En el discurso que hoy debo pronunciar, y en todos aquellos
que, quizás durante años, habré de pronunciar aquí, hubiera preferido poder
deslizarme subrepticiamente. Más que tomar la palabra, hubiera preferido verme
envuelto por ella y transportado más allá de todo posible inicio. Me hubiera
gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía
una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo: me habría bastando entonces con
encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus
intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento,
interrumpida. No habría habido por tanto inicio; y en lugar de ser aquel de
quien procede el discurso, yo sería más bien una pequeña laguna en el azar de
su desarrollo, el punto de su desaparición posible.
Me habría gustado que hubiese detrás de mí (habiendo tomado
desde hace tiempo la palabra, repitiendo de antemano todo cuanto voy a decir)
una voz que hablase así: «Hay que continuar, no puedo continuar, hay que decir
palabras mientras las haya, hay que decirlas hasta que me encuentren, hasta el
momento en que me digan —extraña pena, extraña falta, hay que continuar, quizás
está ya hecho, quizás ya me han dicho, quizás me han llevado hasta el umbral de
mi historia, ante la puerta que se abre ante mi historia; me extrañaría si se
abriera».
Pienso que en mucha gente existe un deseo semejante de no
tener que empezar, un deseo se–[10]mejante de encontrarse, ya desde el comienzo
del juego, al otro lado del discurso, sin haber tenido que considerar desde el
exterior cuanto podía tener de singular, de temible, incluso quizás de
maléfico. A este deseo tan común, la institución responde de una manera
irónica, dado que devuelve los comienzos solemnes, los rodea de un círculo de
atención y de silencio y les impone, como queriendo distinguirlos desde lejos,
unas formas ritualizadas.
El deseo dice: «No querría tener que entrar yo mismo en este
orden azaroso del discurso; no querría tener relación con cuanto hay en él de tajante
y decisivo; querría que me rodeara como una transparencia apacible, profunda,
indefinidamente abierta, en la que otros responderían a mi espera, y de la que
brotarían las verdades, una a una; yo no tendría más que dejarme arrastrar, en
él y por él, como algo abandonado, flotante y dichoso». Y la institución
responde: «No hay por qué tener miedo de empezar; todos estamos aquí para
mostrarte que el discurso está en el orden de las leyes, que desde hace mucho
tiempo se vela por su aparición; que se le ha preparado un lugar que le honra pero
que le desarma, y que, si consigue algún poder, es de nosotros y únicamente de
nosotros de quien lo obtiene».
Pero quizás esta institución y este deseo no son otra cosa
que dos réplicas opuestas a una misma inquietud: inquietud con respecto a lo que
es el discurso en su realidad material de [11] cosa pronunciada o escrita;
inquietud con respecto a esta existencia transitoria destinada sin duda a
desaparecer, pero según una duración que no nos pertenece, inquietud al sentir
bajo esta actividad, no obstante cotidiana y gris; poderes y peligros difíciles
de imaginar; inquietud al sospechar la existencia de luchas, victorias,
heridas, dominaciones, servidumbres, a través de tantas palabras en las que el
uso, desde hace tanto tiempo, ha reducido las asperezas.
Pero, ¿qué hay de peligroso en el hecho de que las gentes
hablen y de que sus discursos proliferen indefinidamente? ¿En dónde está por
tanto el peligro?
* * *
He aquí la hipótesis que querría emitir, esta tarde, con el
fin de establecer el lugar —o quizás el muy provisional teatro— del trabajo que
estoy realizando: yo supongo que en toda sociedad la producción del discurso
está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de
procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar
el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad.
En una sociedad como la nuestra son bien conocidos los
procedimientos de exclusión. El más evidente, y el más familiar también, es lo prohibido.
Se sabe que no se tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de todo
en [12] cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin no puede hablar de
cualquier cosa. Tabú del objeto, ritual de la circunstancia, derecho exclusivo
o privilegiado del sujeto que habla: he ahí el juego de tres tipos de
prohibiciones que se cruzan, se refuerzan o se compensan, formando una compleja
malla que no cesa de modificarse.
Resaltaré únicamente que, en nuestros días, las regiones en
las que la malla está más apretada, en la que se multiplican los compartimentos
negros, son las regiones de la sexualidad y las de la política: como si el
discurso, lejos de ser ese elemento transparente o neutro en el que la sexualidad se desarma y la política
se pacifica fuese más bien uno de esos lugares en que se ejercen, de manera
privilegiada, algunos de sus más temibles poderes. El discurso, por más que en
apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy pronto,
rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada
de extraño: ya que el discurso —el psicoanálisis nos lo ha mostrado— no es
simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; es también lo que es el
objeto del deseo; y ya que —esto la historia no cesa de enseñárnoslo— el discurso
no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación,
sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que
quiere uno adueñarse.
Existe en nuestra sociedad otro principio de exclusión: no
se trata ya de una prohibición sino [13] de una separación y un rechazo. Pienso
en la oposición razón y locura. Desde la más alejada Edad Media, el loco es
aquél cuyo discurso no puede circular como el de los otros: llega a suceder que
su palabra es considerada como nula y sin valor, no conteniendo ni verdad ni
importancia, no pudiendo testimoniar ante la justicia, no pudiendo autentificar
una partida o un contrato, no pudiendo ni siquiera, en el sacrificio de la
misa, permitir la transubstanciación y hacer del pan un cuerpo; en cambio suele
ocurrir también que se le confiere, opuestamente a cualquier otra, extraños
poderes, como el de enunciar una verdad oculta, el de predecir el porvenir, el
de ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de los otros no puede percibir.
Resulta curioso constatar que en Europa, durante siglos, la palabra del loco o
bien no era escuchada o bien si lo era, recibía la acogida de una palabra de
verdad. O bien caía en el olvido —rechazada tan pronto como era proferida— o
bien era descifrada como una razón ingenua o astuta, una razón más razonable
que la de las gentes razonables. De todas formas, excluida o secretamente
investida por la razón, en un sentido estricto, no existía. A través de sus
palabras era cómo se reconocía la locura del loco; ellas eran el lugar en que
se ejercía la separación, pero nunca eran recogidas o escuchadas. Nunca, antes
de finales del siglo XVIII, se le había ocurrido a un médico la idea de querer
saber lo que decía (cómo se decía, por qué se decía) en estas palabras que, sin embargo originaban la
diferencia. Todo ese inmenso discurso del loco regresaba al ruido; y no se le
concedía la palabra más que simbólicamente, en el teatro en que se le exponía, desarmado
y reconciliado, puesto que en él jugaba el papel de verdad enmascarada. Se me
puede objetar que todo esto actualmente ya está acabado o está acabándose; que
la palabra del loco ya no está del otro lado de la línea de separación; que ya
no es considerada como algo nulo y sin valor; que más bien al contrario, nos
pone en disposición vigilante; que buscamos en ellas un sentido, o el esbozo o
las ruinas de una obra; y que hemos llegado a sorprender, esta palabra del
loco, incluso en lo que nosotros mismos articulamos, en ese minúsculo desgarrón
por donde se nos escapa lo que decimos. Pero tantas consideraciones no prueban
que la antigua separación ya no actúe; basta con pensar en todo el armazón de
saber, a través del cual desciframos esta palabra; basta con pensar en toda la
red de instituciones que permite al que sea —médico, psicoanalista— escuchar
esa palabra y que permite al mismo tiempo al paciente manifestar, o retener
desesperadamente, sus pobres palabras; basta con pensar en todo esto para sospechar
que la línea de separación, lejos de borrarse, actúa de otra forma, según
líneas diferentes, a través de nuevas instituciones y con efectos que no son
los mismos. Y aun cuando el papel del médico no fuese sino el escuchar una
palabra al fin libre, la escucha se [15] ejerce siempre manteniendo la cesura.
Escucha de un discurso que está investido por el deseo, y que se supone —para
su mayor exaltación o para su mayor angustia— cargado de terribles poderes. Si
bien es necesario el silencio de la razón para curar los monstruos, basta que
el silencio esté alerta para que la separación permanezca.
Quizás es un tanto aventurado considerar la oposición entre
lo verdadero y lo falso como un tercer sistema de exclusión, junto a aquéllos de
los que acabo de hablar. ¿Cómo van a poder compararse razonablemente la
coacción de la verdad con separaciones como ésas, separaciones que son
arbitrarias desde el comienzo o que cuando metías se organizan en torno a
contingencias históricas; que no sólo son modificables sino que están en
perpetuo desplazamiento; que están sostenidas or todo un sistema de
instituciones que las imponen y las acompañan en su vigencia y que finalmente
no se ejercen sin coacción y sin una cierta violencia?
Ciertamente, si uno se sitúa al nivel de una proposición, en
el inte–rior de un discurso, la separación entre lo verdadero y lo falso no es
ni arbitraria, ni modificable, ni institucional, ni violenta. Pero si uno se sitúa
en otra escala, si se plantea la cuestión de saber cuál ha sido y
cuál es constantemente, a través de nuestros discursos, esa
voluntad de verdad que ha atravesado tantos siglos de nuestra historia, o cuál
es en su forma general el tipo de separación que [16] rige nuestra voluntad de
saber, es entonces, quizás, cuando se ve dibujarse algo así como un sistema de
exclusión (sistema histórico, modificable, institucionalmente coactivo).
Separación históricamente constituida, sin duda alguna.
Pues, todavía,en los poetas griegos del siglo VI, el discurso verdadero —en el más
intenso y valorizado sentido de la palabra—, el discurso verdadero por el cual
se tenía respeto y terror, aquél al que era necesario someterse porque reinaba,
era el discurso pronunciado por quien tenía el derecho y según el ritual
requerido; era el discurso que decidía la justicia y atribuía a cada uno su
parte; era el discurso que, profetizando el porvenir, no solo anunciaba lo que
iba a pasar, sino que contribuía a su realización, arrastraba consigo la
adhesión de los hombres y se engarzaba así con el destino. Ahora bien, he aquí
que un siglo más tarde la verdad superior no residía ya más en lo que era el
discurso o en lo que hacía, sino que residía en lo que decía: llego un día en
que la verdad se desplazo del acto ritualizado, eficaz y justo, de enunciación,
hacia el enunciado mismo: hacia su sentido, su forma, su objeto, su relación
con su referencia. Entre Hesíodo y Platón se establece una cierta separación,
disociando el discurso verdadero y el discurso falso; separación nueva, ya que
en lo sucesivo el discurso verdadero no será más el discurso precioso y
deseable, ya que no será más el discurso ligado al ejercicio del poder. El
sofista ha sido expulsado. Esta
separación histórica ha dado sin duda su forma general a nuestra voluntad de
saber. Pero sin embargo no ha cesado de desplazarse: las grandes mutaciones
científicas quizás puedan a veces leerse como consecuencias de un
descubrimiento, pero pueden leerse también como la aparición de formas nuevas
de la voluntad de verdad. Hubo sin duda una voluntad de verdad en el siglo XIX
que no coincide ni por las formas que pone en juego, ni por los tipos de
objetos a los que se dirige, ni por las técnicas en que se apoya, con la
voluntad de saber que caracterizó la cultura clásica. Retrocedamos un poco: en
ciertos momentos del siglo XVI y XVII (y en Inglaterra sobre todo) apareció una
voluntad de saber que, anticipándose a sus contenidos actuales, dibujaba planes
de objetos posibles, observables, medibles, clasificables; una voluntad de
saber que imponía al sujeto conocedor (y en cierta forma antes de toda
experiencia) una cierta posición, una cierta forma de mirar y una cierta
función (ver más que leer, verificar más que comentar); una voluntad de saber
que prescribía (y de un modo más general que cualquier otro instrumento
determinado) el nivel técnico del que los conocimientos deberían investirse
para ser verificables y útiles. Todo ocurre como si, a partir de la gran
separación platónica, la voluntad de saber tuviera su propia historia, que no
es la de las verdades coactivas: historia de los planes de objetos por conocer,
historia de las funciones y posiciones del [18] sujeto conocedor, historia de
las inversiones materiales, técnicas e instrumentales del conocimiento.
Pues esta voluntad de verdad, como los otros sistemas de
exclusión,se apoya en un soporte institucional: esta a la vez reforzada y
acompañada por una densa serie de prácticas como la pedagogía, como el sistema
de libros, la edición, las bibliotecas, como las sociedades de sabios de
antaño, los laboratorios actuales. Pero es acompañada también, más
profundamente sin duda, por la forma que tiene el saber de ponerse en práctica
en una sociedad, en la que es valorizado, distribuido, repartido y en cierta
forma atribuido. Recordemos, y a título simbólico únicamente, el viejo
principio griego: que la aritmética puede muy bien ser objeto de las sociedades
democráticas, pues enseña las relaciones de igualdad, pero que la geometría
solo debe ser enseñada en las oligarquías ya que demuestra las proporciones en
la desigualdad.
Finalmente, creo que esta voluntad de verdad basada en un
soporte y una distribución institucional, tiende a ejercer sobre los otros
discursos —hablo siempre de nuestra sociedad— una especie de presión y como un
poder de coacción. Pienso en como la literatura occidental ha debido buscar
apoyo desde hace siglos sobre lo natural, lo verosímil,sobre la sinceridad, y
también sobre la ciencia —en resumen sobre el discurso verdadero. Pienso
igualmente en como las practicas económicas, codificadas como precep–[19]tos o
recetas, eventualmente como moral, han pretendido desde el siglo XVI fundarse,
racionalizarse y justificarse sobre una teoría de las riquezas y de la
producción; pienso además en como un conjunto tan prescriptivo como el sistema
penal ha buscado sus cimientos o su justificación, primero naturalmente, en una
teoría del derecho, después a partir del siglo XIX en un saber sociológico,
psicológico, médico, psiquiátrico: como si la palabra misma de la ley no
pudiese estar autorizada en nuestra sociedad, más que por un discurso de
verdad.
De los tres grandes sistemas de exclusión que afectan al
discurso, la palabra prohibida, la separación de la locura y la voluntad de
verdad, es del tercero del que he hablado más extensamente. Y el motivo es, porque, desde hace siglos, no han cesado los
primeros de derivar hacia él. Y porque cada vez más él intenta recuperarlos a
su cargo, para modificarlos y a la vez fundamentarlos. Y porque los dos
primeros no cesan de hacerse cada vez más frágiles, más inciertos en la medida
en que, al encontrarse ahora atravesados por la voluntad de saber, ésta por el
contrario no cesa de reforzarse y de hacerse más profunda y más insoslayable.
Y, sin embargo, es de ella de la que menos se habla. Como si
para nosotros la voluntad de verdad y sus peripecias estuviesen enmascaradas por
la verdad misma en su necesario despliegue. Y la razón puede que sea ésta: que
si el discurso verdadero no es ya más, en efecto, desde los [20] griegos, el
que responde al deseo o el que ejerce el poder; en la voluntad de verdad, en la
voluntad de decir, ese discurso verdadero ¿qué es por tanto lo que está en
juego sino el deseo y el poder? El discurso verdadero, que la necesidad de su
forma exime del deseo y libera del poder, no puede reconocer la voluntad de
verdad que le atraviesa: y la voluntad, esa que se nos ha impuesto desde hace
mucho tiempo, es de tal manera que la verdad que quiere no puede no
enmascararla. Así no aparece ante nuestros ojos más que una verdad que sería riqueza,
fecundidad, fuerza suave e insidiosamente universal. E ignoramos por el contrario
la voluntad de verdad, como prodigiosa maquinaria destinada a excluir todos
aquellos, que punto por punto en nuestra historia han intentado soslayar esta
voluntad de verdad y enfrentarla contra la verdad justamente allí en donde la
verdad se propone justificar lo prohibido, definir la locura, todos esos, de
Nietzs12 che a Artaud y a Bataille, deben ahora servirnos de signos, altivos
sin duda, para el trabajo de cada día.
* * *
Existen, evidentemente, otros muchos procedimientos de
control y delimitación del discurso. Esos a los que he aludido antes se ejercen
en cierta manera desde el exterior; funcionan como sistemas de exclusión; conciernen
sin duda la [21] parte del discurso que pone en juego el poder y el deseo.
Creo que se puede también aislar otro grupo. Procedimientos
internos, puesto que son los discursos mismos los que ejercen su propio control;
procedimientos que juegan un tanto a título de principios de clasificación, de
ordenación, de distribución, como si se tratase en este caso de dominar otra
dimensión del discurso: aquélla de lo que acontece y del azar.
En primer lugar, el comentario. Supongo, aunque sin estar
muy seguro, que apenas hay sociedades en las que no existan relatos importantes
que se cuenten, que se repitan y se cambien; fórmulas, textos, conjunciones
ritualizadas de discursos que se recitan según circunstancias bien
determinadas; cosas que han sido dichas una vez y que se conservan porque se
sospecha que esconden algo como un secreto o una riqueza. En resumen, puede
sospecharse que hay regularmente en las sociedades una especie de nivelación
entre discursos: los discursos que «se dicen» en el curso de los días y de las
conversaciones, y que
desaparecen con el acto mismo que los ha pronunciado; y los
discursos que están en el origen de un cierto número de actos nuevos de
palabras que los reanudan, los
transforman o hablan de ellos, en resumen, discursos que, indefinidamente, más
allá de su formulación, son dichos, permanecen dichos, y están todavía por
decir. Los conocemos en nuestro sistema de cultura: son los textos religiosos o
ju–[22]rídicos, son también esos textos curiosos, cuando se considera su
estatuto, y que se llaman «literarios»; y también en una cierta medida los
textos
científicos.
Es cierto que este desfase no es ni estable, ni constante,
ni absoluto. No existe, por un lado, la categoría dada ya de una vez para
siempre, discursos fundamentales o creadores; y después, por otro, la masa de aquellos
que solo repiten, glosan o comentan. Bastantes textos importantes se oscurecen
y desaparecen, y ciertos comentarios toman el lugar de los primeros. Pero por
mas que sus puntos de aplicación cambien, la función permanece; y el principio
de un cierto desfase no deja de ponerse continuamente en juego. La desaparición
radical de este desnivel no puede ser nunca mas que juego, utopía o angustia. Juego
al estilo de Borges, de un comentario que no fuese otra cosa más que la
reaparición palabra a palabra (pero esta vez solemne y esperada) de lo que
comenta; juego también de una crítica que hablase infinitamente de una obra que
no existiese. Sueño lírico de un discurso que renaciese absolutamente nuevo e
inocente en cada uno de sus puntos y que reapareciese sin cesar, en toda su
frescura, partiendo de los sentimientos, de los pensamientos o de las cosas.
Angustia de ese enfermo de Janet para quien el menor enunciado era como una
«palabra del Evangelio» que encerraba inagotables tesoros de sentidos y que merecían
ser indefinidamente reconsiderados, reanudados, comenta dos: «Cuan–[23]do pienso,
decía en el momento en que se ponía a leer o a escuchar, cuando pienso en esta
frase que va a irse hacia la eternidad y que quizá todavía no he comprendido
completamente».
Pero, ¿quién no observa que se trata de anular cada vez uno
de los términos de la relación y no de suprimir la relación misma? Relación que
no cesa de modificarse a través de los tiempos; relación que en una época dada
adquiere formas múltiples y divergentes; la exégesis jurídica es muy diferente
(y esto desde hace bastante tiempo) del comentario religioso; una sola y misma
obra literaria puede dar lugar simultáneamente, a tipos de discursos muy
diferentes: la Odisea como primer texto es repetida, en la misma época, en la
traducción de Berard, en infinitas explicaciones de textos, en el Ulises de
Joyce.
Por el momento, quisiera limitarme a indicar que en lo que
se llama globalmente un comentario, el desfase entre el primer y el segundo texto
juega cometidos que son solidarios. De una parte, permite construir (e
indefinidamente) nuevos discursos: el desplome del primer texto, su
permanencia, su estatuto de discurso siempre reactualizable, el sentido
múltiple u oculto del cual parece ser poseedor, la reticencia y la riqueza
esencial que se le supone, todo eso funda una posibilidad abierta para hablar.
Pero, por otra parte, el comentario no tiene por cometido, cualesquiera que
sean las técnicas utilizadas, más que el decir por fin lo que estaba articulado
silenciosamente allá lejos.
Debe, según una [24] paradoja que siempre desplaza pero a la
cual nunca escapa, decir por primera vez aquello que sin embargo había sido ya
dicho. El cabrilleo indefinido de los comentarios es activado desde el interior
por el sueño de una repetición enmascarada: en su
horizonte, no hay quizás nada más que lo que era su punto de
partida, la simple recitación. El comentario conjura el azar del discurso al tenerlo
en cuenta: permite decir otra cosa aparte del texto mismo, pero con la
condición de que sea ese mismo texto el que se diga, y en cierta forma, el que
se realice. La multiplicidad abierta, el azar son transferidos desprovistos,
por el principio del comentario, de aquello que habría peligro si se dijese,
sobre el número, la forma, la máscara, la circunstancia de la repetición. Lo
nuevo no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno.
Creo que existe otro principio de enrarecimiento de un
discurso. Y hasta cierto punto es complementario del primero. Se refiere al
autor. Al autor no considerado, desde luego, como el individuo que habla y que
ha pronunciado o escrito un texto, sino al autor como principio de agrupación
del discurso, como unidad y origen de sus significaciones, como foco de su
coherencia. Este principio no actúa en todas partes ni de forma constante:
alrededor de nosotros, existen bastantes discursos que circulan, sin que su
sentido o su eficacia tengan que venir avalados por un autor al cual se les
atribuiría: por [25] ejemplo, conversaciones cotidianas, inmediatamente
olvidadas; decretos o contratos que tienen necesidad de firmas pero no de
autor, fórmulas técnicas que se transmiten en el anonimato. Pero, en los
terrenos en los que la atribución a un autor es indispensable —literatura,
filosofía, ciencia—, se percibe que no juega siempre la misma función; en el
orden del discurso científico, la atribución a un autor era, durante la Edad
Media, un indicador de su veracidad. Se consideraba que una proposición venía justificada
por su autor incluso para su valoración científica. Desde el siglo XVII, esta función no ha cesado de oscurecerse
en el discurso científico: apenas funciona más que para dar el nombre a un
teorema, a un efecto, a un ejemplo, a un síndrome. Por el contrario, en el
orden del discurso literario, y a partir de esa misma fecha, la función del autor
no ha cesado de reforzarse: todos aquellos relatos, todos aquellos poemas,
todos aquellos dramas o comedias que se dejaban circular durante la Edad Media
en un anonimato al menos relativo, he aquí que ahora, se les pide (y se exige
de ellos que digan) de dónde proceden, quién los ha escrito; se pide que el
autor rinda cuenta de la unidad del texto que se pone a su nombre; se le pide
que revele, o al menos que manifieste ante él, el sentido oculto que lo
recorre; se le pide que lo articule, con su vida personal y con sus
experiencias vividas, con la historia real que lo vio nacer. El autor es quien
da al inquietante lenguaje de la ficción [26] sus unidades, sus nudos de
coherencia, su inserción en lo real. Sé bien que se me va a decir: «Pero usted
habla del autor, tal como la crítica lo reinventa después, cuando ya le ha
llegado la muerte y que de él no queda mas que una masa enmarañada de
galimatías; entonces se hace necesario poner un cierto orden en todo eso;
imaginar un proyecto, una coherencia, una temática que se pide a la conciencia
o a la vida de un autor, quizás en efecto un tanto ficticio. Pero esto no
impide que haya existido, este autor real, ese hombre que hace irrupción en
medio de todas las palabras usadas, proyectando en ellas su genio o su desorden.»
Sería absurdo, desde luego, negar la existencia del
individuo que escribe e inventa. Pero pienso que —al menos desde hace un cierto
tiempo— el individuo que se pone a escribir un texto, en cuyo horizonte merodea
una posible obra, vuelve a asumir la función del autor: lo que escribe y lo que
no escribe, lo que perfila, incluso en calidad de borrador provisional, como
bosquejo de la obra, y lo que deja caer como declaraciones cotidianas, todo ese
juego de diferencias está prescrito para la función de autor, tal como él la
recibe de su época, o tal como a su vez la modifica. Pues puede muy bien
alterar la imagen tradicional que se tiene del autor; es a partir de una nueva
posición del autor como podrá hacer resaltar, de todo lo que habría podido
decir, de todo cuanto dice todos los días, [27] en todo instante, el perfil
todavía vacilante de su obra.
El comentario limitaba el azar del discurso por medio del
juego de una identidad que tendría la forma de la repetidora y de lo mismo. El principio
del autor limita ese mismo azar por el juego de una identidad que tiene la
forma de la individualidad y del yo. Sería necesario reconocer también, en lo
que se llama no las ciencias sino las «disciplinas», otro principio de
limitación. Principio también relativo y móvil. Principio que permite
construir, pero solo según un estrecho juego. La organización de las
disciplinas se opone tanto al principio del comentario como al del autor. Al
del autor porque una disciplina se define por un ámbito de objetos, un conjunto
de métodos, un corpus de proposiciones consideradas como verdaderas, un juego de
reglas y de definiciones, de técnicas y de instrumentos: todo esto constituye
una especie de sistema anónimo a disposición de quien quiera o de quien pueda
servirse de él, sin que su sentido o su validez estén ligados a aquel que se ha
concentrado con ser el inventor. Pero e principio de la disciplina se opone
también al del comentario; en unadisciplina, a diferencia del comentario, lo
que se supone al comienzo, no es un sentido que debe ser descubierto de nuevo,
ni una identidad que debe ser repetida; es lo que se requiere para la
construcción de nuevos enunciados. Para que haya disciplina es necesario que
haya posibili–[28]dad de formular, y de formular indefinidamente, nuevas proposiciones.
Pero aún hay más; y hay más, sin duda, para que haya menos:
una disciplina no es la suma de todo lo que puede ser dicho de cierto a propósito
de alguna cosa y no es ni siquiera el conjunto de todo lo que puede ser, a
propósito de un mismo tema, aceptado en virtud de un principio de coherencia o
de sistematicidad. La medicina no está constituida por el total de cuanto puede
decirse de cierto sobre la enfermedad; la botánica no puede ser definida por la
suma de todas las verdades que conciernen las plantas. Y esto por dos razones:
primero porque la botánica o la medicina, como cualquier disciplina, están construidas
tanto sobre errores como sobre verdades, errores que no son residuos o cuerpos
extraños, sino que ejercen funciones positivas y tienen una eficacia histórica
y un papel frecuentemente inseparable del de las verdades. Pero además, para
que una proporción pertenezca a la botánica o a la patología, es necesario que
responda a condiciones, en un sentido más estrictas y más complejas que la pura
y simple verdad: en todo caso, a otras condiciones. Debe dirigirse a un
determinado plan de objetos: a partir de finales del siglo XVII, por ejemplo,
para que una proposición fuese «botánica», era necesario que concerniese la estructura
visible de la planta, el sistema de similitudes próximas y lejanas, o la
mecánica de sus fluidos (y no podía conservar más, como sucedía todavía en el
siglo XVI, [29] sus valores simbólicos, o el conjunto de virtudes o propiedades
que se le reconocían en la Antigüedad).
Pero, sin pertenecer a una disciplina, una proposición debe utilizar
instrumentos conceptuales o técnicos de un tipo bien definido; a partir del
siglo XIX, una proposición dejaba de ser médica, caía «fuera de la medicina» y
cobraba el valor de un fantasma individual o
de imaginería popular si empleaba nociones a la vez
metafóricas, cualitativas y sustanciales (como las de obstrucción, de líquidos recalentados
o de sólidos desecados); podía, debía recurrir por el contrario a nociones
también metafóricas, pero debían estar construidas según otro modelo, funcional
o fisiológico en este caso (como en la irritación, la inflamación, o la
degeneración de los tejidos). Hay más todavía para pertenecer a una disciplina,
una proposición debe poder inscribirse en un cierto tipo de horizonte teórico:
baste con recordar que la investigación de la lengua primitiva, que fue un tema
perfectamente admitido hasta el siglo XVIII, era suficiente, en la segunda
mitad del siglo XIX, para hacer caer no importa qué discurso no digo en el error,
pero sí en la quimera, en el ensueño, en la pura y simple monstruosidad lingüística.
En el interior de sus límites, cada disciplina reconoce
proposiciones verdaderas y falsas; pero rechaza, al otro lado de sus márgenes,
toda teratología del saber. El exterior de una ciencia está más y menos poblado
de lo que se cree: naturalmente, existe la experiencia inmediata, los [30]
temas imaginarios que llevan y acompañan sin cesar las creencias sin memoria;
pero no hay quizás errores en el sentido
estricto, pues el error no puede surgir y ser decidido más que en el interior
de una práctica definida; por el contrario, merodean monstruos cuya forma
cambia con la historia del saber. En resumen, una proposición debe cumplir
complejas y graves exigencias para poder pertenecer al conjunto de una
disciplina; antes de poder ser llamada verdadera o falsa, debe estar, como
diría Canguilhen, en la «verdad».
Frecuentemente surge la pregunta de qué habían podido hacer
losbotánicos o los biólogos del siglo XIX para no ver que lo que Mendel decía
era verdadero. Pero es que Mendel hablaba de objetos, empleaba métodos, se
situaba en un horizonte teórico, que eran extraños para la biología de la
época. Sin duda, Naudin, antes que él, había expuesto la tesis de que los
rasgos hereditarios eran discretos; sin embargo, por nuevo o extraño que fuese
este principio, podía formar parte —cuando menos a título de enigma— del discurso
biológico. Mendel, por su parte, constituye el rasgo hereditario como objeto
biológico absolutamente nuevo, gracias a una filtración que no se había
utilizado hasta entonces: lo separa de la especie, lo separa del sexo que lo
transmite; y el dominio en que lo observa es el de la serie indefinidamente
abierta de las generaciones en la que aparece y desaparece según regularidades estadísticas.
Nuevo objeto que [31] pide nuevos instrumentos conceptuales y nuevos
fundamentos teóricos. Mendel decía la verdad, pero no estaba «en la verdad» del
discurso biológico de su época: no estaba según la regla que se formaban de los
objetos y de los conceptos biológicos, fue necesario todo un cambio de escala,
el despliegue de un nuevo plan de objetos en la biología para que Mendel
entrase en la verdad y para que sus proposiciones apareciesen entonces (en una buena
parte) exactas. Mendel era un monstruo verdadero, lo queproducía que la ciencia
no pudiese hablar; sin embargo, Schleiden, por ejemplo, una treintena de años
antes, al negar en pleno siglo XIX la sexualidad vegetal, pero según las reglas
del discurso biológico, oformulaba más
que un error de disciplina.
Se puede decir la
verdad siempre que se diga en el espacio de unaexterioridad salvaje; pero no se
está en la verdad más que obedeciendo a las reglas de una «policía» discursiva
que se debe reactivar en cada uno de sus discursos.
La disciplina es un principio de control de la producción
del discurso.Ella le fija sus límites por el juego de una identidad que tiene
la forma de una reactualización permanente de las reglas.Se tiene el hábito de
ver en la fecundidad de un autor, en la multiplicidad de sus comentarios, en el
desarrollo de una disciplina, como otras tantas fuentes infinitas para la
creación de los discursos. Quizás, pero no son por ello menos [32] principios
de coacción. Y es probable que no se pueda dar cuenta de su papel positivo y
multiplicador, sinose toma en consideración su función restrictiva y coactiva.
* * *
Existe, creo, un tercer grupo de procedimientos que permite
el control de los discursos. No se trata esta vez de dominar los poderes que conllevan,
ni de conjurar los azares de su aparición; se trata de determinar las
condiciones de su utilización, de imponer a los individuos que los dicen un
cierto número de reglas y no permitir de esta forma el acceso a ellos, a todo
el mundo. Enrarecimiento, esta vez, de los sujetos que hablan; nadie entrará en
el orden del discurso si no satisface ciertas exigencias o si no está, de
entrada, calificado para hacerlo. Máspreciso: todas las regiones del discurso
no están igualmente abiertas y penetrables; algunas están altamente defendidas
(diferenciadas y diferenciantes) mientras que otras aparecen casi abiertas a
todos los vientos y se ponen sin restricción previa a disposición de cualquier sujeto
que hable.
Me gustaría recordar una anécdota sobre este tema que es tan
bella que uno se estremece de que sea verdadera. Concentra en una sola figura
todas las coacciones del discurso: las que limitan los poderes, las que dominan
las apariciones aleatorias, las que seleccionan a los sujetos que pueden
hablar. A comienzos del siglo XVII, el taicún había oído hablar de que la
superioridad de los europeos —en cuanto a la navegación, el comercio, la
política, el arte militar— se debía a su conocimiento de las matemáticas. Deseó
ampararse de un tan preciado saber. Como le habían hablado de un marino inglés
que poseía el secreto de esos discursos maravillosos, le hizo llevar a su
palacio y allí lo retuvo. A solas con él tomó lecciones. Aprendió las
matemáticas.
Mantuvo, en efecto, el poder, y vivió largo tiempo. Y hasta
el siglo XIX no existieron matemáticos japoneses. Pero la anécdota no finaliza
allí: tiene su vertiente europea. La historia quiere que ese marino inglés, Will
Adams, fuese un autodidacta: un carpintero que, por habertrabajado en un
astillero naval, había aprendido la geometría. ¿Es Necesario ver en este relato
la expresión de uno de los grandes mitos de la cultura europea? Al saber
monopolizado y secreto de la tiranía oriental, Europa opondría la comunicación
universal del conocimiento,el intercambio indefinido y libre de los discursos.
Ahora bien, este tema, naturalmente, no resiste un examen.
El intercambio y la comunicación son figuras positivas que juegan en el interior
de sistemas complejos de restricción; y, sin duda, no sabrían funcionar
independientemente de éstos. La forma más superficial y más visible de estos
sistemas de restricción la constituye lo que se puede reagrupar bajo el nombre
de ri–[34]tual; el ritual define la cualificación que deben poseer los
individuos que hablan (y que, en el juego de un dialogo, de la interrogación,
de la recitación, deben ocupar tal posición y formular tal tipo de enunciados);
define los gestos, los comportamientos, las circunstancias, y todo el conjunto
de signos que deben acompañar el discurso; fija finalmente la eficacia supuesta
o impuesta de las palabras, su efecto sobre aquellos a los cuales se dirigen,
los límites de su valor coactivo. Los
discursos religiosos, judiciales, terapéuticos, y en una cierta parte también
políticos, no son apenas disociables de esa puesta en escena de un ritual que
determina a la vez para los sujetos que hablan las propiedades singulares y los
papeles convencionales.
Un funcionamiento en parte diferente tienen las «sociedades
de discursos», cuyo cometido es conservar o producir discursos, pero para hacerlos
circular en un espacio cerrado, distribuyéndolos nada mas que según reglas
estrictas y sin que los detentadores sean desposeídos de la función de
distribución. Un modelo arcaico nos viene sugerido por esos grupos de rapsodas
que poseían el conocimiento de los poemas para recitarlos, o eventualmente para
variarlos y transformar24 los; pero este conocimiento, aunque tuviese como fin
una recitación que permanecía ritual, se protegía, defendía y conservaba en un
grupo determinado, debido a los ejercicios de memoria, a menudo complejos, que
implicaba; el aprendizaje permitía entrar a la vez en [35] un grupo y en un
secreto, que la recitación manifestaba pero no divulgaba; entre el habla y la
audición los papeles no se intercambiaban.
Claro que ya apenas quedan semejantes «sociedades de
discursos», con ese juego ambiguo del secreto y de la divulgación. Pero que
nadie se engañe; incluso en el orden del discurso verdadero, incluso en el orden
del discurso publicado y libre de todo ritual, todavía se ejercen formas de
apropiación del secreto y de la no intercambiabilidad. Puedetratarse muy bien
que el acto de escribir, tal como está institucionalizado actualmente en el
libro, el sistema de la edición y el personaje del escritor, se desenvuelva en
una «sociedad de discurso», quizás difusa, pero seguramente coactiva. La
diferencia del escritor, opuesta sin cesar por él mismo a la actividad de
cualquier otro sujeto que hable o escriba, el carácter intransitivo que concede
a su discurso, la singularidad fundamental que acuerda desde hace ya mucho
tiempo a la «escritura», la disimetría afirmada entre la «creación» y no
importa qué otra utilización del sistema
lingüístico, todo esto manifiesta en la formulación (y tiende además a
continuarse en el juego de la práctica) la existencia de una cierta «sociedad
de discurso». Pero existen aún bastantes otras, que funcionan según otro
modelo, según otro régimen de exclusivas y de divulgación: piénsese en el
secreto técnico o científico, piénsese en las formas de difusión o de
circulación del discurso médico; piénsese en [36] aquellos que se han apropiado
el discurso económico o político.
A primera vista, las doctrinas (religiosas, políticas,
filosóficas) constituyenel inverso de una «sociedad de discurso»: en esta
última, el número de individuos que hablaban, si no estaba incluso fijado,
tendía a ser limitado; y era entre ellos entre quienes el discurso podía
circular y transmitirse. La doctrina, por el contrario, tiende a la difusión; y
es por la aprehensión en común de un solo y mismo conjunto de discursos como
individuos, tan numerosos como se quiera imaginar, definen su dependencia
recíproca. En apariencia, la sola condición requerida es el reconocimiento de
las mismas verdades y la aceptación de una cierta regla —más o menos flexible—
de conformidad con dos discursos válidos; si no fueran más que esto, las
doctrinas no serían hasta tal punto diferentes de las disciplinas científicas,
y el control discursivo versaría solamente sobre la forma o el contenido del
enunciado, no sobre el sujeto que habla. Ahora bien, la dependencia doctrinal
denuncia a la vez el enunciado y el sujeto que habla, y el uno a través del
otro.
Denuncia al sujeto que habla a través y a partir del
enunciado, como lo prueban los procedimientos de exclusión y los mecanismos de
rechazo que entran en juego cuando el sujeto que habla ha formulado uno o varios
enunciados inasimilables; la herejía y la ortodoxia no responden a una
exageración fanática de los mecanismos doctrinales; les incumben
fundamentalmente. Pero inversamente, la doctrina denuncia los enunciados a
partir de los sujetos que hablan, en la medida
en que la doctrina vale siempre como el signo, la manifestación y el
instrumento de una adhesión propia —dependencia de clase, de estatuto social o
de raza, de nacionalidad o de interés, de lucha, de revuelta, de resistencia o
de aceptación. La doctrina vincula los individuos a ciertos tipos de
enunciación y como consecuencia les prohíbe cualquier otro; pero se sirve, en
reciprocidad, de ciertos tipos deenunciación para vincular a los individuos entre ellos, y diferenciarlos
por ello mismo de los otros restantes. La doctrina efectúa una doble sumisión:
la de los sujetos que hablan a los discursos, y la de los discursos al grupo,
cuando menos virtual, de los individuos que hablan.
Finalmente, en una escala más amplia, se hace necesario
reconocer grandes hendiduras en lo que podría llamarse la adecuación social del
discurso. La educación, por más que sea, de derecho, el instrumento gracias al
cual todo individuo en una sociedad como la nuestra puede acceder a no importa
qué tipo de discurso, se sabe que sigue en sudistribución, en lo que permite y
en lo que impide, las líneas que le vienen marcadas por las distancias, las
oposiciones y las luchas sociales.
Todo sistema de educación es una forma política de mantener
o demodificar la adecuación de los discursos, con los saberes y los poderes que
implican. [38]
Me doy cuenta que es muy abstracto separar, como acabo de
hacer, los rituales del habla, las sociedades de discursos, los grupos
doctrinales y las adecuaciones sociales. La mayor parte del tiempo, unos se vinculan
con otros y constituyen especies de grandes edificios que aseguran la
distribución de los sujetos que hablan en los diferentes tipos de discursos y
la adecuación de los discursos a ciertas categorías de sujetos. Digamos en una
palabra que ésos son los grandes procedimientos de sumisión del discurso. ¿Qué
es, después de todo, un sistema de enseñanza, sino una ritualización del habla;
sino una cualificación y una fijación de las funciones para los sujetos que
hablan; sino la constitución de un grupo doctrinal cuando menos difuso; sino
unadistribución y una adecuación del discurso con sus poderes y saberes? ¿Qué
es la «escritura» (la de los «escritores») sino un sistema similar de sumisión,
que toma quizás formas un poco diferentes, pero cuyas grandes escansiones son
análogas? ¿Acaso el sistema judicial y el sistema institucional de la medicina
no constituyen también, al menosen algunos de sus aspectos, similares sistemas
de sumisión del discurso?
* * *
Me pregunto si un cierto número de temas de la filosofía no
surgieron para responder a estos juegos de la limitaciones y de las
exclusiones, y quizá también para reforzarlos.[39]
Primeramente, para responderlos, proporcionando una verdad
ideal como ley del discurso y una racionalidad inmanente como principio de sus
desarrollos, acompañándolos también de una ética del conocimiento que no
promete la verdad más que al deseo de la verdad misma y al solo poder de
pensarla.
Después, para reforzarlos por medio de una denegación que
estriba esta vez en la realidad específica del discurso en general.
Desde que fueron excluidos los juegos y el comercio de los
sofistas, desde que se ha amordazado, con más o menos seguridad, sus paradojas,
parece que el pensamiento occidental haya velado para que en el discurso haya
el menor espacio posible entre el pensamiento y el habla; parece que haya
velado para que discurrir aparezca únicamente comouna cierta aportación entre
pensar y hablar; de eso resultaría un pensamiento revestido de sus signos y
hecho visible por las palabras, o inversamente, de eso resultarían las mismas
estructuras de la lengua utilizadas y produciendo un efecto de sentido. Esta
antigua elisión de la realidad del discurso en el pensamiento filosófico ha
tomado bastantes formas en el curso de la historia. Recientemente ha vuelto a
aparecer bajo el aspecto de varios temas que nos resultan familiares.
Pudiera darse que el tema del sujeto fundador permitiese
elidir la realidad del discurso. El sujeto fundador, en efecto, se encarga de animar
directamente con sus objetivos las formas [40] vacías del lenguaje; es él
quien, atravesando el espesor o la inercia de las cosas vacías, recupera de nuevo, en la intuición,
el sentido que allí se encontraba depositado; es él, igualmente, quien del otro
lado del tiempo, funda horizontes de significaciones que la historia no tendrá
después más que explicitar, y en los que las proposiciones, las ciencias, los conjuntos deductivos encontrarán en resumidas
cuentas su fundamento.
En su relación con el sentido, el sujeto fundador dispone de
signos, de marcas, de indicios, de letras. Pero no tiene necesidad para
manifestarlos de pasar por la instancia singular del discurso.
El tema que está frente a éste, el tema de la experiencia
originaria, juega un papel análogo. Supone que, a ras de la experiencia, antes incluso
de que haya podido recuperarse nuevamente en las formas de un cogito, significaciones
previas, ya dichas de alguna manera, reco rrían el mundo, lo disponían
alrededor nuestro y daban acceso desde el comienzo a una especie de primitivo
reconocimiento. Así una primera complicidad con el mundo fundamentaría para
nosotros la posibilidad de hablar de él, en él, de designarlo y nombrarlo,
juzgarlo y finalmente
conocerlo en la forma de la verdad. Si hay discurso, ¿qué
puede ser entonces, en su legitimidad, sino una discreta lectura? Las cosas murmuran
ya un sentido que nuestro lenguaje no tiene más que hacer brotar; y este
lenguaje, desde su más rudimentario proyecto, noshablaba ya de un ser del que
él es como la nervadura. [41]
El tema de la mediación universal es todavía, creo, una
forma de elidir la realidad del discurso. Y esto a pesar de la apariencia. Pues
parece, a primera vista, que al encontrar nuevamente por todas partes el
movimiento de un logos que eleva las singularidades hasta el concepto y que
permite a la conciencia inmediata desplegar finalmente toda la racionalidad del
mundo, es el discurso mismo lo que se coloca en el centro de al especulación.
Pero este logos, a decir verdad, no es, en realidad, más que un discurso ya tenido,
o más bien son las mismas cosas o los acontecimientos los que insensiblemente
hacen discursos desplegando el secreto de su propia esencia. El discurso no es
apenas más que la reverberación de una verdad naciendo ante sus propios ojos; y
cuando todo puede finalmente tomar la forma del discurso, cuando todo puede
decirse y cuando se puede decir el discurso a propósito de todo, es porque
todas las cosas, habiendo manifestado e intercambiado sus sentidos, pueden
volverse a la interioridad silenciosa de la conciencia de sí.
Bien sea pues en una filosofía del sujeto fundador, en una
filosofía de la experiencia original o en una filosofía de la mediación
universal, el discurso no es nada más que un juego, de escritura en el primer
caso, de lectura en el segundo, de intercambio en el tercero; y ese
intercambio, esa lectura, esa escritura no ponen nunca nada más en juego que los
signos. El discurso se anu–[42]la así, en su realidad, situándose en l orden
del significante. ¿Qué civilización, en apariencia, ha sido, mas que la
nuestra, respetuosa del discurso? ¿Dónde se le ha honrado mejor? ¿Dónde aparece
más radicalmente liberado de sus coacciones y universalizado? Ahora bien, me
parece que bajo esta aparente veneración del discurso, bajo esta aparente
logofilia, se oculta una especia de temor. Todo pasa como si prohibiciones,
barreras, umbrales, límites, se dispusieran de manera que se domine, al menos
en parte, la gran proliferación del discurso, de manera que su riqueza se
aligere de la parte más peligrosa y que su desorden se organice según figuras
que esquivan lo más incontrolable; todo pasa como si se hubiese querido borrar
hasta las marcas de su irrupción en los juegos del pensamiento y de la lengua.
Hay sin duda en nuestra sociedad, y me imagino que también en todas las otras,
perosegún un perfil y escansiones diferentes, una profunda logofilia, una especie
de sordo temor contra esos acontecimientos, contra esa masa de cosas dichas,
contra la aparición de todos esos enunciados, contra todo lo que puede haber
allí de violento, de discontinuo, de batallador, y también de desorden y de
peligroso, contra ese gran murmullo incesante y desordenado de discurso.Y si se
quiere —no digo borrar este temor—, sino analizarlo en sus condiciones, su
juego, y sus efectos, es necesario, creo, reducirse a tresdecisiones a las
cuales nuestro pensamiento, ac–[43]tualmente, se resiste un poco y que
corresponden a los tres grupos de funciones que acabo de evocar: poner en duda
nuestra voluntad de verdad; restituir al discurso su carácter de
acontecimiento; levantar finalmente la soberaníadel significante.
* * *
Tales son las tareas, o antes bien, algunos de los temas,
que rigen el trabajo que quisiera hacer aquí en los próximos años. Se pueden señalar
en seguida ciertas exigencias de método que traen consigo.
Primeramente, un principio de trastocamiento: allí donde,
según la tradición, se cree reconocer la fuente de los discursos, el principio
de su abundancia y de su continuidad, en esas figuras que parecen jugar una
función positiva como la del autor, la disciplina, la voluntad de verdad, se
hace necesario, antes bien reconocer el juego negativo de un corte y de un
enrarecimiento del discurso.
Pero, una vez señalados estos principios de enrarecimiento,
una vez que se ha cesado de considerarlos como instancia fundamental ycreadora,
¿qué es lo que se descubre debajo de ellos? ¿Es necesario admitir la plenitud
virtual de un mundo de discursos ininterrumpidos?
Es aquí donde se hace necesario recurrir a los principios de
método.
Un principio de discontinuidad: que existan [44] sistemas de
enrarecimiento no quiere decir que, por debajo de ellos, más allá de ellos, reinaría
un gran discurso ilimitado, continuo y silencioso, que se hallaría, debido a
ellos, reprimido o rechazado, y que tendríamos por tarea que levantar
restituyéndole finalmente el habla. No es necesario imaginar, recorriendo el
mundo y enlazando con todas sus formas y todos sus acontecimientos, algo no
dicho o impensado, que se trataría de articular o de pensar finalmente. Los
discursos deben ser tratados como prácticas discontinuas que se cruzan, a veces
se yuxtaponen, pero que también se ignoran o se excluyen.
Un principio de especificidad: no resolver el discurso en un
juego de significaciones previas, no imaginarse que el mundo vuelve hacia nosotros
una cara legible que no tendríamos mas que descifrar; él no es cómplice de
nuestro conocimiento; no hay providencia prediscursiva que le disponga a
nuestro favor. Es necesario concebir el discurso como una violencia que hacemos
a las cosas, en todo caso como una práctica que les imponemos; es en esta
práctica donde los acontecimientos del discurso encuentran el principio de su
regularidad.
Cuarta regla, la de la exterioridad: no ir del discurso
hacia su núcleo interior y oculto, hacia el corazón de un pensamiento o de una
significación que se manifestarían en él; sino, a partir del discurso mismo, de
su aparición y de su regularidad, ir hacia sus condiciones externas de posibilidad,
hacia lo que da motivo a la se–[45]rie aleatoria de esos acontecimientos y que
fija los límites.
Cuatro nociones deben servir pues de principio regulador en
el análisis: la del acontecimiento, la de la serie, la de la regularidad y la
de la condición de posibilidad. Se oponen, como se ve, término a término: el acontecimiento
a la creación, la serie a la unidad, la regularidad a la originalidad y la
condición de posibilidad a la significación. Estas cuatro últimas nociones
(significación, originalidad, unidad, creación) han, de una manera bastante
general, dominado la historia tradicional de las ideas, donde, de común
acuerdo, se buscaba el punto de la creación, la unidad de la obra, de una época
o de un tema, la marca de la originalidad individual y el tesoro indefinido de
las significaciones dispersas.
Añadiré únicamente dos advertencias. Una de ellas concierne
la historia. Se considera contribución de la historia contemporánea el haber
retirado los privilegios acordados anteriormente al acontecimiento singular y
haber hecho aparecer las estructuras que se extienden sobre un amplio margen de
tiempo. Ciertamente. No estoy seguro sin embargo de que el trabajo de los
historiadores se haga precisamente en esta dirección. O más bien, no pienso que
haya como una razón inversa entre localización del acontecimiento y el análisis
que se extiende sobre un amplio margen de tiempo. Me parece, por el contrario, que
bien sea estrechando en su límite el tono del [46] acontecimiento, bien
impulsando el poder de resolución del análisis histórico hasta las mercuriales,
las actas notariadas, los registros de parroquia, los registros portuarios
comprobados año tras ano, semana tras semana, es como se ha visto perfilarse
más allá de las batallas, decretos, dinastías o asambleas, fenómenos masivos de
alcance secular o plurisecular. La
historia, tal como se practica actualmente, no se aleja de los acontecimientos,
extiende por el contrario su campo sin cesar; descubre sin cesar nuevas capas,
más superficiales o más profundas; aísla sin cesar conjuntos nuevos, que a
veces son numerosos, densos e intercambiables, a veces raros y decisivos: de
las variaciones casi cotidianas de los precios, se llega a las inflaciones
seculares. Pero lo importante es que la historia no considere un acontecimiento
sin definir la serie de la que forma parte, sin especificar la forma de análisis
de la que depende, sin intentar conocer la regularidad de los fenómenos y los
límites de probabilidad de su emergencia, sin interrogarsesobre las
variaciones, las inflexiones y el ritmo de la curva, sin querer determinar las
condiciones de las que dependen. Claro está que la historia desde hace mucho
tiempo no busca ya comprender los acontecimientos por un juego de causas y
efectos en la unidad informe de un gran devenir, vagamente homogéneo o
duramente jerarquizado; pero eso no es para encontrar estructuras anteriores,
ajenas, hostiles al acontecimiento. Es para establecer series diver–[47]sas,
entrecruzadas, a menudo divergentes, pero no autónomas, que permiten
circunscribir el «lugar» del acontecimiento, los márgenes de su azar, las
condiciones de su aparición.
Las nociones fundamentales que se imponen actualmente no son
más que las de la conciencia y de la continuidad (con los problemas que le son
correlativos de la libertad y de la causalidad), no son tampoco las del signo y
de la estructura. Son las del acontecimiento y de la serie, con el juego de
nociones que les están relacionadas; regularidad, azar, discontinuidad,
dependencia, transformación; es por medio de un conjunto tal cómo este análisis
de los discursos en que yo pienso se articula, no, ciertamente, sobre la
temática tradicional que los filósofos de ayer tomaban todavía por la historia
«viva», sino sobre el trabajo efectivo de los historiadores.
Pero es por ello también por lo que este análisis plantea
problemas filosóficos o teóricos, verdaderamente graves. Si los discursos deben
tratarse primeramente como conjuntos de acontecimientos discursivos, ¿qué
estatuto es necesario conceder a esta noción de acontecimiento que tan
raramente fue tomada en consideración por los filósofos?
Claro está que el acontecimiento no es ni sustancia, ni
accidente, ni calidad, ni proceso; el acontecimiento no pertenece al orden de
los cuerpos. Y sin embargo no es inmaterial; es al nivel de la materialidad cómo
cobra siempre efecto y, como es efecto, tiene su sitio, y consiste en la
relación, la coexistencia, la dis–[48]persión, la intersección, la acumulación,
la selección de elementos materiales; no es el acto ni la propiedad de un
cuerpo; se produce como efecto de y en una dispersión material. Digamos que la
filosofía del acontecimiento debería avanzar en la dirección paradójica, a
primera vista, de un materialismo de lo incorporal.
Por otra parte, si los acontecimientos discursivos deben
tratarse según series homogéneas, pero discontinuas unas con relación a otras, ¿qué
estatuto es necesario dar a ese discontinuo? No se trata en absoluto ni de
sucesión de los instantes del tiempo, ni de la pluralidad de los diversos
sujetos que piensan; se trata de cesuras que rompen el instante y dispersan el
sujeto en una pluralidad de posibles posiciones yfunciones. Una discontinuidad
tal que golpetea e invalida las menores unidades tradicionalmente reconocidas o
las menos fácilmente puestas en duda: el instante y el sujeto. Y, por debajo de
ellos, independientemente de ellos, es necesario concebir entre esas series
discontinuas de las relaciones que no son del orden de la sucesión (o de la
simultaneidad) en una (o varias) conciencia; es necesario elaborar —fuera de
las filosofías del sujeto y del tiempo— una teoría de las sistematicidades discontinuas.
Finalmente, si es verdad que esas series discursivas y discontinuas tienen,
cada una, entre ciertos límites, su regularidad, sin duda ya no es posible
establecer, entre los elementos que las constituyen, vínculos de causalidad
mecánica o de necesidad ideal. Es ne– [49]cesario aceptar la introducción del
azar como categoría en la producción de los acontecimientos. Ahí se experimenta
también la ausencia de una teoría que
permita pensar en las relaciones del azar y del pensamiento.
De modo que el diminuto desfase que se pretende utilizar en
la historia de las ideas y que consiste en tratar, no las representaciones que puede
haber detrás de los discursos, sino los discursos como series regulares y
distintas de acontecimientos, este diminuto desfase, temo reconocer en él algo
así como una pequeña (y quizás odiosa) maquinaria que permite introducir en la
misma raíz del pensamiento, el azar, el discontinuo y la materialidad. Triple
peligro que una cierta forma de historia pretende conjurar refiriendo el
desarrollo continuo de una necesidad ideal. Tres nociones que deberían permitir
vincular a lapráctica de los historiadores, la historia de los sistemas de
pensamiento.
Tres direcciones que deberá seguir el trabajo de elaboración
teórica.
Siguiendo estos principios y refiriéndome a este horizonte,
los análisis que me propongo hacer se disponen según dos conjuntos. Por una parte
el conjunto «crítico» que utiliza el principio de trastocamiento: pretende
cercar las formas de exclusión, de delimitación, de apropiación, a las que
aludía anteriormente; muestra [50] cómo se han formado, para responder a qué
necesidades, como se han modificado y desplazado, qué coacción han ejercido
efectivamente, en qué medida se han alterado. Por otra parte, el conjunto
«genealógico» que utiliza los otros tres principios: como se han formado, por
medio, a pesar o con el apoyo de esos sistemas de coacción, de las series de
los discursos; cual ha sido la norma específica de cada una y cuales sus
condiciones de aparición, de crecimiento, de variación.
Primeramente el conjunto crítico. Un primer grupo de
análisis versaría sobre lo que he designado como funciones de exclusión. En
otra ocasión estudié una y por un período determinado: se trataba de la separación
entre locura y razón en la época clásica. Mas adelante se podría intentar
analizar un sistema de prohibiciones del lenguaje: el que concierne la
sexualidad desde el siglo XVI hasta el XIX; se trataría de ver no cómo, sin
duda, se ha progresiva y afortunadamente desdibujado, sino cómo se ha desplazado
y rearticulado desde una práctica de la confesión en la que las conductas
prohibidas se nombraban, clasificaban, jerarquizaban, y de la manera más
explícita, hasta la aparición,primeramente bastante tímida y retardada, de la
temática sexual en la medicina y en la psiquiatría del siglo XIX; ello no es
todavía, naturalmente, más que indicaciones un tanto simbólicas, pero se puede
ya apostar que las escanciones no son aquéllas que se cree y que las prohibiciones
no [51] ocupan siempre el lugar que se tiene tendencia a imaginar.
De momento, quisiera dedicarme al tercer sistema de
exclusión. Lo enfocaré de dos maneras. Por una parte, quisiera intentar señalar
cómo se hizo, pero también cómo se repitió, prorrogó, desplazó esa elección de
la verdad en cuyo interior estamos prendidos pero que renovamos sin cesar; me
situaré primeramente en la época de la sofística y de su comienzo con Sócrates
o al menos con la filosofía platónica, para ver cómo el discurso eficaz, el
discurso ritual, el discurso cargado de poderes y de peligros se ordenaba poco
a poco hacia una separación entre el discurso verdadero y el discurso falso. Me
situaré después en los momentos decisivos de los siglos XVI y XVII, en la época
en que aparece, en Inglaterra sobre todo, una ciencia de la vista, de la
observación, de la atestiguación, una cierta filosofía natural inseparable sin duda
de la instauración de nuevas estructuras políticas, inseparable también de la
ideología religiosa: nueva forma, seguramente, de la voluntad de saber. Finalmente,
el tercer punto de referencia será el comienzo del siglo XIX, con los grandes
actos fundadores de la ciencia moderna, la formación de una sociedad industrial
y la ideología positivista que la acompaña. Tres cortes en la morfología de
nuestra voluntad de saber; tres etapas de nuestro filisteismo.
Me gustaría también repetir la misma cuestión pero desde un
ángulo diferente: medir el [52] efecto de un discurso de pretenden científica —discurso
médico, psiquiátrico y sociológico también— sobre ese conjunto de prácticas y
de discursos prescriptivos que constituye el sistema penal. El estudio de los
dictámenes psiquiátricos y su función en la penalidad serviría de punto de
partida y de material de base para esos análisis.
También en esta perspectiva, pero a otro nivel, es cómo
debería hacerse el análisis de los procedimientos de limitación de los
discursos, entre los cuales he designado antes el principio de autor, el del
comentario, el de la disciplina. Desde esta perspectiva pueden programarse un
cierto número de estudios. Pienso, por ejemplo, en un análisis que versaría
sobre la historia de la medicina del siglo XVI al XIX; se trataría no tanto de
señalar los descubrimientos hechos o los conceptos utilizados, como de asir
nuevamente, en la constitución del discurso médico, pero también en toda la
institución que lo soporta, lo refuerza, de qué manera se utilizaron el
principio de autor, el del comentario, el de la disciplina; intentar saber de
qué manera se ejerció el principio de gran autor: Hipócrates, Galeno,
naturalmente, pero también Paracelso, Sydenham o Boerhaave; de qué manera se
ejerció, y todavía en el siglo XIX, la práctica del aforismo y del comentario;
de qué manera fue sustituida poco a poco la práctica del caso, de la colección
de casos, delaprendizaje clínico de un caso concreto; según qué modelo ha
intentado finalmen–[53]te la medicina constituirse como disciplina, apoyándose primeramente
en la historia natural, a continuación en la anatomía y la biología.
Se podría también considerar de qué manera la crítica y la
historia literaria han constituido al
personaje del autor y la figura de la obra, utilizando, modificando y
desplazando los métodos de exégesis religiosa, de la crítica bíblica, de la
hagiografía de las «vidas» históricas o legendarias, de la autobiografía y de
las memorias. Será necesario también estudiar un día el papel que tuvo Freud en
el saber psicoanalítico, muy diferente, seguro, del de Newton en física (y del
de todos los fundadores de disciplina),
muy diferente también del que puede tener un autor en el campo del discurso
filosófico (que estuviese como Kant en el origen de otra manera de filosofar).
He ahí pues algunos proyectos para el aspecto crítico de la
tarea,para el análisis de las instancias del control discursivo. En cuanto al aspecto
genealógico, concierne la formación efectiva de los discursos bien en el
interior de los límites de control, bien en el exterior, bien, más
frecuentemente, de una parte y otra de la delimitación. La crítica analiza los
procesos de enrarecimiento, pero también el reagrupamiento y unificación de los
discursos: la genealogía estudia su formación dispersa, discontinua y regular a
la vez. A decir verdad, estas dos tareas no son nunca separables; no hay, por
una parte, las formas de rechazo,de la exclusión, del rea–[54]grupamiento o de
la atribución; y después, por otra parte, a un nivel más profundo, el brote
espontáneo de los discursos que, inmediatamente antes o después de su
manifestación, se encuentran sometidos a
la selección y al control. La formación natural del discurso puede integrar en
ciertas condiciones y basta cierto punto,
los procedimientos de control (es lo que pasa, por ejemplo, cuando una disciplina
toma forma y estatuto de discurso científico); e inversamente, las figuras de control
pueden tomar cuerpo en el interior de una formación discursiva (así la crítica
literaria como discurso constitutivo del autor): si bien toda tarea crítica,
que ponga en duda las instancias del control, debe analizar al mismo tiempo las
regularidades discursivas a través de
las cuales se forman; toda descripción genealógica debe tener en cuenta los
límites que ínter vienen en las formaciones reales. Entre la empresa crítica y
la empresa genealógica la diferencia no es tanto de objeto o de dominio como de
punto de ataque, de perspectiva y de delimitación.
Evocaba antes un posible estudio: el de las prohibiciones
que afectan al discurso de la sexualidad. Sería difícil y abstracto, en todo
caso, realizar un estudio sin analizar al mismo tiempo los conjuntos de discursos,
literarios, religiosos o éticos, biológicos o médicos, e igualmente jurídicos,
en los que se trata de la sexualidad, y en los que ésta se nombra, describe,
metaforisea, explica, juzga. Estamos muy lejos de haber cons–[55]tituido un
discurso unitario y regular de la sexualidad, quizás no se consiga nunca,
quizás no es en esa dirección en la que vamos. Poco importa. Las prohibiciones
no tienen la misma forma, ni intervienen de la misma manera en el discurso
literario y en el de la medicina, en el de la psiquiatría o en el de la
dirección de la conciencia. E, inversamente, esas diferentes regularidades
discursivas no refuerzan, no rodean o no desplazan las prohibiciones de la
misma manera.
El estudio no podrá pues hacerse más que según pluralidades
de series en las que intervienen prohibiciones que, para una parte al menos,
son diferentes en cada una.
Se podría también considerar las series de discursos que, en
el siglo XVI y XVII, conciernen la riqueza y la pobreza, la moneda, la
producción y el comercio. Entrarían en relación conjuntos de enunciados muy heterogéneos,
formulados por los ricos y los pobres, los sabios y los ignorantes, los
protestantes o los católicos, los oficiales reales, loscomerciantes o los
moralistas. Cada uno tiene su forma de regularidad, igualmente sus sistemas de
coacción. Ninguno de ellos prefigura exactamente esa otra forma de regularidad
discursiva que tomará el aspecto de una disciplina y que se llamará «análisis
de la riqueza», y después «economía política». Sin embargo, es a partir de
ellos que seforma una nueva regularidad, recuperando o excluyendo, justificando
o separando tales o cuales de sus enunciados. [56]
Se puede también pensar en un estudio que versaría sobre los
discursos que conciernen la herencia, tales como pueden encontrarse, repartidos
o dispersos hasta comienzos del siglo XX a través de las disciplinas, de
observaciones, de técnicas y de diversas fórmulas; se trataría entonces de
mostrar por medio de qué juego de articulaciones esas series, se han, en
resumidas cuentas, reorganizado en la figura, epistemológicamente coherente y
reconocida por la institución, de la genética. Este trabajo lo acaba de
realizar François Jacob con una
brillantez y una ciencia difícilmente igualables.
Así deben alternarse, apoyarse las unas en las otras, y
completarse las descripciones críticas y las descripciones genealógicas. La
parte crítica del análisis se refiere a los sistemas de desarrollo del
discurso: intenta señalar, cercar, esos principios de libramiento, de exclusión,
de rareza del discurso. Digamos, para jugar con las palabras, que practica una
desenvoltura aplicada. La parte genealógica se refiere por el contrario a las
series de la formación efectiva del discurso: intenta captarlo en su poder de
afirmación, y entiendo por esto no un poder que se opondría al de negar, sino
el poder de constituir dominios de objetos, a propósito de los cuales se podría
afirmar o negar proposiciones verdaderas o falsas. Llamemos positividades esos
dominios de objetos y digamos, para jugar una segunda vez con las palabras,
que, si el estilo crítico es el de la desenvoltura estudiosa, el [57] humor
genealógico será el de un positivismo alegre.
En todo caso, una cosa al menos debe señalarse: el análisis
del discurso así entendido no revela la universalidad de un sentido, saca a relucir
el juego de la rareza impuesta con un poder fundamental de afirmación. Rareza y
afirmación, rareza, finalmente, de la afirmación, y no generosidad continua del
sentido, ni monarquía del significante.
Y ahora, que los que tienen lagunas de vocabulario digan
—quizás porque les suena bien— que se trata de estructuralismo.
* * *
Estas investigaciones, de las que he intentado presentaros
el diseño, sé bien que no hubiera podido emprenderlas si no hubiera contado para
ayudarme con modelos y apoyos. Creo que debo mucho a Dumézil, puesto que fue él
quien me incitó al trabajo a una edad en la que yo creía todavía que escribir
era un placer. Y debo también mucho a su obra; que me perdone si me he alejado
de su sentido o desviado del rigor de esos textos suyos y que actualmente nos
dominan; él me enseñó a analizar la economía interna de un discurso de muy
distinto modo que por los métodos de la exégesis tradicional o los del
formalismo lingüístico; él me enseñó a localizar de un discurso a otro, por el juego
de las comparaciones, el sistema de las correlaciones [58] funcionales; él me
enseñó a describir las transformaciones de un discurso y las relaciones con la
institución. Si he querido aplicar un método
similar a discursos distintos de los relatos legendarios o míticos, la
idea me vino sin duda de que tenía ante mis ojos los trabajos de los
historiadores de las ciencias, y sobre todo de Canguilhem; a él le debo haber comprendido
que la historia de la ciencia no está prendida forzosamente en la alternativa:
crónica de los descubrimientos, o descripciones de las ideas y opiniones que
bordean la ciencia por el lado de su génesis indecisa o por el lado de sus
caídas exteriores; sino que se podía, se debía, hacer la historia de la ciencia
como un conjunto a la vez coherente y transformable de modelos teóricos e
instrumentos conceptuales.
Pero pienso que es con Jean Hyppolite con quien me liga una
mayor deuda. Sé bien que su obra, a los ojos de muchos, está acogida bajo el
reino de Hegel, y que toda nuestra época, bien sea por la lógica o por la
epistemología, bien sea por Marx o por Nietzsche, intenta escapar a Hegel: y
todo lo que he intentado decir anteriormente a propósito del Discurso o es bastante infiel al logos hegeliano.
Pero escapar realmente a Hegel supone apreciar exactamente
lo que cuesta separarse de él; esto supone saber hasta qué punto Hegel, insidiosamente
quizás, se ha aproximado a nosotros; esto supone saber lo que es todavía
hegeliano en aquello que nos permite pensar contraHegel; [59] y medir hasta qué
punto nuestro recurso contra él es quizá todavía una astucia que nos opone y al
término de la cual nos espera, inmóvil y en otra parte.
Pues si más de uno estamos en deuda con J. Hyppolite es
porque infatigablemente ha recorrido para nosotros, y antes que nosotros, ese camino
por medio del cual uno se separa de Hegel, se distancia, y por medio del cual
uno se encuentra llevado de nuevo a él pero de otro modo, para después verse
obligado a dejarle nuevamente.
Primeramente, J. Hyppolite había cuidado de dar una
presencia a esa sombra un poco fantasmal de Hegel que merodeaba desde el siglo
XIX y con la que oscuramente se luchaba. Fue con una traducción, la de la Fenomenología
del espíritu, cómo dio a Hegel esa presencia; y que Hegel mismo estuvo bien
presente en ese texto francés, la prueba está en que se ha llegado a que los
alemanes lo consulten para comprender mejor lo que, por un instante al menos,
devenía la versión alemana.
Pues, de este texto, J. Hyppolite ha buscado y recorrido
todas las salidas, como si su inquietud fuese: ¿se puede todavía filosofar allí
donde Hegel ya no es posible?; ¿puede existir todavía una filosofía que ya no
sea hegeliana?; ¿aquello que no es hegeliano en nuestro pensamiento es necesariamente
no filosófico?; ¿y aquello que es antifilosófico es forzosamente no hegeliano?
De manera que de esta presencia de [60] Hegel que él nos había dado, no
pretendía hacer solamente la descripción histórica y meticulosa: quería hacer
un esquema de experiencia de la modernidad (¿es posible pensar según el modelo
hegeliano, las ciencias, la historia, la política y el sufrimiento de todos los
días?) y quería hacer, inversamente, de nuestra modernidad la prueba del hegelianismo
y, como consecuencia, de la filosofía. Para él, la relación con Hegel, era el
lugar de una experiencia, de un enfrentamiento en el que no se estaba nunca
seguro de que la filosofía saliese vencedora. No se servía del sistema
hegeliano como de un universo tranquilizador; veía en él el riesgo extremo
asumido por la filosofía.
De ahí resultan, creo, los desplazamientos que operó, no
digo en el interior de la filosofía hegeliana, sino sobre ella y sobre la
filosofía tal como Hegel la concebía; de ahí también toda una inversión de
temas. La filosofía, en lugar de concebirla como la totalidad finalmente capaz
de pensarse y de rehacerse en el movimiento del concepto, J. Hyppolite
realizaba sobre el fondo de un horizonte infinito una tarea sin término:
siempre despierta pronto, su filosofía no estaba nunca dispuesta a acabarse.
Tarea sin término, tarea por tanto siempre recomenzada, dedicada a la forma y a
la paradoja de la repetición: la filosofía como pensamiento inaccesible de la
totalidad era para J. Hyppolite lo que podía haber de repetible en la extrema
irregularidad de la experiencia; era lo que se da y lo que se escurre [61] como
cuestión, sin cesar recuperada en la vida, en la muerte, en la memoria: así el
tema hegeliano de la terminación sobre la conciencia de sí, él lo transformaba
en un tema de la interrogación repetitiva. Pero, puesto que era repetición, la
filosofía no era ulterior al concepto; no tenía que proseguir al edificio de la
abstracción, debía mantenerse siempre en suspensión, romper con sus
generalidades adquiridas y exponerse nuevamente al contacto de la no filosofía;
debía aproximarse, lo más cerca, no a lo que acaba, sino a lo que precede, a
aquello que no ha despertado todavía de su inquietud; debería recuperar para
pensarlos, no para reducirlos, la singularidad de la historia, las
racionalidades regionales de la ciencia, la profundidad de la memoria en la
conciencia; aparece así el tema de una filosofía presente, inquieta, móvil a lo
largo de su línea de contacto con la no–filosofía, no existiendo sin embargo
más que por ella y revelando el sentido que esa no–filosofía tiene para
nosotros. Pues, si ella está en ese contacto repetido con la no–filosofía,
¿cuál es el comienzo de la filosofía? ¿Está ya secretamente presente en lo que
no es ella, comenzando a formularse a media–voz en el murmullo de las cosas?
Pero, entonces, el discurso filosófico no tiene quizá alas razón de ser; o bien
¿debe ella comenzar con una fundación arbitraria y absoluta a la vez? Se ve así
sustituir el tema hegeliano del movimiento propio de lo inmediato por el [62]
del fundamento del discurso filosófico y de su estructura formal. Finalmente,
el último desplazamiento que J. Hyppolite opero en la filosofía: si la
filosofía debe comenzar como discurso absoluto, ¿qué es la historia y qué es
ese comienzo que comienza con ese individuo singular, en una sociedad, en una
clase social y en medio de luchas?
Estos cinco desplazamientos que conducen al borde extremo de
la filosofía hegeliana y que la hacen sin duda pasar del otro lado de sus
propios límites, convocan, una por una, a las grandes figuras mayores de la
filosofía moderna que Jean Hyppolite no ceso de enfrentar con Hegel: Marx con
las cuestiones de historia, Fichte con el problema del comienzo absoluto de la
filosofía, Bergson con el tema del contacto con la no–filosofía, Kierkegaard
con el problema de la repetición y de la verdad, Husserl con el tema de la
filosofía como tarea infinita ligada a la historia de nuestra racionalidad. Y,
más allá de esas figuras filosóficas, se advierten todos los dominios del saber
que J. Hyppolite invocaba alrededor de sus propias cuestiones: el psicoanálisis
con la extraña lógica del deseo, las matemáticas y la formalización del
discurso, la teoría de la información y su aplicabilidad en el análisis sobre
lo vivo; en resumen todos los dominios a partir de los cuales se puede plantear
la cuestión de una lógica y de una existencia que no cesan de anudar y
desanudar sus lazos. Pienso que esta obra, articulada en algunos libros
mayores, pero presente todavía más en sus investigaciones, en una enseñanza, en
una perpetua atención, en un estar alerta y en una generosidad diaria, en una
responsabilidad aparentemente administrativa v pedagógica (es decir en realidad
doblemente política) ha cruzado, ha formulado los problemas más fundamentales
de nuestra época. Somos numerosos los que hemos quedado infinitamente en deuda
con él.
Porque he tomado de él, sin duda, el sentido y la
posibilidad de lo que hago, porque con bastante frecuencia me ha aclarado
cuando yo ensayaba a ciegas, es por lo que he querido colocar mi trabajo bajo
su signo y es por lo que he terminado, invocándolo, la presentación de mis
proyectos. Es hacia él, hacia su taita —en la que experimento a la vez su
ausencia y mi propia carencia— hacia donde se cruzan las cuestiones que me
planteo actualmente. Puesto que le debo tanto, comprendo bastante que la
elección que han hecho invitándome a enseñar aquí es, en buena parte, un
homenaje que ustedes le han rendido; os quedo reconocido, profundamente, del
honor que me hacéis, pero no os quedo menos reconocido por lo que a él le atañe
en esta elección. Si bien no me siento igualado a la tarea de sucederle, sé por
el contrario que, si todavía contáramos con la dicha de su presencia, yo habría
sido esta tarde, alentado por su indulgencia.
Y comprendo mejor por qué experimentaba tanta dificultad al
comenzar antes. Ahora sé [64] bien cuál era la voz que hubiera querido que me precediera, que me llevara, que me
invitara a hablar y que se introdujera en mi propio discurso. Sé lo que había
de temible al tomar la palabra, puesto que la tomaba en este lugar en el que le
he escuchado y donde él ya no esta para escucharme.
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