestión, tan apasionadamente debatida, del llamado "lenguaje animal" no puede ser resuelta sobre la base de meros hechos de psicología animal. Quien examine las diferentes tesis y teorías psicológicas con una mente crítica y limpia de prejuicios, tiene que llegar a la conclusión de que no es posible esclarecer el problema refiriéndolo sencillamente a las formas de la comunicación animal y a ciertas demostraciones obtenidas mediante la domesticación y el aprendizaje. Todas ellas admiten las interpretaciones más contradictorias. Por eso es necesario, ante todo, encontrar un punto de par-tida lógicamente correcto que nos pueda conducir a una interpretación natural y sana de los hechos empí-ricos. El punto de partida lo representa la determina-ción conceptual del lenguaje.2 En lugar de ofrecer una
Révész, "Die Menschlichen Kommunikationsformen und die sogenannte Tiersprache", Proceedings of the Nether-lands Akademie van Wetenschappen, XLIII (1940), Nos. 9. 10; XLIV (1941), N9 1.
definición ya hecha del lenguaje sería mejor acaso pro. ceder en el sentido de la tentativa. El lenguaje no cons-tituye un fenómeno simple y uniforme. Se compone de elementos diferentes que ni biológica ni sistemática-mente se hallan en el mismo nivel. Debemos intentar encontrar el orden y las correlaciones de sus elementos constitutivos; por decirlo así, tenemos que distinguir las diversas capas geológicas del lenguaje. La primera y fundamental es, sin duda, el lenguaje emotivo; una gran porción de toda expresión humana corresponde todavía a esta capa. Pero existe una forma de lenguaje que nos muestra un tipo bien diferente;, la palabra ya no es una mera interjección, no es una expresión invo-luntaria del sentimiento,- sino-parte de una oración que posee una estructura sintáctica y lógica definidas .3 Es cierto que ni en el lenguaje altamente desarrollado, en el lenguaje teórico, se ha roto por completo la cone-xión con el primer elemento. Apenas si podemos encon-trar una frase, exceptuando acaso los puros enunciados formales de las matemáticas, que no lleve algún tinte sentimental o emotivo.4 En el mundo animal encon-traremos en abundancia analogías y paralelos con el lenguaje emotivo. Por lo que respecta a los chimpancés, Wolfgang Koehler nos dice que consiguen un grado considerable de expresión por medio de gesticulaciones. La rabia, el terror, la desesperación, el disgusto, la soli-citud, el deseo, las ganas de jugar y la satisfacción son expresados en esta forma. Sin embargo, falta un elemento que es caracteríStico e indispensable en todo lenguaje humano: no encontramos signos que posean una referencia objetiva o sentido.
Se puede admitir como positivamente probado
3 Para la distinción entre el lenguaje simplemente emo-tivo y el "tipo normal de comunicación de ideas, que es el idioma", véanse las observaciones de la introducción de la obra de Edward Sapir,
 Larzguage (Nueva York, Harcourt Brace, 1921; trad. esp. Feb.:, México, 1962; Breviario 96). 4 Para más detalles véase Charles Bally, Le langage et la vie (París, 1936).

—dice Koehler— que todo su juego fonético es enteramente subjetivo y que sólo puede expresar emociones y jamás designar o describir objetos. Pero poseen tantos elementos fonéticos comunes también al lenguaje humano, que su falta de len-guaje articulado no puede ser atribuida a limitaciones secundarias (glosolabiales). Tampoco sus gesticulaciones de morro y cuerpo, lo mismo que sus manifestaciones sonoras, designan o "describen" nunca objetos (Bühler). ("Zur Psychologie des Schimpansen", Psychologische Forschung, 1 1921, 27.) Aquí tocamos en el punto crucial de todo nuestro problema. La diferencia entre el lenguaje proposicional y el lenguaje emotivo representa la verdadera frontera entre el mundo humano y el animal. Todas las teorías y observaciones concernientes al lenguaje animal a las que se les escapa el reconocimiento de esta diferencia fundamental carecen de significación.5 En toda la abun-dante bibliografía sobre la materia no parece haber prueba concluyente de que ningún animal diera jamás este paso decisivo de lo subjetivo a lo objetivo, del lenguaje afectivo al lenguaje proposicional. Koehler insiste enérgicamente en que el lenguaje se halla defini-tivamente fuera del alcance del mono antropoide. Sostiene que la falta de ese recurso técnicó inestimable y la gran limitación de esos componentes tan importantes del pensamiento, las llamadas imágenes, constituye Pronto se intentó trazar una distinción aguda entre el idioma proposicional y el emotivo en el terreno de la psico-patología del lenguaje. El neurólogo inglés Jackson introdujo el término "lenguaje proposicional" con el objeto de señalar algunos fenómenos patológicos muy interesantes. Vio que muchos enfermos que sufren de afasia no pierden el uso de la palabra, pero no pueden emplear ésta en un sentido objetivo proposicional. La distinción de Jackson se reveló muy útil. Ha desempeñado un papel importante en el desarrollo ulterior de la psicopatología del lenguaje. Para detalles, véase Cassirer, Philosophie der Symbolischen Formen, III, cap. VI, pp. 237-323.
yen las causas que impiden que el animal logre jamás n inicio de desarrollo cultural.° A la misma conclusión llega Révész. El lenguaje, afirma, es un concepto antropológico que, por lo tanto, tiene que ser entera-mente descartado del estudio de la psicología animal. Si partimos de una definición clara y precisa del len-guaje, resultan automáticamente eliminadas todas las otras formas de expresión que encontramos también en los animales? Yerkes, que ha, estudiado el problema con especial interés, nos habla en un tono más positivo. Está convencido de que, en lo que respecta precisamen-te al lenguaje y al simbolismo,- existe una relación estrecha entre el hombre y el mono antropoide. "Esto nos sugiere que acaso hemos dado con una etapa filo-genética primitiva en la evolución de los procesos sim-bólicos. Hay pruebas abundantes de .que varios otros tipos de 'procesos de signo', diferentes del simbólico, ocurren con frecuencia y funcionan efectivamente 'en. el chimpancé." ("Pre-ling,uistic. Sing Behavior in Chim-panze" Science LXXXIX, 587.) Pero todo esto resulta definitivamente prelingüístico. Según la opinión del mismo Yerkes, estas expresiones funcionales son extre-madamente rudimentarias y simples y de una utilidad limitada, si las comparamos con- el proceso cognoscitivo humano.° No hay que confundir la cuestión genética con la cuestión analítica y fenoMenolóca. El análisis lógico del lenguaje humano nos conduce siempre a un elemento de importancia primordial que no encuentra paralelo en el mundo animal. La teoría general de la evolución de ningún modo se opone al reconocimiento de este hecho. Hemos aprendido, precisamente en el campo de los fenómenos de la naturaleza orgánica, que la evolución no excluye cierto género de creación ori-ginal; hay que admitir la mutación súbita y la evolu-ción emergente. La biología moderna ya no habla de evolución en los términos que lo hacía el primitivo darwinismo; tampoco explica sus causas de la misma
Koehler, The Mentality of Apes, p. 277. Révész, op. cit., XLIII, Parte II (1940), 33. 8 Yerkes, Chimpanzees, p. 189.
manera. Podemos admitir que los antropoides han rea-lizado un importante paso hacia adelante en el desarro-llo de ciertos procesos simbólicos, pero tenemos que subrayar que no han alcanzado el umbral del mundo humano. Penetraron, por decirlo así, en un callejón sin A los fines de una exposición clara del problema hay que distinguir cuidadosamente entre signos y sím-bolos. Parece un hecho comprobado que se da un com-plejo sistema de signos y señales en la conducta ani-mal, y hasta podemos decir que algunos animales, especialmente los domesticados, son extremadamente susceptibles a ellos.9 Un perro reaccionará a los cam-bios más pequeños en la conducta de su dueño; alcan-zará a distinguir las expresiones de -un rostro o las Tilo- dulaciones de una voz humana») Pero hay una distancia inmensa desde estos fenómenos a la inteligencia del
Esta susceptibilidad ha sido comprobada, por ejemplo, en el famoso caso de "Juan, el listo" que hace unas decenas de años fue un caso sensacional pára los psicólogos. "Juan, el listo" era un caballo que manifestó poseer una inteligencia asombrosa. Podía calcular extraños y complicados proble-mas aritméticos, extracción de raíces cúbicas, etc., golpean-do el suelo tantas veces como la solución del problema lo requería. Fue nombrado un comité especial de psicólogos y otros expertos para investigar el caso. Se aclaró que el animal reaccionaba a ciertos movimientos de su dueño Cuando su dueño estaba ausente o éste no comprendía la pregunta, el caballo no contestaba. io Para ilustrar este punto quiero mencionar otro ejem-plo muy destacado. El psicobiólogo Dr. Pfungst, que ha des-arrollado algunos métodos nuevos e interesantes para el estudio de la conducta de los animales, me contó una vez que recibió una carta de un mayor sobre un problema muy curioso. El mayor tenía un perro que le acompañaba en sus paseos. Siempre que el dueño se preparaba para salir el animal daba señales de gran alegría y excitación. Un día, el mayor decidió hacer un pequeño experimento. Como si pretendiese salir, se puso su sombrero, tomó su bastón e hizo los preparativos acostumbrados, pero sin intención de salir. Con gran sorpresa observó que el perro no se dejó engañar lo más mínimo y que permaneció tranquilamente lenguaje simbólico y humano. Los famosos experimen-tos de Pávlov prueban solamente que los animales pue-den ser entrenados con facilidad para reaccionar no sólo a los estímulos directos sino a toda suerte de estímulos indirectos o representativos. Una campana, por ejemplo, podrá convertirse en una "señal para comer" y un animal puede ser entrenado a no tocar su alimen-to si no se produce esta señal. Esto nos dice, tan sólo, que el experimentador ha conseguido en ese caso cam-biar la "situación de alimento" del animal; la ha complicado introduciendo deliberadamente en ella un nuevo elemento.
 Todos los fenómenos descritos común-mente como reflejos condicionados no sólo se hallan muy lejos sino en oposición con el carácter esencial del pensamiento simbólico humano; los símbolos, en el sentido propio de esta palabra, no pueden ser reducidos á meras señales. Señales y símbolos corresponden a dos universos diferentes del discurso: una señal es una parte del mundo físico -del ser; un símbolo es una parte del mundo humano del sentido. Las señales son "ope-radores"; los símbolos son "desig,nadores".11 Las seña-les, aun siendo entendidas y utilizadas como tales, po-seen, no obstante, una especie de ser físico o sustancial; los símbolos poseen únicamente un valor funcional. Si tenemos presente esta distinción podremos abor-dar uno de los problemas más controvertidos. La cues-tión de la inteligencia de los animales ha constituido siempre uno de los mayores rompecabezas de la filoso-
en su rincón. Después de un breve periodo de observación, el Dr. Pfungst pudo resolver el misterio. En la habitación del mayor había un escritorio con cajones que contenían documentos valiosos e importantes. El mayor tenía la cos-tumbre de tirar de los cajones, antes de salir de casa, para asegurarse de que quedaban bien cerrados. No procedió así el día en que pretendió engañar al perro, y para éste aquel gesto era un elemento imprescindible para crear la situación necesaria de "salir de paseo". Sin esta señal el perro no reaccionaba. 11 Para la distinción entre operadores y designadores, véase Charles Morris, "The Foundation of the Theory of Signs", Encyclopedia of the Unified Sciences (1938).
fía antropológica. Se han prodigado enormes esfuerzos, tanto de pensamiento como de observación, para respon-der a esta cuestión; pero la ambigüedad y la vaguedad del término "inteligencia" ha impedido siempre una solución clara ¿Cómo podemos responder a una cues-tión cuyo significado no, entendemos? Los metafísicos y los científicos, los naturalistas y los teólogos han em-pleado la palabra "inteligencia" con sentidos varios y contradictorios. Algunos psicólogos, y psicobiólogos se han negado en redondo a hablar de la inteligencia de los animales. En toda la conducta animal no ven más que el juego de un cierto automatismo. Esta tesis está respaldada por la autoridad de Descartes, pero ha sido reafirmada en la psicología moderna.
El animal, —dice E. L. Thorndike en su obra sobre La inteligencia animal— no piensa que una cosa es igual a otra ni tampoco, como se ha dicho muchas veces, confunde una cosa con otra. No piensa, en modo alguno, acerca de ello; piensa. justamente ello... La idea de que el animal reac-ciona a una impresión sensible particular y abso-lutamente definida y consciente y que una reac-ción similar a una impresión sensible que difiere., de la anterior prueba una asociación por semejan-za, es un mito.
Observaciones posteriores más exactas condujeron a una conclusión diferente. En el caso de los animales superiores se vio que eran capaces de resolver proble-mas más bien difíciles y que estas soluciones no se conseguían de -un modo puramente mecánico, por en-sayo y error. Como observa Koehler, existe la mayor diferencia entre una solución por puro azar y una solu-ción genuina, de suerte que la primera puede ser fácil-mente distinguida de la segunda. Parece innegable que, por lo menos algunas de las reacciones de los animales superiores, no son mero producto del azar sino que se hallan guiadas por una "visión"
Si enterídernos por inteligencia la adaptación al medio ambiente o la 1110. dificación adaptadora del ambiente tendremos que atri-buir al animal una inteligencia relativamente muy des-arrollada. También hay que reconocer que no todas las acciones animales se hallan gobernadas por la pre-séncia de un estímulo inmediato. El animal es capaz de toda suerte de rodeos en sus reacciones. No sólo puede aprender el uso de instrumentos sino inventar instrumentos para sus propósito,s. Por eso, algunos psi-cobiólogos no dudan en hablar de una imaginación creadora o constructiva de los animales.I3 Pero ni esta inteligencia ni esta imaginación son del tipo específi-camente humano. En resumen' podemos decir que el animal posee una imaginación y una inteligencia prác-ticas, mientras que sólo el hombre ha desarrollado una nueva fórmula: una inteligencia y una imaginación sirn-bólica_s. Por otra parte, es 'evidente en el desenvolvimiento mental de la psique individual la transición de una for-ma a otra, de una actitud meramente práctica a una actitud simbólica; pero este paso constituye el resultado final de un proceso lento y continuo. No es fácil distinguir las etapas individuales de este complicado proceso si apelamos a los métodos usuales de la obser-vación psicológica. Pero disponemos de otro camino que nos puede proporcionar la visión del carácter ge-neral y de la importancia extraordinaria de esta tran-sición. La naturaleza misma, por decirlo así, ha reali-zado un experimento. que proporciona una luz inesperada sobre lo que se debate. Se trata de los casos clásicos de Laura Bridgman y de Heleo Keller, dos criaturas ciegas y sordomudas que aprendieron a hablar gracias a métodos especiales. Aunque los dos casos son bien conocidos y han sido tratados con frecuencia en la bi-
12 Véase Koehler, op. cit., cap:* v-ri, "Chance and Imi-tation". 13 Véase R. M. y A. W. Yerkes, Vise Great Apes (New Haven., Vale University Press, 1929)-;. pp. 368 ss., 520 ss.
bliografía psicológica» creo conveniente traerlos a re-cordación una vez más porque representan, acaso, la mejor ilustración del problema general que nos viene ocupando. La señora Sullivan, maestra de Helen Keller, ha registrado la fecha exacta en que la niña empezó a comprender realmente el sentido y la función del len-guaje humano. Reproduzco sus palabras: Tengo que escribirle algunas líneas esta ma-ñana porque ha ocurrido algo verdaderamente im-portante. Helen ha dado el segundo gran paso en su educación. Ha aprendido que cada cosa tiene un nombre y que el alfabeto manual es la llave para todo lo que desea conocer... Esta mañana, mientras se estaba lavando, deseó conocer el nom-bre del "agua." Cuando desea conocer el nombre de algo señala en su dirección y acaricia mi mano. Yo deletreé, "a-g-u-a" y ya no pensé más en el asunto hasta después del desayuno... Más tarde fuimos a la fuente e hice que Helen tuviera la jarra bajo el grifo en tanto que yo daba a la bom-ba. Mientras salía el agua fría y llenaba la jarra deletreé "a-g-u-a" sobre la mano abierta de Helen. La palabra, que se juntaba a la sensación del agua fría que caía sobre su mano, pareció ponerla en marcha. Retiró la jarra y se quedó como extá-tica. Su cara parecía resplandecer. Deletreó "agua" varias veces. Se inclinó hacia el suelo y preguntó por su nombre y señaló hacia la fuente y, dando rápidamente la vuelta, preguntó por mi nombre. Deletreé "maestra". Al volver a la casa se hallaba muy excitada y aprendió el nombre de todos los objetos que tocaba, de suerte que en pocas horas ha añadido treinta nuevas palabras a su vocabu-lario. A la mañana siguiente anduvo como un hada
14 Sobre Laura Bridgman véase Maud Howe y Florence Howe Hall, Laura Bridgman (Boston, 1903); Mary Swift Lamson, Life and Education of Laura Dewey Bridgman (Boston, 1881); Wilhelm Jerusalem, Laura Bridgman, Erzie-i hung einer Taubstumm-Blinden (Berlín, 1905). 60
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radiante. Volaba, de objeto en objeto preguntando por el nombre de cada cosa y besándome de pura alegría... Todas las cosas tienen que tenor ahora un nombre. Adonde quiera que vayamos pregunta con ansiedad por el nombre de cosas que no ha aprendido en casa. Se halla ansiosa por deletrear con sus amigas y más ansiosa todavía por enseñar las letras a cualquiera que encuentre. Elimina los signos y las pantomimas que utilizaba antes en cuanto dispone de palabras que los suplan y la adquisición de una nueva palabra le produce el mayor gozo. Nos damos cuenta de que su cara se hace cada díá más expresiva.r5
Imposible describir en forma más impresionante el paso decisivo que conduce del uso de signos y panto-mimas al empleo de palabras. ¿Cuál fue el verdadero descubrimiento de la criatura en este momento? Helen Keller aprendió antes a combinar una cierta cosa o suceso con un cierto signo del alfabeto manual. Se estableció una asociación fija entre estas cosas y ciertas impresiones táctiles. Pero una serie de tales asociacio-nes, aunque se repitan y amplíen, no implica la inteli-gencia de lo que es y significa el lenguaje humano. Para llegar a esta inteligencia la criatura tiene que hacer un descubrimiento nuevo, mucho más importante. Tiene que comprender que cada cosa tiene un nombre, que la función simbólica no se halla restringida a casos particulares sino que constituye un principio de aplica-bilidard universal que abarca todo el campo del pensa-miento humano. En el caso de Helen Keller este des-cubrimiento se produjo como un choque súbito. Era una niña de siete años que, con excepción de los defec-tos en el uso de ciertos órganos de los sentidos, se hallaba en excelente estado de salud y poseía una inte-ligencia muy desarrollada. Por el descuido de su edu-cación se había retrasado mucho. Pero, repentinamen-
Véase Helen Keller, The Story of Life (Nueva York, Doubleday, Page & Co., 1902, 1903). Nota suplemen-tana sobre la vida y la educación de Helen Keller, pp. 315 ss
te, tuvo lugar el desarrollo crucial. Operó como una revolución intelectual. La niña empezó a ver el mundo o una nueva luz. Ha aprendido a emplear las palabras, no meramente como signos o señales mecánicas, sino como un instrumento enteramente nuevo de pensamiento. Se le ha abierto un nuevo horizonte, y de aquí en ade-lante la criatura podrá pasearse' a discreción en esta área incomparablemente ancha y libre. Lo mismo podemos observar en el caso -de Laura Bridgman, aunque su historia es menos espectacular. Tanto en capacidad mental como en desarrollo intelec-tual Laura era muy inferior a Helen. Su vida y su educación no contienen los mismos elementos dramá-ticos que encontramos en Helen Keller. Pero en los dos casos se hallan presentes los mismos elementos típicos. Después que Laura aprendió el uso del alfabeto ma-nual, también alcanzó repentinamente el punto en que comenzó a comprender el simbolismo del lenguaje hu-mano. Encontramos a este respecto un paralelismo sorprendente entre los dos casos. "Nunca olvidaré, —es-cribe miss Drew, una de las primeras maestras de Laura— la primera comida que hicimos después que se dio cuenta del uso del alfabeto manual. Todo objeto que tocaba tenía que tener un nombre y tuve que lla-mar a alguien en ayuda para que me vigilara los otros niños mientras ella me entretenía en deletrear las nuevas palabras." 18
El principio del simbolismo, con su universalidad, su validez y su aplicabilidad general, constituye la palabra mágica, el "sésamo ábrete" que da acceso al mundo es-pecíficamente humano, al mundo de la cultura. Una vez que el hombre se halla en posesión de esta clave má-gica está asegurado el progreso ulterior. Semejante progreso no resulta obstruido o imposibilitado por nin-guna laguna del material sensible. El caso de Helen Keller, que alcanzó un alto grado de desarrollo psíquico y de cultura intelectual, nos muestra de una manera 16 Véase Mary Swift Lamson, Life and Education of Lau-ra Dewey Bridgman, the Deaf, Dumb and Blind Girl (Bos-ton, Houghton, Mifflin Co., 1881), pp. 7 ss.
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clara e irrefutable que un ser humano nó depende en la construcción de su mundo humano de la cualidad de su material sensible. Si fueran verdad las teorías del sensualismo, si cada idea no fuera más que una copia tenue de una impresión sensible original, la con-dición de una criatura ciega, sorda y muda tendría que ser desesperada, pues estaría privada de las verdade-ras fuentes del conocimiento; sería, como si dijéramos, un desterrado de la realidad. Si estudiamos la autobio-grafía de Helen Keller nos percatamos de que esto no es verdad y, al mismo tiempo, comprendemos por qué no es verdad. La cultura deriva su carácter específico y su valor intelectual y moral no del material que la compone sino de su forma, de su estructura arquitec-tónica. Esta forma puede ser expresada con cualquier material sensible. El lenguaje verbal posee una ventaja técnica muy grande comparado con el lenguaje tác-til, pero los defectos técnicos de, este último no destru-yen su uso esencial. El libre desarrollo del pensamiento simbólico y de la expresión simbólica no se- halla obs-truido por el mero empleo de signos táctiles en lugar de los verbales. Si el niño ha. conseguido captar el "sentido" del lenguaje humano, ya no importa tanto el material particular en el que este "sentido" se le hace accesible. Como lo prueba el caso de Helen Keller, el hombre construye su mundo simbólico sirviéndose de los materiales más pobres y escasos. Lo que vitalmente importa no son los ladrillos y las piedras concretos sino su función general como forma arquitectónica. En el reino del lenguaje, su función simbólica general es la que vivifica los signos materiales y los "hace hablar"; sin este principio vivificador el mundo humano sería sordo y mudo. Con este principio, hasta el mundo de una criatura sordomuda y ciega puede llegar a ser incomparablemente más ancho y rico que el mundo del animal más desarrollado. Una de las mayores prerrogativas del simbolismo humano es la aplicabilidad universal, debida al hecho de que cada cosa posee un nombre. Pero no es la única. Existe otra característica de los símbolos que acompaña y completa a ésta y forma su necesario correlato. Un símbolo no sólo es universal sino extremadamente variable.
Puedo expresar el mismo sentido en idiomas diversos y, aun dentro de los límites de un solo idioma. una misma idea o pensamiento puede ser expresada en términos diferentes. Un signo o señal está relacionado con la cosa a que se refiere de un modo único y fijo. Todo signo concreto e individual se refiere a una cierta cosa individual. En los experimentos de Pávlov el perro puede ser entrenado fácilmente a buscar la comida únicamente después de darle una señal especial; no comerá hasta oír un sonido particular, que puede ser escogido a discreción del experimentador.
 Pero esto no guarda analogía alguna, como falsamente se ha interpretado tantas veces, con el simbolismo humano; por el contrario, se halla en oposición con el simbolismo. Un símbolo humano genuino no se caracteriza por su uniformidad sino por su variabilidad. No es rígido o inflexible sino móvil. Es verdad que el darse cuenta plena de esta movilidad parece ser, más bien, un logro tardío en el desarrollo intelectual y cultural del hombre; la mentalidad primitiva raramente se percata de esto. El símbolo sigue considerado como una propiedad de la cosa, o igual que otras propiedades físicas.
En el pensamiento mítico, el nombre de un dios es parte integral de su naturaleza. Si no invoco al dios con su debido nombre la invocación resulta inoperante. Lo mismo ocurre con las acciones simbólicas. Un rito religioso, un sacrificio, tendrán que ser realizados siempre de la misma manera y con el mismo orden si quieren tener éxito.17 Los niños se quedan a menudo muy perplejos cuando se dan cuenta por primera vez que no todo nombre de un objeto es un nombre propio y que la misma cosa puede tener nombres diferentes en idiomas diversos. Propenden a pensar que una cosa "es" lo que se la llama. Mas esto representa sólo el primer paso. Todo niño normal aprenderá
17 Para más detalles véase Cassirer, Sprache und ,tÍythos (Leipzig, 1925).
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muy pronto que puede usar varios símbolos para ex-presar el mismo deseo o pensamiento. Es obvio que en el mundo animal no existe paralelo para esta variabilidad y movilidad.18 Mucho antes de que Laura Bridg. man aprendiera a hablar desarrolló un modo verdadero de expresión, un lenguaje propiamente suyo. No consistía en sonidos articulados sino en diversas expresiones guturales que son descritas como "ruidos emotivos". Tenía la costumbre de emitir estos ruidos ante la presencia de ciertas personas. De este modo resultaban enteramente individualizadas; cada persona de su al-rededor era saludada con una emisión especial. "Siempre que encontraba inesperadamente a un conocido —es,_ cribe el Dr. Lieber—, emitía repetidamente la 'palabra' de esta persona antes de que empezara a hablar. Era la manifestación del reconocimiento agradable." 19
Pero cuando, gracias al alfabeto manual, la niña captó el sentido del lenguaje humano, la cosa cambió. Ahora el "ruido" realmente se convirtió en un nombre; y "este nombre no se hallaba vinculado a una persona concreta sino que podía ser cambiado si las circunstancias pare-cían requerirlo. Así, un día Laura recibió una carta de su anterior maestra, miss Drew, quien, habiéndose ca-sado, era ahora la señora Morton. En esta carta invi. taba a Laura a visitarla. Esto le complació mucho, pero encontró que miss Drew había cometido una falta, porque había firmado la carta con su antiluo nombre en lugar de usar el nombre de ,su esposo. Dijo que tenía que encontrar otro "ruido" para su maestra, pues el que correspondía a Drew no podía ser el mismo que el que correspondía a Morton.2° Es claro que los "ruidos" anteriores han sufrido un cambio de sentido importante y muy interesante. Ya no son expresiones especiales, inseparables de una si-
13 Sobre este problema véase W. M. Urban, Language and Reality, Parte I, III, 95 ss. 19 Véase Francis Lieber "A Paper on the Vocal Sounds of Laura Bridgman", Smithsonian Contributions to Knoi.v-ledge, II, art. 2, p. 27. 20 Véase Mary Swift Lamson, op. cit., p. 84.

tuación concreta particular. Se han convertido en nom-bres abstractos. Porque el nuevo nombre inventado por la niña no designaba a un nuevo individuo sino al .mis-mo individuo en una nueva relación. Sursze ahora otro aspecto importante de nuestro problema general: el problema de la dependencia en que se halla el pensamiento relacional con el pensamien-to simbólico. Sin un sistema complejo de símbolos, el pensamiento relacional no se produciría y mucho me-- nos alcanzaría su pleno desarrollo. No sería correcto decir que el mero darse cuenta de relaciones presupone un acto intelectual, un acto de pensamiento lógico o abstracto. Semejante percatamiento es necesario hasta en los actos elementales de percepción. La teoría sensua-lista solía describir la percepción como un mosaico de simples datos sensibles. Los pensadores de esta escue-la no veían el hecho de que la sensación misma no es eh modo alguno un mero agregado o haz de impresio-nes aisladas. La moderna psicología de la Gestalt ha rectificado esta idea. Ha mostrado cómo el proceso per-ceptivo más simple implica elementos estructurales fun-damentales, ciertas pautas *o configuraciones. El prin-cipio se aplica tanto al mundo humano como al animal. Se ha demostrado experimentalmente la presencia de estos elementos estructurales —especialmente estructu-ras espaciales y ópticas— en etapas relativamente in-feriores de la vida animal.21 Por lo tanto, el mero per-catarse de las relaciones no puede ser considerado como un rasgo específico de la conciencia humana. Sin embargo, encontramos en el hombre un tipo especial de pensamiento relacional que no encuentra paralelo en el mundo animal. En el hombre se ha desarrollado una capacidad para aislar relaciones, para considerarlas en su sentido abstracto. Para captar este sentido no depen-de ya de datos sensibles concretos, de datos visuales, 21
 Véase Wolfgang Koehler, "Optische Untersuchungen am Schimpansen und am Haushuhn; Nachweis einfacher Strukturfunktionen beim Schimpansen und beim Haushuhn' , Abhandtungen der Berliner Akademie der Wissenschaf ten (1915, 1918).
auditivos, táctiles, kinestésicos; considera estas rela-ciones "en sí mismas", cdyzó avió, como dice Pla-tón. La geometría representa el ejemplo clásico de este viraje en la vida intelectual del hombre. En la geo-metría elemental no nos hallamos vinculados a la apre-hensión de figuras singulares concretas; no nos ocu-parnos de cosas físicas o de objetos perceptivos, pues estudiamos relaciones espaciales universales para cuya expresión disponemos de un simbolismo adecuado. Sin el paso preliminar del lenguaje humano no hubiese sido posible esta conquista. En todas las pruebas que se han hecho acerca de los procesos de abstracción o gene-ralización en los animales este punto ha resultado evi-dente. Koehler pudo mostrar la capacidad de los chim-pancés para responder a la relación entre dos o más objetos en lugar de a un objeto particular. Enfrentado con dos cajas que contienen alimento, el chimpancé escoge siempre la mayor, en virtud de un entrenamien-to general previo, aunque el objeto particular elegido haya sido rechazado en un experimento anterior por ser el menor de la pareja. Se probó igual capacidad para responder al objeto más próximo, al más brillante, al más azul, en vez de a un objeto concreto. Los resul-tados de Koehler fueron confirmados y ampliados por experimentos ulteriores.
 Se mostró además que los animales superiores son capaces de lo que ha sido lla-mado el "aislamiento de factores perceptivos". Poseen la capacidad de destacar una cualidad perceptiva par-ticular de la situación experimental y de reaccionar conforme a ella. En este sentido, los animales son ca-paces de abstraer el color del tamaño y de la forma o la forma del tamaño y el color. En unos experimentos realizados por la señora Kohts, un chimpancé fue capaz de seleccionar entre una colección de objetos que va-riaban extremadamente en lo que respecta a cualidades visuales aquellos que tenían una sola cualidad co-mún; así, por ejemplo, podía recoger todos los objetos de un color determinado y colocarlos en un buzón. Es-tos ejemplos parecen probar que los animales superiores son capaces de ese proceso que Hume, en su teoría del tuación concreta particular. Se han convertido en nom-bres abstractos. Porque el nuevo nombre inventado por la niña no designaba a un nuevo individuo sino al .mis-mo individuo en una nueva relación. Sursze ahora otro aspecto importante de nuestro problema general: el problema de la dependencia en que se halla el pensamiento relacional con el pensamien-to simbólico. Sin un sistema complejo de símbolos, el pensamiento relacional no se produciría y mucho me-- nos alcanzaría su pleno desarrollo. No sería correcto decir que el mero darse cuenta de relaciones presupone un acto intelectual, un acto de pensamiento lógico o abstracto. Semejante percatamiento es necesario hasta en los actos elementales de percepción. La teoría sensua-lista solía describir la percepción como un mosaico de simples datos sensibles. Los pensadores de esta escue-la no veían el hecho de que la sensación misma no es eh modo alguno un mero agregado o haz de impresio-nes aisladas. La moderna psicología de la Gestalt ha rectificado esta idea. Ha mostrado cómo el proceso per-ceptivo más simple implica elementos estructurales fun-damentales, ciertas pautas *o configuraciones. El prin-cipio se aplica tanto al mundo humano como al animal. Se ha demostrado experimentalmente la presencia de estos elementos estructurales —especialmente estructu-ras espaciales y ópticas— en etapas relativamente in-feriores de la vida animal.21 Por lo tanto, el mero per-catarse de las relaciones no puede ser considerado como un rasgo específico de la conciencia humana. Sin embargo, encontramos en el hombre un tipo especial de pensamiento relacional que no encuentra paralelo en el mundo animal. En el hombre se ha desarrollado una capacidad para aislar relaciones, para considerarlas en su sentido abstracto. Para captar este sentido no depen-de ya de datos sensibles concretos, de datos visuales, 21
 Véase Wolfgang Koehler, "Optische Untersuchungen am Schimpansen und am Haushuhn; Nachweis einfacher Strukturfunktionen beim Schimpansen und beim Haushuhn' , Abhandtungen der Berliner Akademie der Wissenschaf ten (1915, 1918).
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auditivos, táctiles, kinestésicos; considera estas rela-ciones "en sí mismas", cdyzó avió, como dice Pla-tón. La geometría representa el ejemplo clásico de este viraje en la vida intelectual del hombre. En la geo-metría elemental no nos hallamos vinculados a la apre-hensión de figuras singulares concretas; no nos ocu-parnos de cosas físicas o de objetos perceptivos, pues estudiamos relaciones espaciales universales para cuya expresión disponemos de un simbolismo adecuado. Sin el paso preliminar del lenguaje humano no hubiese sido posible esta conquista. En todas las pruebas que se han hecho acerca de los procesos de abstracción o gene-ralización en los animales este punto ha resultado evi-dente. Koehler pudo mostrar la capacidad de los chim-pancés para responder a la relación entre dos o más objetos en lugar de a un objeto particular. Enfrentado con dos cajas que contienen alimento, el chimpancé escoge siempre la mayor, en virtud de un entrenamien-to general previo, aunque el objeto particular elegido haya sido rechazado en un experimento anterior por ser el menor de la pareja. Se probó igual capacidad para responder al objeto más próximo, al más brillante, al más azul, en vez de a un objeto concreto.
 Los resul-tados de Koehler fueron confirmados y ampliados por experimentos ulteriores. Se mostró además que los animales superiores son capaces de lo que ha sido lla-mado el "aislamiento de factores perceptivos". Poseen la capacidad de destacar una cualidad perceptiva par-ticular de la situación experimental y de reaccionar conforme a ella. En este sentido, los animales son ca-paces de abstraer el color del tamaño y de la forma o la forma del tamaño y el color. En unos experimentos realizados por la señora Kohts, un chimpancé fue capaz de seleccionar entre una colección de objetos que va-riaban extremadamente en lo que respecta a cualidades visuales aquellos que tenían una sola cualidad co-mún; así, por ejemplo, podía recoger todos los objetos de un color determinado y colocarlos en un buzón. Es-tos ejemplos parecen probar que los animales superiores son capaces de ese proceso que Hume, en su teoría del desde un sector bien diferente. Investigaciones recientes en el campo de la psicopatología del lenguaje han conducido a la conclusión de que su pérdida o alter-ción grave causada por una lesión cerebral no es jamás un fenómeno aislado; semejante defecto altera todo el carácter de la conducta humana. Los pacientes que sufren de afasia.-u otras enfermedades parecidas no sólo pierden el uso de la palabra sino que experimentan cambios correspondientes en la personalidad que son difíciles de obServar en su conducta exterior, pues en ella propenden. a actuar de una manera perfectamente normal. Pueden cumplir con las tareas de la vida diaria; algunos hasta muestran una habilidad considerable en todas las pruebas de esta clase; pero se hallan completamente perdidos en cuanto la solución del problema requiere cualquier actividad específicamente teórica o reflexiva. Ya no son capaces de pensar con conceptos -o categorías generales; habiendo desaparecido su captación de universales se aferran a los hechos inmediatos, a las situaciones concretas. Semejantes pacientes son incapaces de ejecutar cualquier tarea que tenga que ser realizada mediante la comprensión de lo abstracto.25 Todo esto es muy significativo, porque nos muestra en qué grado ese -tipo de pensamiento que Herder llama "reflexivo" depende del pensamiento simbólico. Sin el simbolismo la 'vida del hombre sería la de los prisioneros en la caverna de Platón. Se encontraría confinada dentro de los límites de sus necesidades biológicas y de sus intereses prácticos; sin acceso al mundo ideal que se le abre, desde lados diferentes, con la religión, el arte, la filosofía y la ciencia.
25 Una narración detallada y muy interesante sobre este fenómeno se puede encontrar en varias publicaciones de K. Goldstein y A. Gelb. Goldstein ofreció un aspecto general de sus puntos de vista teóricos en su Human. Nature in the Light of Psychopathology, lecturas comentadas de William James en la Universidad de Harvard, 1937-38 (Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1940). Yo he discutido este problema desde un punto de vista filosófico general en mi Philosophie der symbolischen. Formen, III, IV. 237-323.
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IV. EL MUNDO HUMANO DEL ESPACIO Y DEL TIEMPO
EL ESPACIO y el tiempo constituyen la urdimbre en que se halla trabada toda realidad. So podemos concebir ninguna cosa real más que bajó las condiciones de espacio y tiempo. Nada en el mundo, según dice Heráclito, puede exceder a sus medidas, y éstas son limitaciones espaciales y temporales. 01. el pensamiento mí-tico el espacio y el tiempo jama' §, se consideran como formas puras o vacías sino como las grandes fuerzas misteriosas que gobiernan todas las cosas, que gobiernan y determinan no sólo nuestra vida mortal sino tambiérí la de los dioses. La descripción y el análisis del carácter específico que asumen el espacio*y el tiempo. en la experiencia humana constituyen una de las tareas más atrayentes e importantes de una filosofía antropológica. Sería una suposición ingenua e infundada considerar la apariencia del espacio y del tiempo corno necesariamente la misma para todos los seres orgánicos. Es obvio  que no podemos atribuir a los organismos inferiores idén-tica clase de percepción espacial' que al hombre. Aun entre el mundo humano y el mundo de los antropoides superiores encontramos a este respecto una diferencia innegable e imborrable. No es fácil explicar esta dife-rencia si no hacemos más que aplicar nuestros métodos psicológicos corrientes. Tenemos. que seguir una vía indirecta: analizar las. formas de la cultura al efecto de descubrir el carácter verdadero del espacio y del tiempo en nuestro mundo humano. La primera cosa que aparece clara en semejante aná-lisis es que existen tipos fundamentalmente diferentes de experiencia espacial y temporal; no todas las for-mas se encuentran en el mismo nivel. Existen capas más bajas y más altas dispuestas en un cierto orden; mas baja puede ser descrita como de espacio y tiempo


MAR 20.06.2006
La hipnosis inadvertida Por Miguel Wiñazki -.-
La famosa cuestión de los mensajes subliminales tiene algo de magia. Un aura magnética. Un foco fascinante que reside en pensar que lo que no vemos ni sentimos existe aún en su invisibilidad conciente, y nos domina. . La visión conspirativa de lo que Joan Ferrés denomina "Socialización mediante comunicaciones inadvertidas" supone que somos una masa derrotada, denominada audiencia, que responde a estímulos infrasensoriales de manera automática y abominable: sin libertad. .
De ese modo se han elaborado estudios conocidos que analizan por ejemplo la posibilidad de que un mensaje que se emite con gran rapidez por las pantallas de un cine y de manera reiterada convence a los que han sido víctimas involuntarias del mismo de lo que tienen que hacer o consumir a partir de entonces. En general, toda persona está sujeta a innumerables estímulos y no es tan sencillo que uno de ellos se imponga sin fisuras por sobre todos los demás. Las pruebas realizadas a posteriori de esos ensayos indican que esas emisiones generan algún efecto, pero vago, y difícil de mensurar con unanimidad.
Existe una demonología de lo subliminal, que aborda una parte del fenómeno y que asocia unidimensionalmente a lo infrasensorial con las emanaciones de un poder o de diversos poderes que solo quieren manejar a los demás.
Hay algo de cierto sin embargo en esos mitos, y tiene que ver con los íconos que representan de manera condensada, con un trazo, o una imagen no figurativa los valores que presuntamente tiene un producto de determinada marca. Los íconos hipnotizan porque connotan y denotan mucho de manera "hripereconómica" en términos lexicales y discursivos.
Pero lo subliminal no es solo lo fantasmal e hipnótico en un sentido negativo. Es eso.
Pero no sólo es eso.
Lo subliminal también es lo formal según otro de sus efectos. Un diario, por ejemplo, es un diario por su contenido y también por su formato. Por su diseño. Por su logo, por su tipografía, por su tamaño: no es lo mismo un diario sábana que uno tabloide, aunque tengan exactamente los mismos artículos. Es curioso, pero apuntan incluso a públicos diferentes.
La forma es subliminal, pero no por eso es siempre ta transmisión de virus socio-psíquicos que adormecen como el cloroformo. Los detalles sensoriales mínimos a veces sí son muy importantes. Lo mínimo también existe.
La tipografía, para citar un ejemplo de algo que puede parecer secundario, es un detalle, pero un detalle central. No es lo mismo una tipografía grande y negrísisma, pesada, que una ligera y fina. Lo formal es una manera de comunicar. Hay una política de las formas que es parte de la política editorial de un medio. Son procedimientos para convocar la atención, son artilugios legítimos de la edición, en el caso de los mectiostráficos, que enriquecen el lenguaje a través de la configuración del tamaño y la silueta de los grafos, de las letras. La tipografía es caligrafía, y la caligrafía importa. No se leen del mismo modo textos iguales con tipografías diferentes. La caligrafía es artesanal y puede convertirse en tipografía que es un producto industrial y ahora también uno digital y posindustrial. Esa metamorfosis de la grafía es uno de los senderos más extraordinarios de las ciencias de la comunicación. Su efecto es subliminal, en tanto y cuanto el lector no se detiene a analizar lo tipográfico en sí, sino lo que esos "tipos" gráficos enuncian. Pero una buena tipografía es un servicio. Es una llamada de atención allí donde hay que llamarla porque la noticia es importante, y es una atenuación gráfica de esa convocatoria cuando la noticia no merece tanto aspaviento y merece letras menos rimbombantes.
La tipografía es en un punto subliminal y permite la manipulación y el sensacionalismo. Pero también amplía las posibilidades de edición. Y editar mejor es comunicar mejor, y eso forma parte de la esencia del esfuerzo periodístico.

El día en que Orson Welles y los marcianos sembraron el pánico
Hace 69 años
El día en que Orson Welles y los marcianos sembraron el pánico
Lunes 29 de octubre de 2007 1 Publicado en la Edición impresa
El 30 de octubre de 1938, la compañía de radioteatro Mercury, dirigida por Orson Welles, asustó a la audiencia estadounidense al dramatizar con gran realismo la novela La guerra de los mundos , de H. G. Wells. La histeria colectiva que desencadenó es hoy comúnmente tomado como ejemplo del poder de los medios de comunicación de masas.
La adaptación del libro, que narra una invasión marciana sólo truncada por la poca resistencia de tos atienígenas a las bacterias, presentaba flashes informativos que interrumpían un programa musical. Así, aparentes testigos oculares describían primero la caída de unos meteoritos sospechosos y, después, cómo éstos resultaban ser naves espaciales con tripulantes poco amigables.
En la introducción del programa se explicaba que era una dramatización; el segundo aviso llegó 40 minutos más tarde; después de que el locutor de la CBS, la cadena radial donde se emitía el espacio, muriese en la azotea de la emisora, víctima de gases malignos. Pero para esa altura del programa ya eran cientos los llamados telefónicos que recibían las autoridades policiales y las redacciones de Nueva York y Nueva Jersey, donde supuestamente ocurrían los hechos.
El pánico llevó a muchos a tomar medidas extremas, como fugarse de sus casas con lo puesto hacia terrenos abiertos para evitar los gases venenosos marcianos , o a esconderse en tos sótanos, provistos de revólveres y toallas mojadas para proteger sus vías respiratorias.
Los últimos 20 minutos del programa, de casi una hora de duración, fue un relato de cómo los invasores, después de un primer triunfo ante las tropas estadounidenses. iban pereciendo a causa de vulgares microorganismos. Ese relato lo hacía el astrónomo y profesor Richard Pearson, personaje central del radioteatro, al que le ponía voz el propio Welles.
Al día siguiente, ante las muestras de indignación por el engaño , Welles se disculpó públicamente. Muchas demandas fueron presentadas contra el y la radio, pero ninguna llegó a ser tenida en cuenta.
Mauro Wolf – La investigación de las masas
Como todo consumidor de los medios sabe, las comunicaciones de masas son una realidad integrada por muchos aspectos distintos: reglamentaciones legislativas escurridizas, por lo que se refiere a la ordenación jurídica del sistema televisivo; intrincadas operaciones financieras en torno a la propiedad de algunos medios; episodios clamorosos sobre la no realización de un programa considerado «incómodo»; crisis, fracasos y triunfos de las diversas estructuras productivas cinematográficas; recurrentes polémicas sobre los efectos nocivos que los media ejercerían sobre los niños; entusiasmo y alarma ante las nuevas tecnologías y los escenarios prefigurados por las mismas. La lista podría ser más larga y serviría para reconfirmar que los mass media constituyen al mismo tiempo un importantísimo sector industrial, un universo simbólico obje-to de consumo masivo, una inversión tecnológica en continua expansión, una experiencia individual cotidiana, un terreno de enfrentamiento político, un sistema de media-ción cultural y de agregación social, una manera de pasar el tiempo, etc.
Todo esto, evidentemente, se refleja en la forma de estudiar un objeto tan proteiforme: la larga tradición de análisis (sintéticamente indicada con el término communication research) ha seguido los distintos problemas surgidos a lo largo del tiempo atravesando perspectivas y disciplinas, multiplicando hipótesis y enfoques. De ello ha resultado un conjunto de conocimientos, métodos y puntos de vista tan heterogéneo y disforme, que hace no sólo difícil sino tal vez insensato cualquier intento de ofrecer una síntesis satisfactoria y exhaustiva. No obstante, si renun-ciamos a seguir todos los filones de investigación, y damos  cuenta «únicamente» de las tendencias más difundidas y consolidadas, de lo que en este campo intrincado se ha convertido o está convirtiéndose en una «tradición» de estudio, entonces el intento parece posible. Este libro hay que entenderlo como un esfuerzo en esta dirección, analizando los principales modelos teóricos y ámbitos de investigación que han caracterizado los estudios mediológicos. El trabajo no sigue una división, basada en cada uno de los medios (prensa, radio, televisión, etc.) sino en las teorías que mayor incidencia han tenido en el trabajo de investigación. Las ausencias, los aspectos subestimados u olvidados podrán parecer numerosos, pese a que en la interpretación de la historia, evolución y situación actual de la communication research he intentado a la vez presentar una visión exhaustiva de este sector de investigación. Antes de ilustrar las distintas teorías de los media, conviene describir brevemente el estado de la disciplina hacia finales de los años setenta, período que ha representado un verdadero cambio de orientación. El primer capítulo reconstruye el recorrido que condujo a este cambio, mientras los capítulos sucesivos analizan razones y motivos que permitieron a la investigación comunicativa encaminarse hacia «nuevas» direcciones. En la segunda mitad de los años setenta, la constatación de la complejidad del objeto de investigación contrastaba con el acuerdo unánime entre los estudiosos sobre el estado de profunda crisis en el que se hallaba el sector. Todos estaban de acuerdo en poner de manifiesto insatisfacciones, frustraciones y límites de un trabajo de investigación que se demostraba cada vez más insuficiente.
Todo el campo disciplinario aparecía escindido por tendencias contrastantes: por una parte el problema inmediato era el de reconsiderar las coor-denadas principales entre las que se había desarrollado la investigación, para poder modificar profundamente todo el sector. Por otra parte, en cambio, la investigación seguía desarrollándose, de forma más o menos tradicional, independientemente del debate teóricoideológico en curso. La crítica más común en él se refería a la imposibilidad de lograr una síntesis significativa de los conocimientos acumulados, su disposición orgánica en un conjunto coherente. Un crecimiento cuantitativamente importante pero desordenado de análisis e investigaciones no lograba transformarse en un cuerpo homogéneo de hipótesis verificadas y de resultados congruentes. La fragmentación traducida en ocasiones, a nivel subjetivo, en desinterés por esta clase de estudios constituía un escollo difícil de superar, sobre todo en dos sentidos. En primer lugar respecto al problema de definir cuál es el área temática de principal pertinencia de los estudios mediológicos; en segundo lugar, respecto a la elección de la base disciplinaria capaz de unificar la communication research. Dicho de otra forma, qué estudiar y cómo estudiarlo.
Se trataba de establecer un nivel privilegiado de análi-sis, una pertinencia más significativa que las demás, que permitiese homogeneizar el campo. A la vez, paralelamente, era necesario elaborar un enfoque teórico, un conjunto de hipótesis y metodologías, que permitiese superar la fragmentación y la dispersión de conocimientos. En estas dos líneas se ha puesto a prueba la capacidad de la communication research de definirse y desarrollarse, si no como ámbito disciplinario autónomo, al menos como área temática específica. Algunos aspectos de fondo del análisis han sido señalados de forma especial como «sus puntos débiles»: en primer lugar su naturaleza fundamentalmente ad hoc, es decir, más ligada a contingencias específicas y a exigencias inmediatas que orgánicamente integrada en un proyecto a largo plazo. De ahí la dificultad de acumular resultados en gran parte no comparables (y no sólo por razones metodológicas). Un estudio de este tipo tenía evidentemente escasa incisividad, tanto en la elaboración de una teoría general sobre la función global de las comunicaciones de masas en el contexto social, como en lo referente a las mismas exigencias prácticas planteadas originariamente. Pero la mayor dificultad según el debate de la filosofía de los años setenta- estaba representada por el problema de las relaciones entre los medios de comunicación de masas y la sociedad en su conjunto. Dichas relaciones (ciertamente difíciles de descubrir y describir en sus articulaciones) eran dejadas de lado a causa de los objetivos prácticos del análisis o eran asumidas genéricamente como teorías «conspiradoras», por lo que el funcionamiento de los mass media parecía desarrollarse en contextos vagos e indefinidos o bien estar completamente marcado por fines de manipulación. Hay que precisar sin embargo que la conciencia de esta limitación de la communication research no se ha evidenciado únicamente ahora, en la fase de balance y reorganización, sino que, muy al contrario, ha recorrido (más o menos subrepticiamente) casi todo el trayecto, represen-tando una constante tensión crítica. Por ejemplo, a finales de los años cincuenta Raymond Bauer sostenía que desde los primeros estudios lo que caracterizó a la communica-tion research no fueron las grandes ideas, las grandes hipótesis teóricas, sino más bien la variedad de los enfoques metodológicos aplicados sobre un amplio campo temático. «Los estudios iniciales comportaban hipersimplificaciones necesarias, que sólo se han manifestado como tales porque los estudios se impulsaron hasta el punto en que revelaron sus propias limitaciones. El resultado no fue únicamente el reconocimiento de la complejidad de los procesos comu-nicativos, sino también un desplazamiento del interés hacia la sustancia de los problemas y un cierto desinterés por los específicos instrumentos de análisis» (BAUER, 1964, 528). La progresiva conciencia de que los problemas relativos a los mass media son extraordinariamente intrincados y exigen por tanto una visión sistemática y compleja, ha ido recorriendo con más o menos suerte toda la historia del análisis mediológico y actualmente constituye una de las líneas unificadoras del sector. A un nivel más específico sin embargo, en el debate de hace algunos años, la tradicional contraposición entre la investigación «administrativa» y la «crítica» es decir, entre la investigación americana por una parte, marcadamente empírica y caracterizada por objetivos cognoscitivos inherentes al sistema de los media, y la investigación. La primera cifra en las referencias bibliográficas corresponde al año de la primera edición del texto; la segunda, al número de la página de la edición a la que pertenece el pasaje citado.
INTRODUCCIÓN 15 europea por otra, teóricamente orientada y atenta a las relaciones generales entre sistema social y medios de comu-nicación de masas- ha determinado una distinta designa-ción e interpretación de las propias causas de la crisis. Sin embargo, como se verá a lo largo del libro, la con-traposición entre las dos orientaciones de investigación y las perspectivas que abren es bastante más problemática de lo que puede parecer a primera vista. No por ello ha sido abandonada, y, al disponer de precedentes ilustres y de una larga tradición, ha amenazado con perpetuar una separación que hasta ahora se ha demostrado muy poco productiva para este campo de estudios. Si el debate de hace algunos años consiguió imprimir un cambio de direc-ción a la communication research, fue sobre todo porque paulatinamente los términos del «enfrentamiento» queda-ron superados a través de tres directrices que de hecho llevaron el análisis a sobrepasar el largo momento de estan-camiento. En primer lugar el hecho de que la visión sociológica se impuso como pertinencia fundamental de los estudios sobre los media; en segundo lugar, el reconocimiento (más deseado que efectivamente practicado) de la necesidad de un estudio multidisciplinario en dicho marco sociológico. En tercer lugar, el cambio de la perspectiva temporal en este ámbito de investigación. El primer elemento puede ser descrito como un punto de unión entre lo que Merton denomina la corriente europea y la americana, es decir, entre la sociología del conocimiento y el estudio de las comunicaciones de masas. Si bien es verdad que «el estudioso de las comunicaciones de masas ha estado casi siempre interesado, desde el principio del desarrollo de estos estudios, sobre todo por la influencia de los medios de comunicación de masas sobre el público [mientras] la corriente europea quiere conocer los determinantes estructurales del pensamiento» (MERTON, 1949b, 84), la evolución actual del análisis mediológico se sitúa en la confluencia entre estas dos tradiciones. Eso explica que hayan crecido paralelamente la importancia de la socio-logía del conocimiento y su función de marco general en el que hay que situar la problemática de los media: un reflejo de ello es la definición que ahora se da de los pro-pios mass media como «instituciones que desarrollan una actividad clave consistente en la producción, reproducción y distribución de conocimiento [...], conocimiento que nos permite dar un sentido al mundo, modela nuestra percep-ción del mismo y contribuye al conocimiento del pasado y a dar continuidad a nuestra comprensión presente» (McQuAIL, 1938, 51). En este sentido se comprende también otro elemento típico de la actual evolución de la communication research, es decir, una convergencia de intereses en torno al tema de la información (a diferencia de lo que ocurría en otros períodos, cuando el objeto de estudio por excelencia era la propaganda, o la publicidad, etc.). La segunda tenden-cia reconoce -dentro de la importancia sociológica- la necesidad de un enfoque variado: es decir, está común-mente aceptada «la percepción de los modernos mass me-dia como parte de un único sistema comunicativo cada vez más integrado y complejo, que sólo puede ser anali-zado en sus distintos aspectos (contenidos transmitidos, modalidad de transmisión de los mensajes, nivel de efica-cia, formas de producción) a través de un enfoque multi-disciplinario» (PORRO-LivoLs I, 1981, 192). La última tendencia se refiere al marco temporal: tras largos años de análisis sobre las consecuencias directas e inmediatas vinculadas al consumo de comunicaciones de masas, ahora la atención se dirige hacia los efectos a largo plazo, hacia las influencias de fondo más que hacia las causas próximas. A dicho cambio de perspectiva temporal no es ajena la confluencia de la que se hablaba antes ni el marco sociológico que caracteriza ahora en mayor grado y explícitamente a la investigación mediológica. A través de estas líneas de recomposición, la crisis parece resolverse, y desde finales de los años setenta-comienzo de los ochenta, algunas temáticas generales y al-gunos sectores específicos de investigación aglutinan en torno a ellos interés, trabajo de análisis y reflexión teórica. A ellos dedicaremos una atención particular en el segundo y tercer capítulo de este libro, que -como ya hemos di-cho- pretende ilustrar e interpretar el desarrollo del análisis comunicativo a través del análisis de las teorías más significativas de los media.
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Nuestro sincero agradecimiento a Umberto Eco por la severa paciencia con la que ha seguido y discutido este trabajo. También damos las gracias a Patrizia Violi, Renato Porro, Jesús Martín Barbero y Angelo Agostini por sus sugerencias y estímulos.
Primera parte: la evolución de la investigación de la comunicación de masas
1. Contextos y paradigmas en la investigación sobre los media
1.1 Premisa
La presentación y el análisis de las distintas teorías no siguen simplemente un criterio cronológico, sino que a la vez están dispuestos según tres determinaciones: a) el contexto social, histórico, económico en que un determinado modelo teórico sobre las comunicaciones de masas ha aparecido o se ha difundido; b) el tipo de teoría social implícita o explícitamente declarada de las teorías mediológicas. A menudo se trata de modelos sociológicos implícitos, pero también hay ca-sos de conexiones declaradas entre marcos de referencia sociológicos y análisis sobre los media; c) el modelo de proceso comunicativo que presenta cada teoría mediológica. También en este caso a menudo hay que explicitar dicho elemento, porque, paradójicamen-te, en muchas teorías no recibe un tratamiento adecuado. El análisis de las relaciones entre los tres factores per-mite articular las conexiones entre las distintas teorías de los media, y descubrir cuál ha sido (y por qué) el para-digma dominante en distintos períodos en la communica-tion research. Además permite entender qué problemas de las comunicaciones de masas han sido sistemáticamente tratados como importantes y centrales y cuáles en cambio han sido a menudo relegados a un segundo plano (GITLIN, 1978). En algunos casos el término «teoría de los media» de-fine adecuadamente un conjunto coherente de proposicio-nes, hipótesis de investigación y adquisiciones verificadas; en otros casos, en cambio, la utilización del término es algo forzada, es decir, designa más una tendencia significativa, de reflexión y/o de investigación que una teoría en el sen-tido estricto de la palabra. No hay que olvidar, por último, que a veces las teorías presentadas no se refieren a momentos cronológicamente sucesivos sino coexistentes: algunos modelos de investiga-ción se han desarrollado y afirmado simultáneamente, «con-taminándose» y «descubriéndose» recíprocamente, acele-rando o como mínimo modificando el desarrollo global del sector. Hemos dicho que la evolución de la communication research ha sido interpretada siguiendo tres líneas: a ellas hay que añadir la presencia de una oscilación -bastante constante en las teorías de los media- relativa al objeto mismo de las teorías. A veces éste está constituido por los medios de comunicación de masas, en otros casos, en cam-bio, por la cultura de masas. En función de este despla-zamiento, adquiere particular relieve una de las tres deter-minaciones en base a las que he analizado las principales teorías de los media. Todo lo cual obviamente será indi-cado a su debido tiempo. Los modelos presentados se refieren a nueve «momen-tos» de los estudios metodológicos: la teoría hipodérmi-ca, la teoría vinculada a las visiones empírico-experimen-tales, la teoría derivada de la investigación empírica sobre el terreno, la teoría del planteamiento estructural-funciona-lista, la teoría crítica de los media, la teoría culturológica, los cultural studies, las teorías comunicativas.
1.2 La teoría hipodérmica
La postura sostenida por dicho modelo se puede sinte-tizar con la afirmación de que «cada miembro del público de masas es personal y directamente "atacada" por el men-saje» (WRIGHT, 1975, 79). Históricamente, la teoría hipodérmica coincide con el peligro de las dos guerras mundiales y con la difusión a gran escala de las comunicaciones de masas, y representó
1.2 LA TEORÍA HIPODÉRMICA 23
la primera reacción suscitada por este fenómeno entre es-tudiosos de distintos campos. Los elementos que más caracterizaron el contexto de la teoría hipodérmica son, por una parte, justamente la novedad del fenómeno de las comunicaciones de masas, y por otra parte, la conexión de dicho fenómeno con las trágicas experiencias totalitarias de aquel período histó-rico. Recluida entre estos dos elementos, la teoría hipo-dérmica es una aproximación global al tema de los media, indiferente a la diversidad entre los distintos medios, que responde principalmente a la pregunta: ¿qué efecto pro-ducen los media en una sociedad de masas? El principal elemento de la teoría hipodérmica es en efecto la presencia explícita de una «teoría» de la socie-dad de masas, mientras que en su vertiente «comunicativa» opera complementariamente una teoría psicológica de la acción. También podría describirse el modelo hipodérmico como una teoría de y sobre la propaganda: éste, en efecto, es el tema central respecto al universo de los media. «Espe-cialmente en los años veinte y treinta aparecieron enteras estanterías de libros que llamaban la atención sobre los factores retóricos y psicológicos utilizados por los propa-gandistas. Algunos de sus títulos: Public Opinion de Lipp-mann, The Rape of the Masses de Chakhotin, Psychology of Propaganda de Dobbs, Psychology of Social Movements de Cantril, Propaganda Technique in the World War de Lasswell, Propaganda in the Next War de Rogerson» (SMITH, 1946, 32). «El ámbito de trabajo científico más estrechamente vinculado a la propaganda [es] justamente el estudio de la comunicación de masas» (SMITH-LASS-WELL-CASEY, 1946, 3); dicha «identidad» se comprende mejor remitiéndose justamente a las tres determinaciones citadas en' la premisa.
1.2.1 La sociedad de masas La presencia del concepto de sociedad de masas es fundamental para la comprensión de la teoría hipodérmica, que en ocasiones se reduce precisamente a una ilustración de algunas características de la sociedad de masas.
Como se ha afirmado repetidas veces (véase MAN-NUCCI, 1967), no sólo el concepto de sociedad de masas tiene orígenes lejanos en la historia del pensamiento polí-tico, sino que además presenta elementos y filones más bien distintos; es en definitiva un «término ambivalente» del que habría que precisar en cada ocasión su empleo y su acepción. Al no poder reconstruir aquí detalladamente la génesis y el desarrollo del concepto, bastará especificar algunas de las características principales, sobre todo las pertinentes a la definición de la: teoría hipodérmica. Las «variantes» existentes en el concepto de sociedad de masas son numerosas: el pensamiento político del siglo xix de carácter conservador señala en la sociedad de masas el resultado de la progresiva industrialización, de la revolu-ción en los transportes, en los comercios, en la difusión, de valores abstractos de igualdad y de libertad. Estos pro-cesos sociales determinan la pérdida de exclusividad por parte de las élites que se encuentran expuestas a las masas. El debilitamiento de los vínculos tradicionales (de fami-. lia, de comunidad, de asociaciones profesionales, de reli-gión, etc.) contribuye, por su parte, a debilitar el tejido conectivo de la sociedad y a preparar las condiciones para el aislamiento y la alienación de las masas. Un filón distinto está representado por la reflexión sobre la «cualidad» del hombre-masa, resultado de la desin-tegración de las élites. ORTEGA Y GASSET (1930) describe en el hombre-masa la antítesis de la figura del humanista. culto. La masa es el juicio de los incompetentes, repre-senta el triunfo de una especie antropológica que recorre todas las clases sociales y que basa su propio papel en el saber especializado vinculado a la técnica y a la ciencia. Desde esta perspectiva la masa «es todo lo que no se va-lora a sí mismo -ni en bien ni en mal- mediante razo-nes especiales, pero que se siente "como todo el mundo" y sin embargo no se angustia, es más, se siente a sus anchas al reconocerse idéntico a los demás» (ORTEGA Y GASSET, 1930, 8). «La masa arrasa todo lo que es diferente, singular, in-dividual, cualificado y seleccionado» (ORTEGA Y GASSET, 1930, 12). Aunque el ascenso de las masas indica que la
1.2 LA TEORÍA HIPODÉRMICA 25
vida media se mueve a un nivel superior a los preceden-tes, las masas sin embargo revelan «un absurdo estado de ánimo: sólo están preocupadas por su bienestar y, al mis-mo tiempo, no se sienten solidarias con las causas de este bienestar» (ORTEGA Y GASSET, 1930, 51), mostrando una absoluta ingratitud hacia lo que les facilita la existencia. Una línea distinta de análisis estudia en cambio la di-námica que se instaura entre individuos y masas, y el nivel de homogeneidad en torno al que se agregan las mismas masas. Simmel observa que «la masa es una formación nueva, que no se basa en la personalidad de sus miembros, sino sólo en aquellas partes que unifican a cada uno con todos los demás y equivalen a las formas más primitivas e ínfimas de la evolución orgánica [...]. Evidentemente aquí no cabe ningún comportamiento que presuma proxi-midad y reciprocidad de varias opiniones distintas. Las acciones de la masa apuntan directamente a su meta e intentan llegar a ella por la vía más breve: esto hace que lo que las domine sea siempre una única idea, la más sen-cilla posible. No suele ser habitual que, en sus concien-cias, los miembros de una gran masa posean un amplio abanico de ideas en común con los demás. Por otra parte, dada la complejidad de la realidad contemporánea, cada idea simple debe ser también la más radical y exclusiva» (SIMMEL, 1917, 68).
 Al margen de las contraposiciones filosóficas, ideológi-cas y políticas en el análisis de la sociedad de masas -in-terpretada bien como la época de la disolución de las élites o de las formas sociales comunitarias, bien como el comienzo de un orden social más compartido, o bien como una estructura social originada por el desarrollo de la sociedad capitalista-, algunos rasgos comunes caracte-rizan la estructura de las masas y su comportamiento: las masas están constituidas por una agregación homogénea de individuos que -en cuanto miembros- son sustan-cialmente iguales, no diferenciables, aunque procedan de ambientes distintos, heterogéneos, y de todos los grupos sociales. Las masas además se componen de personas que no se conocen, espacialmente separadas unas de otras, con escasas o ninguna posibilidad de interactuar. Finalmente, las masas carecen de tradiciones, reglas de comportamien-to, leadership y estructura organizativa (BLUMER, 1936 y 1946). Esta definición de las masas como un nuevo tipo de organización social es muy importante por varios mo-tivos: en primer lugar enfatiza y corrobora el elemento central de la teoría hipodérmica, es decir, el hecho de que los individuos permanecen aislados, anónimos, sepa-rados, atomizados. Desde el punto de vista de los estudios metodológicos, esta característica de los públicos de los mass media representa el principal presupuesto en la pro-blemática de los efectos: derrocarlo y sucesivamente vol-ver a levantarlo (al menos en parte) será el objetivo de la evolución de la investigación. El aislamiento de cada individuo particular en la masa anónima es por tanto el requisito de la primera teoría so-bre los media. Dicho aislamiento no es sólo físico y espa-cial, es también de otro tipo: Blumer, en efecto, señala que los individuos -en cuanto componentes de la masa-están expuestos a mensajes, contenidos, acontecimientos, que van más allá de su experiencia, que se refieren a uni-versos de significado y de valor que no coinciden necesa-riamente con las reglas del grupo del que el individuo forma parte. En este sentido la pertenencia a la masa «dirige la atención de los miembros lejos de sus esferas culturales y vitales, hacia áreas no estructuradas por mo-delos o expectativas» (FREIDSON, 1953, 199). El factor del aislamiento físico y «normativo» del indi-viduo en la masa es lo que explica en gran parte el inte-rés que la teoría hipodérmica concede a la capacidad ma-nipuladora de los primeros medios de comunicación de masas. Los ejemplos históricos de los fenómenos de pro-paganda de masas durante el nazismo y los períodos béli-cos proporcionaban obviamente amplias corroboraciones a dichos modelos cognoscitivos. Una segunda razón impor-tante en esta caracterización de las masas es su continui-dad con parte de la tradición europea del pensamiento filosófico-político: las masas son una agregación que surge y vive más allá y contra los vínculos comunitarios preexis-tentes, que resulta de la desintegración de las culturas loca-
1.2 LA TEORÍA HIPODÉRMICA 27
les, y en la que los papeles comunicativos son forzosamente impersonales y anónimos. La debilidad- de una audience indefensa y pasiva deriva precisamente de esta disolución y fragmentación. Hay que señalar por último que la razón de la expo-sición del público a universos simbólicos y de valores, distintos de los propios de su cultura, constituye un ele-mento muy similar a lo enunciado por las más recientes hipótesis sobre los efectos de los media, por ejemplo el modelo de la agenda-setting (véase 2.2), que afirma que la influencia de la comunicación de masas se basa en el hecho de que los media suministran toda aquella parte de cono-cimiento e imagen de la realidad social que rebasa los límites reducidos de la experiencia personal directa e «in-mediata». Por tanto, según la teoría hipodérmica «cada indivi-duo es un átomo aislado que reacciona por separado a las órdenes y a las sugerencias de los medios de comunica ción de masas monopolizados» (WRIGHT MILLS, 1963, 203). Si los mensajes de la propaganda consiguen llegar a los individuos de la masa, la persuasión puede ser fácil-mente «inoculada»: es decir, si se da en el «blanco», la propaganda obtiene el éxito preestablecido (la teoría hi-podérmica de hecho es llamada también bullen theory, SCHRAMM, 1971). Aunque el elemento principal de la teoría hipodérmica es este concepto de sociedad de masas, un papel no menos importante desempeña el modelo «comunicativo» más di-fundido y aceptado en aquel período.
1.2.2 El modulo «comunicativo» de la teoría hipodérmica
En realidad más que de un modelo sobre el proceso de comunicación habría que hablar de una teoría de la acción, la elaborada por la psicología conductista.' Su ob-1. El paradigma psicológico del comportamiento puede hacer-se remontar a la obra de WATSON Psychology as the Behaviorist Views It: el autor se proponía en esta obra estudiar los conte-nidos psicológicos a través de sus manifestaciones observables. De jetivo es estudiar el comportamiento humano con los métodos del experimento y de la observación típicos de las ciencias naturales y biológicas. El sistema de acción que distingue al comportamiento humano debe ser descom-puesto, por la ciencia psicológica, en unidades compren-sibles, diferenciables y observables. En la compleja relación entre organismo y ambiente, el elemento crucial está representado por el estímulo: 'éste comprende los objetos y las condiciones externas al sujeto, que producen una respuesta. «Estímulo y respuesta parecen ser las unidades naturales en cuyos términos puede ser descrito el comportamiento» (LUND, 1933, 28). La unidad estímulo/respuesta expresa por tanto los elementos de toda forma de comportamiento. Indudablemente, esta teoría de la acción, de sello con-duetista, podía integrarse muy bien con las teorizaciones sobre la sociedad de masas, a las que proporcionaba el soporte sobre el que basar las convicciones acerca de la inmediatez y la inevitabilidad de los efectos. El estímulo, en su relación con el comportamiento, es la condición primaria, o el agente, de la respuesta: «la estrecha relación entre los dos hace imposible definir a uno sin que sea en los términos del otro. Juntos constituyen una unidad. Se pre-suponen respectivamente. Estímulos que no producen res-puestas no son estímulos. Y una respuesta debe necesaria-mente haber sido estimulada. Una respuesta no estimulada es como un efecto sin causa» (LUND, 1933, 35). En este sentido tiene razón BAUER (1964) cuando observa que en el período de la teoría hipodérmica la mayor parte de los efectos no son estudiados: se dan por supuestos. Hay que observar sin embargo que la descripción de la sociedad de masas (sobre todo de algunos de sus rasgos  esta forma la psicología se colocaba entre las ciencias biológicas, en el ámbito de las ciencias naturales. El comportamiento —objeto de toda la psicología— representaba la adaptación del organismo al ambiente; los comportamientos complejos manifestados por el hombre (y observables de forma científica) podían ser descompuestos en precisas secuencias de unidades: el estímulo (que se refería al impacto del ambiente sobre el individuo), la respuesta (es decir, la reacción al ambiente), el refuerzo (los efectos de la acción sus-ceptibles de modificar las sucesivas reacciones al ambiente).
1.2 LA TEORÍA HIPODÉRMICA 29
fundamentales: aislamiento físico y normativo de los indi-viduos) contribuyó por su parte a acentuar la simplicidad del modelo E ---> R (Estímulo —> Respuesta): la conciencia de que se trataba de una abstracción analítica y de que buscar cada una de las respuestas a los estímulos era bási-camente un expediente práctico-metodológico, estaba muy presente, al igual que se reconocía la naturaleza compleja del estímulo y la heterogeneidad de la respuesta. Para deter-minar la amplitud y la calidad de esta última *son decisivos, en efecto, por un lado, el contexto en el que se produce el estímulo y, por otro, las precedentes experiencias que del mismo poseen los sujetos (LUND, 1933). Estos dos úl-timos factores, sin embargo, eran «tratados» por la teoría de la sociedad de masas de una forma que enfatizaba la inmediatez, la mecanicidad y la amplitud de los efectos.
Los medios de persuasión de masas de hecho constituían un fenómeno completamente nuevo, desconocido, del cual los públicos todavía no eran bastante conscientes, y el con-texto social en el que dichos medios aparecían y eran uti-lizados era el de los regímenes totalitarios o el de socie-dades que estaban organizándose en torno a la superación de las precedentes formas comunitarias, y en las que am-plias masas de individuos —según tradiciones de pensa-miento heterogéneas pero en este punto coincidentes—estaban representadas como atomizadas, alienadas, «pri-mitivas». Los mass media constituían «una especie de sistema nervioso simple que se extiende hasta cada ojo y cada oído, en una sociedad caracterizada por la escasez de rela-ciones interpersonales y por una organización social amor-fa» (KATZ-LAZARSFELD, 1955, 4). Estrechamente vinculada a los temores suscitados por el «arte de influenciar a las masas» (SCHóNEMANN, 1924), la teoría hipodérmica —bullett theory— mantenía por tan-to una conexión directa entre exposición a los mensajes y comportamientos: si una persona es alcanzada por la pro-paganda, puede ser controlada, manipulada, inducida a actuar. Este es el punto de partida que toda la investigación sucesiva intenta modificar más o menos completamente.
30 1. CONTEXTOS Y PARADIGMAS
Antes de examinar las líneas, ya presentes en la propia teoría hipodérmica, a través de las que se produce la supe-ración, hay que mencionar una «filiación» que ha tenido una gran influencia en la communication research: el mo-delo de Lasswell. En muchos aspectos representa simul-táneamente una estructuración orgánica, una herencia y una evolución de la teoría hipodérmica.
1.2.3 El modelo de Lasswell y la superación de la teoría hipodérmica
Elaborado inicialmente en los años treinta, en el mismo «período dorado» de la teoría hipodérmica, como aplica-ción de un paradigma para el análisis sociopolítico (¿quién obtiene qué, cuándo y cómo?), el modelo lasswelliano, pro-puesto en 1948, explica que «una forma apropiada para describir un acto de comu-nicación es responder a las siguientes preguntas: ¿quién dice qué a través de qué canal a quién con qué efecto? El estudio científico del proceso comunicativo tiende a concentrarse en algunos de estos puntos interrogativos» (LASSWELL, 1948, 84).
Cada una de estas variantes define y organiza un sec-tor específico de la investigación: la primera se centra en el estudio de los emisores, es decir, en el control sobre lo que es difundido. Los que en cambio estudian la segunda variante elaboran el análisis del contenido de los mensajes,' 2. Lasswell puede ser considerado uno de los «padres» del análisis de contenido, método que por otra parte basa su propia tradición y fortuna precisamente en la teoría hipodérmica. El estu-dio sistemático y riguroso de los contenidos de la propaganda constituía una forma de desvelar su eficacia incrementando las defensas contra la misma (desde octubre de 1937 hasta diciembre de 1941 operó un Institute for Propaganda Analysis, que publi-caba un boletín mensual, cuyo objetivo era «ayudar al ciudadano
1.2 LA TEORÍA HIPODÉRMICA 31
mientras que el estudio del tercer elemento da lugar al aná-lisis de los medios. Análisis de la audience y de los efectos definen los restantes sectores de investigación sobre los procesos comunicativos de masas. La fórmula de Lasswell, con la apariencia de ordenar el objeto de estudio según variantes bien definidas, sin descuidar ningún aspecto im-portante de los fenómenos en cuestión, en realidad se con-virtió en seguida (y lo siguió siendo durante bastante tiem-po) en una verdadera teoría de la comunicación, estrecha-mente relacionada con el otro modelo comunicativo domi-nante en la investigación, es decir, la teoría de la infor-mación (véase 1.9.1). La fórmula (que se desarrolla a partir de la tradición de análisis típica de la teoría hipodérmica) en realidad corrobora -pero implícitamente- un postulado muy importante, que en cambio la bullett theory afirmaba explí-citamente en la descripción de la sociedad de masas: es decir, el postulado de que la iniciativa sea exclusivamente del comunicador y de que los efectos sean exclusiva-mente sobre el públicq. Lasswell formula algunas premisas importantes sobre los procesos de comunicación de masas: a) dichos procesos son exclusivamente asimétricos, con un emisor activo que produce el estímulo y una masa pasiva de destinatarios que, «atacada» por el estímulo, reacciona; b) la comunicación es intencional y tiende a un fin, a obtener un cierto efecto, observable y mensurable en cuanto da lugar a un comportamiento de alguna forma relacionable con dicha finalidad. Esta última está en rela-ción sistemática con el contenido del mensaje. De donde
inteligente a descubrir y analizar la propaganda»). Algunos títulos de los trabajos de Lasswell son claramente indicativos: Propa-ganda Technique in the World War (1927) (análisis de los temas principales de la propaganda americana, inglesa, francesa y alema-na entre 1914 y 1917); World Revolutionary Propaganda (primer intento de calibrar el volumen y los efectos de la propaganda del movimiento comunista en Chicago, 1939); The Propaganda Tech-nique of the Pamphlet on Continental Security (análisis de los símbolos políticos influyentes y de su utilización propagandística. 1938).
32 1. CONTEXTOS Y PARADIGMAS
se derivan dos consecuencias: el análisis del contenido se propone como el instrumento para inferir los objetivos de manipulación de los emisores; los únicos efectos que dicho modelo declara pertinentes son los observables, es decir, los vinculados a una transformación, a una modificación de comportamientos, actitudes, opiniones, etc.; c) los papeles de comunicador y destinatario apare-cen r aislados, independientes de las relaciones sociales, si-tuacionales, culturales en las que se producen los proce-sos comunicativos, pero que el modelo en sí no contempla: los efectos corresponden a destinatarios atomizados, aisla-dos (ScHuLz, 1982). «La audience era concebida como una agregación de clases de edad, de sexo, de capa social, etc., pero se pres-taba poca atención a las relaciones implicadas en ellas o a las relaciones informales. No es que los estudiosos de las comunicaciones de masas ignorasen que los integrantes del público poseían familias y grupos amistosos; pero se consideraba que todo ello no influenciaba el resultado .de una campaña propagandística: las relaciones informales interpersonales eran consideradas irrelevantes respecto a las instituciones de la sociedad moderna» (KATZ, 1969, 113). El esquema de Lasswell organizó la incipiente commu-nication research en torno a dos de sus temas centrales y de más larga duración -el análisis de los efectos y el análisis de los contenidos- y a la vez descubrió los demás sectores de desarrollo del campo, sobre todo el control analysis. Pese a que el esquema manifiesta abiertamente el período histórico en el que surgió y los intereses cog-noscitivos respecto a los que fue elaborado, sigue siendo sorprendente su resistencia, su supervivencia, de alguna forma todavía actual, como esquema analítico «adecuado» para una investigación que se ha desarrollado ampliamen-te en contraposición a la teoría hipodérmica de la que arranca. En efecto, si para la teoría conductista el indivi-duo sometido a los estímulos de la propaganda sólo podía responder sin resistencia, los sucesivos estudios de la com-munication research coinciden en explicitar que la influen-cia de las comunicaciones de masas está mediatizada por
1.2 LA TEORÍA HIPODÉRMICA 33
las resistencias que los destinatarios ponen en juego de dis-tintas formas. Y sin embargo el esquema lasswelliano de la comunicación ha logrado proponerse como paradigma para estas dos tendencias opuestas de investigación.' Es más, apareció al final del período de mayor éxito de la teoría hipodérmica, cuando ya empezaban a manifestarse los motivos que llevarían a su superación. Como hemos dicho, el paso hacia las teorías sucesivas se produce a través de algunas líneas propias de la teoría hipodérmica. Por un lado, la consecuencia metodológica más importante implícita en el concepto blumeriano de ma-sas es que, para estudiar los comportamientos de las masas, son necesarias «muestras compuestas por una agregación de individuos heterogéneos que posean igual importancia» (BLUMER, 1948, 548), es decir, clasificados en función de los esenciales caracteres sociodemográficos que corresponden a la idea de masas (individuos de dis-tinta procedencia, unificados por el disfrute de los mismos mensajes, que no están unidos por expectativas compar-tidas, que no interactúan). Por otra parte, las exigencias de la industria de las comunicaciones de masas respecto a sus aplicaciones comerciales y publicitarias, y los estu-dios institucionales sobre la propaganda y su eficacia po-nían el acento en la explicación del comportamiento frui-3. La permanencia de un mismo concepto como referencia para teorizaciones contrapuestas parece caracterizar al menos otros dos aspectos de la corrimunication research. Katz y Lazarsfeld observan que «quienes han visto en los mass media un nuevo ama-necer de democracia y quienes en cambio han visto los instru-mentos de un plan diabólico tenían en realidad la misma imagen del proceso de las comunicaciones de masas. Todos ellos partían en primer lugar de la imagen de una masa atomizada de millones de lectores, oyentes y espectadores dispuestos a recibir el mensaje. En segundo lugar, imaginaban cada mensaje como un estímulo directo y potente, susceptible de producir una respuesta inmedia-ta» (KATZ-LAZARSFELD, 1955, 4). El segundo aspecto se refiere a la permanencia del modelo comunicativo de la teoría de la infor-mación tanto en el análisis administrativo como en la teoría crítica. Tendencias divergentes en muchos aspectos han compartido im-plícitamente dicho paradigma analítico. El fenómeno es probable-mente el resultado de la acentuada ideologización que atraviesa el tema de los mass media y que suele imponerse sobre otros tipos de estilos cognoscitivos.
34 1. CONTEXTOS Y PARADIGMAS
tivo del público. Es decir, por un lado -de acuerdo con la teoría hipodérmica- se seleccionaban algunos indica-dores y variantes para comprender la actitud de consumo de la audience, mientras por otro se iban acumulando las evidencias empíricas de que dicho consumo era seleccio-nado, no indiferenciado. La reflexión sobre la adecuación de las categorías sociodemográficas implícitas en la teoría hipodérmica para explicar el comportamiento observable del público supuso el principio de la superación de la teoría hipodérmica. En otras palabras, no cabe duda de que la concepción atomis-ta del público de las comunicaciones de masas (típica de la teoría hipodérmica) corresponde a la disciplina «líder» en la primera fase de los estudios mediológicos, es decir, la psicología de la conducta, que privilegiaba el comporta-miento de cada individuo en particular. También es cierto que el contexto socioeconómico que marcó el origen de di-chos estudios (los estudios de mercado, la propaganda, el estado de la opinión pública, etc.) enfatizó el papel del sujeto individual, en su calidad de elector, ciudadano, con-sumidor. Y también es verdad, por último, que las mismas técnicas de análisis (sobre todo cuestionarios y entrevistas) contribuían por su parte a reforzar la idea de que «la prin-cipal unidad de producción de la información -es decir, el individuo- era también la unidad pertinente en los pro-cesos de comunicación de masas y en los fenómenos socia-les en general. Todo esto [ha corroborado] la concepción atomista del público de las comunicaciones, como si en realidad consistiese en individuos dispares e independien-tes» (BROUWER, 1962, 551). Sin embargo, cuando la teoría hipodérmica dejó de ser sobre todo un presagio y una descripción de efectos temidos y se convirtió en un concreto paradigma de análisis, sus mismos presupuestos dieron lugar a resultados que contradecían su planteamien-to de fondo. «La audience se demostraba intratable. Las personas decidían ellas solas si ponerse a la escucha o no. E inclu-so cuando escuchaban, la comunicación podía resultar ca-rente de efectos o de efectos opuestos a los previstos. Progresivamente los estudios debieron desplazar su aten-
1.3 LA CORRIENTE EMPÍRICO-EXPERIMENTAL 35
ción sobre la audience para comprender a los sujetos y el contexto que la integraban» (BAUER, 1958, 127). La superación y la inversión de la teoría hipodérmica tuvo lugar a través de tres directrices distintas pero en mu-chos aspectos tangenciales y superpuestas: la primera y la segunda basadas en trabajos empíricos de tipo psicoló-gico-experimental y de tipo sociológico; la tercera direc-triz representada por la aproximación funcional a la temá-tica global de los mass media, en sintonía con la afirmación a nivel sociológico general del estructural-funcionalismo. La primera tendencia estudia los fenómenos psicoló-gicos individuales que constituyen la relación comunicati-va; la segunda explicita los factores de mediación entre individuo y medio de comunicación; la tercera elabora hi-pótesis sobre las relaciones entre individuo, sociedad y mass media. Los tres apartados siguientes muestran el desarrollo de las investigaciones que llevaron al abandono de la inicial teóría hipodérmica.
13 La corriente empírico-experimental o «de la persua-sión»
Al exponer este tipo de estudios mediológicos conviene precisar primero algunas características. En primer lugar, la corriente experimental conduce al abandono de la teo-ría hipodérmica paralelamente a los estudios empíricos so-bre el terreno, y las adquisiciones de estos dos campos se hallan estrechamente vinculadas entre sí. Ambos se desa-rrollan a partir de los años cuarenta y también esta con-temporaneidad hace difícil diferenciar netamente sus apor-taciones: en la exposición, por tanto, la separación re-sulta más neta y marcada de lo que en cambio fue un constante y provechoso intercambio de influencias. En segundo lugar, resulta realmente muy difícil ser exhaustivos en este campo de estudios psicológicos expe-rimentales ya que aparece muy fragmentado, compuesto por una constelación de microinvestigaciones específicas, cuyos resultados difieren a menudo de los de otros trabajos
La televisión de la sociedad
El debate sobre un nuevo ordenamiento legal para la radiodifusión y los servicios comunicacionales sigue abierto. La Coalición por una Comunicación Democrática ha convocado a discutir el tema este viernes en el propio Congreso. Mientras tanto, continúa el análisis de la televisión que tenemos y su relación con la sociedad.
por Miguel Angel Forte *
El Motorola llegó para un cumpleaños de mamá, allá por los '60. La tele había sido objeto de un intercambio de un cuadro pintado por papá, Vicente Forte, en un mano a mano con Boris Garfunkel, precisamente el dueño de BGH Motorola. El trueque era un ejemplo de acoplamiento estructural entre el sistema del arte y el sistema económico que permitía disfrutar a ambas familias del mundo fascinante de la imagen y de la comunicación. Para mí, el cambio era favorable. Yo necesitaba más Rin-Tin-Tin que naturalezas muertas. Pero, a juzgar por los efectos que la TV tenía, según especialistas y maestras, yo ingresaba oficialmente al mundo de los estúpidos, aunque ya había ensayado en casa de mis amigos o en lo de la señora Olga, pionera televidente, que siempre decía: "Ya no hay buenos programas como antes..." (sic). Ahora, al fin, con la tele en casa, no abusaría más de la paciencia de los padres de mis amigos que, cuando no estaban sus hijos, comprensivos, me abrían la puerta. Por otra parte, una TV en casa implicaba mayor socialización, porque en la cena se miraba en familia y, al no tenerla, perdía el intercambio del primer recreo del otro día, que giraba en torno del programa de la noche. Había pocas horas de TV cuando se teorizaba acerca del tiempo de uso, al condenar el exceso. Yo crecí. Era forzoso, como dice la canción de Nacha, pero encuentro observaciones en la ventana que activan el recuerdo de las maestras y de Olga, verdaderas fundadoras del observatorio de medios, si se acepta con ellas que el sentido induce a comportamientos. Sugiero, en cambio, la siguiente observación contra el fantasma de Althusser. Los medios de comunicación de masas (MCM) son una forma de comunicación que se sitúa en el mismo nivel de operación que la política, el arte, la ciencia, la religión, la economía o el derecho. Esa operación es un tipo de comunicación que da la impresión de ser todos aquellos, pero que debido a la configuración de un código propio transforma a los temas comunes en logro, de los MCM. La televisión, por ejemplo, ofrece una teoría de la sociedad disponible y susceptible de ser modificada por los actores involucrados en los acontecimientos, al producirlos y al colaborar con su relato vía los testimonios en video, por ejemplo. La sociedad sabe de sí misma y de su entorno, en gran parte, si no en todo, por los medios. Y también, gracias a los MCM, siente que no se puede confiar de la fuente, porque hay sospecha de manipulación. La salida de la paradoja no depende de si se encuentra un maquinador de intrigas en el transfondo porque los MCM funcionan de acuerdo con un formato de funcionamiento de la misma sociedad moderna que, aunque descubra la genética y la función de los sistemas, puede permanecer estable. Así, es posible para todos utilizar sus comunicaciones como medios de información. Con sólo prender la TV, el mundo aparece visible y transparente, siempre y cuando las comunicaciones improbables resulten exitosas, si la bolilla de la ruleta del control remoto cae en una de las doscientas posibilidades y convierte a la contingencia comunicacional en audiencia. Resulta, sin embargo, que, ante la limitación teórica para explicar este hecho social, en la perplejidad se recurre a los juicios de valor. Pero no se trata nunca de la representación del mundo tal como es en el momento pues, a cada instante, la estructura a priori de los programas consiste en que necesariamente se debe resaltar la anormalidad social. Las noticias, los reportajes y el entretenimiento describen a la sociedad en la sociedad, en el juego del corrimiento de los límites. Compiten con éxito en la apropiación del sentido con la teoría de la sociedad del sistema del derecho. La comunicación fascina en un juego binario en el que se subraya la ficción sobre lo real, lo erótico sobre la castidad, las destrezas corporales sobre la discapacidad y la aventura contra lo ordinario. En síntesis, jugamos a cada instante con las observaciones de segundo orden, a la manera del teatro renacentista, cuando los medios crean, al fin, la ilusión trascendental.
* Ex director de la Carrera de Sociología, UBA. Profesor titular UBA, Flacso y UNL.
Jackobson.
LINGÜISTICA Y POÉTICA
AFORTUNADAMENTE, los congresos científicos y los congresos políticos nada tienen en común. El éxito de una convención política depende del acuerdo general de la mayoría o la totalidad de sus participantes. Pero en la ciencia, en la que las discrepancias parecen ser generalmente más provechosas que el acuerdo común, se desconocen votos y vetos. Las discrepancias ponen al descubierto antinomias y tensiones dentro del campo en cuestión y requieren nuevas exploraciones. Si algo presenta alguna analogía con los congresos científicos no son precisamente los congresos políticos, sino las actividades exploratorias de la Antártica: peritos de varias disciplinas de todo el mundo se esfuerzan por trazar el mapa de una región ignota y buscar dónde se hallan los mayores obstáculos que acechan al explorador, cumbres y precipicios infranqueables. Algo por el estilo parece haber sido la tarea principal de nuestro congreso, y, desde este punto de vista, su labor ha sido un éxito completo. ¿Acaso no nos hemos percatado de cuáles son los problemas, más cruciales y más controvertidos? ¿Acaso no hemos aprendido a ajustar nuestros códigos, a explicar o incluso a evitar ciertos términos con el fin de salvar malentendidos ante personas acostumbradas a otra jerga particular? Estos puntos, creo, están más claros hoy que tres días atrás, si no para todos, para la mayoría de los participantes en este congreso.
 Se me ha pedido que hable sucintamente dr poética y de su relación con la lingüística. El primer problema de que la poética se ocupa es: ¿Qué es lo que hace que un mensaje verbal sea una obra de arte? Toda vez que el objeto principal de la poética es la difierencia especiflca del arte verbal en relación con las demás artes y otros tipos de conducta verbal, la poética está en el derecho de ocupar un lugar preeminente en los estudios literarios. La poética se interesa por los problemas de la estructura verbal, del mismo Modo que ,e1 análisis de la pintura se in-teresa por la estructura pictórica. Ya que la lingüística es la ciencia global de la estructura verbal, la poética. puede considerarse como parte integrante de la lingüística. Examinemos los argumentos que se enfrentan a esta pre-tensión. Está claro que muchos de los recursos que la poética estudia no se limitan al arte verbal. Podemos referirnos a la posibilidad de hacer una película de Cumbres borrascosas, de plasmar las leyendas medievales en frescos y miniaturas, o poner música, convertir 'en ballet y en arte gráfico L'aprés-midi d'un Mune. Por chocante que pueda parecernos la idea de convertir la Riada y la Odisea en cómics,: algunos rasgos estructurales del argumento quedarán a salvo a pesar de la desaparición de su envoltorio verbal. Preguntarnos si las ilustraciones de Blake a la Divina Comedia son o no apro-piadas, es ya una prueba de que pueden compararse entre sí irles diferentes. Los problemas del Barroco o de otro estilo histórico desbordan el marco de un solo arte. Al tratar de la metáfora surrealista, difícilmente podríamos dejar en el olvido los cuadros de Max Ernst y las películas de Luis Bu-fuel, Le chien andalou y L'dge d'or.
En pocas palabras, muchos rasgos poéticos no pertenecen únicamente a la ciencia del lenguaje, sino a la teoría general de los signos, eso es, a la semiótica general
Esto sirve tanto para el arte verbal  como para todas las variedades del lenguaje, puesto que el lenguaje tiene muchas propiedades que son comunes a otros sistemas de signos o incluso a todos ellos (rasgos pansemióticos).
 Asimismo, en una segunda objeción no hallamos nada de lo que sería específicamente literario el problema de las relaciones entre la palabra y el mundo interesa no Sólo al- arte verbal, sino a todo tipo de discurso, si hay que decir la ver-dad. La lingüística muy bien podría explotar todos los problemas posibles de la relación entre el discurso y el "universo del discurso": qué es lo que un discurso dado verbaliza, y cómo lo verbaliza. Los valores de verdad, empero, en la medida que son—al decir de los lógicos—"entidades extra-lingüísticas", rebasan sin duda alguna los límites de la 'poética y de la lingüística en general.
A veces se oye decir que la poética, a diferencia de la lingüística, se interesa por cuestiones de valoración. Esta separación de ambos campos, uno- de otro, se basa en una interpretación corriente pero equivocada del contraste entre la estructura de la poesía y otros tipos de estructura verbal: éstos, se dice, se contraponen por su naturaleza "casual", y carente de intención, al lenguaje Poético, "no casual" e intencionado. A decir verdad, toda conducta verbal se orienta a un fin, por más que los fines sean diferentes y la conformidad de los medios empleados con el efecto buscado sea un problema que preocupa cada día más a los investigadores de los diversos tipos de comunicación verbal. Se da una estrecha correspondencia, más estrecha de lo que suelen creer los críticos, entre el problema de la expansión de los fenómenos lingüísticos en el tiempo y en el espacio y la difusión espacial y temporal de los modelos literarios. Incluso una expansión tan discontinua como la resurrección de poetas arrinconados u olvidados—por ejemplo, el descubrimiento póstumo y canonización consiguiente de Gerard Manley Hopkins (m. 1889), la fama tardía de un Lautréamont (m. 187o) entre los poetas surrealistas, y la notable influen-cia del hasta ahora ignorado Cyprian Norwid (m. 1883) en la moderna poesía polaca—es paralela a la historia de las lenguas normativas, propensas a reavivar modelos caducados, a veces largo tiempo en olvido, como ocurrió en el checo lite-rario, lengua que, hacia comienzos del siglo xrx, propendía a los modelos del siglo xvr. Desgraciadamente, la confusión terminológica entre "esudios literarios» y." crítica" es una tentación para el estudioso de la literatura, para que substituya la descripción de los valores intrínsecos de una obra literaria por un fallo subjetivo, sancionador. La etiqueta "crítico literario» aplicada a un investigador de la literatura es tan errónea como lo se-ría la de "crítico gramático (o léxico)" aplicada a un lingüísta. La investigación sintáctica y morfológica no puede ser suplantada por una gramática normativa, del mismo modo que ningún manifiesto que esgrima los gustos y opiniones particulares de un crítico puede funcionar corno sucedáneo de un análisis científico objetivo del arte verbal. No se confunda esta afirmación con el principio quietista del laissez-faire; cualquier cultura verbal comprende iniciativas normativas, planificaciones, programas. Y, sin embargo, ¿por qué se hace una neta distinción entre lingüística pura y aplicada, o entre fonética y ortoepía pero no entre estudio de la literatura y crítica? Los estudios literarios, y la poética como el que más, consisten, como la lingüística, en dos conjuntos de problemas: sincrort. diacronía. La descripción sincrónica abarca no sólo producción literaria de una fase dada, sino aquella parte de la tradición literaria que ha sido vital o se ha revitalizado en la fase 'en cuestión. Así, por ejemplo, Shakes-peare por una parte, y Donne, Marvell, Keats y Emily Deka inson por otra, integran la experiencia del mundo poético inglés actual, mientras que las obras de James Tho' 'son y Longfellow no pertenecen al conjunto de los valores artísticos viables de nuestros días. Uno de los problemas fundamentales de los estudios sincrónicos de la literatura lo constituye precisamente la selección de los clásicos y su reinterpretación por parte de ur? nueva tendencia. La poética sincrónica, al igual que la lingüística sincrónica, no debe confundirse con la estática: cada fase establece una discriminación entre formas más conservadoras y formas más innovadoras. Cada fase contemporánea se experimenta ,en su dinamismo temporal, así como, por otra parte, el enfoque histórico, en poética como en lingüística, se interesa no sólo por los factores del cambio, sino también por los factores continuos, permanentes, estáticos. Una poética histórica ge-neral, o una historia general del lenguaje, es una superestructura que hay que edificar sobre una serie de descripciones sincrónicas sucesivas. El querer mantener la poética aislada de la lingüística sólo se justifica cuando el campo de la lingüística se restringe más de lo debido, por ejemplo, cuando algunos lingüistas consideran la oración como la construcción analizable suprema o cuando el objetivo .de la lingüística se confina simplemente a la gramática, o sólo a los problemas no semánticos de forma exterior, o aI inventario de los recursos denotativos sin referencia alguna a las variaciones libres. Voegelin ha señalado con toda claridad cuáles son los problemas más importantes y más interrelacionados con los que se enfrenta la lingüística estructural, a saber, una revisión de "la hipótesis monolítica del lenguaje» y un interés por "la interdependencia de varias estructuras en el interior de una lengua dada". Es innegable que para cada comunidad lingüística, para cada hablante, existe una unidad de lenguaje, pero este código global representa un sistema de subcédigos interconexos; cada lengua abarca varios sistemas concurrentes que se caracterizan por una función diferente Es evidente que estamos de acuerdo con Sapir en que, en términos generales, "la ideación es la reina absoluta del lenguaje .Sin que esta supremacía autorice a la lingüística a que prescinda de los "factores secundarios». Los elementos emotivos del discurso Que, como Joos tiende a creer, no pueden describirse "con un número finito de categorías absolutas"el los clasifica como elementos no linguisticos mundo real". De ahí que "para nosotros sean fenómenos vagos, 'proteicos, fluctuantes, que nos negamos a tolerar en nuestra ciencia", según concluye él. A decir verdad, Joos es un brillante experto en los experimentos de reducción, y su insistente exigencia de una "expulsión" de los elementos emotivos "de la ciencia lingüística?' es un experimento de reducción radical: reductio ad absurdum.
Hay que investigar el lenguaje en toda la variedad de sus funciones. Antes de analizarla función poética, tenernos que definir su lugar entre las demás funciones del lenguaje.
Unaesquematización de estas funciones exige un repaso conciso de los factores, que constituyen todo hecho discursivo, cual. quier acto de comunicación verbal. El DESTINADOR manda un MENSAJE al DESTINATARIO. Para que sea operante, el mensaje requiere un CONTEXTO de referencia (un "referente", según otra terminología, un tanto ambigua), que el destinatario pueda captar, ya verbal ya susceptible de verbaladación; un CÓDIGO del todo, o en parte cuando menos, común a destinador y destinatario (o, en otras palabras, al codificador y al descodificador del mensaje); y, por fin, un CONTACTO, un canal físico y una conexión psicológica entre el destinador y el destinatario, que permite tanto al uno corno al otro establecer y mantener una comunicación. Todos estos factores indisolublemente implicados en toda comunicación verbal, podrían ser esquematizados así
CONTEXTO DESTINADOR MENSAJE DESTINATARIO

CONTACTO CÓDIGO
Cada uno de estos seis factores determina una función diferente del lenguaje. Aunque distingamos seis aspectos básicos del lenguaje, nos sería sin embargo difícil hallar mensajes verbales que satisficieran una únicafunción. La diversidad no está en un monopolio por parte de alguna de estas varias funciones, sino en un orden jerárquico de funciones diferente. La estructura verbal de un _  mariamente, dela función_predomiPante. Pero incluso si una ordenación (Éinstellung) hacia el referente, una orientación hacia el CONTEXTO—en una palabra, la llamada función REFERENCIAL, "denotativa", "cognoscitiva"---es el hilo conductor de varios mensajes, el lingüista atento no puede menos que tomar en cuenta la integración accesoria de las demás funciones en tales mensajes. La llamada función EMOTIVA O "expresiva", centrada en el DESTINADOR, es una expresión directa de la actitud del hablante ante aquello de lo que está hablando, tiende a producir una impresión de una cierta emoción, sea y verdadero fingida; por eso, el término "emotivo", lanzado y propugnado por Marty," ha demostrado ser preferible a "emocional El estrato puramente emotivo lo presentan las  interjecciones .
Difieren  del lenguaje referencial tanto por su sistema fonico.(secuencias fónicas peculiares o incluso sonidos inhabituales en otros contextos) como  por su función sintáctica (no son componentes sino mas bien equivalentes de oraciones). "iPse!—dijo McGinty": la elo cución completa del personaje de Conan Doyle consiste en un sonido africado y otro vocálico. La función emotiva, que las interjecciones ponen al descubierto, sazona hasta cierto punto todas nuestras elocuciones a nivel fónico, gramatical y léxico. Sí analizamos la lengua desde el punto de vista de la información que vehicula, no podemos restringir la noción de información al aspecto cognoscitivo del lenguaje. Un hombre, al servirse de unos rasgos expresivos para patentizar su cólera o su actitud irónica, vehicula una información visible, por más que, de toda evidencia, esta conducta verbal no puede compararse a actividades no semióticas, como la nutritiva de "comer pomelos" (a pesar del atreslido símil de Chatman). En inglés, la diferencia entre [big] y la prolongación enfática de la vocal (big) es un rasgo lingüístico convencional, codificado, al igual que la diferencia entre las vocales breves y largas como en estos pares del checo [vi] `vosotros' y [vi..] 'sabe', por más que en este último par la información diferi encial sea .fonemica y en el primero puramente emotiva. Si nos fijamos en las invariantes fonémi-cas, las /i/ e /i:/ inglesas se presentan como simples variantes de un mismo fonema, pero si nos fijamos en las unidades emotivas, la relación entre las invariantes y las varian-tes se invierte: la longitud y la brevedad son invariantes que vienen completadas por fonemas variables. Suponer, como hace Saporta, que la diferencia emotiva es un rasgo no lin-güístico, «atribuible a la transmisión del mensaje y no al mensaje mismo», reduce de modo arbitrarió la capacidad informativa  de los mensajes. Un antiguo discípulo de Stanislavskij me relató que, para su audición, el famoso director le pidió que construyera cuarenta mensajes diferentes con la expresión segodnja vderom esta noche'), a base de diversificar su tinte expresivo. ,Redactó una lista de una cuarentena de situaciones emocionales, y luego profirió la expresión'susodicha de acuerdo con cada una de estas situaciones; el público tenía que distinguirlas sólo a partir de los cambios de configuración sonora de estas das palabras. En nuestro trabajo de investigación sobre la descripción y el análisis del ruso normativo contemporáneo (bajo los auspicios de la Fundación Rockefeller), pedimos a este actor que repitiera el test de Stanislavskij. Apuntóse una cincuentena de situaciones sobre la base de la misma oración elíptica e hizo una cincuentena de mensajes correspondientes para grabación. La mayoría de los mensajes fueron descodificados correcta y debidamente por los oyentes moscovitas. Déjeseme añadir que todos los procedimientos emotivos de esta índole pueden ser fácilmente sometidos, a análisis lingüístico.
Orientación hacia el DESTINATARIO, la función CONATIVA , halla su más pura expresión gramatical en el vocativo y el imperativo, que tanto sintácticamente como  morfológicamente, y a menudo incluso fonéticamente, se apartan de las demás categorías nominales y verbales. Las oraciones de imperativo difieren fundamentalmente de oraciones declarativas  estas y no aquellas pueden ser sometidas a un test de veracidad .
Cuando en la obra de Oneill The fountain Nano dice: "¡Bebes", el imperativo no puede ser sometido a la pregunta "¿es o no verdad?", que muy bien puede hacerse de ora-dones como "bebió", 'beberá", "bebería». A diferencia de las oraciones de imperativolas oraciones declarativas pueden transformarse en  oraciones interrogativas: "¿bebió? », "¿beberá? ", "¿bebería?". El modelo tradicional del lenguaje, como particularmente lo elucidan Bühler,4 se limitaba a estas tres funciones—emotiva, conativa y referencial  y a las tres puntas de este modelo: la primera persona, el destinador; la segunda, el destinatario; y la "tercera persona", de quien o de que se habla.

Así, la función mágica, encantatoria, es más bien una especie de transformación de una "tercera persona" ausente o inanimada en destinatario de un mensaje conativo. "Que se seque este orzuelo, du, da, ¿fu, 'fu" (hechizo lituano).5 "¡Agua, río, rey, amanecer! Manda la pena Inés allá del mar azul, al fondo del mar, como una piedra gris que nunca más pueda salirse de él, que no vuelva más la pena a ser una carga para el ligero corazón del siervo de Dios, que la pena se vaya y se hunda" (hechizo de la Rusia septentrional).6 "Detente, oh sol, sobre Gedeón, y tú, luna, sobre el valle de Ayalón. Y el sol se detuvo, y quedóse quieta la luna ..." (los. x.12). No obstante, hemos observado tres factores constitutivos más de la comunicación verbal, con sus tres correspondientes funciones lingüísticas.
Hay mensajes que sirven sobre todo para establecer, prolongar o interrumpir la comunicación, para cerciorarse de . ' que el canal de comunicación funciona para llamar la atención del interlocutor o si este le esta escuchando  ("Bien oiréis lo que dirá", del romancero tradicional popular—y, desde la otra punta del hilo: "Haló, haló"). Esta orientación hacia el CONTACTO, o, en términos de Malinowski, la función FÁTICA,7 puede patentizarse a través de un intercambio profuso de fórmulas ritualizadas, en diálogos enteros, con el simple objeto dé ! prolongar la comunicación. Dorothy Parker captó ejemplos elocuentes como éste:
—Bueno—dijo el joven. —Bueno—dijo ella.
5 V. T. Mansikka, Duni-in-be Zauberspriiche, FFC N° 87 (1929), p. 69. a P. N. Rybnikov, Pensi (Moscú 19zo), vol. III, pp. 2175. 7 B. Malinowski, "The problem of meaning in primitive languages", en C. K. Ogden y 1. A. Richards, The ~ening of weamng (Nueva York y Londres x9530), pp. 296-336.
—¡Bueno!, ya estamos—dijo él. estamos—dijo ella—, ¿verdad? —Eso creó:Lun.° éle•. jj ata, ya estamos! —Buend—dijo ella. —Bueno—dijo e—, bueno.
El interés por iniciar y mantener 'una comunicación es tí-pica de los pájaros hablantes; la función fátíca del lenguaje es la única que comparten con los seres humanos. Tam-bién es la primera función verbal que adquieren los niños; éstos gustan de comunicarse Ya antes de que puedan emitir o captar una comunicación informativa.
La lógica moderna ha establecido una distinción entre dos niveles de lenguaje, el lenguale-objéto, que habla de objetos  y el metalenguaje, que habla del lenguaje mismo. Ahora bien, \‘ el metalenguaje no es únicamente un utensilio científico necesario, que lógicos y lingüistas emplean; 'también juega un papel importante en el lenguaje de todos los días. Al igual que el Jourdain de Moliére, que hablaba en prosa sin saberlo, practicamos el metalenguaje sin percatamos del carácter metalinguistico  nuestras oraciones .  Cuando el destinatario quiere cercionarse de que están usando el mismo código  el mismo código, el discurso se tonces realiza una función METALINGÜÍSTICA "No acabo de entender, ¿que quieres d ecir? , pregunta el destinatario. Y el destinados, anticipándose a estas preguntas, pregunta: "¿Entiendes lo que quiero decir?"
La información que vehiculan todas estas oraciones ecuacionales se refiere simplemente al código léxico del español; su función es estrictamente metalingtiística. Todo proceso de aprendizaje de la lengua especialmente la por parte del niño de parte materna recurre ampliamente a  estas operaciones metalinguisticas y la afasia es la perdida de estas operaciones
 Ya hemos sacado a colación los seis factores implicados en la comunicación verbal, salvo el mensaje mismo. La orientación (Einstellung) hacia el  mensaje  como tal, el mensaje por el. mensaje, es la función P OÉTiCA del lenguaje. Esta función no puede estudiarse de modo eficaz fuera de los  problemas generales del lenguaje  y por otra parte, la indagacion del lenguaje requiere una consideración global de  su función poética: Cualquier tentativa de reducir la esfera de la función poética á la poesía o de confinar la poesía a la función poética sería una tremenda simplificación engañosa  La función poética no es la única función de arte verbal sino sólo su función dominante, determinante, mientras que  en todas las demás actividades verbales actúa cómo constitutivo subsidiario, accesorio.
Esta función al promocionar la patentizacion de los Signos, profundiza la dicotomía  -fundamental de signos y objetos. De ahí que al estudiar la función poética la lingüística  pueda limitarse al campo de la poesía. ' "¿Por qué dices siempre Ana y Maria y nunca María y Ana? ¿Acaso -quieres más a Ana qué a su hermana gemela?". "No, lo que ocurre es que suena mejor". En una secuencia de dos nombres coordinados, mientras no haya interferencia de cuestiones de rango, la precedencia del nombre más corto cae mejor al hablante, como una configuración bien ordenada del mensaje de que él no puede dar razón. Una muchacha solfa hablar del "tonto de Antonio".
"¿Por qué tonto?". "Porque le desprecio". "Pero,- ¿por qué no ridículo, desagradable, payaso, simplón?". "No sé, pero tonto le cae mejor". Sin saberlo, aplicaba el recurso poético de la paronomasia.
El eslogan -olítico I like Ike (/ay layk ayk/) es de _estructura esquemática, consistente en tres monosílabos, con ' tres diptongos /ay/, cada uno de los cuales viene seguido simétricamente de un fonema consonántico 1. .1 k k/.
 La conformación de las tres palabras presenta una variación: no se da ningún fonema consonántico en la primera palabra; dos cercan el segundo diptongo, y hay una consonante final en el tercero. Ya Hymes había notada un parecido núcleo /ay/ dominante en algunos de los sonetos de Keats. Los dos cólones de la fórmula trisilábica "I like / Ike" riman entre sí, y la segunda de las dos palabras rimantes está plenamente in-cluida en la primera (rima en eco): /layk/ — /ayki,simagen paronomástica de un sentimiento que recubre totalmente a su objeto. Ambos fragmentos forman aliteración entre sí, y el primero de los dos términos atiterantes está incluido en el segundo: /ay/ --- /ayk/, imagen paronomástica del sujeto amante encubierto por el objeto amado. La función secundaria, poética, de este eslogan electoral refuerza su contun dencia y su eficacia. Como ya dijimos, el estudio lingüístico de la función por`\, tica tiene que rebasar los límites de la poesía, al mismo tiempo que la indagación lingüística de la poesía no puede limitarse a la función poétida. La poesía épica, centrada en la tercera persona, implica con mucha fuerza la función referencia' del lenguaje, la lírica, orientada a la primera persona, está íntimamente vinculada con la función emotiva; la poesía de segunda persona está embebida de función cognitva y es o bien suplicante o bien exhortativa, según que la primera persona se subordine a la segunda o la segunda a la primera.
 Ahora que nuestra rápida descripción de las seis fundones básicas de la comunicación verbal está más o menos completa, podemos completar nuestro esquema de los factores fundamentales con un esquema correspondiente de funciones:
EMOTIVA
REFERENCIAL
POÉTICA FÁTICA
META LINGÜÍSTICA,
CONATIVA
¿Cuál es el criterio lingüístico empírico de la función poética? En particular, ¿cuál es el rasgo indispensable inherente en cualquier fragmento poético? Para contestar a esta pregunta, tenemos que invocar los dos modos básicos de conformación empleados en la conducta verbal, la selección y la combinación. Supongamos que niño sea el tema del mensaje. El hablante elige uno de los nombres disponibles, más o menos semejantes, como niño, rapaz, muchacho, peque, todos ellos equivalentes hasta cierto punto; luego, para decir algo de este tema, puede seleccionar uno de los verbos semánticamente emparentados: duerme, dormita, cabecea. Las dos palabras escogidas se combinan en la cadena discursiva.
La selección se produce sobre la base de la equivalencia, la semejanza y desemejanza, la sinonimia  mientras que la combinación la construcción de la secuencia se basa en la contigüidad.
La función poética proyecta el principio de equivalencia del eje de selección al eje de combi-nación. La equivalencia pasa a ser un recurso constitutivo de la secuencia. En poesía una sílaba está en relación con cualquier otra sílaba de la misma secuencia; todo acento de palabra se supone que es igual a cualquier otro acento de palabra así como toda átona es igual a cualquier otra átona; linde verbal igual a linde verbal, falta de linde verbal igual a falta de linde verbal; la pausa sintáctica es igual a aura pausa sintáctica, la falta de pausa, a otra falta de pausa.
Las sílabas se convierten en unidades de medida, y lo mismo ocurre con las moras o los acentos. Si se objeta que también el metalenguaje hace un uso secuencial de unidades equivalentes al combinar expresiones  sinónimas en una oración ecuacional: A:---zA ("Yegua es la hembra del caballó, diremos que la poesía y el metalenguaje están diametralmente opuestos: en el metalenguaje la secuencia se emplea para construir una ecuación, mientras que en poesía la ecuación se emplea para construir una secuencia. En poesía, y hasta cierto punto también en las manifestaciones latentes de la función poética, las secuencias, delimitadas por lindes verbales, se vuelven conmensurables,  tanto si se estima qiie están en relación de isocronía como de gradación. Ana y María nos revela el principio poético de la gradación silábica, el mismo principio que en las cadencias de la épica popular serbia ha sido elevado a rango de ley obligatoria. Si sus dos palabras no fueran dactílicas, es muy difícil que la combinación "innocent bystander" se hubiera convertido en un cliché. La simetría de tres verbos disilábicos, con una misma consonante inicial y con idéntica vocal A final, ponía de realce el lacónico mensaje victorioso de César'
La medición de las secuencias es un recurso que, fuera de la función poética, no halla aplicación en la lengua. Sólo en poesía, con sti reiteración regular de unidades equivalentes, se experimenta el tiempo de la fluencia lingüística
Lipovetsky
Desde hace mas de medio siglo, los intelectuales jamas han cesado de mantener un discurso hipercritico sobre los medios de comunicación de masas, los cuales no tardaron en ser acusados de constituir instrumentos de manipulation y de alienación de esencia totalitaria. La escuela de Frankfurt estigmatizo las industrias culturales que transforman las obras de arte en productos de consumo; vio en los medios una fabrica de estereotipos cuyo papel consiste en consolidar el conformismo, justificar el orden establecido, desarrollar la «falsa conciencia», asfixiar el espacio publica de la discusión. Los situacionistas denunciaron una comunicación unilateral que quebranta la comunidad, aislando unos de otros a los individuos. Control y manipulación de la opinion, estandarizacion de las ideas y los gustos, disgregaciOn del espacio publico, atomizacion de la esfera social...: el retrato dominante de los medios vehicula la idea de su omnipotencia.
¿Existe un recrudecimiento de la violencia? Es culpa de las «telematanzas». ¿Baja el nivel escolar? La causa son las horas pasadas delante de la pantalla, así como el cretinismo de los programas. ¿Vuelve a causar estragos la xenofobia? No deberían haber invitado a los líderes de los partidos de extrema derecha a los platós de televisión. ¿Los electores no acuden a las urnas? Es porque los medios los embrutecen con pro-gramas de variedades y transforman la política en espectáculo. El culpable ha sido designado sin la menor sombra de duda; tenemos un nuevo demonio responsable de todos nuestros males: los medios. Se me antoja que semejante demonización, que eri ocasiones recuerda la música enlatada, carece de fundamento. Los medios gozan de un estatus en la [sociedad que sería ridículo minimizar, pero no tienen todos los poderes. ¿Cuál es, exactamente, el alcance de la influencia ejercida por los medios sobre la opi-nión pública y los individuos? ¿En qué medida han conseguido degradar el espacio público democrático? ¿Son los enemigos de la sociedad liberal? Querría vol-ver a abordar aquí tales cuestiones, que con demasia-da frecuencia dan lugar, a mi modo de ver, a análisis apocalípticos.
MASIFICACIÓN E INDIVIDUALIZACIÓN
¿Poder social de los medios en lo tocante a transformación de los modos de vida, los gustos y los comportamientos? El hecho resulta difícilmente contestable. Desde los años veinte, la publicidad se ha es-forzado por destruir las costumbres locales y los comportamientos tradicionales, por inculcar las normas modernas del consumo, por propagar las de la como-didad, la juventud y las novedades. A partir de los años cincuenta, no hemos cesado de reconocer en ella una máquina estandarizadora que promueve una «felicidad conformista» apuntalada por el materialismo y el mercantilismo. Igualmente, los periódicos y la radio, la prensa y la televisión han adquirido un in-menso poder de uniformización de los gustos y las actitudes. Bestsellers, «superéxitos», idolatría de las estrellas, obsesión con las modas, éxitos del mes..., otros tantos fenómenos que expresan la capacidad mediática para crear a gran escala la similitud emocional y comportamental. Incluso los gestos más cotidianos tienden a homogeneizarse: más de tres de cada cuatro franceses miran la televisión todos los días, y el aumento de horas semanales pasadas frente a la pequeña pantalla concierne *a toda la población. Como término medio, hombres y mujeres se convierten en telespectadores durante un período bastante similar: veintiuna horas por lo que respecta a los primeros frente a veintitrés para las segundas. Cada día millones y millones de personas escuchan los mismos discos, ven las mismas series televisivas, contemplan los 'mismos anuncios publicitarios. Los medios se dirigen a individuos disímiles, pero ello lleva aparejado un proceso de estandarización de masas de los modos de vida, los gustos y las costumbres. ¿Es preciso decir, como hacen algunos, que el poder de condiciona-miento y de masificación de los medios nos transfo-ma en «benditos» de Panurgó, en ciudadanos estándar hipnotizados por los eslóganes, imágenes y espectáculos de la diversión programada? Las imágenes publicitarias, las fotos de moda y la prensa femenina ilustran bien a las claras esta in-fluencia de los medios hasta en lo Más íntimo, en particular sobre todo cuanto se relaciona con la apariencia del cuerpo. Así, algunos hablan de una «tira-nía» de la belleza ejercida por los medios contemporáneos. Cuanto menos dirigista se muestra la moda vestimentaria, más se exaltan y sobreexponen las normas de la delgadez y de la juventud; cuanto más plural es la moda, en mayor medida el cuerpo esbelto y firme se convierte en un ideal consensual. Aun cuan-do la estética de la «línea» no sólo se explica por las imágenes de las top modehlresulta imposible no reconocer la parte que cabe atribuir a los medios en esta dinámica de normalización obsesiva del aspecto físico. El poder de los medios coincide con una capaci-dad de imposición de modelos que, pese a no ser obligatorios, no por ello dejan de estar dotados de temible eficacia De ahí las innumerables puestas en guardia contra las amenazas de conformismo y de despersonalización engendradas por los medios, por cuanto permitirían, para hablar corno Heidegger, al «"se" desarrollar su dictadura característica». La tesis de la masificación ha sido criticada por las sociologías que insisten en los condicionamientos de clase diferenciados y diferenciadores.
 Aunque en efecto, los medios se dirigen a todos, no homogeneizan en mayor medida el cuerpo social de lo que lo hace la escuela, ya que los gustos y las costumbres son ampliamente determinados por las culturas de clase y las luchas por las señas distintivas. A la mitología de la masa sin diferencia hay que oponer los estilos de vida clasificados y clasificadores, las mentalidades diferentes, las lüchas simbólicas entre las clases. Cierta-mente, tales críticas no carecen de fundamento, con la salvedad de que pasan por alto lo que a mi modo de ver constituye lo esencial de la obra de los medios en las sociedades democráticas, es decir, su contribución al advenimiento histórico de una nueva cultura ti individualista. En efecto, los medios forman parte. de esas fuer-zas que subyacen en la formidable dinámica de individualización de los modos de vida y los comportamientos característica de nuestra época. La prensa y el cine, la televisión y la publicidad han difundido en todo .el cuerpo social las normas de la felicidad y el consumo privados, de la libertad individual, del ocio y los viajes, del goce erótico: la plenitud íntima y los  deleites privados han pasado a ser ideales de masas que se exaltan sin cesar. Al sacralizar el derecho a la autonomía individual, al promover una cultura relacional, al celebrar el amor al cuerpo, los placeres y la felicidad privada, los medios se han convertido en agentes disolventes de la fuerza de las tradiciones y de las antiguas estanquidades de clase, de las morales tigoristas y de las grandes ideologías políticas Lo que se ha impuesto corno la nueva norma legítima de la mayoría es el vivir aquí y ahora y según el propio al-bedrío. Con ello los medios han desencadenado, al mismo tiempo que los «objetos», una dinámica de emancipación de los individuos con respecto a las autoridades institucionalizadas y las obligaciones de pertenenciai.A partir de los años sesenta, las grandes instituciones colectivas han perdido gran parte de su poder regulador; las mujeres, los jóvenes, las minorías sexuales, los ciudadanos, los creyentes se han ido libe-rando cada vez más de las modas de encuadramiento social precedentes. Desde hace medio siglo, consumo y comunicación de masas han puesto en órbita la «segunda revolución individualista», marcada por el fracaso de los grandes sistemas ideológicos, por la cultura del cuerpo, del hedonismo y del psicologismo, por el culto a la autonomía subjetiva. En ese contexto, las conductas individuales se ven cada vez menos presionadas socialmente, y cada cual tiene absoluta libertad de componer y recomponer sus orientaciones y su modo de vida a través de una oferta creciente de pun-tos de referencia diversos. Paradójicamente, el imperio del consumo y de la comunicación de masas ha desembocado en un individuo 4desinstitucionalizado y opcional, que reivindica en todos los planos el derecho de autogobernarse. Igualmente, las técnicas de comunicación de masas han favorecido los nuevos modos de vida individualistas de un modo más «mecánico». Así, la difusión de la televisión en los hogares ha acelerado la erosión de ciertas formas de sociabilidad 'tradicional, como la vida de barrio, la calle, el café.
La televisión ha puesto fin a la frecuentación regular del bar del barrio por parte de los hombres, tal como ha hecho caer la de las salas de cine. Los rituales del café y del cine se han visto sustituidos por el del telediario o la película del domingo por la tarde. En Nochebuena ya no se va a la misa del gallo, se enciende la tele. Del mismo modo, cada vez se sigue más el deporte en la pequeña pantalla. Hoy en día, los franceses dedican más tiempo al consumo de audiovisuales en casa (televisión, radio, discos) que al trabajo: cuarenta y tres horas semanales como término medio para las personas que ejercen una actividad profesional. Los lugares tradicionales de sociabilidad (trabajo, Iglesia, sindica-tos, cafés) ceden por doquier terreno al universo privatizado del consumo de objetos, de imágenes y de sonidos. Esta tendencia a la individualización se acrecienta todavía más con el multiequipamiento de los hogares en materia de receptores y de equipo de alta fidelidad, con el vídeo, las videocasetes, los lectores de discos compactos, el cable, la multiplicación de las cadenas de televisión... Otras tantas tecnologías que permiten una mayor individualización de los hábitos, mayor desincronización de las costumbres, más posibilidades para cada cual de elegir sus programas, de liberarse de las obligaciones colectivas o semicolectivas (familia) relativas al espacio y el tiempo. A este respecto pese a sus límites de sobra conocidos, la fórmula de McLuhan,—«el medio constituye el mensaje»— sigue siendo acertada: cualesquiera que sean los programas difundidos, los medios, en las sociedades democráticas, trabajan por privatizar los comportamientos, por individualizar las costumbres, por privilegiar lo individual en detrimento de lo colectivoiS trata de un individualismo desregulado, desincronizado, a la carta, que la galaxia de los mass-medía no cesa de favorecer. Conocemos numerosas polémicas entabladas contra los medios, a los que se acusa de embrutecer a los individuos, de infantilizar al público, de atrofiar sus ' facultades intelectuales con una ola de informaciones y de imágenes superficiales, fragmentarias, puestas en escena para divertirnos. Así pues, los medios, y la te-levisión en particular, no están ahí para educarnos y llevarnos a reflexionar, sino únicamente para distraernos y obtener la máxima audiencia. Nada más que sandeces, espectáculo, variedades, palabras que des-filan a gran velocidad y que impiden toda verdadera reflexión: la duración media de exposición de un tema en un boletín televisado estadounidense es de cuarenta y cinco segundos. En la actualidad no se re-quiere de ningún déspota para desposeer a los indivi-duos de su autonomía; hoy los medios, con su tono festivo, se encargan de ello: de ese modo se habría ini-ciado la empresa de «devastación espiritual». No hay que echar en saco roto todas esas acusaciones; ahora bien, sólo se trata de una parte de un fenómeno mucho más complejo. En efecto, a través de las informaciones y los de-bates de sociedad, los medios amplían «mecánica-mente» los horizontes de todos, dan a conocer diferentes puntos de vista, ofrecen diversos enfoques. Las cuestiones relativas a la vida política, a los problemas sociales, a la cultura, a la salud se ponen al alcance de todos, bloques de saber se encuentran a disposición de la mayoría. Por medio de lo cual de ahora en adelante los individuos se hallan. en condiciones de establecer comparaciones entre ellos y los demás, entre el aquí y el «en otra parte», entre el hoy y el antaño. Amplificadores de comparaciones, los medios se es-fuerzan por liberar las mentes de la influencia de las tradiciones y de las culturas de grupo o de clase, con-tribuyen, siquiera sea de manera muy imperfecta y desigual, a individualizar las opiniones, a multiplicar los valores de referencia, a hacer que los individuos pierdan la confianza en los partidos políticos y las Iglesias, a emanciparlos respecto de ideologías mono-líticas Ello no provoca que desaparezcan ni los conformismos ni los clichés, pero éstos se vuelven menos rígidos, menos firmes, y se procede con mayor rapidez a reconsiderarlos. Porque permiten la comparación, porque informan al público independientemente de la autoridad del Estado, de un partido o de una Iglesia, los mediós favorecen globalmente un uso acrecentado de la razón individual Aun cuando ya no existan grandes ideologías oposicionistas, el espíritu crítico no .se desvanece, sino que tiende a generalizarse, extendiéndose a todas las cuestiones de la vida. Las críticas radica-les se extinguen, las críticas y rechazos parciales dejan de tenerse en cuenta. A largo plazo, los individuos tienen mayores posibilidades de replantearse sus opiniones, de ejercer un libre examen, de tornar distancia en relación con las posiciones de las autoridades institucionales. Tanto lo superficial como el ludismo mediático constituyen en mayor medida instrumentos de la Ilustración que su tumba.
¿Y LA CULTURA?
No echemos las campanas al vuelo, no obstante. En primer lugar, esa difusión social de la «Ilustración» cohabita, como sabemos, con diversos fanatismos, con la multiplicación de las sectas, las creencias esoté-ricas y otros fundamentalismos. Y nos cuidaremos muy mucho de ver en ello un «residuo» o una supervivencia de otra era: esos nuevos retos a la razón humanista proceden de la dinámica misma del neoindividualismo y de la sacudida de la fuerza de encuadramiento de las grandes instituciones. En segundo lugar, los medios distan mucho de cumplir las promesas de una plena democratización de la cultura. Mientras que, cada vez más, las emisiones literarias televisadas se transmiten a horas tardías, los gustos del público se orientan masivamente hacia las películas y los espectáculos de deportes o de variedades. La tasa de lectura ha dejado de progresar desde hace años: uno de cada cuatro franceses no ha leído un solo libro en el curso de los doce últimos meses; el núcleo de lectores asiduos se reduce; los jóvenes prefieren comprar con su asignación discos compactos o tarjetas telefónicas antes que libros, sus preferencias se dirigen más hacia los juegos de vídeo, los chau o los deportes que a la lectura. Pese al formidable incremento de estudiantes de profesores, la venta de obras de humanidades y de filosofía —dejando aparte algunos bestsellers— no sobrepasa, como término medio, algunos centenares de ejemplares: ¡un nivel idéntico al que existía a finales del siglo xix! En nuestros días se habla del «retorno de la filosofía»; sin embargo, lo que subyace en el fenómeno no es tanto la pasión por las ideas y por la verdad como una vaga búsqueda de «recetas» .en vistas a un mayor bienestar subjetivo. Ni el libro ni la cultura agonizan, pero vienen a responder en mayor medida a cuestiones persónales que a cuestiones teóricas. Los individuos ambicionan no tanto pensar mejor y comprender el mundo como disfrutar de una mayor felicidad de inmediato: después de los pensadores radicales, es la hora de los simpáticos «curanderos» de la existencia. Mejor que el Prozac, la filosofía tranquilizante: diversos artículos de prensa se han adentrado alegremente por esa vía saludando la llegada, por fin, de una filosofía agradable, accesible, que ayuda a los individuos a resolver sus conflictos. ¿Retorno de la sabiduría' En modo alguno. Tan sólo una nueva estrategia, individualista y consumidora, del ego, que se esfuerza por sufrir menos, por ver más claro en su interior, por «resolver» sin esfuerzo ni disciplina sus problemas y que, para lograrlo, busca de forma muy pragmática en algunas obras lo que las «cosas» no le procuran. No se trata de la filosofía griega que regresa con renovadas fuerzas, sino del Horno consuman que triunfa anexionándose un nuevo territorio, hasta el momento exterior al fast food. El éxito de la filosofía traduce no tanto una búsqueda de sentido como la extensión de la lógica de consumo, no tanto una voluntad de inteligibilidad del mun-do como la preocupación terapeutica del yo posmoderno obsesionado por sus problemas íntimos y su malestar. Desde un punto de vista más general, los «compendios», los libros prácticos, las guías de toda índole, las obras útiles para la actividad profesional invaden las librerías. Cada vez más, los libros son objeto de un uso utilitario, ya sea en relación con la actividad profesional o con la vida cotidiana. Cómo enve-jecer mejor, dormir mejor, relajarse mejor, vivir mejor en el hogar (tal es el fundamento del feng shui), comer mejor El individuo, posmoderno quiere soluciones eficaces, técnicas, a las cuestiones diversas de la vida. No es la pasión por el pensamiento lo que triunfa, sino la exigencia de saberes y de informaciones inmediatamente operacionales. Pérdida de su aura por parte de la cultura, hit parade de los pensadores y de los libros, emisiones-espectáculo, libros-kleenex, estancamiento de la lectura, modas filosóficas u otras: todos esos fenómenos no son sinónimos del fracaso del pensamiento, y no hay que situarlos en el mismo plano. Y si bien salta a la vista que los medios no son en absoluto ajenos a tales evoluciones, nos guardaremos mucho de cargar las tintas respecto a ellos, pues es toda nuestra civilización tecnocientífica, funcionalista, consumista e individualista la que empuja en ese sentido. Si la responsabilidad de los medios en ese ámbito existe, es limitada.
MEDIOS E INDIVIDUALISMO PARADÓJICO
Es un individualismo paradójico el que acompaña al universo contemporáneo de los medios.-La culura posmoderna ensalza la calidad de vida, pero al mismo tiempo los individuos permanecen «pegados» a la pantalla del televisor. incluso cuando los programas procuran escasa satisfacción; pone en un pedestal la iniciativa y la autonomía, pero sólo uno de cada cinco telespectadores, al menos por lo que respecta a Francia, decide con antelación el programa que va a ver, uno de cada dos enciende el televisor sin conocer la programación. Cabe contemplar el consumo tele-visivo más como una costumbre que como la expresión de una elección individual deliberada. Así, el espectador posmoderno no se identifica ni con el miembro estandarizado de la masa ni con el individuo soberano; se trata del individuo zapeador, de es-cucha fluctuante: casi la mitad de los jóvenes de 20 a 24 años siguen, en ocasiones, varias emisiones al mismo tiempo. De ahí que las amenazas que gravitan sobre nosotros ya no tengan que ver con la manipulación, la masificación o el adoctrinamiento, sino que se encarnan más bien en el auge de las prácticas adictivas, las cibercompulsiones y otros usos inmoderados o incontrolables. Los medios han favorecido el auge de la autonomía de los individuos, y helos aquí ahora prisioneros de nuevas dependencias: uno de cada cuatro franceses cree que sufriría sobremanera sí se viera privado de ver televisión durante dos meses. Si bien los medios funcionan corno instrumentos de estimulación y de legitimación hedonistas, contribuyen paralelamente a destilar un estado de inseguri dad, a amplificar los miedos cotidianos: miedo a las agresiones alimentariaS, miedo a los virus, a la pedofilia, al sobrepeso, a las violencias urbanas, a la contaminación, casi todo en la actualidad tiende a bascular en el ámbito de la fobia. El individuo desligado de la sujeción a lo colectivo se encuentra cada vez más esclavizado por poderes tales como el pavor y la inquietud Esta nueva figura del individuo amenazado no puede abordarse con independencia del mundo de los medios. Por ellos tomamos conciencia de los nuevos riesgos a que nos exponemos; debido a su sensacionalismo, constituyen formidables cajas de resonancia-de Íos peligros que se .ciernen sobre nuestra existencia. Por un lado, los medios se encaminan hacia el ludismo y hacia la ligereza recreativa, y, por otro, no cesan de intensificar las imágenes de un mundo rebosante de catástrofes y peligros. Desde cierto punto de vista, los medios aparecen como instrumentos de emocionalismo «irracional», que amplifican, por exceso, los nuevos peligros. Des-de otro punto de vista, cabe analizarlos como lo que impulsa a los individuos a reaccionar, a protestar, dicho de otro modo, a erigirse en actores en un mundo  donde los grandes envites se les escapan. Se ha dicho hasta la saciedad que los medios vuelven pasivos-á los ciudadanos. Es forzoso observar que crean asimismo una situación que permite a los individuos replantearse lo existente, tomar partido, exigir mayores con-troles, medidas de prevención y de «precaución». Por entre el sensacionalismo de los medios avanza la astucia de la razón individualista, por cuanto éstos acentúan las reacciones de indignación, mantienen a raya al alma fatalista tradicional, hacen posibles las movilizaciones y protestas de los consumidores y los ciudadanos.
Es preciso añadir, no obstante, que la capacidad de los medios para provocar ansiedad o pánico dista de ser sistemática. Así, a despecho de reportajes «trágicos», de innumerables campañas de sensibilización y prevención, los miles de muertos y heridos ligados a los accidentes de tráfico siguen sin tener gran incidencia en el público. Sobreestimando sus capacidades, los conductores se sienten muy poco afectados por el posible peligro, como si los accidentes nunca amenazasen sino a los demás. Una similar sensación de invulnerabilidad impera entre los jóvenes consumidores de tabaco. Si bien este miedó de geometría variable puede ser interpretado como cierta forma de irresponsabilidad por parte de los actores individua-les, pone de manifiesto igualmente los límites del poder de los medios para influir en las conductas individuales y transformarlas.
DE LA SOCIABILIDAD EN TIEMPO MEDLÁTICO
Aun cuando no cabe duda de que los medios han acelerado la disolución de ciertas formas de sociabilidad tradicional, no es cierto que hayan aniquilado todos los vínculos sociales, que hayan destruido el gusto por la sociabilidad v los intercambios humanos en un consumismo sin intersubjetividad. Tomemos, por ejemplo, la televisión: si bien funciona corno una «comunicación sin respuesta», constituye un objeto privilegiado de conversación entre amigos y miembros de la familia. No sólo se ven los programas, sino que se habla de ellos. De hecho, como señala Domi-niqueh Woltorie reconstruye una forma de vínculo soda! en la medida en que, al ver un prógrama, se que otros lo están mirando, los cuales, a su vez, saben que yo hago otro tanto.' Contrariamente a una idea muy manida, la sociedad hipermediatizada no desemboca en un cocooning estrecho y un «confinamiento doméstico» generaliza-do. Si bien es cierto que las sociabilidades de proximidad (conversaciones y relaciones con los vecinos, en-cuentros en el bar, asociaciones de vecinos, de barrio o de padres de alumnos) son poco intensas, florecen otras relaciones. sociales que se establecen sobre bases diferentes. Los bares de barrio declinan, pero nunca ha habido tantas salidas entre amigos al restaurante. Las horas pasadas frente al televisor aumentan, pero
1. D. Wolton, Éloge clu grand public, París, Flammarion, 1990.
los conciertos, los espectáculos en vivo, las visitas de exposiciones, de monumentos históricos y de museos conocen asimismo una tendencia al alza —por ligera que sea—, muy en especial entre los habitantes de las grandes ciudades. En el curso de los últimos doce meses, el 47 % de los franceses han asistido a un espectáculo en vivo, el 46 °A) han visitado una exposición, el 39 % un lugar de patrimonio cultural Los festiva-les se multiplican y atraen a un público amplio. ¿Los medios nos cierran a los demás, asfixian el altruismo? El número de asociaciones y de voluntarios no cesa de-aumentar. Las relaciones de proximidad sólo retroce--- den en aras del desarrollo de una «sociabilidad apliada», elegida, móvil y temporal, en concordancia con . las nuevas personalidades individualistas. Ni siquiera la Red destruye el vínculo social. Un estudio reciente revela que el 84 % de los internautas estadounidenses utilizan Internet para ponerse en comunicación con los demás en el seno de Comunidades en línea. Más de uno de cada dos internautas comunitarios se ha adherido a una asociación tras un primer contacto en la Red. Otros estudios muestran: asimismo que los jóvenes que utilizan frecuentemente los chtzts se encuentran también fuera de Internet, combinando así dos modos de vida relacional, en línea y cara a cara. Las relaciones virtuales no amenzan las relaciones personales, sino que las completan o las amplían, ya que los contactos cotidianos cara a cara no desaparecen en modo alguno. ¿Los medios destruyen las experiencias afectivas comunes y el placer de las vastas concentraciones? No en mayor medida. A despecho de su efecto de atomización o dispersión social, no han impedido que s- e multipliquen nuevas formas de emoción o de efervescencia colectivas. Así lo atestiguan la emoción suscita-da por la muerte de la princesa Diana, la Love Parade de Berlín y otros tecnodesfiles, la noche del Mundial, las Jornadas Mundiales de la Juventud, que reunieron a un millón de jóvenes en Longchamp, en 1997, con ocasión de la visita del Papa... Paralelamente a la «multitud solitaria», surgen las nuevas «multitudes emociona-les» posmodernas, que se integran mal en la parrilla de la «sociedad del espectáculo» en cuanto fabricación de la pasividad y la separación generalizadas. Resulta evidente que los medios no han logrado desintegrar los deseos de juerga y las exuberancias que ésta conlleva, los momentos de afectividad compartida, las diversas agregaciones sociales de índole gozosa o triste Los vínculos comunitarios tradicionar les se desmoronan, pero se recomponen, nuevas formas efímeras de «nosotros», basadas en experiencias fuertemente emocionales, opciones cambiantes, prácticas personales sin compromiso formal. En la actualidad, las grandes instituciones, el Estado, los partidos políticos y las Iglesias se muestran cada vez menos aptos para crear. «explosiones» colectivas de esa clase; éstas se despliegan bajo el signo de la «autorganización», de la espontaneidad emocional, de la adhesión flexible, temporal y voluntaria. Con la salve-dad de que a esos modos de expansividad afectiva apenas se los ve expresarse sin la mediación de las imágenes y los mensajes de las comunicaciones de
masas. En nuestros días, los medios funcionan, al menos episódicamente, como catalizadores de concentraciones efervescentes, de afectos comunes, de participación emocional en vastos movimientos. Las nuevas exteriorizaciones colectivas de los sentimientos están ligadas, de cerca o de lejos, al impacto de los medios: no cabe hablar de emocionalismo colectivo sin hipermediatización de los acontecimientos. Ya no son los ritos, las costumbres, las normas heredadas del pasado los que organizan los estados de efervescencia colectiva: éstos se vinculan ahora a los aconteCimientos del presente y a su cobertura mediática. ¿Cómo imaginar el efecto Diana o la noche turbulenta que coronó el Mundial sin las imágenes y los reportajes de la prensa y la televisión? La intensa emoción suscitada por la destrucción del World Trade Center ¿habría sido similar sin las imágenes televisa-das? Es forzoso reconocer que los medios no se reducen a instrumentos de enclaustramiento doméstico; constituyen asimismo factores de comunión, incentivos de participación afectiva y de efusión comunitaria, al menos momentánea. Y ello es así, directamente, porque vuelven próximo e íntimo lo que resulta leja-no y porque sensacional izan los acontecimientos. No obstante, cabeairridrzirto-davia más la relación entre medios y emotividad de masas posmoderna. El hecho de que «aíslen» a los individuos unos de otros no constituye asimismo la razón de que los medios sus-citen, por reacción, la necesidad de reunirse, de estar juntos, de vibrar en común? Por lo demás, y sobre todo, las grandes movilizaciones emocionales sólo resultan inteligibles si se las relaciona con el auge de los valores hedonistas, lúdicos y psicológicos ampliamente vehiculados por los sistemas de comunicación. Para éstos, la espontaneidad de los afectos, la vida én el presente y la libertad de los compromisos han adquirido una legitimidad de masas; correlativamente, las participaciones institucionalizadas y los compromisos disciplinarios han perdido parte de su lustre. Las reuniones festivas y las intensidades emocionales de masas que observamos en nuestros días constituyen el eco del incremento sufrido por el complejo mediático-individualista, son la expresión colectiva de una cultura que magnifica el libre autogobierno, la experiencia íntima, los placeres del presente. Lejos de ser, como algunos afirman un tanto precipitadamente, la señal del agotamiento del individualismo, reproducen los rasgos característicos del mismo a la escala de las masas
Y del mismo modo que la cultura mediática es una cultura «mosaico», discontinua, sin memoria, así las agregaciones sociales posmodernas vienen marca-das por la fluidez y la instantaneidad, la inestabilidad y la fugacidad. Un año después de la trágica muerte de la princesa Diana, el culto había desaparecido: diosa de las revistas, Diana no entró en el Panteón de los dioses inmortales. Así pues, el poder emocional de los medios es al mismo tiempo profundo y superficial, directo pero no «mecánico»: en cualquier caso, no se parece al de un director de orquesta dirigista y soberano. Aunque cubriesen en «elevadas dosis» los campeonatos de natación, de ping-pong o de voleibol, todo hace pensar que las experiencias colectivas del público no tendrían nada en común con las del Mundial Desde hace bastantes años, la televisión convierte el telemaratón en un amplio éxito, pero se muestra incapaz de renovar «la hazaña» a propósito del sida Es decir, que los medios no consiguen controlar ni fabricar de cabo a rabo los gustos y las reacciones del público. Los favorecen, mas no los rigen.
LIBERALISMO MEDIÁTICO Y DEMOCRACIA
Otra base de acusación en el proceso instruido contra los medios: la televisión pervierte la democracia y degrada el espacio publico. Recordemos brevemente los cargos: la tele simplifica de manera ultrajante el debate político, el show sustituye a la ideología, la imagen a las ideas, los latiguillos a la argumentación. Así, la televisión se esforzaría por despolitizar la política, por despojar de su prestigio a los hombres de Estado, por desvitalizar las instancias reguladoras de. la república. Sustituye al militante un ciudadano televidente distraído y pasivo, menos interesado por los problemas de fondo que por los espectáculos de todas clases, incluidos los político-mediáticos. ¡Pobre democracia-espectáculo pobre ciudadano, que apenas liberado de las megaideologías, cae en las redes de la imagen catódica! Si bien el impacto de la ideoesfera en el espacio político resulta indiscutible, cabe preguntarse si sus consecuencias coinciden con un proceso de desnaturalización del espacio público. Como tan bien ha señalado Bernard Manin, dos fenómenos fundamenta-les acompañan al incremento de poder sufrido por los medios de comunicación de masas. En una sociedad marcada por la omnipresencia de la imagen televisiva, asistimos en primer lugar a la acrecentada importan-cia de la personalidad de los líderes; en efecto, los electores pueden conocerlos directamente sin pasar por la mediación de los partidos, y son susceptibles de votar cada vez más por una persona .y ya no sólo por un programa político. La época de los hombres del aparato ha quedado atrás: la televisión, el espacio político está dominado por las «figuras mediáticas» ca-paces de controlar las técnicas de comunicación. En segundo lugar, nuestras sociedades liberales son contemporáneas de una neutralización relativa de los medios con respecto a los partidos políticos; diversos motivos han provocado el declive de la prensa partidista, de la prensa de ópinión y de la televisión de Estado Como consecuencia de lo cual, los ciudadanos pueden formarse una opinión a partir de informaciones menos «marcadas» políticamente y presentadas a todos de manera idéntica, poco más o menos. Naturalmente los juicios y apreciaciones divergen, pero en la actualidad los individuos reciben informaciones poco disímiles, cualquiera que sea el partido hacia el que se dirigen sus preferencias. Suponen, todas ellas, transformaciones que significan no tanto una disgregación del espacio público corno el declive de una forma históricamente fechada de la democracia, la dominada por los partidos de masas, y el advenimiento de una nueva figura del gobierno representativo En este orden inédito, los medios, más que alienar al ciudadano, lo han hecho autónomo en relación con los partidos políticos; más que constituirlo en espectador pasivo, lo han transformado en elector capaz, en mayor grado, de formular juicios independientemente de las preferencias y las divergencias partidistas. Hemos pasado de una «democracia de partidos» a una «democracia del público»,' en la que subyace un liberalismo mediático. Ahora bien, no toda esta evolución resulta positiva En las sociedades político-mediáticas, a la mayoría de los ciudadanos la vida política no les afecta demasiado, ya no creen en los grandes proyectos colectivos, tienden a desinteresarse de las discrepancias de los partidos En época de elecciones, los partidos de fútbol captan más telespectadores que los debates políticos. Las grandes utopías portadoras de esperanza de cambio se han visto sustituidas por el escepticismo, el descrédito de la política, el recelo con respecto a los dirigentes, alimentado por la impotencia Cada vez más manifiesta de los gobiernos y por los casos de corrupción. Al proporcionar amplio eco a los «escándalos», los medios acentúan la pérdida de confianza en la clase política., el sentimiento de «todos son corruptos»; del desfase existente entre la élite y el pueblo.El hecho de que Europa sea testigo, aquí y allá, del retorno de movimientos populistas y xenófobos se inscribe en ese contexto. Éxito de los líderes de extrema derecha que algunos no se abstienen de atribuir a la irresponsabilidad de los periodistas deseosos ante todo de «conseguir audiencia». ¿Fragilidad de' las nuevas democracias liberales? En efecto, si ponemos el acento en el desinvestimiento individualista en la cosa pública en el sentimiento creciente de ingobernabilidad del conjunto colectivo, en el descrédito de las élites estatales, en la penetración, limitada pero real, de la extrema derecha... Pero ¿cómo no subrayar, al mismo tiempo, la solidez de las democracias liberales, reconciliadas desde hace poco con sus principios fundacionales y que se ordenan en torno a los derechos del hombre, erigidos en centro de gravedad ideológica y en referente consensual?: primera vez desde finales del siglo XVIII, las sociedades liberales ya no tienen otro proyecto político que la democracia. Ningún gran partido político incluye ya en su programa la destrucción de las instituciones de la libertad, ningún gran partido reivindica ya el uso de la violencia poli-tica Este dato histórico es radicalmente nuevo, y constituye una oportunidad fundamental para las sociedades liberales. Sin duda las democracias de mercado ven cómo se va vaciando de sentido el poder de. gobernarse.' Sin embargo, ese proceso dista de ser total, como atestiguan ejemplarmente el nuevo lugar que ocupa y el nuevo papel que ejerce la justicia: impotencia de los políticos, poder de los jueces. ¿El control absoluto del conjunto social carece ya de sentido? Ciertamente, pero esa desposesión política se ve contrarrestada por un voluntarismo de un nuevo género, que se ex-presa, o se busca, sobre todo en la construcción de la Unión Europea. ¿Los partidos de extrema derecha ganan las elecciones? Sin embargo, todo indica que seguirán siendo formaciones marginales y protestatarias, incapaces de subvertir las instituciones liberales. ¿Las operaciones sangrientas del terrorismo? Apiñan más que nunca a los pueblos democráticos en torno a sus valores y sus modos de vida.
 La presente «crisis» de las democracias resulta menos significativa que su triunfo; los innumerables problemas que surgen ya no ponen en tela de juicio la legitimidad de los principios humanistas y democráticos. Los factores que han llevado a la consagración de la democracia son ciertamente múltiples y complejos: a su manera, los medios han contribuido a ello. En tiempos de liberalismo mediático, se observa; es cierto, una gran volubilidad de los electores, una adhesión más fluctuante, una identificación menos intensa con las familias políticas. ¿Fracaso de la ciudadanía democrática o Mayor autonomía de los electores en relación con los partidos. En la actualidad, los ciudadanos que se manifiestan de acuerdo tan sólo con una parte de las ideas del partido al que tienen intención de votar son más numerosos que aquellos que se adhieren a la mayoría de esas mismas ideas. Al tiempo que la inestabilidad electoral se incrementa, un número creciente de ciudadanos se muestran vacilantes, cada vez menos seguros de su elección definitiva en el momento de votar. Si bien tales comportamientos pueden expresar cierto consumismo electoral, atestiguan asimismo una mayor libertad de la opinión pública, un menor confinamiento ideológico y social de los electores. En las democracias de partidos, en efecto, el voto expresaba ante todo una identidad de clase; los electores solían votar como sus padres, partido contra partido, y más en función de su posición social y económica que en razón de opciones personales. Así, tendían a votar durante largos períodos al mismo partido, reconocido corno el instrumento de su interés de clase. La novedad estriba en el hecho de que los ciudadanos posmodernos ya no marchan como «tropas» disciplinadas; al haber dejado de estar «a la orden», se orientan de manera más individual en función de los programas presentados por los líderes, y cambian de voto según la naturaleza y los envites de las elecciones. Volubilidad electoral que registra la dinámica de la autonomía individualista en la esfera misma de lo político. La deliberación pública no se ha volatilizado, se ha difractado en el cuerpo social a través del electorado flotante e informado, así como de los medios. Si en nuestros días debemos considerar a los medios como agentes de consolidación de las democracias, es asimismo en razón de que se esfuerzan por descalificar el autoritarismo, los llamamientos histéricos a la violencia y a las cruzadas: están del lado de la moderación, no de la excomunión. Al exaltar los derechos del hombre y la tolerancia, al glorificar la mayor calidad de vida individual a expensas de las grandes militancias, al precipitar el olvido de los acontecimientos por medio de acontecimientos continuamente renovados, al superficializar los mensajes, los medios funcionan como amplificadores de pacificación colectiva y de desdramatización de la vida social, cual-quiera que sea la cantidad de imágenes de violencia que invaden las pantallas domésticas. Paradójicamen te, los medios han dotado de mayor estabilidad al orden democrático, siquiera sea light, desinvestido en provecho de los goces privados. La disminución de la influencia de los partidos políticos sobre las opiniones individuales no debe interpretarse como la marca de un acrecentado" ascendiente de los medios sobre las conciencias. No puedo tratar aquí en su conjunto una cuestión que, a fin de cuentas, ha sido objeto de diversos estudios. Querría tan sólo considerar, a ese respecto, un acontecimiento reciente que me parece cargado de sentido, aun cuando haya provocado mofas y befas de un extremo al otro del planeta, a saber, el affaire Clinton Monica Lewinski. Durante meses y meses, los medios estadounidenses no han dejado de estigmatizar la mala conducta del presidente, pedir su dimisión, anunciar su partida de defunción política. ¿Resultado? A des-pecho de ese linchamiento mediático cotidianamente repetido, la opinión estadounidense ha permanecido notablemente estable, muy poco favorable a que el presidente dejara la Casa Blanca. Así pues, la más formidable máquina mediática del mundo no ha sido capaz de invertir, ni siquiera de modificar, la opinión de la mayoría. ¿Decíais algo sobre omnipotencia mediática?

Subrayando la degradación de los programas de televisión, cada vez más dominados por la violencia, el sexo y el sensacionalismo, Popper veía en la televisión un peligro de tremendo alcance para los niños, la educación y la sociedad civilizada. Porque difunde la violencia en la sociedad y porque su poder no está sometido a control alguno, la televisión representaría, a su modo de ver, una terrible amenaza para la democracia. «Ha alcanzado en nuestros días un poder colosal; incluso cabe decir que, potencialmente, se trata del más importante de todos, como si hubiera sustituido a la voz de Dios.»' A lo largo de esta conferencia, me he esforzado por combatir esa satanización, pues la televisión es más un instrumento de una vida política democrática de masas que una nueva barba-rie. Ni «voz de Dios», ni teatro del diablo, la televisión no ostenta un poder sin límites capaz de destruir todo sentido crítico y de difundir el gusto por el cri-men. A este. respecto, recordaré únicamente que ningún estudio ha conseguido jamás establecer una caucalidad directa entre violencia televisiva y criminalidad real. No por. ello es menos cierto que la televisión desempeña un papel crucial en el proceso de socializa-ción de los jóvenes. Ahorá bien, éste no deja de implicar diversos problemas cuando sabemos que un niño estadounidense mira la pantalla una >media de siete horas al día y ve veintidós mil spots publicitarios al año. En algunos medios, la tele representa la fuente esencial de conocimientos de los jóvenes. Lo cual jus-tifica la llamada de atención de Popper Con la mira puesta en una ética de la responsabilidad por parte del personal que participa en la producción de las emisiones de televisión... Ahora bien es eso suficiente? La pequeña pantalla no carga por sí sola con la responsabilidad del «malestar en la socialización»; otras instancias, sociales, familiares, escolares, están directamente implicadas. 

De ahí que el proceso a la televisión deba llevar hacia otras críticas, en particular las de la escuela y los sistemas de formación. Unas medidas limitadas al mero ámbito de la televisión no tardarán en poner de manifiesto sus límites. Debemos esforzarnos en «armar» mejor a los jóvenes y a los ciudadanos con puntos de referencia fundamentales, a fin de que la diversión mediática pueda ser recibida con distanciamiento y libertad. Para avanzar en ese sentido, no hay nada más urgente que reflexionar, reflexionar una vez más, y siempre, sobre lo que debe cambiar en nuestros sistemas educativos a fin de que preparen mejor a los jóvenes para enfrentarse a los problemas del presente y del futuro. Ahí radica el punto fundamental para la cuestión que nos ocupa.

Reducir las imágenes violentas en la televisión está bien, pero, francamente, resulta algo insuficiente como ambición humana y democrática. Focalizarse en los vicios de los medios no es seguro que proporcione las herramientas para un progreso real. No son tanto las disposiciones ético mediáticas corno las iniciativas de innovación e imaginación, de diversificación y experimentación aplicadas a las maneras de aprender lo que nos hará avanzar por la vía de una mayor autonomía responsable de los individuos. Invoquemos menos la virtud, convoquemos más las inteligencias reformadoras: todo está todavía por hacer. Una tarea interminable, difícil pero ineludible si queremos conceder nuevas oportunidades a las democracias liberales.

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