De la imagen del bibliotceario y de una biblioteca imaginaria Jesus Arna Palacios


De la imagen del biblioteario y de una biblioteca imaginaria - Jesus Arna Palacios
Incluso en países con una larga y fecunda tradición bibliotecaria como Estados Unidos, se ha hecho aveces un retrato feliz de las personas que trabajan en las bibliotecas. Trabajar en una biblioteca era, en el mejor de los casos, una alternativa al matrimonio y, en ocasiones, una clara alternativa a la clínica psiquiátrica. El retrato que hace Frank Capra de una bibliotecaria  al final de Que Bello es vivir es despiadado. Recordemos: al protagonista de la película, a punto de suicidarse, le dan la posibilidad de contemplar como hubiera sido el mundo el él. Realmente llega a comprender que todo-su familia, sus amigos, su ciudad – habría sido peor si él no hubiera llegado a nacer. Pero la puntilla, el detalle que le hace abrazarse a la vida como a un clavo ardiendo es ver que, sin él, su adorable mujercita habría sido una solterona, amargada, mal vestida y…bibliotecaria. Y por ahí no pasa. Aunque seguramente lo que el ingenuo director quería dar a entender era que, en general, las mujeres son mucho más felices si no son otra cosa que madres y amas de casa. Pero eso es otra historia.
Y con ser despiadado al retrato de Capra no pasa de ser simplemente anecdótico, por que para envolver el mensaje que estaba tratando de hacer llegar al espectador, igual le hubiera servido una secretaria o una enfermera. Mucho más revelador es el retrato, también cruel, que hace George Cukor de una bibliotecaría en Historias de Filadelfia. Es un momento tan sólo pero para nosotros es mucho más importante por que nos hace comprender con esa breve pincelada que las personas que trabajan en las bibliotecas son, por lo menos, extravagantes. Jamas Stewart interpreta el papel de un paparazi y tiene que escribir un reportaje sobre la boda de Katherine Hepburn, una rica heredera en la película. Para informarse sobre la familia de la novia, James Sewart se ve en la obligación de visitar la biblioteca local, un rasgo de inteligencia que cuesta imaginar en una película española. Hasta ahí perfecto: lo malo empieza después cuando se le acerca la bibliotecaria. Por que la bibliotecaria no habla como las personas normales, no dice Que desea usted? O de una manera menos respetuosa, pero igualmente comprensible Que deseas?  Al fin y al cabo James Stewart esta jovencisimo en la película. No lo que la bibliotecaria utiliza es una fórmula arcaica, obsoleta. Dice Que deseais? Un tratamiento que nos remite como mínimo a las películas históricas, a las de caballeros de la edad media o incluso a las películas de romanos. Con esa anacrónica utilización utilización del plural mayestático, la imagen que Cukor nos transmite de la bibliotecaria es la de un ser sin ningún contacto con la realidad una persona que, no sabe bien en qué época está viviendo, pero desde luego no en el presente. La réplica de James Stewart, es graciosa por que, igual que se hace con los locos de atar, opta por darle la razón y en vez de sorprenderse o de salir corriendo lo que hace es darle con mucha seriedad el mismo tratamiento Tenéis un lavabo? Este es el secreto de los grandes humoristas: poner el dedo en la llaga incluso con el comentario en apariencia más inofensivo.

Paul Auster, que está considerado por muchos críticos como uno de los mejores nóvelistas  americanos actuales, incide en la misma idea de un paisaje en El palacio de la luna. Cuando el inadaptado, Philes Fogg, después de una vida de muchos avatares decide sentar la cabeza, no se le ocurre nada mejor que pedir una beca en la escuela de biblioteconomía. Su tió le comenta: Me cuesta imaginarte como bibliotecario Fogg. A lo que él responde. Reconozco quqe se hace raro pero creo que puede ser adecuado para mí. Después de todo las bibiotecas no están  en el mundo. Son sitios aparte, santuarios de pensamiento puro. De ese modo podré seguir viviendo en la luna el resto de mi vida.

Los ejemplos podrían multiplicarse fácilmente. No merece la pena, sin embargo, tratar de sacar conclusiones de unos pocos comentarios entresacados al azar, Ya sabremos que la figura del bibliotecario no despierta grandes pasiones, que casi ningún niño, cuando le preguntan esa cosa un poco estúpida de qué van a ser de mayores, contestaría que bibliotecario. Y, sin embargo, a casi todos los bibliotecarios, les encanta su trabajo y sueñan con trabajar en hermosas bibliotecas llenas de gente que se sienta cómoda, gente que valore su trabajo y sepa amar los libros. Quizá algún día los ciudadanos lleguen a comprender la clara vocación de servir a la comunidad que anima a muchos bibliotecarios y se aprovechen de ella; quizá comprendan también que la bibliotecas pueden ser más modernas, más plurales y, seguramente mucho más democráticas también, que los medios de comunicación social. Más costoso en esfuerzo personal también, por supuesto: pero si alguien quiere entender el mundo en el que vivimos con un espiritú crítico es más probable que encuentre opiniones inconformistas en las estanterías de cualquier biblioteca que en los programas de radio o de la televisión.

Mientras esto llegue a ocurrir, el aislamiento que denunciaban las citas de Paul Auster y de película de Cukor sigue siendo, efectivamente, el enemigo por antonomasia de bibliotecas. Por eso cualquier asociación, como la nuestra que quiera hacer algo por las bibliotecas debe empezar por luchar con todos los medios a su, alcance contra el aislamiento profesionat, un pelisro acucíante cuando nos vemos obligados, como ocurre a menudo, a trabajar solos; con!ra el aislamiento institucional, impidiendo que las autoridades se desentiendan de servicios que erróneamente consideran más como un lujo que como una necesidad; y, sobre todo, contra el aislamiento social. Una biblioteca puede estar, insuficientemente dotada, mal organizada, no disponerde un espacio lo bastante grande o no estar abierta un tiempo lo bastante largo Para atender al público debidamente: mientras los usuarios sigan acudiendo a ella estará viva. Por el contrario, una biblioteca que reúna las mejores condiciones en cuanto a fondos, organización, locales y personal, pero a la que la gente, por la razón que sea le ha vuelto la espalda, no hará otra cosa que languidecer en el olvido.

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