Veron
Modos de acceso al libro
Como toda investigación, la que voy a presentar en lo que
sigue tiene sus antecedentes. En este caso, se trata del cruzamiento entre una
historia institucional (de largo plazo) y una historia personal (de mucho más
corto plazo). La feliz conjunción de estas dos historias explica que haya
podido realizar esta investigación.
La primera historia tiene que ver con una institución muy
importante en los países europeos: las bibliotecas municipales. En Francia,
este tipo de bibliotecas se inscribe en la historia de la república y está
asociada a la ideología democrática que la acompaña. La biblioteca municipal
fue siempre el símbolo de la posibilidad del acceso igualitario de los
ciudadanos al objeto libro, acceso no marcado por el elitismo relativo de las
bibliotecas universitarias, que suponen el ejercicio de un capital cultural
elevado. Definida en un marco local, la biblioteca municipal fue y es, por su
proximidad, la expresión del principio del libro al alcance de todos.
Tradicionalmente, el acceso a una biblioteca pública estuvo
durante mucho tiempo mediado por un dispositivo de clasificación: el fichero.
El fichero es un repertorio que contiene todos los libros conservados en la
biblioteca, y que el usuario debe consultar, como condición para acceder al libro.
Cuando el usuario ha identificado lo que busca, llena un formulario en el que
inscribe el código del libro deseado, se lo entrega a un empleado y éste, un
cierto tiempo después (más o menos largo según los casos), regresa con el libro
en cuestión, que el usuario podrá leer en el local de la biblioteca o
llevárselo a su casa en préstamo.
Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, las bibliotecas
municipales francesas fueron progresivamente adoptando una nueva metodología
para el acceso al libro, denominada acceso libre, destinada precisamente a
reforzar el carácter democrático de la institución. El acceso libre implica que
el usuario no necesita pasar por un fichero y llenar un formulario: tiene
acceso directo a las colecciones, puede pasearse a su antojo por la biblioteca,
recorrer los estantes y elegir el libro que le interesa. El acceso libre es, en
cierto modo, la irrupción de la lógica del "autoservicio", es decir
del supermercado, en el campo del servicio público de bibliotecas.
La generalización del sistema de libre acceso ha tenido
implicaciones ideológicas, políticas y culturales importantes y, como vamos a
ver, consecuencias teóricas inesperadas.
Desde el punto de vista ideológico, implicó un cambio
importante de paradigma: la misión central de la institución pasa de una
función de conservación a una función de comunicación. Se trata de extender y
diversificar la práctica de la lectura.
Véase este texto de
una de las figuras claves de la bibliotecología francesa contemporánea:
"El objetivo prioritario no es la conservación de las
colecciones, sino su difusión y la conquista de un público extenso y variado
(...) Conviene, en este caso, simplificar al máximo el acceso a las
colecciones, evitar toda barrera entre los libros y el público, de modo que
cada uno, sean cuales fueren su origen socioprofesional y su formación escolar
previa, se sienta perfectamente cómodo en la biblioteca. Es por esta razón que
se impone, en estos servicios de lectura pública, el acceso directo a las
colecciones. Estas son presentadas en salas vastas, claras y acogedoras, en las
cuales cada uno puede pasear, abrir un libro, después otro, pedir sin dudarlo
información al personal y discutir ocasionalmente con otros lectores (...) el
lector podrá ampliar el campo de su curiosidad, y de esa manera su cultura
personal: el aficionado a libros de historia se llevará ocasionalmente una
novela o un libro de historietas y completará sus conocimientos a través de la
lectura de obras de arte y de arqueología; el lector de novelas fáciles
terminará por interesarse en diversos otros campos, en la medida en que sepamos
proponer los libros de una manera ágil, exponiendo regularmente selecciones de
libros sobre temas variados" (Béthery, 1982, pp. 10 y 13).
La longitud de la cita se justifica, porque en este texto
están presentes todos los componentes del problema que nos interesa.
Pasar del acceso indirecto (a través de un fichero) al
acceso libre, comportaría por un lado una simplificación de la relación del
usuario con los libros, lo cual representaría una ventaja para todos los
sectores sociales. Dado que existen hábitos de lectura más o menos
cristalizados, el libre acceso permitiría modificarlos en el sentido de un
enriquecimiento: se despertarían nuevos intereses en el lector de "novelas
fáciles"; el aficionado a la historia sería llevado a leer historietas. El
contacto con la diversidad de las colecciones de la biblioteca produciría una
diversificación de las prácticas de lectura.
Esta hipótesis reposa sobre un argumento que parece a primera
vista muy razonable. Cuando el acceso es indirecto, es decir cuando se debe
afrontar la "barrera" de un fichero o un catálogo, el usuario debe ir
a la biblioteca con una idea bastante
precisa de lo que busca. Si éste es probablemente el caso en niveles de capital
cultural relativamente elevado (un investigador, un profesional o un profesor,
por ejemplo), no lo es cuando se trata del "gran público", motivado
en general por un deseo impreciso de lectura-entretenimiento. La oportunidad de
un contacto directo con las colecciones, siguiendo las peripecias de un paseo
más o menos azaroso a través de los estantes de la biblioteca, confortaría la
práctica de un lector no especializado y al mismo tiempo pondría a su
disposición la riqueza de una oferta que lo llevaría a diver-sificar su consumo
de libros.
En verdad, el texto de Annie Béthery que he citado contiene
un síntoma: está habitado por dos imágenes muy diferentes del usuario. Por un
lado, se trata de "cada uno" (en francés: tout un chacun, literalmente:
todo cada uno, cualquier cada uno =cualquier persona). Pero por otro lado, el
usuario aparece caracterizado por hábitos específicos de lectura: aficionado a
la historia, lector de "novelas fáciles", etc. La primera figura es
la del usuario de una biblioteca municipal concebida como un servicio público:
el ciudadano. La segunda figura, no problematizada, permite sospechar la
existencia de una demanda multiforme y diversificada.
Todos los "cada uno" no son aficionados a la
historia; todos los "cada uno" no leen "novelas fáciles".
El libre acceso ¿es satisfactorio para todos? La cuestión fundamental que
surgía era la siguiente: ¿cómo hay que disponer las colecciones de una
biblioteca en el espacio que les está destinado y que va a ser libremente
explorado por los visitantes, teniendo en cuenta a la vez las preferencias de
los usuarios, lo cual supone un mínimo de orientación en términos de alguna
clasificación, y el objetivo de un enriquecimiento de la práctica de la
lectura?
Hasta aquí la historia institucional que, como dije, se
cruzó afortunadamente con una historia personal, la mía. En el momento en que
la Dirección del Libro y de la Lectura
del Ministerio de Educación de Francia se planteaba ese tipo
de preguntas a propósito de las bibliotecas municipales, yo había terminado y
publicado una investigación para el Centro Georges Pompidou de París, acerca de
los espacios de comunicación que son las exposiciones y los museos. Había
identificado una serle de estrategias desplegadas por los visitantes, relacionadas
con el espacio de la exposición. La descripción de las estrategias puestas en
práctica en los comportamientos de visita culminaba en una especie de
bestiario: había hormigas, langostas, peces y mariposas. Y esta tipología se
reveló asociada con el capital cultural de los visitantes y también con el modo
de relación de cada tipo de visitante con la modernidad de la prestigiosa
institución cultural que es el Centro Georges Pompidou, más conocida como
"Beaubourg". Esta investigación había tenido una cierta resonancia en
los círculos de la museología francesa.' El Ministerio me propuso entonces
aplicar una metodología semejante a los espacios de las bibliotecas municipales
que funcionaban en libre acceso.
Pero lo primero que hay que entender es que el pasaje de una
biblioteca de acceso indirecto (a través de un fichero) a una biblioteca de
libre acceso comporta un verdadero salto epistemológico.
Notas
La presentación
detallada de esta investigación se encontrará en Verón y Levasseur, 1983.
Espacialización y
clasificación
En la situación tradicional donde una biblioteca ad-ministra
un fondo de libros que no es directamente accesible para los usuarios,
situación que sigue siendo en Francia la de muchas bibliotecas universitarias y
algunas bibliotecas municipales, la manera en que los libros están en el
espacio no produce ningún fenómeno de sentido que pueda afectar al usuario en
su relación con el universo de los libros. La puesta en espacio equivale
simplemente a un depósito, y la única función técnica esencial de ese depósito
es la de permitir a los empleados de la biblioteca la localización (en la
medida de lo posible, rápida) de los documentos que se les solicitan.
En este caso, los libros pueden estar codificados de muchas
maneras: según el orden de llegada a la biblioteca, según el formato, el color,
etc. En una biblioteca en la que el fondo no es accesible a los usuarios, no
hay ninguna relación conceptual entre la puesta en espacio de los libros y el
sistema de categorías (sea cual fuere) que organiza el único instrumento de
acceso del que dispone el usuario: el fichero. Si la función de localización de
un documento dado en un momento dado está asegurada, la disposición espacial de
las colecciones puede ser totalmente arbitraria y no tener ninguna relación con
el sistema de categorías que organiza el fichero.
La clasificación más utilizada en Francia en las bibliotecas
públicas es la clasificación llamada Dewey, en homenaje a su autor, que la creó
en la segunda mitad del siglo Kix. Todo libro que exista en el universo puede
ser ubicado en esta clasificación, que va del 000 al 999. Una clasificación de
este tipo es un conjunto de clases lógicas construido por medio de dos
operaciones: la exclusión (entre categorías) y la inclusión (de una subcategoría
dentro de una categoría). Aun cuando se pueda considerar que esto da lugar a un
espacio lógico bidimensional, el conjunto de clases que componen la
clasificación puede ordenarse en una sucesión: cualquier subcategoría (por
ejemplo, la subcategoría "Argentina" dentro de la categoría
"Historia") es localizable sin ambigüedad en un punto determinado de
la secuencia que va de 000 a 999. Podemos concluir que una clasificación como
la Dewey es lineal, es decir unidimensional.
La puesta en el espacio del fondo de libros de una
biblioteca de libre acceso produce la irrupción de la tri-dimensionalidad, hace
necesario un conjunto de decisiones de localización que son totalmente ajenas a
la estructura de la clasificación misma: cerca/lejos, alto/bajo, izquierda/
derecha, centro/periferia, delante/detrás, etc. Relaciones nuevas, creadas por
la naturaleza metonímica a la vez del espacio y de la dinámica de los cuerpos
que van a recorrerlo, y acerca de las cuales la grilla conceptual de la
clasificación no dispone de ninguna regla.
La espacialización del fondo al que los usuarios tienen un
acceso directo engendra fenómenos totalmente nuevos. La ley de sucesión que
estructura una clasificación como la Dewey será fatalmente transformada, descompuesta,
profundamente perturbada. Podríamos tal vez imaginar como única organización
espacial congruente con la naturaleza de una clasificación lineal, un solo
estante a lo largo de un corredor infinito, donde los libros se suceden de 000
a 999.
La clasificación no puede desaparecer totalmente, pues-to
que las colecciones siguen siendo organizadas en térmi-nos de sus categorías
(física, química, biología, zoología, historia, geografía, economía...) Y estas
categorías deberán ser visualizadas de alguna manera dentro del espacio en
libre acceso de la biblioteca. El libre acceso transforma pues la relación del
usuario con la clasificación y agrega una nueva dimensión, la de los fenómenos
engendrados por la puesta en espacio.
Como la clasificación misma no comporta ninguna regla de
puesta en espacio, un mismo stock de libros puede ser espacializado de muchas
maneras diferentes. ¿Qué criterios deben operar en las decisiones acerca de la
organización espacial de los libros? ¿Hay buenas y malas maneras de puesta en
espacio? ¿Cómo controlar los efectos del cruzamiento entre la
unidimensionalidad de la clasificación y la tridimensionalidad de la
espacialización, con las perturbaciones que la segunda va a provocar en la
primera? De hecho, en el momento en que iniciamos esta investigación se habían
realizado ya muchas puestas-en-espacio y numerosas bibliotecas municipales
habían adoptado el sistema del libre acceso. En cada situación, los factores
que habían determinado la puesta en espacio habían sido múltiples. En ciertos
casos, estrategias institucionales más o menos explícitas habían sido
definidas, a partir de imágenes o hipótesis sobre los usuarios de la
biblioteca.
Como en el caso de los supermercados, la espacialización del
fondo de una biblioteca de libre acceso es una puesta en espacio de la oferta.
En la medida en que ella comporta decisiones específicas por parte de los
responsables de la institución, se trate o no de una estrategia explícita,
podemos decir que la organización espacial del fondo es una enunciación de la
oferta. Como todo acto de enunciación, la espacialización contiene una imagen
del destinatario, supone hipótesis sobre los visitantes de la biblioteca, sobre
sus intereses y sus expectativas. Estas imágenes y estas hipótesis son lo que exploramos
en primer lugar. ¿Cómo se inscribe la figura del usuario y la misión de la
institución en la estructura espacial de una biblioteca?
Espacios enunciativos
y apropiativos
Trabajamos en cuatro bibliotecas municipales de libre
acceso, elegidas con el acuerdo de los responsables de la Dirección del Libro,
en función de sus especificidades y de sus diferencias. Una en pleno centro del
barrio latino de París, dos en el conurbano parisino y una en una gran capital
de provincia. Las llamaremos en lo que sigue A, B, M y N, en función de la
primera letra del nombre de la localidad en que funcionaban. En cada caso,
nuestro análisis se concentró en la sala de préstamo para adultos (dejamos de
lado las salas de literatura infantil, y el público de estudiantes secundarios
y universitarios, que tienen una relación puramente instrumental con la
biblioteca, en función de sus necesidades escolares). Se trataba en primer
lugar de representarnos la puesta en espacio de las colecciones para adultos y
de comparar a este respecto las cuatro bibliotecas.
Comenzaremos por la biblioteca B, que poseía en aquel
momento un fondo de aproximadamente treinta mil volúmenes. El esquema de pág.
42 indica la localización en términos de las grandes categorías de la
clasificación Dewey. Las líneas negras representan la disposición de las
estanterías de libros.
Al entrar en esta sala, el visitante se encuentra con (y
debe obligatoriamente atravesar) una zona importante consagrada a las
iniciativas de la institución: mesas y estanterías que presentan libros que han
sido extraídos del fondo general por razones específicas: libros agrupados por
temas; novedades; "los bibliotecarios han
leído..."; "los \ lectores han leído...y han apreciado"; una
selección de novelas policiales; libros para los adolescentes, etc.
La Biblioteca B
trayectoria del visitante se inicia pues con una
configuración de interpelaciones por parte de los responsables de la
institución: la acogida es activa. A través de estos actos, el
enunciador-institución expresa sus preferencias y su voluntad de orientar al
usuario sugiriéndole ciertas lecturas.
Atravesada esta zona de recepción, el visitante se encuentra
más o menos en el punto marcado 'x' en el comienzo de un ancho pasaje central
que conduce oblicuamente hasta el fondo de la sala. Desde allí, la mayoría de
los grandes carteles que indican el contenido de las estanterías es visible al
mismo tiempo: panorama de conjunto del universo de los libros, con el mundo de
la ficción a la derecha del visitante (grandes cubos colocados sobre las
estanterías indican el orden alfabético por autor) y el mundo "real"
a su izquierda. Las ciencias "duras" esperan al visitante al fondo de
ese pasaje central.
Búsqueda de contacto con el público, voluntad pedagógica de
orientación de los usuarios, claridad en la organización espacial de la sala
que puede ser visualizada en su conjunto desde el inicio de la trayectoria de
cada individuo. La larga entrevista con la directora del establecimiento
confirmó la existencia de una estrategia explícita destinada a tener en cuenta
las necesidades y demandas del público, pero también a generar nuevos intereses
(actividades de contacto con otras instituciones de la ciudad, como visitas a
escuelas, "bibliobus" que recorre los barrios, etc.), estrategia fuertemente
asociada a una ideología de "la lectura para todos" en el contexto de
una municipalidad de signo político comunista.
Transparencia, contacto, orientación es una frase que puede
resumir muy bien la política institucional de esta biblioteca.
En el caso de la biblioteca A, la frase apropiada sería:
distancia y opacidad. La espacialización de esta biblioteca, con un fondo mucho
mayor que la precedente (aproximadamente cien mil volúmenes), es radicalmente
distinta de la que acabamos de describir (véase el esquema de pág. 45).
Se trata de un verdadero laberinto. En razón, por una parte,
de la reducción del campo perceptual: cuando un visitante se encuentra en un
espacio cualquiera de esta sala, sólo tiene acceso visual a su contexto
inmediato, debido a la altura de los estantes. Ninguna percepción del conjunto
es posible. Por otra parte, en razón de la multiplicidad de trayectos que se
pueden realizar a partir de las dos entradas salidas de la sala. La secuencia
lineal de la clasificación Dewey se encuentra aquí enteramente desarticulada.
El enunciador institucional está casi ausente: las únicas
sugerencias de lectura conciernen a las novedades, colocadas en la entrada,
fuera de la sala principal. Esta entrada, previa a la sala principal es una suerte
de sas* con un fuerte carácter administrativo, dedícado esencialmente a las
operaciones de préstamo y devolución de los libros, la inscripción de los
nuevos usuarios, etc. En la sala, no hay ningún señalamiento explícito de
orientación espacial.
Para comprender mejor las características de este espacio A,
conviene introducir algunas observaciones sobre la relación entre la
estructuración del espacio y los compor-tamientos que pueden tener lugar en su
interior.
En nuestro análisis de las bibliotecas, distinguimos dos
niveles globales de descripción de un comportamiento en el espacio, cuando éste
es un espacio destinado al cumplimiento de operaciones técnicas de carácter
funcional. Entiendo por operaciones de carácter funcional actos que culminan en
resultados específicos. El envío de una carta desde una oficina de correos es
un ejemplo; otro ejemplo es el de la compra de tales o cuales productos en un
supermercado. En el caso de la biblioteca, se trata de la elección (y
aprehensión manual) de uno o más libros.
Estos dos niveles son los contextos inmediatos de
apropiación y los espacios progresivos. Los contextos de apropiación son los
espacios en que tienen lugar las operaciones técnicas; en el caso de una
biblioteca de libre acceso, se trata del contexto de proximidad en el que
pueden tener lugar las operaciones de búsqueda y exploración: tomar un libro,
hojearlo, recorrer visualmente los estantes leyendo los nombres de los libros
inscriptos en el lomo, etc. Los espacios progresivos conectan entre sí los
diferentes contextos de apropiación; el visitante los recorre para ir de un
contexto inmediato a otro. Ciertos espacios son exclusivamente progresivos (el
amplio pasaje central de la biblioteca B, por ejemplo). Otros espacios no son,
en sí mismos, ni progresivos ni de apropiación; su carácter está determinado
por el comportamiento del usuario. El espacio entre dos estante-rías de la zona
"novelas" de la biblioteca B, por ejemplo, será fragmentariamente
contexto de apropiación para el visitante que se detiene a examinar un
determinado estante, pero también se lo puede recorrer como un pasillo
progresivo.
Volvamos a la biblioteca A. En primer lugar, podemos
comprobar que en la sala principal no existen espacios intrínsecamente
progresivos. El emplazamiento de las estanterías produce un entrelazamiento de
espacios que pueden ser tratados como tortuosos corredores o como contextos de
apropiación. En B, hay espacios que invitan al usuario a avanzar y otros que lo
invitan a elegir uno o varios libros. En A, estos dos actos de enunciación
espacial están constantemente mezclados.
En segundo lugar, si observamos la localización de las zonas
correspondientes a las grandes categorías de la clasificación Dewey,
constataremos que en A se producen fenómenos de interpenetración entre
categorías: hay numerosos lugares del laberinto, que pueden ser usados como
contexto de apropiación, donde están co-presentes libros pertenecientes a
categorías diferentes; por ejemplo, hacia la derecha novelas, hacia la
izquierda geografía. La biblioteca A contiene numerosos contextos de
apropiación inmediata que son heterogéneos. En B, los contextos son en su
mayoría homogéneos.
En tercer lugar, en B los espacios progresivos están
marcados por la señalización, dado que el conjunto de los carteles indicadores
se perciben desde el inicio del pasaje central. En A, por el contrario, el
comportamiento progresivo opera a ciegas (o apoyado, si es el caso, en el
conocimiento previo del lugar). En A, la institución no busca entrar en
contacto con el visitante y le propone un espacio que deja permanentemente
indeterminada la elección entre dos comportamientos posibles: detenerse para
realizar las operaciones que llamamos técnicas o seguir avanzando (pero hacia
dónde?).
Laberinto, opacidad, distancia, necesidad de atravesar en
cierto modo una "jungla" de libros...para llegar a las novelas
colocadas en el fondo de la sala. Todos estos elementos formaban también parte
de una estrategia explícita. En efecto, en las bibliotecas municipales la mayoría
de los usuarios concurre para sacar en préstamo obras de ficción. En el caso de
A, el usuario que busca su novela para el fin de semana tiene que atravesar las
ciencias, las ciencias aplicadas, las bellas artes, las ciencias sociales. De
las cuatro instituciones estudiadas, la biblioteca A es la que ha llevado más
lejos el esfuerzo por incitar a la exploración con el fin de diversificar la
lectura, anteponiendo al género más solicitado, la novela, las otras áreas del
saber, que hay forzosamente que atravesar para llegar al fondo. Aquí el usuario
es construido como más activo que el de B; el enunciador no busca orientarlo,
busca más bien que se pierda en el mundo múltiple y heterogéneo de los libros.
Otra política asociada a las estrategias culturales del partido socialista, que
administraba la ciudad en el momento en que se concibió y construyó la
biblioteca A.
Otro universo de libros en el caso de la biblioteca M,
insertada en el corazón del barrio latino (véanse los esquemas de págs. 48 y
49). Aquí, máxima segregación entre las categorías de la clasificación: cada
una ocupa un lugar perfectamente separado de los demás y encerrado en sí mismo
(la disposición de las estanterías genera "micro-espacios"
especializados. Fuerte disociación entre el mundo de la ficción y el mundo de
la "realidad": uno está en la planta baja y el otro en el subsuelo:
imposible deslizarse libremente de uno a otro como en A. Esta es probablemente
una biblioteca de libre acceso que añora el viejo sistema del acceso indirecto:
aunque el acceso es efectivamente libre, dos enormes ficheros flanquean la
entrada a la sala, como una muda invitación a consultar las fichas antes de
buscar un libro. La zona de "novedades" está reducida a un pequeño
anaquel colocado en una posición marginal, y no existen iniciativas temáticas
por parte de la institución. La directora del establecimiento nos explicó que
la gente sabe lo que quiere y que no necesita ninguna orientación particular.
La directora de una biblioteca municipal instalada en un barrio C que reúne la
Sorbona, las 'universidades de Jussieu y deensier, la Escuela Normal Superior,
la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, el Colegio de Francia, la
Escuela de Física que ha producido recientemente dos premios Nobel, el
Instituto Pasteur, entre otras institu-ciones, y donde viven muchos de los
respectivos profesores y estudiantes, tenía probablemente razón. 50
Finalmente una biblioteca (perdón: una mediateca) de
provincia, que he llamado N. Aunque el esquema no permite indicarlo por
comparación con los esquemas de las otras bibliotecas (véase pág. 52) el
espacio de N es mucho mayor y es también abierto, porque se trata de un espacio
inserto, sin muros, en otro mucho más grande con múltiples actividades, una
cafetería, un gran quiosco de diarios, revistas y libros. Había un desnivel
entre los dos espacios y se bajaba a la sala por una escalinata. Con una
arquitectura marcadamente "high tech", el edificio había sido
inaugurado unos meses antes de que iniciáramos la investigación. Era ya un gran
suceso de público, en particular joven, éxito del cual se hablaba profusamente
en los medios. Al mismo tiempo este nuevo lugar urbano era objeto de un
enfrentamiento político importante: concebido y construido por una
municipalidad de izquierda, el gobierno de la ciudad había pasado a manos de la
derecha. Típica consecuencia política de esta situación, la nueva
administración no quería oír hablar de la mediateca y las autoridades de la
ciudad no habían asistido a la inauguración.
El fondo era de un poco más de cuarenta mil volúmenes. Las
zonas de la clasificación están menos segregadas que en M, con la oposición
fuerte (a la manera de B) entre ficción y no ficción: en la mitad derecha las
novelas, en la mitad izquierda las ciencias. Una estructura global muy ordenada:
nada más alejado de un laberinto que esta espacialización. Como en B, la
señalización puede ser captada en su conjunto al entrar en el espacio de la
sala. Algunos elementos marcan la vocación "multimedia" del lugar: en
el centro, entre las dos mitades, un espacio importante, con monitores de
televisión, para la lectura de las videocasetes. No hay catálogo en papel
disponible ni ficheros, y las consultas bibliográficas eventuales pueden
efectuarse a través de las pantallas de las terminales informáticas.
Biblioteca N
Realizamos el mismo trabajo de campo que en las otras tres
bibliotecas, pero, por los factores indicados, el "clima" general era
muy diferente y afectó sin duda nuestras operaciones. La nueva institución
había modificado radicalmente la población que frecuenta una biblioteca
municipal: en este caso, el 70% tenía menos de 30 años. El público era de unas
dos mil personas promedio por día, pero sólo el 40% de ese público leía o
retiraba libros. Se trataba más bien de un lugar de encuentros y de socialidad
difusa. En los términos de la directora del establecimiento, que no dudó en
parafrasear a McLuhan, la diferencia entre una mediateca y una biblioteca es
que, en el primer caso, "la oferta es el mensaje". ¿Qué pueden
significar, en ese contexto, los libros? En todo caso, nos encontrábamos ante
una nueva especie de biblioteca, donde el 60% del público que concurría al
lugar no estaba allí para leer.
Notas
Tampoco tuvimos en cuenta otros servicios eventualmente
presentes en estas bibliotecas como videoteca, discoteca, etc. Nos concentramos
en el análisis de la sala principal de libre acceso de cada una y de los
usuarios adultos de dicha sala. ' En el trabajo de campo (del que hablaremos
más adelante) con usuarios de las cuatro bibliotecas, apareció el comentario,
en el caso de usuarios adultos que concurrían a la biblioteca A con niños
pequeños, de que frecuentemente perdían de vista a sus hijos y tenían que
buscarlos por todas partes. El tono de estos comentarios no era dramático sino
más bien risueño.
Comportamientos
opacos
Ya mencioné que unos años antes de este trabajo sobre las
bibliotecas, había dirigido una investigación para el centro Georges Pompidou
de París, destinada a describir y conceptualizar los comportamientos de los
visitantes de una exposición sobre el tema "Vacaciones en Francia,
1860-1982" (Verón y Levasseur, 1983). Se trataba de una exposición
fotográfica acerca de la evolución histórica del uso del tiempo libre. Una
etapa del trabajo consistió en la construcción de una tipología de estrategias
de visita. Observamos "desde afuera", sin entrevistarlos, el modo en
que los concurrentes recorrían la exposición. Cada miembro de nuestro equipo
seguía disimuladamente a visitantes elegidos al azar en el momento de ingresar
al lugar, e indicaba cuidadosamente en un plano de la exposición la trayectoria
exacta de la visita. Al cabo de varias semanas de observación, llegamos a una
tipología de cuatro estrategias comportamentales. Como no conocíamos nada de
esas personas salvo su comportamiento observado de visita, les atribuimos
nombres de animales. La exposición comportaba dos espacios principales y muy
distintos uno del otro: una suerte de largo corredor a la izquierda y una gran
sala a la derecha, que adquiría cierta dinámica circular debido a un quiosco
instalado en el centro, en el que se proyectaban diapositivas.
El visitante hormiga tendía a organizar su trayectoria
siguiendo las paredes de los espacios de la exposición, y a una distancia corta
del material expuesto. Su estrategia era a la vez lineal y de proximidad. La
simple observación externa daba la impresión de que el visitante hormiga tenía
temor a atravesar espacios abiertos y prefería comenzar la visita por el
corredor, intentando después recorrer la gran sala de la derecha con la misma
metodología (aunque algunos visitantes hormiga no se atrevían a entrar en la
gran sala y daban por terminada su visita cuando llegaban al fondo del
corredor). La hormiga respetaba escrupulosamente el orden cronológico de la
exposición, a partir de 1860.
El visitante mariposa desplegaba lo que llamamos una
estrategia pendular, izquierda-derecha, respetaba también la cronología de la
exposición pero no estaba sometido a la linealidad de las paredes y podía sin
problema aparente atravesar espacios vacíos.
El visitante langosta se dirigía directamente a los
elementos que le interesaban y era totalmente indiferente a la cronología de la
exposición. Se dejaba llevar por lo que Barthes llamó el punctum de la
fotografía y no respetaba en absoluto el studium, el proyecto cultural
propuesto por la exposición.
El visitante pez, en fin, realizaba una visita "entre
dos aguas" guardando siempre una distancia prudente respecto de los
elementos expuestos. Tenía una estrategia de deslizamiento.
Cuando nuestra tipología estuvo saturada (es decir, cuando
comprobamos que nueve de cada diez nuevos visitantes pertenecían
inequívocamente a uno de los cuatro tipos o a una combinación clara de dos de
ellos) decidimos que nuestras categorías funcionaban. Recién entonces
entrevistamos largamente a visitantes pertenecientes a cada una de ellas,
contactándolos a la salida de la exposición. Una parte de la entrevista
consistía en rehacer con el entrevistado, comentándola, la visita que acababa
de realizar (teníamos su trayectoria exacta registrada en el plano de la
exposición). Descubrimos entonces que cada tipo estaba asociado a un cierto
imaginario del espacio, a un determinado nivel de capital cultural, a un modo
de relación con la cultura en general y con el Centro Pompidou en particular.
En este caso, la observación "objetiva" o "exterior" del
comportamiento estratégico de apropiación de los espacios se reveló un buen
modo de entrada en el mundo cultural de cada individuo.
Apoyándonos en este antecedente, intentamos repetir la
experiencia en el contexto de las cuatro bibliotecas que hemos presentado más
arriba. Durante varias semanas, nos dedicamos a registrar, en cada biblioteca,
el comportamiento de visitantes adultos, hombres y mujeres, tomados al azar,
trazando cuidadosamente sus trayectorias en el plano de la biblioteca. A la
salida les formulábamos unas pocas preguntas para conocer la motivación de su
venida, la frecuencia con que concurrían, el tipo de libros que buscaban, etc.
Finalmente, tuvimos que aceptar la evidencia: no aparecían reglas generales de
organización de los comportamientos. Dos usuarios que habían dado respuestas
muy semejantes al pequeño cuestionario administrado a posterior, habían
efectuado dos visitas muy diferentes. Inversamente, dos usuarios que daban respuestas
muy distintas al cuestionario, habían tenido comportamientos comparables
durante su estadía en la biblioteca. Mediante la sola observación exterior,
resultaba imposible construir una tipología. Nos enfrentábamos a
comportamientos opacos a la observación exterior.
Cuando realizamos, posteriormente, el trabajo de campo en
cada biblioteca mediante entrevistas de larga duración, comprendimos por qué
una biblioteca de libre acceso y una exposición temática son dos espacios de
comunicación totalmente distintos, y comprendimos también lo que ocurre cuando
la estrategia cultural expresada en la oferta, y la demanda encarnada en las
estrategias individuales de los usuarios, siguen caminos divergentes. Lo cual
nos proporcionó el consuelo de entender por qué una misma metodología había
resultado eficaz en un caso (nuestra tipología fue confirmada en trabajos
posteriores de otros investigadores sobre exposiciones temáticas) y había
fracasado en el otro.
Programas de lectura
La entrevista duraba entre una hora y una hora y media, y
tenía lugar en una oficina dentro de los locales de la biblioteca. En ella
explorábamos primero todos los aspectos del uso de la biblioteca por el
entrevistado, sus hábitos de lectura y también los de su familia; uso de otras
bibliotecas, frecuentación de librerías y en general consumo de medios. En un
momento dado de la entrevista se rehacían con el entrevistado los distintos
momentos de su última visita a la biblioteca. En la última parte de la
entrevista se le proponían algunos ejercicios de clasificación de libros, para
comprender a través de qué categorías el entrevistado organizaba el universo de
los libros.
Aparecieron así, muy claramente, seis estrategias o
programas de lectura. Estos programas estructuran el espacio mental del usuario
en el momento en que atraviesa el umbral de la biblioteca Son programas que
detérminan sus comportamientos dé apropiación del espacio, pero que son
invisibles a la observación. Un programa comporta a la vez la motivación y el o
los objetivos de la visita; define lo esencial de las expectativas del usuario,
es decir, los documentos que busca; las zonas de la biblioteca que visitará y
los documentos que, eventualmente, pedirá en préstamo. Pudimos constatar que un
usuario viene a veces a la biblioteca con varios programas (por ejemplo, libros
para él, y libros para su mujer o sus hijos), lo cual nos permitió comenzar a comprender
la opacidad de su comportamiento. En la identificación de las estrategias de
lectura que hacemos en lo que sigue, consideramos solamente el programa del
propio entrevistado.
Veamos primero las características de esos programas.
La lectura temática
"Lo que a mí me gusta es la Resistencia, eso es lo que
me interesa. Las novelas no me gustan, porque es inventado. Me gusta lo vivido,
los reportajes sobre la vida, los relatos de expediciones. Poesía, literatura,
todo eso, no me ocupo. (...) Conozco bien la Resistencia, yo voy ahí, donde
estaba sentado hace un rato, eso me basta." (Un lector temático)
"Yo tenía libros, después los vendí. Me dije, de todas
maneras no los releo, entonces para qué sirve que los guarde (...) Voy sobre
todo allí, ¿ve?, geografía, paisajes, la descripción, el turismo, la fauna, la
flora. Sobre una gran ciudad, por ejemplo, uno aprende cualquier cantidad de
cosas." (Un lector temático)
El lector temático está encerrado en un tema, y su
moti-vación es explorarlo a fondo. La noción de encerramiento tiene aquí una
justificación bien precisa: el lector temático no quiere salir del campo
delimitado por su tema. Es además, y en consecuencia, incapaz de
contextualizarlo dentro de un marco más general. Su interés por un tema no es transitorio,
no resulta de un efecto de "moda", sino que perdura a lo largo del
tiempo. Detrás de ese encerramiento se adivina el temor a perderse en el
universo del saber.
Los temas pueden ser muy diversos, pero tienen en común el
hecho de pertenecer al universo "documental" o "no accionan son
ajenos a la literatura. Por ejemplo: las técnicas de relajación, el origen del
hombre, las grandes ciudades, los viajes, la Resistencia (término que designa
la lucha contra el ocupante nazi en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial,
tema histórico muy importante en la cultura francesa).
Para el lector temático la lectura es una actividad difícil,
una obligación más bien que un placer. Este lector valoriza ciertos campos
(como la historia o las biografías de hombres célebres) que representan algo
así como la cultura "legítima". Al mismo tiempo, tiende a
desvalorizar la ficción: para el lector temático las obras literarias no ayudan
ni a formarnos ni a informarnos.
Este tipo de lector tiene de la biblioteca municipal una
imagen tradicional muy coherente. Frecuentar la biblioteca significa
interesarse por la cultura, y esa frecuentación expresa una cierta relación con
los libros: el lector temático tiene muy pocos libros en su casa, va raramente
a una librería y no relee nunca un libro. Ideológicamente, tiende a oponer la
biblioteca como símbolo del acceso de todos a la cultura, a la librería como
acceso pago al libro.
El programa del lector temático produce una percepción
puntual y fuertemente selectiva del espacio de la biblioteca.
Conoce muy bien la zona en que se encuentran los libros que
corresponden al tema que le interesa; conoce mal o desconoce el resto de la
biblioteca. En el curso de la visita que formaba parte de la entrevista, el
lector temático estaba desorientado en las zonas que no acostumbraba
frecuentar, e ignoraba la ubicación de aquellos sectores ajenos a su interés
fundamental.
Los medios no afectan al lector temático en la elección de
los libros que va a seleccionar en un momento dado, porque los identifica,
dentro de la zona que es para él pertinente, recorriendo visualmente los
estantes. Pero los medios tienen un papel indirecto muy importante: la mayoría
de los temas que interesan a este tipo de lector son temas mediatizados,
corresponden a categorías mediáticas. Además de los que ya mencionamos, pueden
aparecer categorías como "historias extraordinarias", "hombres
célebres", "turismo", o simplemente "libros del editor
x", cuando se trata de un editor que se caracteriza por publicar libros
que corres-ponden a su temática. Las categorías de clasificación del lector
temático son las más pobres, comparativamente con las de los otros programas de
lectura. Utiliza frecuentemente oposiciones globales destinadas a tomar
distancia respecto de la literatura: valorización de la "experiencia
vivida" en contraste con las "novelas".
Hay en el lector temático un rechazo,. tanto de la
posibilidad de adoptar una percepción global de la biblioteca como de
reflexionar sobre la clasificación del universo de los libros. Interrogado
sobre este último punto, da a entender que la cuestión no le interesa. Sus
únicos esfuerzos relativos a la clasificación se remontan a sus primeras
visitas a la biblioteca, destinadas a identificar la zona que contiene lo que
busca. Después, su percepción se cierra. Poseedor de un capital cultural
relativamente bajo, el lector temático respeta la cultura instalándose en un
nicho en el que puede permitirse activar su subjetividad y construir su
relación con el mundo "real", rechazando el inútil imaginario de la
literatura.
La lectura
problemática
"Yo estudio cómo los jóvenes evolucionan entre 1966-68
y 1980, porque es el gran período creativo, en música como también en moda y en
otras cosas (...) Es a fuerza de ver la crisis, los problemas de comunicación
entre los jóvenes, todo lo que no funciona que me dije, habría que ver lo que
pasa. Agarro por ejemplo historietas, un libro sobre el rock femenino (...) Fui
a ver en sociología pero no encontré lo que buscaba. Paso dos, a veces tres
horas. Siempre el sábado a la tarde. Empiezo siempre mirando los catálogos. No
vale la pena que pierda mi tiempo explorando los estantes." (Un lector
problemático)
En este programa, la lectura se organiza en torno a un
problema que no corresponde a un dominio temático general ni a una disciplina
específica. Se trata pues de un problema que no tiene localización precisa en
el espacio de la biblioteca. Ejemplos de problemas: los jóvenes y la crisis, la
renovación de la filosofía a través de las ciencias humanas, la cuestión de la
identidad, la modernidad. El problema en cuestión se sitúa en el cruce de
distintas temáticas. El problema de la juventud y la crisis puede llevar a leer
tanto libros de sociología como de historia del cine.
La lectura no es aquí una obligación asociada a una cierta
legitimación cultural, como en el caso de los lectores temáticos; no es tampoco
ni una actividad de entretenimiento ni un centro de interés transitorio, como
veremos, respectivamente, en el caso de los lectores novelescos y de los
lectores eclécticos. La lectura problemática reposa sobre una ética y un
método. "Estoy investigando" es una frase frecuente en boca de los
lectores problemáticos. Este tipo de lector tiene miedo de dispersarse y
expresa su voluntad de no perder tiempo. Busca una cierta sistematicidad. Por
contraste, este lector puede practicar otras lecturas, ajenas a "su
problema", que serán entonces definidas como "puro
entretenimiento", no sometidas a reglas.
El lector problemático frecuenta las librerías, y la
aparición de un libro que lo interpela en relación con su interés tiene mucha
importancia porque implica a la vez la certidumbre de que lo encontrará en las
librerías y la probabilidad de que haya comentarios en los medios, lo cual
conjuga los elementos fundamentales de su deseo del libro. Para este lector, la
biblioteca municipal tiene funciones a la vez claras y limitadas: permite
examinar un libro antes de comprarlo, y permite completar el conocimiento de un
aspecto particular del problema que no justifica la compra de un libro.
En realidad, el lector problemático añora las bibliotecas
tradicionales y utiliza la biblioteca municipal lamentando el libre acceso. Por
un lado, para él la atmósfera de una biblioteca es muy importante: silencio,
una cierta penumbra y los libros fuera del alcance de la mirada. Las dificultades
(o las mediaciones) que hay que atravesar para llegar al libro que uno busca,
son en cierto modo una garantía del deseo del libro. El lector problemático
critica el libre acceso como "demagogia de la lectura",
describiéndolo como un supermercado del consumo de libros. El libre acceso es
el acceso fácil. Critica también la pobreza de las colecciones: cuando uno
avanza suficientemente en su problema, los libros que necesita ya no están en
el fondo de la biblioteca. En coherencia con esta actitud, el lector
problemático es el único de los seis tipos que consulta sistemáticamente el
fichero o los catálogos de la biblioteca, y la elección de los libros es hecha
antes de la visita, a través de medios especializados y de bibliografías. Al
mismo tiempo, el lector problemático tiene una relación conflictiva con la
clasificación. Se describe a sí mismo como debiendo luchar contra ella, porque
su problema no corresponde a ninguna categoría genérica, es transversal. Todos
los lectores de este tipo tienen libros en su casa y, al hablar de ellos, o
bien explican que no están en absoluto clasificados ("y eso no
importa") o bien describen una clasificación muy personal, en función del
problema que les interesa.
Los problemáticos son lectores con capital cultural comparativamente
alto y construyen un modo de entrada personal al universo de los libros. Este
universo tiene que tener alguna organización, a partir de la cual (o contra la
cual) pueden trazar su propio camino.
La lectura ecléctica
"Para encontrar, me dejo llevar. Tengo una idea
precisa, después miro lo que hay. Realmente no hay cosas que no me interesen.
Creo que voy de nuevo a leer teatro. Una vez me llevé la Biblia, que hacía
mucho tenía ganas de leer. ...) Hoy no le puedo decir por dónde pasé, porque estuve
dando vueltas. Lo que busco puede ser diferente de una vez a la otra." (Un
lector ecléctico)
"Soy obrero, y sólo puedo entender las cosas que se me
escapan en los libros (...) Es todo lo que no aprendí cuando era chico. Me
permite comprender el mundo en que vivo. Puede ser teología, religión,
astronomía, comprender el sistema solar, o si no novelas.
(...) Voy por todos los rincones, salvo los de-portes. (...)
Hay el azar, el flash, el libro que a uno lo atrae inmediatamente." (Un
lector ecléctico)
Los lectores eclécticos tienen una curiosidad inagotable, y
oponen su práctica a la lectura "utilitaria" como es el caso de los
investigadores, de los estudiantes o de los profesionales. Su lectura es una
búsqueda de placer y entretenimiento. Se consideran a sí mismos como
autodidactas.
No hay en el lector ecléctico ningún prurito de
jerar-quización cultural: la cocina, el "bricolage" y la literatura
están en el mismo plano; atribuye a todos los sectores temáticos igual
importancia. Por lo tanto, ni moralidad ni obligación cultural: si encuentra
que un libro no es interesante, abandona la lectura. Sus intereses se van
acumulando, porque rara vez abandona un tema; además los temas no son
genéricos, cada uno es enunciado de manera específica; por ejemplo: "la pesca
en alta mar" o "los problemas de la descolonización". El
programa ecléctico opera por tejido, por deslizamiento: un tema lleva a otro,
los distintos temas se van entrelazando y hay entre ellos reenvíos permanentes.
Y no existe frontera ni oposición entre libros de ficción y obras documentales.
El lector ecléctico tiene una percepción muy positiva de la biblioteca
municipal, porque implica un acceso sin restricciones a la cultura. Es más
importante la diversidad de campos propuestos que la riqueza "en profundidad"
de cada uno. Aprecia la libertad total del usuario frente a la oferta y espera
que esta última se multiplique: exposiciones, manifestaciones diversas,
encuentros con los autores, etcétera.
El lector ecléctico es el que mejor conoce el espacio de la
biblioteca en su conjunto. En su vocabulario abundan los términos de la
errancia: deambular, pasear, dar vueltas, hacer turismo con los libros. Su
método consiste en ir rastreando ("escaneando" diríamos ahora) los
estantes. El encuentro inesperado con un libro puede hacerle diferir la
búsqueda de otro, o bien memoriza un libro y se dice que volverá a él la
próxima vez.
De los seis tipos identificados, el lector ecléctico es el
que utiliza las categorías espontáneas de clasificación más abundantes y más
detalladas y ubicadas en niveles de generalidad diferentes. Aparecen
"medicina", "filosofía" o "informática", pero
también "hongos", "prácticas de alimentación" o "cómo
comprar más barato". Al mismo tiempo, la clasificación Dewey no lo molesta
ni lo perturba; de hecho, los eclécticos son los que mejor la conocen. El
lector ecléctico es en cierto modo el lector-modelo, el usuario esperado por la
ideología institucional de la biblioteca municipal, particularmente en una de
las versiones que analizamos: la biblioteca A, con su organización laberíntica,
está pensada para él.
"Yo no tendré nunca los medios de tener a mi
disposición tantos libros. Esto me aporta mucho desde el punto de vista
económico porque cuando descubro un autor, me dan realmente ganas de leer la
mayoría de los libros que ha escrito. Yo nunca podría tener a mi disposición
las obras completas de un autor." (Un lector de ficción por autor)
"Yo sé lo que busco en una novela. Es un cierto estilo. Tiene que ser un poco
confuso, no demasiado cuadrado, con frases largas.(...) Las palabras me
fascinan." (Un lector de ficción por autor)
En este programa, la visita a la biblioteca está dominada
por la motivación de llevar en préstamo novelas de determinados autores. Este
lector reivindica una cierta cultura literaria: reflexiones sobre la novela
como género, diferenciación entre "la novela" y "la
literatura", interés en la novela como "explicación del mundo",
interés por diferentes "estilos de escritura".
Tiene conocimientos de historia de la literatura y excluye
sistemáticamente ciertos géneros: la "novela rosa", la "nove-la
histórica", la "novela comercial". Su interés por la novela no
se reduce al entretenimiento; la novela es un "proyecto de comprensión del
hombre". La biblioteca municipal no permite el conocimiento exhaustivo de
un autor: hay siempre libros que faltan. Hace posible una cierta
profundización, y también un primer contacto con autores que todavía no conoce.
El lector ficcional por autor frecuenta una zona de la biblioteca que es
diferente de todas las demás: está simplemente ordenada por orden alfabético.
Orden alfabético que resiente negativamente: produce una homogeneización
artificial de los libros, es mecánica, desconoce la historia literaria, las épocas
y los países. Hay en la clasificación alfabética pérdida ala vez de la
identidad de los autores y de los editores. Este lector conoce mal el resto de
la biblioteca, salvo en algunos casos en los que desarrolla una estrategia
complementaria que puede llevarlo a zonas no ficcionales. En general, este tipo
de exploración compensa una expectativa ficcional que no ha podido satisfacer,
una nove-la que no está en la biblioteca. En este caso, describe su búsqueda
como "azarosa" o "intuitiva". Se interesa por las
novedades, pero rechaza las "modas". El término "novela"
nunca es usado genéricamente; siempre está asociado a alguna especificación:
autor, período histórico o escuela, o bien país o región del mundo
("novela rusa" o "literatura sudamericana").
En cuanto a los libros que posee en su casa, tiende a
separar las "obras literarias" del "resto".
Para este lector la estructuración global de la biblioteca
no es pertinente, y está disconforme con la organización puramente alfabética
de la única zona que le interesa.
"Esos dos autores hablan del campo en un tiempo no muy
lejano. Uno aprende cómo vivía la familia en esa época, todo lo que pasaba, las
cosechas, los casamientos, los nacimientos, todo eso. Es una manera de conocer
su propio pasado, sobre todo aquí que tenemos una tradición agrícola." (Un
lector de géneros)
"Leo sobre todo novelas policiales. Prefiero conocer
bien un género que leer cualquier cosa. (...) Compré una bibliografía de la
novela policial francesa. Entonces la consulto en casa y después busco los
libros en biblioteca. Me guío por las tapas." (Un lector de géneros)
El discurso de este tipo de lector está marcado por términos
que remiten a la distracción: "entretenerse", "divertirse",
"evasión", "relajación". Confiesa tener siempre
"hambre de lectura". La lectura es para él un placer cuantitativo.
Algunos casos típicos de géneros son: la saga novelesca,
conocer las costumbres de una época a través de la vida de una familia; la
novela histórica, que satisface el gusto por las anécdotas, el interés por la
"historia viva", la voluntad de aprender historia "de manera
divertida"; la novela policial o de ciencia ficción, que implica
"encerrarse en un mundo extraño".
El lector ficcional por género es un gran consumidor de los
medios, en los cuales se habla mucho de géneros. No frecuenta las librerías;
prefiere explorar la góndola de libros de un hipermercado. La diferencia entre
la librería y la biblioteca es también cuantitativa: en la segunda hay más
libros que en la primera. De la biblioteca, este lector espera que responda a
su "hambre de lectura"; la invitación a la lectura está definida por
la abundancia que representa la biblioteca. Las modalidades de elección de los
libros varían con el género. En el caso de las sagas novelescas y de las
novelas históricas, la elección se hace generalmente antes de ir a la
biblioteca, con ayuda de los medios. En el caso de los géneros policial y de
ciencia ficción, la decisión se toma durante la visita, a través de la
identificación del lugar en que se encuentran las colecciones importantes.
A este lector le molesta también la organización puramente
alfabética de la zona de ficción; sugiere que la biblioteca adopte alguna
manera de identificar los géneros (por ejemplo, pastillas de distinto color
pegadas en el lomo de los libros).
Las categorías espontáneas de clasificación de estos
lectores constituyen una verdadera galería de géneros, esencialmente
mediáticos: ciencia ficción, policial, historia de vida, biografía, novela
histórica, aventura, espionaje, novela fantástica, política-ficción, novela
social.
A los usuarios que aplican este programa de lectura, las
otras zonas de la biblioteca fuera del sector "novelas", les son
totalmente desconocidas.
La lectura de las novedades
"¡Todo lo que hay como novedades! Miro también los
libros devueltos. No llego a la biblioteca con una idea precisa, espero que la
biblioteca me dé ideas. (...) En la biblioteca es muy rápido, justo después de
hacer las compras. Paseando, busco un título o un autor que me recuerde algo
que leí en el periódico o que vi en la televisión." (Un lector de
novedades)
Notas
Sobre la oferta de novedades en biblioteca, véase un
interesante análisis en Barbier-Bouvet y Poulain, 1986.
Constataciones
¿Por qué los comportamientos de visita de una exposición
aparecen como "inteligibles" para un observador exterior, lo cual
permite identificar estrategias que están asociadas a características "no
visibles" del visitante (sus motivaciones, su capital cultural, etc.)
(véase Verón y Levasseur, 1989) y en cambio el sentido de los comportamientos
de los usuarios de una biblioteca no puede ser aprehendido fuera del discurso
mismo del usuario? El conjunto de los resultados de la investigación nos
permitió comprender las razones de esta diferencia en la eficacia de una
metodología de observación.
Una exposición es, por definición, un lugar transitorio: la
puesta en espacio dura el tiempo que dura la exposición. Una exposición se
visita una vez, a lo sumo dos veces. Una biblioteca es un lugar que permanece
idéntico en su estructuración durante largo tiempo, y que el usuario frecuenta
regularmente. En consecuencia, cuando se visita una exposición no se tiene un
conocimiento previo de la disposición del espacio y de los objetos exhibidos en
él. La familiaridad con un espacio, como veremos, tiene mucha importancia en
relación con el programa que aplica el usuario de la biblioteca.
En la medida en que la puesta en espacio es específica para
una exposición dada, podemos decir que la estructuración espacial forma parte
del "producto" que es propuesto para "consumo" de los
visitantes. Dicho de otra manera: en el caso de una exposición el visitante
"consume" también el lugar. En el caso de la biblioteca, el espacio
es un simple marco que permanece siempre igual y que no es soporte de un
mensaje a la vez global y específico pertinente en el momento en que el usuario
se apropia del lugar. De esto se sigue que una exposición posee la unidad de un
objeto cultural, una coherencia global que comprende a la vez los elementos que
la componen y el espacio en que éstos se despliegan. Una biblioteca sólo tiene
la unidad de un depósito. Como veremos, su sentido es enteramente construido
por el usuario: depende del tipo de documentos que ha venido a buscar, según
los define su programa de lectura.
El visitante de una exposición instaura, por su comportamiento,
una relación con el conjunto significante que se le propone. Las
características de este conjunto significante están en relación estratégica con
los comportamientos de visita. En estas condiciones, los comportamientos son
interpretables. Una exposición es pues, globalmente una puesta en escena. Una
biblioteca no lo es. Este resultado negativo es importante, porque muchas
reflexiones institucionales en torno a la problemática de las modalidades de
puesta en espacio de las bibliotecas municipales presuponían que podían existir
efectos globales de puesta en escena de una biblioteca, susceptibles de afectar
las prácticas de utilización de los usuarios. No es así. La diferencia entre
apropiarse de un espacio significante en el momento de visitar una exposición y
acudir a un depósito de libros, explica el fracaso de nuestra metodología
aplicada a las bibliotecas.' No hay que olvidar que, en ambas investigaciones,
observamos a cada individuo una sola vez. En una exposición, el individuo es
observado en el momento mismo en que se apropia de un espacio significante
estructurado de una manera particular. En el caso de las bibliotecas está
usando, una vez más, un depósito. Si hubiéramos podido observar a un mismo
usuario de la biblioteca durante un período relativamente prolongado (por
ejemplo, una vez por semana durante varios meses), hubiésemos tal vez captado
la "lógica" de su programa. Pero semejante observación era, por
razones prácticas, imposible. La situación resultaba aun más complicada por el
hecho, que ya señalé, de que en diferentes oportunidades un mismo usuario viene
a la biblioteca con distintos programas relacionados con los hábitos de lectura
de otros miembros de su familia.
Otros resultados de nuestra investigación confirman
plenamente que una biblioteca no es una puesta en escena. Recuérdese que
trabajamos en cuatro bibliotecas con estructuraciones espaciales muy
diferentes. No pudimos establecer ninguna relación entre los programas de
lectura identificados y las variaciones en la puesta en espacio del fondo,
representadas por las cuatro bibliotecas. Esto quiere decir, en primer lugar,
que los seis tipos de programas de lectura estaban presentes en las cuatro
bibliotecas. En segundo lugar, los seis tipos de lectores estaban, en términos
generales, igualmente satisfechos en las cuatro bibliotecas (con una reserva:
no podemos saber si hubiesen estado más satisfechos en otra biblioteca,
diferente de la que estaban acostumbrados a frecuentar, porque no podían
comparar, en la entrevista, las diferentes bibliotecas estudiadas). En tercer
lugar, los programas de lectura son estables y coherentes de una biblioteca a
otra, vale decir que la "lógica interna" de cada estrategia no parece
afectada por las diferentes puestas en espacio. Esto significa que dos usuarios
que aplican un mismo programa pero frecuentan dos bibliotecas diferentes, se
parecen mucho más entre sí que dos usuarios de la misma biblioteca que
practican dos estrategias diferentes. El programa de lectura sobredetermina
pues la estructuración del espacio.
¿Cómo se puede
especificar esta noción de depósito aplicada a una biblioteca?
El conjunto de una biblioteca (con excepción de los lectores
eclécticos, a los que volveremos más adelante), no existe en cuanto tal en la
percepción que los usuarios tienen del lugar. El programa de lectura comporta
un vínculo fragmentario y parcial con el espacio. Esto tiene que ver con las
características del aprendizaje del espacio de una biblioteca.
El único momento en que una percepción global del lugar es
pertinente es en el comienzo de la frecuentación: un individuo que tiene la
intención de utilizar regularmente la biblioteca busca, al principio, obtener
una visión de conjunto. El nuevo "cliente" necesita identificar las
zonas de la biblioteca que son significativas para él, en función del programa
de lectura que lo caracteriza. Este aprendizaje inicial se hace muy
rápidamente. Una prueba indirecta es el hecho de que una modalidad de lectura
no varía en sus características entre los usuarios antiguos (varios años) y los
usuarios recientes (algunas semanas); tampoco varía entre los usuarios regulares
(una vez por semana) y los menos regulares (una vez por mes o menos). Dicho de
otro modo: dos lectores problemáticos serán muy próximos uno de otro en sus
estrategias de apropiación del espacio de la biblioteca, aun cuando uno la
frecuente desde hace varios años y el otro desde hace dos o tres semanas, y aun
cuando uno use la biblioteca todas las semanas y el otro una vez por mes. Esto
parece indicar que el aprendizaje es relativamente sencillo y rápido, y que su
cristalización bajo la forma de una estrategia de comportamiento implica una
percepción extremadamente selectiva del lugar. No hay ninguna razón para que
una percepción global del conjunto del espacio se instale en el usuario. Una
vez que el usuario se ha familiarizado con la biblioteca, su programa es
activado en relación con un fragmento del espacio, y esta percepción
fragmentaria se refuerza con la frecuentación. La percepción inicial del
conjunto se atrofia con el paso del tiempo. Muy rápidamente, un lector
temático, por ejemplo, aplicará su estrategia con una eficacia comparable en un
espacio transparente, como el de la biblioteca B, y en un espacio laberíntico
como el de la biblioteca A.
Esto no quiere decir que, para un programa dado de lectura,
no existan espacios más "propicios" que otros. Esto nos lleva a la
cuestión central de la política cultural, aunque la problemática se haya
revelado muy diferente de la imaginada al comienzo de la investigación.
Notas
En este contexto no se debe atribuir a la expresión
"depósito de libros" ningún sentido peyorativo, a diferencia de lo
que parece ser el punto de vista del director de la Biblioteca Nacional
argentina en una nota publicada recientemente, donde afirma que la gente
(¿quiénes serán'?) está preocupada por saber "si la Biblioteca Nacional será
un auténtico centro cultural o un mero depósito de libros" (Oscar Sbarra
Mitre, diario Perfil, 18 de julio de 1998, p. 42). Conseguir que una biblioteca
sea un buen depósito, es decir, que el usuario encuentre el libro que busca,
sería ya un satisfactorio resultado de una política cultural, como lo subraya
en su réplica Guillermo Piro, redactor especial de Cultura de ese mismo diario
(20 de junio de 1998, p. 60).
Política de los
espacios
Dado lo que aprendimos en esta investigación, ¿cómo podemos
representarnos la relación entre la oferta y la demanda, es decir, entre la
puesta en espacio del fondo de cada biblioteca y los programas de lectura de
los usuarios? Esta relación, mucho más compleja que lo imaginado por la
ideología institucional que dio origen a esta investigación, se resume en el
cuadro adjunto.
En este cuadro los (+) y los (—) son relativos: se trataba
de evaluar comparativamente las características de los espacios de las cuatro
bibliotecas con respecto a los seis programas de lectura. Un signo negativo
aplicado a una biblioteca en relación con una modalidad de lectura no quiere
decir que la biblioteca en cuestión haya sido juzgada negativamente por los
usuarios que practican ese programa; significa que esa biblioteca, por
comparación con las otras, puede ser considerada como menos adaptada a la
estrategia implicada por el programa. Como ya lo indiqué, esta evaluación no
fue hecha por los entrevistados, que no estaban en condiciones de comparar las
cuatro bibliotecas, sino por el equipo de investigación a partir de lo que
sabíamos de la puesta en espacio de cada biblioteca, por un lado, y de los
programas de lectura por otro lado. Desde un punto de vista general, se puede
comprobar que ninguna de las cuatro bibliotecas está en consonancia con todos
los programas de lectura, lo cual no es sorprendente dada la diversidad de
estrategias de los usuarios. La biblioteca B aparece como facilitando cuatro de
los seis programas de lectura y la biblioteca N sólo dos. Para justificar este
cuadro, hay que relacionarlo detalladamente con cada uno de los programas.
Podemos comenzar por los lectores temáticos. Las bibliotecas
B, M y N son bastante próximas en cuanto a su adecuación a esta estrategia de
lectura: las zonas de la clasificación Dewey están nítidamente separadas unas
de otras y la diferenciación entre ficción y no ficción es clara en los tres
casos. Se puede pensar que la espacialización de M es la que corresponde mejor
a este tipo de lectores, en la medida en que la segregación entre las categorías
es particularmente fuerte y que los espacios de apropiación inmediata son
relativamente cerrados. La disociación entre ficción y no ficción (sectores
ubicados en dos pisos diferentes del edificio) está en sintonía con el rechazo,
por parte de los lectores temáticos, de la literatura, y con su concentración
en la "realidad". Comparativamente, la puesta en espacio opaca y
laberíntica de la biblioteca A, con una cierta interpenetración entre las
categorías, es la que está más claramente en desajuste con las expectativas de
los lectores temáticos.
Para los lectores problemáticos, todos los signos son
negativos. No parece haber, en efecto, ninguna razón para considerar que haya,
entre estas cuatro bibliotecas, una más adecuada para ellos que otra. Como ya
lo indicamos, los lectores problemáticos utilizan las bibliotecas municipales a
pesar del libre acceso (consultando frecuentemente los ficheros, por ejemplo).
En la medida en que la estrategia de estos lectores no supone ninguna
localización específica, la segregación entre categorías que caracteriza (de
diversas maneras) a las bibliotecas B, M y N no los ayuda particularmente, y la
interpenetración entre categorías en A no necesariamente es para ellos una
ventaja. Se puede pensar que la fuerte diferenciación entre ficción y no
ficción en M, representa para los lectores problemáticos la situación más
desfavorable.
Está claro, como ya lo señalamos, que la estructura
laberíntica de A representa la mejor puesta en espacio para los lectores
eclécticos. Los espacios de las bibliotecas M y N, con una separación marcada
entre las categorías, son probablemente para ellos menos interesantes. Algunos
lectores eclécticos que frecuentaban las bibliotecas M y N se quejaron del
carácter excesivamente "geométrico" de esos espacios.
En lo que respecta a los lectores de ficción por autor, los
espacios de las bibliotecas estudiadas son comparables: las dificultades
principales de estos lectores resultan del ordenamiento puramente alfabético de
la zona de novelas (que es común a las cuatro bibliotecas) y del carácter no
exhaustivo del fondo respecto de la obra completa de ciertos autores. Hemos
marcado con un signo negativo la biblioteca B porque es la única que integraba
la poesía, el teatro y las ediciones críticas o las ediciones de obras
completas en la zona alfabética de las novelas, mientras que en las otras tres
bibliotecas estos sectores están separados de las novelas bajo la rúbrica
"literatura". Esta fusión de géneros en la secuencia alfabética
indiferenciada es particularmente molesta para los lectores de ficción por
autor. Sería difícil distinguir las cuatro bibliotecas en cuanto a su
adecuación respecto de los lectores de ficción por género: tanto la
clasificación cuanto la puesta en espacio son indiferentes a la problemática de
los géneros. Dicho esto, la biblioteca B tenía una ventaja sobre las otras en
razón de la importancia de la zona de iniciativas de los bibliotecarios: la
multiplicidad de proposiciones comportaban ciertos reagrupamientos que se
correspondían con géneros novelísticos. La biblioteca B era la única que, en
esta zona, tenía un estante permanente consagrado a las novelas policiales. Las
bibliotecas B, A y M proponían un sector, de importancia variable, consagrado
al lector de novedades. La biblioteca N era en este sentido totalmente
indiferente a este tipo de lector. Ante esta complejidad de la articulación
entre la oferta y la demanda, ¿es posible definir principios de puesta en
espacio de una biblioteca de libre acceso? ¿No es, por definición, imposible
satisfacer simultáneamente todas las estrategias de apropiación de los libros?
Dado que finalmente todos los tipos de lectores terminan por adaptarse al
ordenamiento espacial que se les propone, se podría pensar que el problema
inicial de esta investigación era un falso problema.
Sí y no. La reflexión de la institución (en este caso, el
Ministerio de Cultura de Francia, a través de la Dirección del Libro y de la
Lectura) era insuficiente en relación con la complejidad de la demanda
cultural. Había que cambiar el nivel de esa reflexión, pero no abandonarla. La
cuestión de la puesta en espacio de las bibliotecas municipales había sido
abordada como si fuera posible encontrar un ordenamiento espacial adecuado para
todos los usuarios. Ese ordenamiento ideal no existe: una determinada puesta en
espacio será siempre más adecuada para ciertos programas de lectura y menos
adecuada para otros, aun cuando, en definitiva, todo el mundo se adapte.
En nuestra investigación, nos encontramos con dos casos
extremos: la biblioteca A y la biblioteca M. La estructura laberíntica de la
biblioteca Ano tiene en cuenta la diversidad de la demanda: su puesta en
espacio sólo es adecuada para un programa de lectura, el de los lectores
eclécticos. Los lectores temáticos, los problemáticos y los lectores de ficción
por género se sienten más molestos que en otras bibliotecas, y la satisfacción
de los lectores de novedades depende de un factor independiente de la
estructuración espacial global, a saber, que haya un lugar de presentación de
novedades.
En el otro extremo, encontramos la biblioteca M: su rigidez
y la fuerte segregación entre las zonas correspondientes a las categorías de la
clasificación Dewey la vuelve ideal sólo para los lectores temáticos.
Nuestras recomendaciones fueron que había que evitar estos
dos extremos: una interpenetración laberíntica de las categorías y una
segregación demasiado marcada entre zonas cerradas. Dos ideologías opuestas,
fundada cada una en una hipótesis a la vez fuerte y global, que desconocía la
diversidad de la demanda. En verdad, las decisiones globales sobre la puesta en
espacio del fondo de una biblioteca deberían ser tomadas considerando la
composición socioprofesional de la población que frecuenta la biblioteca, dado
que los programas de lectura parecen asociados al capital cultural del usuario
(aunque no hayamos podido verificar cuantitativamente esta asociación).
Los datos se presentan en el cuadro adjunto. En los tres
casos, corresponden al público que frecuenta la sala de libre acceso para
adultos. Está claro que el nivel socioprofesional del público de la biblioteca
M es netamente más elevado que el de las otras bibliotecas: 21,5% de
"ejecutivos superiores", categoría que incluye las profesiones
inte-lectuales (probablemente, en el caso de M, profesores universitarios),
contra 5,5% en A; en B, los ejecutivos superio-res y medios totalizan el 22%.
En realidad, se pueden adicionar a los ejecutivos superiores de M los patrones,
en la medida en que, si representantes de esta categoría exis-ten en las otras
dos bibliotecas, han sido incluidos en la categoría de los ejecutivos
superiores. De lo cual resulta, en lo que toca a las capas socioprofesionales
más elevadas, un 23% para M, un 5,5% para A y una proporción imposible de
calcular para B dado que los ejecutivos superiores y medios están mezclados,
pero que debe estar más próxima a A que a M, teniendo en cuenta el conjunto de
características del público de B.
En el otro extremo de la escala, los obreros son
prácticamente inexistentes en M (0,5%). Los ejecutivos medios y los empleados
considerados en conjunto representan más de un tercio del público de Ay un
cuarto del público de M (23%).
El público de la biblioteca M, localizada en el corazón del
barrio latino de París y rodeada de universidades, es sin duda el de nivel
socioprofesional más alto. B es probablemente la más popular. En el caso de M,
la entronización de los ficheros en la entrada y la sistemática segregación de
las zonas temáticas armoniza entonces con su público. Con el dato
complementario de que en A y en B, el fondo documental y el fondo ficcional son
aproximadamente iguales (mitad y mitad de las colecciones); en M en cambio, el
fondo documental es casi tres veces más importante que el fondo de novelas. Sin
embargo, la puesta en espacio de M no es adecuada para los lectores problemáticos,
que son probablemente allí más numerosos que en las otras dos bibliotecas.
Se pueden detectar pues algunas relaciones globales entre
la ideología que preside la gestión de la institución, la puesta en espacio de
la biblioteca y las características del público que la frecuenta, lo cual no
excluye incongruencias y contradicciones.
Desde este punto de vista, la biblioteca B es probablemente
la más coherente. Transparencia, contacto, orientación: así habíamos resumido
nuestro análisis de la puesta en espacio de B. Voluntad pedagógica
enérgicamente expresada por la directora, en el contexto popular de una
biblioteca dependiente de una municipalidad comunista. De las cuatro
bibliotecas estudiadas, es la que facilitaba la mayor cantidad de programas de
lectura (cuatro sobre seis). En el otro extremo la biblioteca M, con fuertes
reminis-cencias de las bibliotecas tradicionales sin libre acceso, y que servía
a una burguesía parisina media y alta con una proporción importante de
profesores universitarios. La bibliotecaA, en un contexto de "clase
media" por decirlo así, donde la puesta en espacio laberíntica, si bien
expresaba institucionalmente la óptica de funcionarios socialistas en su
concepción, era mucho más difícil de interpretar.
Queda en fin la biblioteca N, llamada mediateca, que no
había realizado encuestas sobre la composición socioprofe-sional de su público,
salvo el dato según el cual el 70% de los que concurrían a ese establecimiento
eran jóvenes de menos de 30 años. Insertada en medio de un espacio
"high-tec" mucho más amplio era, de las cuatro bibliotecas, la más
parecida a lo que, después, Marc Augé ha calificado de "no lugares":
diferentes tipos de actividades rodeaban ese espacio abierto, a la manera de un
shopping center; en el centro de ese espacio los televisores para mirar las
videocasetes; terminales de computación para consultar las colecciones, y
ausencia total de empleados, salvo en el mostrador de préstamos (véase Augé,
1992). Al principio del libre acceso se agregaba en este caso la lógica del
"autoservicio". Vista a la distancia, representaba sin duda la
irrupción de una cierta "modernidad", la irrupción de la
mediatización en el universo de las bibliotecas municipales. Lo importante era
atraer público, dispuesto a entregarse a múltiples actividades de socialidad
difusa: como lo señalé, sólo el 40% del público acudía al lugar para leer. Este
tema de la mediatización apareció incidentalmente cuando ya habíamos terminado
la investigación. Y dio lugar a ciertas discusiones en el ambiente de los
bibliotecarios.
Polémica
Habiendo tenido acceso al informe final de esta
investigación antes de que fuera publicado, la directora de la mediateca de la
ciudad de Le Mans, que había sido inaugurada poco antes, se puso en contacto
conmigo y me invitó a visitar el establecimiento. La particularidad de esta
flamante mediateca era que representaba una concepción en guerra con la
clasificación tradicional de Dewey, y consistente en organizar la temática de
las colecciones en "centros de interés".
En mi informe yo había insistido en que la cuestión de la
clasificación no tiene mayor importancia en sí misma; que lo importante es que
haya una clasificación, un modo de organización específico a partir del cual (o
contra el cual) el usuario puede construir su estrategia y aplicar su programa
de lectura. En el contexto del enfrentamiento ideológico entre los partidarios
de la clasificación Dewey y los promotores de los "centros de
interés", mi posición sólo podía ser interpretada como una suerte de
provocación.
Respondí amablemente a la invitación y, naturalmente, visité
la mediateca de Le Mans. Como nuestra investigación estaba terminada, era
imposible incorporarla como un caso más de nuestro análisis. Me limité entonces
a añadir un posfacio al informe, titulado "A propósito de un espacio
organizado en 'centros de interés". Reproduzco a continuación lo esencial
de ese posfacio.
"El establecimiento [la nueva mediateca de Le Mans]
comporta un espacio de libre acceso organizado en 'centros de interés'. Se trata
pues de un caso a priori muy diferente de las cuatro bibliotecas analizadas en
este trabajo. Por otro lado (y contrariamente a la biblioteca N, que ha
adoptado también el nombre de `mediateca'), la mediateca de Le Mans integra los
diferentes soportes en los mismos lugares: cada centro de interés agrupa los
documentos papel y las casetes de audio y vídeo que corresponden al tema. La
clasificación comporta 25 centros de interés representados por otros tantos
ideogramas que se reproducen en grandes paneles.
El centro de interés `La vida política y la vida del
ciudada-no' no parece tener relación con el fenómeno de 'Vivir en sociedad'.
Dado que hay un centro de interés que se llama `El mundo del espectáculo' y
otro que se llama 'El arte y los artistas', hay que concluir que sólo se
consideran artes las artes tradicionales (pintura, escultura, grabado, etc.). Y
que el cine, el teatro, la danza, no son artes..."
"Fuera de los defectos de toda clasificación, se podría
buscar la categorización más próxima a los funcionamientos cognitivos de los
usuarios: es, en parte, la ambición de los partidarios de los 'centros de
interés'. Ahora bien, hemos visto que la diversidad de la demanda...muestra
toda la dificultad de semejante proyecto: el sistema al que se llegue
facilitará ciertas modalidades de lectura y excluirá otras. La clasificación
'natural', que responda a las modalidades de categorización de una mayoría de
usuarios, tampoco existe."
"Lo que está verdaderamente en juego en la oposición
entre partidarios de la clasificación Dewey (más o menos adaptada) y los
partidarios de la filosofía de los 'centros de interés' es la cuestión de
elegir entre una clasificación marcada por una concepción del mundo y de los
saberes que se remonta al siglo xix, y una clasificación que estará
inevitablemente marcada por otra ideología, sin duda más actual. Desde este punto
de vista, uno puede preguntarse si no es preferible hacer uso de una
clasificación en desfase con el mundo contemporáneo (como la Dewey) antes que
un sistema que no hace otra cosa que reproducir (esta vez en el espacio de las
bibliotecas municipales) la `grilla' consagrada a nuestro alrededor, en todos
los discursos sociales, por los medios. En mi opinión ésta es la principal
crítica que se puede formular, en lo que hace a la clasificación misma, a los
'centros de interés'; éstos no hacen más que reforzar los modos de
clasificación establecidos por la mediatización de nuestras sociedades. `La
salud', 'El hogar', 'El niño', `Deportes', Viajes', 'Auto-moto',
'Espectáculos', 'Tiempo libre y entretenimientos': pareciera que estamos leyendo la lista
de rúbricas de la prensa, o la grilla de programas de los canales de
televisión."
"Quedan planteados los problemas de la puesta en
espacio. Por la claridad del lugar, por la posibilidad de una visión global, e
inclusive por la configuración del conjunto, la sala de adultos de la mediateca
de Le Mans recuerda la biblioteca B que hemos analizado, salvo que el espacio
en Le Mans es mucho más grande. Por la segregación de los lugares consagrados a
cada centro de interés, en cambio, la mediateca de Le Mans se parece a la
biblioteca M: cada contexto inmediato de apropiación, correspondiente a un
tema, está construido como un 'nicho' separado de los demás. Esta estrategia de
encerramiento en cada tema, que privilegia lo que llamamos el contexto
inmediato de apropiación, es explícita en la presentación conceptual del
proyecto de la mediateca de Le Mans: el centro de interés, se dice allí, 'es un
espacio lógico y material donde el verdadero centro es el lector'; ese espacio
'debe entrar completamente en el campo de visión del lector' y 'debe estar a
escala del individuo."
"Ahora sabemos que el único usuario 'ideal' inscripto
en semejante espacio es el lector temático. Los lectores de ficción por autor,
los lectores de ficción por género y los lectores de novedades encuentran en Le
Mans la misma situación que en las otras bibliotecas que hemos estudiado. Los
problemáticos y los eclécticos, en cambio, se encuentran allí netamente
desfavorecidos."(Verón, 1990, pp. 85-88)
SEGUNDA PARTE LIBROS
EN LA ESCUELA
Mercado y estrategias
enunciativas
Los múltiples discursos que circulan en la sociedad a través
de los medios constituyen un mercado de consumo extremadamente complejo. Yo me
he interesado durante largo tiempo en los medios informativos, y en particular
en. la prensa escrita. Trabajando sobre la prensa escrita (llamada también
prensa "gráfica") en Europa y en la Argentina, me pareció importante
elaborar un concepto destinado a comprender el vínculo entre el medio y
&lector: el concepto de contrato de lectura.'
La metodología del contrato de lectura se inspira en la
teoría de la enunciación, que ha conocido un desarrollo extremadamente
importante en los últimos veinte años. La teoría de la enunciación parte de la
distinción entre dos niveles de funcionamiento de toda comunicación,
lingüística o no lingüística: el plano de la enunciación y el plano del
enunciado. Decimos de "toda" comunicación porque la teoría sostiene
que estos dos planos son diferentes y están necesariamente presentes en todo
acto de discurso.
El plano de la enunciación es aquél en el cual, en el
discurso mismo, se construyen las posiciones del que comunica (enunciador) y de
aquél a quien el acto de discurso está
dirigido (destinatario) Es pues indispensable distinguir el enunciador
(posición del que comunica, construida en su comunicación) del. emisor (entidad
individual o colectiva "real"); del mismo modo, conviene diferenciar
el destinatario (posición de aquél a quien está dirigida la comunicación,
posición construida en el discurso), del receptor (entidad individual o
colectiva "real"). Enunciador y destinatario son entidades
cliscursiVas o, si se prefiere, entidades del imaginario de la comunicación.
Está claro que un mismo emisor puede construir de sí mismo diferentes
posiciones (diferentes enunciadores) en diferentes comunicaciones que pueda
efectuar.
Otra manera de presentar la distinción entre enunciación y
enunciado es decir que el enunciado tiene que ver con lo que se dice y la
enunciación con la manera de decir lo que se dice. Es en las múltiples maneras
disponibles para transmitir un mismo "contenido" que se construyen
las posiciones del enunciador y del destinatario.
A las reglas propias de la competencia entre productos
discursivos, tal como aparecen en el sector de los medios de información, se
agregan en este campo de los textos escolares otras restricciones
institucionales que acentúan la inevitable homogeneidad de los contenidos: los
programas que el libro o manual tiene que respetar, las directivas del
Ministerio de Educación sobre unidades temáticas, etc.
¿Qué es entonces lo que
puede determinar que un maestro (principal prescriptor de libros de texto)
prefiera recomendar el manual del editor A y no el del editor B? La importancia
crucial de la enunciación aparece aquí con una claridad particular; permite en
cierto modo una demostración privilegiada del hecho de que la competencia en el
mercado de discursos pasa por las maneras de decir; en este caso, por ese plano
en que el libro de texto construye su vínculo con los actores del mundo
escolar.






































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