Casi me
muero
En cuanto
Mariela me dijo que Ramiro estaba en el hotel Amarilis, casi me muero. Casi me
muero. La verdad es que yo, el año pasado, no me tomaba el amor así. Cuando
mamá me pidió que ordenara mi ropa porque nos íbamos a Córdoba de vacaciones.
casi me muero. ¿Qué iba a hacer yo ahí? Aburrirme. Pero después me enteré de
que Mariela y su familia también tenían pensado ir al Amarilis. Nada más que
ellos viajaban unos días antes. Yo, casi me muero, pero de alegría. Porque eso
de irme y dejar a Mariela, sola en el barrio con Ramiro, no me gustaba para
nada. El lío habla empezado en el invierno.
—¿Sabés? —había dicho Mariela que era mi mejor
amiga—, me gusta un chico.
—Ay, nena,
por favor, no me hagas hacer mala sangre! A mí también me gusta un chico —le
dije. Le había dicho que no me hiciera hacer mala sangre porque, ¡ahhh!,
Ramiro,
el chico
del que yo estaba enamorada, no me miraba ni por casualidad. Y que no me mirara
ni por casualidad me ponía loca, por eso no le había contado a Mariela que
gustaba de él, nada más que por eso, porque ella y yo siempre nos contábamos
todo. Las dos vivíamos en el mismo barrio, Villa del Parque y, además, en la
misma manzana. Él era el más nuevo de los tres; en cambio, nosotras habíamos
nacido allí. Yo, en la calle José Pedro Varela; mi amiga en Campana y, ¡ahhh!,
Ramiro, en Simbrón. ¡Me gustaba tanto! Con esas cejas gruesas que tenía y esos
dientes grandes... Pero él ni me miraba. Estaba enojado conmigo porque una vez,
cuando éramos chicos, lo llevé por delante con mi bicicleta. ¡Qué rencoroso!
¡Total! No era para tanto, porque para un chico, ¿qué es una calda más? Nada,
un par de moretones en las piernas. Nada, ya dije. Pero también le pedí perdón.
Y él me había contestado que sí, que me disculpaba, que no le dolía nada, que
esto, que lo otro y. ¿para qué? Si me di cuenta de que muchas veces se hacía el
distraído como si no me hubiera visto en su vida y ni me miraba. Por eso le
dije a Mariela que no me hiciera hacer mala sangre. Porque estaba enamorada y no
le veía ningún buen futuro a lo que sentía.
—¿¿¿Y???
¿No me preguntas cómo se llama el chico del que gusto? —dijo Mariela. La verdad
es que tenía razón, mi mejor amiga me contaba cosas importantes para ella y yo
ahí como una idiota, pensando en Ramiro.
—Bueno...,
perdoname, no me di cuenta. ¡Dale! Decime cómo se llama. A Mariela se le dieron
vuelta los ojos y suspiró. Le tuve envidia, pero una envidia buena porque la vi
tan linda con esa naricita levantada para arriba, tan simpática, tan..., ¡qué
sé yo! La vi tan bonita, que pensé que a ella no iba a pasarle lo mismo que a
mí; seguro, seguro. que el chico que ella quería, la quería a ella también.
—Ramiro.
Gusto de Ramiro —dijo Mariela como si nada. De Ramiro, había dicho ¡de Ramiro!
Casi me muero.
—¿Y él? —le
pregunté con cara de Blancanieves. En ese momento, ella dijo las palabras
mágicas.
—No sé. Nunca me dijo nada. ¡No me lo vas a
sacar! pensé primero enojada y después, con ganas de llorar.
—Bueno —le dije sin mirarla a la cara—, así
son las cosas. Ami me pasa lo mismo. Como tenía que ser, Mariela me preguntó
por el chico que me gustaba; entonces, yo volví a hacerme la tonta. —Es u-uno
q-que vive cerca de la casa de mi a-abuela –contesté sin poder levantar la
cabeza. Por suerte. mi abuela vivía como a treinta cuadras. Pero no iba a ser
tan fácil salir del paso porque Mariela no dejaba de preguntar y preguntar por
cómo se llamaba el chico, por el pelo, por la edad...Parecía una máquina.
—iJulieta!,
¿cómo se llama? –insistió.
—Diego –le
solté el primer nombre que se me ocurrió y enseguida empecé a pensar en
Maradona–. Tiene rulitos –agregué–, y juega a la pelota que es un rey. Mariela
me miró y me preguntó si la estaba cargando. Que no, le dije, que de ninguna
manera y mientras tanto, cruzaba los dedos a escondidas para cortar la mentira.
Ella volvió a clavarme los ojos. pero esa vez, logré sostenerle la mirada. Al
final, pensé, no es tan linda porque con esa nariz para arriba que tiene,
parece un chanchito. Como a la semana fue el cumpleaños de Ramiro. Ella le
compró una tarjeta boba de esas empalagosas con angelitos, corazones cruzados y
cosas escritas por quién sabe quién. Fue el cumpleaños de Ramiro y yo, ni
enterada. Quedé mal, claro. Bueno, ¿qué me importaba a mí lo de la tarjeta?
Eso, ¿qué me importaba? Si al final, él le dio las gracias y después se fue
como si nada. Y así pasé el invierno con Mariela que no paraba de hablar de
Ramiro, que lo había visto, que le había dicho "chau", que patatín y
que patatán. Casi me muero. Y yo que trataba de despistarla, no paraba de
hablar de Diego que me había guiñado un ojo, que me había encontrado en la
esquina de la casa de mi abuela, que patatín y que patatán. Puras mentiras.
Puras mentiras para salir del paso. Después terminaron las clases, llegó el verano
y apareció mamá con la noticia de las vacaciones en el Amarilis Y casi me
muero. Y casi me muero porque si me iba a Córdoba, ¿quién los vigilaba?, ¿eh?
Digo yo, ¿quién los vigilaba? Bueno, cuando vino mamá y me dijo lo del
Amarilis, se me dio por gritar y dar portazos, ¡cómo protestó mamá! Malcriada
me llamó y también, que si no la cortaba iba a perder la paciencia. Por eso,
traté de mantener la boca cerrada y las puertas en su lugar. Y no bien Mariela
llamó para darme la gran noticia de que íbamos a estar juntas en el mismo
hotel, el alma me volvió al cuerpo. Me serenó saber que. en primer lugar, al no
estar ella, Ramiro no corría peligro
y, en
segundo lugar, era bueno tener una compañera en las vacaciones. Después de
todo, había sido mi mejor amiga, aunque ella no supiera que ya no lo era. Fue
una suerte que los padres de Mariela le hubieran recomendado el lugar a mamá. Y
ni qué decir de la alegría que sentí cuando me enteré de que Ramiro también
paraba en el Amarilis. No faltaba nadie. Estábamos todos. El Amarilis. Era
lindo. No como para decir ¡uuuaaff!, pero pasaba. Me recordaba un quesito para
untar, un triángulo todo blanco. En la parte de atrás, tenía un parque con
muchos árboles y una pileta preciosa. Por supuesto que Mariela nos recibió en
la puerta y enseguida, me llevó al parque. Mientras la escuchaba, me fijé en
ella: de remera rosa y jeans, parecía una bebota. En cambio, yo le llevaba como
una cabeza. Me sentía como dice mi abuela que soy: una señorita hecha y
derecha. —...y al final —contaba Mariela—, Ramiro me preguntó si quería salir
con él. ¡Casi me muero! Atragantada, tosí, tosí y tosí como si me hubiera
tragado un caramelo entero.
—¡Julieta!
¿Qué te pasa? Era mamá. Había caído justo. Nunca una madre fue mejor recibida
por su hija. Claro que no podía contarle lo que me pasaba ahí delante de mi
amiga, así
quién sabe
quién. Fue el cumpleaños de Ramiro y yo, ni enterada. Quedé mal, claro. Bueno,
¿qué me importaba a mí lo de la tarjeta? Eso, ¿qué me importaba? Si al final.
él le dio las gracias y después se fue como si nada. Y así pasé el invierno con
Mariela que no paraba de hablar de Ramiro, que lo había visto, que le había
dicho "chau", que patatín y que patatán. Casi me muero. Y yo que
trataba de despistarla, no paraba de hablar de Diego que me había guiñado un
ojo, que me había encontrado en la esquina de la casa de mi abuela, que patatin
y que patatán. Puras mentiras. Puras mentiras para salir del paso. Después
terminaron las clases, llegó el verano y apareció mamá con la noticia de las vacaciones
en el Amarilis Y casi me muero. Y casi me muero porque si me iba a Córdoba,
¿quién los vigilaba?, ¿eh? Digo yo, ¿quién los vigilaba? Bueno, cuando vino
mamá y me dijo lo del Amarilis. se me dio por gritar y dar portazos, ¡cómo
protestó mamá! Malcriada me llamó y también, que si no la cortaba iba a perder
la paciencia. Por eso, traté de mantener la boca cerrada y las puertas en su
lugar. Y no bien Mariela llamó para darme la gran noticia de que íbamos a estar
juntas en el mismo hotel, el alma me volvió al cuerpo. Me serenó saber que, en
primer lugar. al no estar ella, Ramiro no corria peligro
y, en
segundo lugar, era bueno tener una compañera en las vacaciones. Después de
todo, había sido mi mejor amiga, aunque ella no supiera que ya no lo era. Fue una
suerte que los padres de Mariela le hubieran recomendado el lugar a mamá. Y ni
qué decir de la alegría que sentí cuando me enteré de que Ramiro también paraba
en el Amarilis. No faltaba nadie. Estábamos todos. El Amarilis. Era lindo. No
como para decir ¡uuuaaff!, pero pasaba. Me recordaba un quesito para untar, un
triángulo todo blanco. En la parte de atrás, tenía un parque con muchos árboles
y una pileta preciosa. Por supuesto que Mariela nos recibió en la puerta y
enseguida, me llevó al parque. Mientras la escuchaba, me fijé en ella: de
remera rosa y jeans, parecía una bebota. En cambio, yo le llevaba como una
cabeza. Me sentía como dice mi abuela que soy: una señorita hecha y derecha.
—...y al final —contaba Mariela—, Ramiro me preguntó si quería salir con él.
¡Casi me muero! Atragantada, tosí. tosí y tosí como si me hubiera tragado un
caramelo entero.
—¡Julieta!
¿Qué te pasa? Era mamá. Había caído justo. Nunca una madre fue mejor recibida
por su hija. Claro que no podía contarle lo que me pasaba ah i delante de mi
amiga, así que le contesté que tenía mucho calor.
—Ponete la malla y andá a refrescarte —dijo.
Al rato me había sentado al borde de la pileta. Mariela y Ramiro ya estaban en
el agua. Ella me vio enseguida. Él también me miró.
—Ju, vení,
tirate —dijo ella. No tuvo necesidad de insistir, me zambullí de cabeza y
después empecé a nadar y matarme de risa por cualquier cosa. Una mosca, un
ruido, cualquier cosa venía bien. La cuestión era hacerme notar. Ramiro que se
había tentado, se reía conmigo. Nadamos, jugamos hasta que mi amiga se fue a un
costado. ¡Pobre! Parecía una pelota medio desinflada en un ángulo de la pile.
Después de comer, las dos fuimos a caminar por ahí. Mariela parecía medio
seria. —Julieta —dijo al rato—, quiero decirte algo. Me imaginé que se había
enojado conmigo porque me habla hecho la tonta. De pronto, pensé que si se
había molestado conmigo, tenía razón. Así que dejé de caminar y bajé la cabeza
como quien espera una explosión. —Te engañé, Ju. ¡perdoname! Ramiro no me pidió
nunca que saliera con él —
dijo de un
tirón—. Me agrandé con vos. No sé por qué. Y tenía pensado seguirla. pero hoy
cuando te vi tan bien, tan contenta, ¡qué sé yo! Me da vergüenza haberte
mentido... ¡Buuuaaaa. buuuaaaa! Esa era yo, no podía parar de llorar. Parecía
una canilla. Mariela no supo qué hacer. la pobre. Pero lo peor fueron las
terribles ganas que me dieron de decirle la verdad. No sé qué pasó, pero, de
repente, sentí que tenía que decirle la verdad. Entonces, empecé por donde me
resultó más fácil: el principio. —Yo también te mentí, Mariela. Diego no
existe, es un invento mío —confesé. Y, después, entre un buuua y otro, le conté
la verdad. Mi amiga me escuchó con la naricita levantada. Me escuchó con los
ojos redondos. Me escuchó con su cara de beba. No bien empecé a hablar, casi me
muero, pero enseguida, sentí un alivio tan, tan grande, que hasta me pareció
que flotaba en el aire. Quise decirle que ahora era yo la que pedía perdón,
pero Mariela me abrazó y me di cuenta de que no hacía falta agregar nada más.
Como éramos los tres únicos chicos de la misma edad en el hotel, pasamos juntos
todo el tiempo. No voy a decir que fue un verano maravilloso porque sería mentira.
Nos peleamos bastante, pero. por suerte, ese día, el primero, Mariela y yo dejamos
de hacemos trampas. Hasta que llegó la última noche. Pasó que los grandes
decidieron hacer una fiesta de despedida de las vacaciones. Nosotros tres no
dejábamos de tomar gaseosas. En una de esas, la madre de Mariela le pidió que
fuera hasta la habitación a buscarle un chal porque tenía frío y mi amiga fue.
Entonces Ramiro tiró la bomba. —¿Querés salir a caminar un rato conmigo solos?
—me preguntó con todos esos dientes que tiene. ¡Y me lo había dicho a mí! ¡A
Mi! Casi me muero. En ese momento, vi que Mariela venía con el chal que la mamá
le habla pedido en la mano. Casi me muero. —Sí —le contesté y todavía no sé
cómo me salió la voz—. Sí, pero otro día. cuando volvamos. Ahora podríamos ir
los tres, ¿no te parece? Él me miró como diciendo 'te entendí" y dijo que
le parecía bien, que estaba de acuerdo. Por eso, después fuimos tres a tirar
piedras al lago, tres a correr, tres a hacer lío. A cada rato. nos reíamos. Nos
reimos tanto, que los mayores salieron a preguntar el por qué de tanto barullo.
Nunca nos
llevamos tan bien como esa noche. Y no me arrepentí de haber estado con Mariela
porque, después de todo, ella es mi mejor amiga. Además, el veraneo terminaba
y, por otra parle, Villa del Parque es tan grande y tan linda, tiene un montón
de veredas llenas de sol y Ramiro y yo, vivimos muy, muy, cerca.
Dolor de
oídos
¡Mi hermano
es un mentiroso! Me parece que en casa nadie se dio cuenta, pero yo si. Y digo
que es un mentiroso porque lo escuché. —No tenés que decir mentiras, Diego. Es
muy feo —le dije. Él levantó la mano como para darme un coscorrón, pero no me
lo dio. Levantó la mano, nada más. —Si Ilegás a abrir la bocota..., ¡pobres tus
dientes! —contestó. Bueno, contestar, lo que se dice contestar, no contestó.
Más bien diría que gritó. Pero, ¿la verdad, la verdad? No se me habla ocurrido
decir nada ni a mamá ni a papá. De pura lástima que le tenía. Y le tenía
lástima porque estaba enfermo. Estaba tan enfermo que creí que le iba a pasar
algo malo. Se le había puesto la cara como una torta. Todo empezó con un dolor
de oídos y después, el médico agarró y dijo que tenía una enfermedad que no me
acuerdo cómo se llama, pero por el nombre, me di cuenta enseguida de que tenía
algo serio. Muy serio.
La gente
tendría que estar siempre sana y más, los chicos. Claro que mi hermano chico no
es. Cumplió un montón. Tiene pelitos en la cara igual que papá y hace rato que
se afeita. Yo todavía no me afeito; Diego, mi hermano, el de la cara de torta,
dice que me falta un montón para tener barba. Al principio, cuando me di cuenta
de que tenía algo grave, me pegué un susto terrible, pero enseguida pensé que
capaz que mamá o papá lo salvaban. Seguro que lo salvaba mamá porque mamá
siempre lo arregla todo. Fue una suerte que mi hermano me llamara justo cuando
pensaba en cosas tristes. —¡Leandro! ¡Vení. tomá! —dijo—. Llevale esto a
Luciana. Y me dio el sobre con la carta. Que Diego y esa chica eran novios no
era ninguna novedad para mí. Lo sabía porque cuando él charlaba con sus amigos
por teléfono, me hacía el dormido y me enteraba de todo lo que hablaban. Por
eso no era ninguna novedad para mi. —¡Qué linda es Luciana! —decía mi hermano
antes de enfermarse. Y después, un día lo escuché cuando le contaba a su mejor
amigo que ahora salía con ella. Además, se pasan el día chateando. ¡Es un
plomo! Nunca me presta la compu porque se lo pasa escribiendo. Me dio risa
saber que Diego estaba enamorado. Sabía qué le pasaba porque me pasa lo mismo.
Yo también gusto de una chica. Cuando la veo, me agarra no sé qué y quiero
darle todos los caramelos que tengo en el bolsillo. Me dio risa saber que
estaba enamorado y me imaginé que la miraría con cara de bobo. Además de risa,
sentía un poquito de rabia, no sabía de qué, pero sentía rabia. Entonces, se me
ocurrió una idea. Iba a burlarme de él. Asi que colgué un cartel en el comedor.
DIEGO Y
LUCIANA SON NOBIOS
¡Ufff!
¡Cómo se enojó! ¡Me corrió por toda la casa! —¡Novios, nene! —decía— ¡Aprendé a
escribir! Novios se escribe con Be corta. Y, como no consiguió alcanzarme,
empezó a revolear los zapatos de mamá, así que salí picando. Yo, a mi hermano,
a veces, lo quiero y a veces, le tengo bronca, pero el día en que me dio el
sobre, no le tenia bronca porque el pobre estaba muy enfermo. —¡Llevale esto a
Luciana que está en la esquina! —dijo. Yo sabia lo que decia la carta porque la
había leido a escondidas. El muy tonto le había escrito que se iba de viaje no
sé adónde. ¡Juasss! ¿Quién se lo iba a creer?
—¡Decile a
tu hermano que no me importa si se va o se queda! ¡Decile que todo esto tiene
olor a mentira! ¡Que deje de inventar! —dijo Luciana mientras rompía el papel
en pedacitos. ¡Claro! No le creyó ni jota. Tenia razón! Pero igual, me cayó mal
que hablara así de Diego.
—¡Paró,
nena! —le dije— ¿No te das cuenta de que mi hermano está muy grave? No sé si mi
mamá va a poder salvarlo. Luciana se puso seria. Los ojos se le llenaron de
lágrimas. En ese momento. me pareció que ella y Cynthia, la nena que me gusta,
eran igualitas, además, las dos tenían flequillo y pelo largo. Después, cuando
Luciana se fue, me quedé en la calle charlando con mis amigos. Al rato, mi mamá
salió a buscarme. —Leandrito. tu hermano está furioso, ¿qué le dijiste a esa
chica? No. seguro que no se parecía a Cynthia. Ella era buena y jamás iba a
meter a nadie en un lío como me habla metido Luciana a mí. —¿Qué tenés que
hablar, mentiroso? —gritó Diego en cuanto nos cruzamos. Lo dejé que gritara
porque era mi hermano. Estaba muy mal y yo tenía ganas de llorar.
—¿Qué te
pasa, Leandro? ¿Por qué Ilorás así? —preguntó mi papá.
—¡Buaaaa!
Le dije que Diego estaba grave —contesté.
—Pero, ¿qué
le pasa a este chico? ¿De dónde sacaste eso?
—Yo escuché
cuando el médico dijo que tenía paridiotitis —dije sin dejar de llorar. Primero
los tres se quedaron mudos. Papá escondió la cara detrás del diario y me
pareció que quería disimular para que no llorara más. Pero se olvidaba de que
tenía ojos en la cara y lo veía a mi hermano con esa cabeza que parecía una
pelota. Y cuando se le inflara todo el cuerpo, ¿qué? Seguro que iba a salir
volando por la ventana como un globo. ¿Y si se partía en dos como dijo el
doctor? ¿Quién iba a pegarlo. eh? Ninguno de nosotros podía. No, a mi, no me
convencían así no más. Enseguida, empezaron a reirse. ¡Me puse furioso! Y, más
después, cuando Diego se burló.
—Parotiditis,
nene, tengo paperas. ¿No ves que sos un gil? —dijo con esa carota que tenía—.
Nadie se muere por tener paperas, tontito, se te hincha la cara, tragás mal y
en unos días se te va. ¡Qué me voy a morir, hermanito!
Entonces,
le pregunté por qué le había mentido a Luciana si él la quería... Diego me
acarició la cabeza y me llevó al patio agarrado del hombro.
—Me dio
calor. loco —me dijo—, no quise que pensara que me enfermaba como un nene. Por
suerte, a mi hermano, se le pasó el enojo. No sé qué mosca lo picó. pero
después de esa tarde, me empezó a tratar mejor. Que Leandrito de acá. que
Leandrito de allá. ¿Quién entiende a los mayores? Como era verano, todas las
tardes, me daba cartitas para que le llevara a Luciana porque ella lo había
borrado de su Facebook y él quería amigarse con ella. Yo se las llevaba y a la
vuelta, pasaba por la casa de Cynthia para verla. Un día, me desperté con dolor
de oídos.
—Leandro se
contagió la parotiditis —dijo el médico en cuanto me revisó. Pero no me asusté,
sabía que se me iba a pasar igual que a mi hermano. Por suerte, él ya estaba
bien. Una tarde, vi que se preparaba para salir y le dije que le quería pedir
que, por favor, le llevara una carta a Cynthia. Diego medio que se quiso reír,
pero yo lo miré muy serio.
—Bue. está
bien. Ahora se la llevo —dijo, y me dio una palmada en la espalda.
Aveces, uno
aprende con los hermanos, aunque sean plomos como el mío, porque yo aprendí
algo de mi hermano. Por eso, a Cynthia, en la carta, le puse:
"Querida
Cynthia: Te escribo porque estoy en la cama, con paperas. Cuando me cure, voy a
verte para que juguemos. Te mando saludos, chau. Leandro"
Y no me
importó que piense que soy chico, al final, ella es chica también, como yo.
Los tres
gritos de Corina
Tres veces
gritó Corina, la señora de la granja, esa mañana. La primera vez fue un
"¡Falta la Silvestreeeee!" que heló la sangre en las venas a su
marido y a casi todos los demás. Jano Cuello y Fósforo López hablan llegado
allí hacía casi una semana con seis chicos más. La idea era quedarse siete días
más para hacer una convivencia. Los acompañaban el padre de uno de ellos y el
profesor de gimnasia. El resto de los compañeros de la división acampaba, también
dividido en grupos. en otras quintas vecinas. De dia, se encontraban y hacían
distintas cosas y :uando llegaba la noche, cada cual a su alojamiento. Los
dueños de la granja donde dormían Jano y Fósforo tenían una vaca, un gallinero,
patos, que andaban sueltos por ahí, y un chiquero. En el chiquero. estaba a
Silvestre. La Silvestre era una chancha vulgar, nadie hubiera dicho que tenía
algo digno Je destacar. No parecía fiel como un perro ni astuta como un gato ni
noble como los caballos. Era una chancha.
Una chancha así no más. Gorda, sucia, chillona. Una cochina que no hacia más
que gruñir, gruñir y escarbar la tierra. Nunca se supo por qué, pero en cuanto
se cruzó con Jano. empezó a dar vueltas y a rebotar como una pelota detrás de
él. Por su parte, el chico parecía encantado con las piruetas de la chancha y
la adoptó enseguida como mascota. Los otros compañeros se reían a escondidas.
—Ahí viene
Jano con su futura esposa —decía Fósforo al verlos pasar. Los dos chicos no se
llevaban bien. Vivían a una cuadra de distancia el uno del otro. ten ian la
misma edad, iban a la misma escuela y, sin embargo, algo, no sabían qué, nunca
les permitió acercarse y ser amigos. Y dio la casualidad que en ese viaje, les
habia tocado compartir la pieza, cosa que a ninguno de los dos le gustaba.
—iAh! Para
eso sí que se pusieron de acuerdo. De ninguna manera. Tienen que aprender a
convivir —dijo el profesor de gimnasia cuando, juntos, pidieron cambio de
compañero. Ellos se miraron sin ganas; sin ganas, cargaron sus bolsos hasta el
dormitorio y, sin ganas también, acomodaron sus cosas. Bien separadas, eso sí. Decir "convivir" es fácil, lo
difícil para ellos fue hacerlo. No tenían ni las mismas costumbres ni los
mismos gustos. Jano leía hasta quedarse dormido. Fósforo estornudaba en cuanto
veía un libro y, por otra parte, la luz encendida no lo dejaba dormir. Uno era
más bien callado, el otro hablaba hasta por los codos. Todo los separaba. La
habitación que les habla tocado era bastante amplia y no tenía demasiadas cosas:
las camas, un par de sillas viejas, un placard destartalado, una mesa y dos
veladores. El mueble más importante era la mesa que separaba las dos camas. Una
mesa grande como para que coman seis personas, de madera oscura, alta y de
patas anchas. La habían cubierto con una carpeta bordada a mano que llegaba
hasta el suelo. Había fotos amarillentas en unos cuadros con marcos antiguos
colgando de las paredes, un plato con espirales para espantar mosquitos apoyado
en un estante y nada más. Sí. la habitación que les habla tocado era bastante
amplia, pero a ellos les parecía que estaban demasiado juntos y se sentían
incómodos. Todas las mañanas, después del desayuno, antes de encontrarse con el
grupo, Jano pasaba por el chiquero para ver a la Silvestre. Y enseguida se oía
el "oink, oink" con que la chancha lo recibía.
—¡Qué
cariñosos! —decía Fósforo en voz baja—, ¿Estarán haciendo planes para el
futuro? Y cuando Jano se acercaba, no había quien no escondiera la cara para
disimular la risa. El chico movía la cabeza con desagrado. Él sabía que el
promotor de las burlas era su compañero de cuarto, pero se hacía el
desentendido. Hasta que una noche, al meterse en la cama, encontró una
margarita debajo de la almohada. La flor tenía una tarjeta atada al tallo,
'Amor silvestre" decía. Con rabia, dejó el libro sobre la mesa, tiró la
margarita al suelo y apagó la luz. Así no veía el gesto de "yo no
fui" que dibujaba la cara de su compañero. Al día siguiente, encontró más
margaritas y al otro, un ramo. Todas las flores. con tarjetas y todas
terminaron en el mismo lugar que la primera: el piso. Poco después, sucedió
algo que colmó su paciencia. "La historia de las flores vaya y pase",
pensó, "pero lo de la vaca es una broma demasiado pesada". Pasó que
aquella tarde, todos habían ido a bañarse al río que corría detrás de la
granja. La Silvestre retozaba en el barro mientras esperaba a Jano que iba y
venía con algunos de sus compañeros. Al rato, apareció la vaca. Alguien le
habla colgado una cartulina al cogote "Te invito al casamiento de Jano con
Silvestre" decía con letras bien grandes.
Esta vez,
la carcajada fue general, pero pronto las risas se convirtieron en gritos
cuando Jano y Fósforo empezaron a pelear. Al principio, gritaron y después. se
fueron a las manos. Se pegaron una y otra vez hasta que cayeron entre las
piedras de la orilla del río ante los chillidos de la chancha que parecía pedir
ayuda. Por fin, el profesor corrió a separarlos. Uno terminó castigado en la
pieza y el otro tuvo que baldear el patio.
—Para que
reflexionen —dijo el profesor. Volvieron a encontrarse a la hora de cenar.
—¿Saben?
—dijo Fósforo con una sonrisa maliciosa—, mañana, sacrifican a la Silvestre.
Por supuesto, nadie le creyó. Entonces, el chico les contó que esa misma tarde,
había escuchado al dueño de la granja mientras hablaba con Corina. Le decía que
al dia siguiente iba a sacrificar a la chancha. —No puedo decirles nada más
porque en cuanto se dieron cuenta de que los oia, bajaron la voz. Entonces,
todos los ojos se clavaron en Jano que dejó caer la silla al levantarse y se
fue de allí sin probar bocado. Fósforo terminó de comer, conversó un rato con
sus amigos y después, se fue a su dormitorio. Entró a tientas. La lámpara
estaba apagada asi que de desvistió y trató de dormir, pero había algo que lo
desvelaba. -es la oscuridad", pensó, "el tonto éste me acostumbró a
la luz". Mucho más tarde, todavía daba vueltas en la cama. Entonces,
escuchó el sollozo. No bien salió del comedor, Jano corrió hasta el chiquero y
buscó a la Silvestre. La chancha corrió hacia él con su 'oink' de costumbre. El
chico estiró la mano y la acarició. Nunca la habla tocado y el roce de sus
dedos en el pelo áspero del animal le pareció extraño.
—Sos fea
–dijo–. pero te quiero igual. Como si lo hubiera entendido, la chancha dejó de
revolver la tierra por primera vez y levantó la cabeza. Fue cuando Jano se
agachó y le dio un abrazo que le dolió como una lastimadura. Después, caminó de
un lado a otro sin saber qué hacer y al fin, caminó hasta su cuarto. Esa noche.
la cama estaba limpia de flores. —Mejor para él –dijo en voz alta–, porque hoy,
me las hubiera pagado todas juntas Al rato largo, escuchó los pasos de Fósforo
y se acomodó de cara a la pared mientras las palabras del otro le daban vueltas
en la cabeza. 'Mañana. sacrifican a la Silvestre". 'Mañana. sacrifican a
la Silvestre". Afuera los ruidos de la noche parecían un eco de sus
pensamientos "Mañana, sacrifican a la Silvestre". 'Mañana, sacrifican
a la Silvestre'. "Mañana, sacrifican a la Silvestre". Y. de pronto, el
nudo que tenía en la garganta se le deshizo en llanto. Lloró con la boca
apretada, lloró hasta que sintió la mano sobre su hombro.
—iJano! Jano!
iEscuchame! iCalmate! •Mirame, che, no seas así! Se me ocurrió una idea. La
espalda que se sacudía por los sollozos dejó, poco a poco, de temblar. Después,
alguno de los dos encendió la luz. Quedaron frente a frente y, por primera vez.
se miraron con respeto. Todavía no habla amanecido cuando los dos chicos
corrieron al chiquero correas en mano. Al principio, el animal se resistió un
poco, pero después, las caricias de su amigo y los empujones de Fósforo
parecieron convencerla y se dejó llevar. El sol caía sobre las tostadas del
desayuno cuando se oyó el primer grito de la dueña de la granja.
—iFalta la
Silvestreeeee! Jano y Fósforo cambiaron miradas de complicidad y salieron con
los otros a revisar cada lugar. desde el chiquero hasta el rio. Dieron vuelta
piedra por piedra. Pero nada. Nada encontraron. La chancha había desaparecido.
—Por ahí —dijo el profesor de gimnasia—, algún sinvergüenza que pasó, vio la
chancha suelta y se la llevó en un camión. El dueño de la granja sacudió la
cabeza, como apenado.
—Era un
lindo animal —suspiró. Poco a poco, cada uno volvió a lo que estaba haciendo.
Los chicos, a sus tostadas, la mujer, a limpiar las habitaciones, los hombres,
a sus tareas. Al rato, a todos se les heló la sangre en las venas porque
escucharon el segundo grito de Corina.
—¡¡¡La mesa
me persigue!!! Y, enseguida. gritó por tercera vez.
—¡¡¡La
chanchaaaaaa!!! Chicos y grandes corrieron. El cuarto era un desastre, agua en
el piso, la ropa revuelta, un olor penetrante y desagradable que hacía fruncir
la nariz y la Silvestre con su "oink, oink' de siempre. a los saltos con
las patas sujetas a la mesa por dos correas. Una mirada colectiva cayó sobre
Jano que se puso colorado hasta la raíz del pelo. Entonces, Fósforo se paró
delante de él como si tratara de protegerlo.
—La idea
fue mía —dijo. A partir de ese momento, los chicos fueron inseparables.
Compartieron todo con entusiasmo y hasta quisieron sentarse juntos en el viaje
de vuelta. Pero antes de irse, saludaron a los dueños de la granja, les
pidieron que cuidaran a la Silvestre y creyeron en la promesa: "Nadie va a
lastimarla, vayan tranquilos tenemos muchos chanchos.” No. seguro. nadie;
porque después de todo, Corina y su marido eran parte del grupo y. también como
ellos, habían aprendido a convivir.
El plato
con las hojas de alcauciles
Todo empezó
la noche de los alcauciles. Hacía rato que mamá no era la misma. No sé por qué,
pero parecía otra, otra mamá distinta de la que tenía cuando era chica. Por
eso, ya me imaginaba la que se iba a armar cuando viera los alcauciles
desparramados. Y no me equivoqué. Ardió Troya.
—¡¡¡Paula.
Eduardo!!! ¡¡¡Vengan para acá!!! ¡¡¡Blanquita!!! —llamó con una voz que parecía
un trueno. Blanquita era, soy, yo, pero por nada en el mundo, quería ir. Así
que me hice la dormida. Pero mamá, que no es de las que se dan por vencidas,
insistió. —¡Les doy tres minutos para que vengan acá, si no, ya saben! Claro
que sabíamos. No hacía falta que nos explicara. Así que los tres nos
levantamos, de mala gana, pero nos levantamos. Al rato, estábamos en la cocina.
Mi hermana, que tenía todo el pelo en la cara, parecía una nutria y Eduardo
apenas si podía abrir los ojos del sueño. Nos sentamos uno al lado del otro
como en una sala de espera. “Como condenados" pensé. Lo pensé, pero no me
atreví a abrir la boca porque, en los últimos tiempos. mamá no tenía el menor
sentido del humor. Cuando nos mostró el plato con los alcauciles desarmados, me
di cuenta de que no íbamos a zafar así no más.
—Esto me
parece injusto —protestó mamá—. Yo preparé alcauciles rellenos para todos y
ustedes me dejan esto. ¿Tanta hambre tenían? Mis hermanos y yo bajamos la
cabeza. —¿Y? ¿Qué me dicen? ¿Quién fue?
Sin
necesidad de mirar, me di cuenta de que mi hermana se movía en la silla. Quise
hacerle una seña para que cerrara la boca. Pero, como de costumbre, empezó a
hablar y a hablar. Temblé. ¡Seguro que metía la pata! Y la metió. ¿Cómo iba a
perderse la oportunidad?
—No, mamá,
mirá yo te voy a explicar. Resulta que hoy al mediodía, Blanquita no tuvo
tiempo de levantar la mesa (ese día me tocaba a mí, Blanquita) y de guardar la
fuente en la heladera. Entonces, dejó todo acá. Y resulta que vino Fugitivo
(Fugitivo es el gato. Mamá le habla puesto ese nombre porque cada vez que nos
descuidábamos, se escapaba por el patiecito de atrás), y se comió todo el
relleno y desparramó todas las hojas de los alcauciles y...
—¡Pero,
che!, ¿no podés cerrar la bocota? —protesté. —Terminá de contarme, Paula...
¿qué pasó? —ordenó mamá. Entonces, no pude pararla, mi hermana se lo dijo todo.
La muy abriboca le contó que habíamos levantado la comida del piso y que la
hablamos vuelto a poner en la cacerola. Mamá abrió los ojos y se quedó
pensando. En cuanto terminó de entender que se había comido las sobras del
gato, se puso verde, pero verde, verde. Mamá se puso verde y Eduardo empezó a
llorar. Me dio lástima. Era el más chico de los tres y cuando mamá y papá se
divorciaron, las cosas cambiaron para él. Mamá tuvo que empezar a trabajar y
él, Edu, que estaba acostumbrado a salir del colegio y encontrarla en la calle,
tuvo que aprender a volver solo a casa. Y otra cosa por la que lo compadezco es
que tenía que quedarse con Paula. nuestra hermana, la boca floja, ¡que es una
bruja...! Yo no podía hacerme cargo de ellos porque tenía que estudiar y aunque
a veces salía más temprano del colegio, me iba con mis amigas para que mamá no
me pidiera que hiciera las cosas de la casa. ¡Y bueno! Podía darle una mano de
vez en cuando, pero de la forma que ella quería, no sé, me parecía demasiado.
Otro de los motivos para no volver temprano a casa era Chapita (se llamaba
Fernando. pero todos le decían Chapita por los cinturones llenos de tachas que usaba). De verdad, él parecía lo que no era
porque, por ejemplo, si uno lo veía con esa ropa rara que usaba y tan alto,
¿qué iba a pensar? Que era un prepotente o uno de esos chicos buenos para nada.
Pero no, de ninguna manera, nadie más bueno y dulce que Chapita Además, era un
tímido total, hablaba poco y cuando nos encontrábamos en algún cumpleaños,
tenía que pedirle yo que me sacara a bailar. Me gustaba y cada vez que podía,
pasaba por su casa con cara de distraída. Claro que mamá no sabía nada, yo
hubiera querido contarle todo lo que me pasaba, pero ella había cambiado tanto
en los últimos tiempos, que no me animaba. Pero, bueno, vuelvo a lo de los
alcauciles, decía que mi hermano se habla puesto a llorar cuando vio ponerse verde
a nuestra madre.
—¿Qué mosca
te picó? —le preguntó mamá. ¡No sé! No puedo entender cómo no se daba cuenta.
Yo sí. yo me di cuenta enseguida. El pobre chico lloraba porque estaba
asustado. Entonces, se lo dije.
—¡Pero, no,
tontito! —dijo ella mientras se lo ponla en la falda— ¿Qué te va a hacer mami?
A mí me dio no sé qué.
—Dale, ma,
deci la verdad, si nos despertaste a los gritos, ¿cómo querés que no se asuste?
Mejor. me
hubiera callado. Mamá, que tenía bien presente que le había hecho comer las sobras
de Fugitivo, con voz bien baja, me contestó que no me atreviera a hablar porque
se las iba a pagar todas juntas. Tengo que reconocer que tengo la boca floja
como Paula, por algo somos hermanas, y la seguí, la seguí, la seguí hasta que
mamá se cansó.
—¡Estás
castigada! —explotó—. Ahora, no salís por una semana. Palabras mágicas. Eduardo
dejó de llorar en cuanto la escuchó. ¡Claro! ¡Qué vivo! ¡Total! A él, le venia
genial que se las agarraran conmigo. Y yo, al otro día, presa. ¡justo un
sábado! Cuando mamá se fue a trabajar sin dirigirme la palabra, por supuesto,
me pregunté: "¿Presa? ¿Y por qué? ¡De ninguna manera!". Así que a eso
de las diez de la mañana, me escapé de casa y pasé haciéndome la distraída por
la casa de Chapita. Cuando no lo veía en la calle, me costaba despegar los ojos
de la puerta. Tenía la impresión de que si insistía con la mirada, él iba a
salir como si hubiera oído mi llamado. Mis ojos eran un timbre.
Riing,
riing. Chapita, soy yo, Blanca. Riing. Te espero. Parece mentira, pero casi
siempre, si estaba en la casa, al ratito, se asomaba. Ese sábado también salió
y nos encontramos "por pura casualidad" en la esquina. —¿Vas a ir
esta noche al cumple de Natalia? —pregunté no bien me saludó. Él no había
terminado de decir que sí, cuando yo le pedí que fuéramos juntos.
—Bueno
—contestó sin mirarme, colorado hasta los pies. Había dicho "Bueno" y
a mí me dio una alegría que me hubiera puesto a saltar. Claro que después,
recordé a mamá y me temblaron las piernas. ¿Y si en serio no me dejaba ir?
"¿Cómo que no?", dije para mis adentros. "seguro que se olvida y
voy". —Te espero a las seis —le dije—, en la esquina. Y volví a casa.
Menos mal, porque al rato, justo cuando arreglaba mi habitación, sonó el
teléfono. Era mamá. —¿Por qué tardaste en atender? ¿Dónde estabas? —preguntó y
enseguida me avisó que no venía hasta la noche tarde.
—Tengo que
hacer, por favor, ocupate vos de la comida. ¡Tenía que hacer! ¡Ahhh! Entonces,
por eso. me había castigado. Tenía que hacer y necesitaba que me quedara a cuidar
a mis hermanos. ¡Me dio una rabia! Igual, preparé el almuerzo y la cena para
todos, pero a la tarde, bien tarde, mandé a mis hermanos a dormir la siesta.
Después me cambié y a las seis en punto, estaba en la esquina esperando a
Chapita Antes de salir, dejé una nota para mamá: 'Yo también tengo que hacer.
Vuelvo tarde. Blanquita". En cuanto Chapita llegó. nos fuimos a casa de
Nati. No quise darle charla porque estaba un poco nerviosa; antes nunca me
había escapado así y, además, tenía miedo de cruzarme con mamá. Esa no me la
iba a perdonar con tanta facilidad. Una vez, cuando ella y papá todavía vivían
juntos, me escondí, no recuerdo por qué, en el placard. Y mamá se enojó tanto,
tanto, que papá tuvo que intervenir. Era bueno papá, yo lo quería. ¡Qué lástima
que ya no podía verlo! Cosas de mamá.
—Ni pienses
en ver a los chicos —le dijo a papá el día que se separaron. Después, papá
llamó, habló, insistió. Nosotros también. Pero nada conseguimos. Había dicho
"no" y fue no. Cosas de mamá. Por eso, de solo pensar que tenía que
volver y encontrarme con ella, se me aflojaban las rodillas. Los padres de Nati
habían tirado la casa por la ventana; la fiesta era genial. Todos bailaban y se
reían. Al rato de haber llegado, saqué a bailar a Chapita Estábamos en el parque.
De repente. le pregunté si quería ser mi novio.
—Sí
—contestó él sin dejar de toser. Nos quedamos juntos toda la noche, claro, y
cuando la reunión terminó, me acompañó hasta casa. En la puerta. Chapita me
agarró de la mano y a mí me pareció que las estrellas se hablan convertido en
mariposas de mil colores. Después se fue. Recién en ese momento, noté que la
luz del dormitorio de mamá estaba encendida. Y, en ese momento, también, todo
el coraje que había sentido, se me evaporó como quitaesmalte. ¡Si hubiera
estado papá! Me quedé un rato más parada en el jardín sin saber qué hacer. Fue
cuando me acordé de Fugitivo. ¡El patio de atrás! Agarré el llavero con ganas y
caminé despacito hasta la puerta del costado. Tardé como mil horas en abrir y
otras mil, en sentarme ante la mesita de Paula. ¡Hacía un frío! Pero, bueno,
por lo menos, había encontrado dónde estar. Así, pasé la noche, sentada ante
una mesa de juguete, muerta de frío y con los ojos puestos en la luz de la
ventana de mamá que no se apagó hasta la mañana. Como a las siete, la escuché
andar por la cocina.
—iMamá!
—llamé pegada a las rejas de la puerta. Abrió enseguida. Cuando la miré. me
pareció que tenía los ojos colorados.
—¿Dónde
estuviste? —preguntó. Yo, que no aguantaba más, me puse a llorar y le conté la
verdad. Le dije que me gustaba Chapita y también algo que tenía atravesado en
el medio del alma. Le dije que extrañaba a papá y que quería verlo.
—Él pidió
el divorcio —contestó.
—Y yo, ¿qué
culpa tengo? ¿Qué hice yo? Al principio. mamá no dijo nada. Se quedó parada de
espaldas a mi. Después suspiró fuerte y se me acercó.
—Tenés cara
de cansada —dijo acariciándome la frente. Pero la que tenía cara de cansada era
ella. Como ya dije, mi mamá tiene dias en los que parece otra, aunque, para ser
sincera, a veces, creo que empiezo a entenderla. Tiene muchos problemas. Y digo
todo esto porque ese domingo estuvo genial.
Resulta que
cuando me desperté, la encontré sentada al lado de mi cama.
—¿Dormiste
bien? —preguntó.
Pero antes
de que pudiera contestarle. me dijo que me levantaba el castigo. Después, me
dio un papelito, ¡con el nuevo número de teléfono de papá! —Ahora está. Si
querés. Ilamalo, que yo ya hablé con él. ¡Ah! Hace un rato, vino a buscarte ese
chico, tu amigo. ¿Chapita se llama? Le dije que a la tarde, puede venir un
rato. Cosas de mamá, que es mi mamá. Será por eso que a veces, me enojo con
ella y otras, tengo ganas de abrazarla fuerte, como ese domingo, por ejemplo,
que sentí que nos queríamos mucho. Porque querer es lindo, ¿no?
Flores de
madera
Cerré el
bolso y lo puse sobre la cama. Al rato apareció mi prima Ana Laura y me hizo
una señal. Marisa estaba afuera, así que puse un poco de plata en la billetera
y salí sin mirarla.
—¡Qué
perfume, Norberto! —dijo mi tia burlona
—¡Y qué
pinta!, parecés un actor de la tele... Le hice un gesto desganado y salí. Yo,
que estoy acostumbrado a otro clima, sentí que no aguantaba más el calor húmedo
de Buenos Aires. Pleno marzo y la brea de la calle se pegaba a mis zapatillas.
Marisa me esperaba en la esquina. Cuando me vio, sonrió con tristeza y al
sonreír. se le marcaron dos hoyuelos en los cachetes. ¡Era tan linda!
—Ya que
mañana volvés a tu casa, podríamos despedirnos con un helado — dijo.
Levanté los
hombros, me daba igual dónde ir. Lo único que quería era estar con ella. De ser
posible, a solas.
—Vamos
–dije por decir algo. Yo vivía en Tandil con mis padres y mi hermana mayor.
Vivía en Tandil, pero pasaba las vacaciones en Buenos Aires. Hacía años que
hacíamos así, hasta que terminaban las clases, en casa y después, en Buenos
Aires, con mis tíos. Al principio, me acompañaba mi papá, pero ese año había
viajado solo. Cuando subí al micro, mamá me hizo mil quinientas
recomendaciones.
—Abrigate,
cuidate. hacé caso a Mechita y no ensucies la casa con esa cosa. -Mechita' era
mi tía y 'esa cosa' era mi navaja con la que me gustaba tallar figuras de
madera. Vivía en Tandil, igual que mis amigos y que Griselda Galibati. Griselda
era mi novia desde primer grado. A veces, discutíamos como perro y gato, pero
al final, terminábamos juntos. Al vernos. todos comentaban "Norberto y la
chica de Galibati van a terminar casándose". Escuchar eso nos daba risa y
también. un poco de vergüenza, pero ninguno de los dos hacía nada para que
pensaran otra cosa porque, en el fondo, tanto ella como yo teníamos la misma
idea que los demás. Ese fin de año. viajar solo a casa de mis tíos me pareció
toda una aventura y estaba contento. A Griselda, en cambio, el plan no le gustó
para nada. Y como no me gustan las peleas. traté de conformarla. Le prometí
mails, cartas. llamados y mensajitos por el celu; todo me pareció poco. Al
final, tuve la idea salvadora. Le tallé un ramo de flores de madera.
—Te prometo
que siempre voy a ser el mismo, igual que este ramo, nada me va a cambiar —le
dije cuando le entregué el ramo. Eso la tranquilizó un poco. Menos mal, porque
tuve miedo de que terminara amargándome el viaje con una de sus peleas
"para toda la vida". Los primeros días en Buenos Aires, me resultaron
más que muy aburridos. Extrañaba mi casa, a Griselda, a mi familia, a mis
amigos, todo. Cierto que en Buenos Aires, estaba Ana Laura, mi prima. Pero no
sé qué pasó ese verano porque de pronto, descubrí que Ana Laura era una
desabrida y estar con ella me resultaba pesado. La cosa fue que no hacía otra
cosa más que hablar por teléfono con sus amigas. En mis visitas anteriores, en
cambio, no divertíamos todo el día. Asi que me pasé dos semanas mirando el
techo. La única esperanza que quedaba era su cumpleaños. Por ahí, invitaba a
alguno de los chicos que yo conocía y arreglaba un partido de fútbol o una
salida, ¡qué sé yo!
Pero mi tío
me mató porque apareció con la brillante idea de ir a pasar el día al club, y a
la noche, invitar nada más que a algunos compañeros y compañeras a cenar todos
juntos en la casa. —Pero no exageres al elegir, ¿sabés, hija? No más de cuatro
o cinco —dijo tía Mechita para completar mi desencanto.
Cuando la
escuché, pedí mentalmente que mi prima pusiera el grito en el cielo, pero no.
le pareció una maravilla (ese año, mi prima decía que era "una maravilla'
todo lo que le gustaba). Pero a mí, no me pareció tan maravilloso y por eso, me
dolió bastante comprobar que Ana Laura había dejado de ser la chica compinche y
alegre que, de enero a marzo, se divertía conmigo. Por suerte. estaba
equivocado. Lo comprobé después, cuando necesité ayuda y allí estuvo ella con
la mano tendida para demostrar no solo que por algo teníamos el mismo apellido,
sino que además de familiar, sabia ser amiga. Faltaba justo una semana para el
'gran día", así que me pasé siete dias tallando flores de madera con mi
navaja. Quería regalárselas. Le hice un ramo de margaritas Me quedaron re bien.
Tanto que la tía se emocionó y todo cuando las vio.
Mi prima
dijo que la pileta del club era una maravilla y esa vez, coincidimos.
Durante dos
meses y medio. Todo fue un mar de aceite hasta la noche aquella. Estábamos en
el patio y jugábamos a las cartas con Ana Laura y Marisa cuando sonó el
teléfono. —Nobertoooooooooooo—dijo mi tia
—. Te
llaman. Era Griselda. —¿No me ibas a llamar o a escribir todos los días? Nunca
te encuentro en Internet, tenés el celular apagado. ¿qué pasó? —preguntó
furiosa y sin saludar.
—Es que...,
esteee...voy a trabajar con mi tío siempre y volvemos muy tarde... —mentí mal
. —Bueno
—contestó de mal humor, —entonces, dejá de estar tan ocupado. Voy a Buenos
Aires por dos días, me lleva mi papá. Quiero que nos veamos, dame la dirección
de tus tíos. No le creí, pensé que me lo decía de enojada y le di los datos que
me pedía. Después, volví al patio.
—Era mi
hermana —dije—, quiere que le compre un buzo. Mañana me ocupo. Unos días
después, charlaba con Marisa en el comedor. Yo la tenía agarrada del hombro y,
parecerá mentira, pero cuando menos me lo imaginaba, apareció Griselda. Mi tía,
que la conocía, la habla hecho pasar. Entró como una tromba y, al vernos, se
fue también como una tromba sin dejar de hacer pucheros. La corrí hasta la
puerta, aunque sin saber para qué.
—¡Gri! —llamé— ¡Por favor, no te vayas! No dio
vuelta la cabeza ni para mirarme y salió dando un portazo. Me quedé en la
vereda como si me hubieran tirado un balde de agua fria hasta que Marisa y Ana
Laura salieron a buscarme. Esa vez, la que hacía pucheros era Marisa. No quiso
volver a verme, pero mi prima insistió tanto, que la convenció y el día
anterior de mi regreso a casa, nos encontramos en la esquina. Fuimos a una
heladería. ¡Era tan linda! Al sonreír. se le hacían dos hoyuelos en los
cachetes. Le regalé tres flores de madera. Una por cada mes que estuvimos
juntos.
—Si puedo a
venir a Buenos Aires antes del verano, ¿puedo llamarte para vernos? Mientras el
'sí" grande como una casa que me contestó Marisa, todavía resonaba en mis
oídos, noté que el micro se acercaba a Tandil. Recién al llegar, pensé en
Griselda, recordé el ramo que le había tallado y lo que escribí en la tarjeta
cuando se lo di.
Entonces,
me di cuenta de que lo que había prometido era imposible de cumplir porque con
el tiempo, todo cambia. Todo, hasta las flores de madera.
Justo en
ese momento
Justo en
ese momento, el auto se quemaba. Le salían llamas por los cuatro costados. De
la humareda, a Marcela le lloraba un ojo; el otro no. El otro le lloraba de
pena. Había olor a plástico achicharrado. Un olor que hacia picar la garganta.
La chica tosió y se atragantó sin dejar de mirar a Juan Pablo que se habia
sentado junto a ella más blanco que un papel. El pobre temblaba como un pollo
mojado. Marcela pensó que eso le pasaba por hacerse el grande y que seguro ya
se había olvidado de todo. Pero ella, no. Ella, no. Recordaba y al recordar, el
ojo que lloraba de pena se le desbordaba como un río.
—Chicos,
levántense de ahí y vayan a la vereda de enfrente —les ordenó uno de los
vecinos que trataban de apagar el fuego—, no pueden estar aquí. Molestan. A unos
metros de ellos, el auto se freia como un huevo. Juan Pablo movió la cabeza con
el corazón en un puño, ¡con lo que sus padres se habían sacrificado para
comprar ese coche!
La historia
que terminaba tan mal. habla empezado hacía menos de un año, cuando Juan Pablo
y su familia volvieron de Tucumán. Ella, Marcela, y el chico habían crecido
juntos. vivían en el mismo edificio, en el mismo piso. Los padres de la chica
en el departamento "E', los padres de Juan Pablo, en el "O";
pero más que vecinos eran como hermanos. Tenían casi la misma edad. se llevaban
siete días de diferencia. Las madres habían tejido juntas sus escarpines. Los
padres iban a la cancha cada domingo y, por supuesto. los dos chicos
aprendieron a caminar juntos. Hasta que el papá de Juan Pablo tuvo que viajar.
Marcela todavía recordaba la cara de su amigo en el aeropuerto y después, las
manos agitándose al saludar mientras se iba.
—¡Nena. por
favor, no llores más! —dijo el padre.
—¡También
—contestó la mamá—, si parecían siameses! ¡Pero cambiá la cara. hija. que se me
rompe el corazón cuando te veo! Tengo un nudo en la garganta... Marcela pensó
que las palabras de sus padres no le alcanzaban, porque en ese momento, ella y
su amigo sentían que los partían en dos como un durazno y mientras una mitad se
iba en avión para Tucumán, la otra parte se quedaba en Buenos Aires.
Incompletas. Después, no hubo ni una semana en que no se escribieran. Además,
peluches y galletitas fueron y vinieron en encomiendas. Cuando Marcela cumplió
los once, recibió un dibujo en el que aparecían dos osos abrazados. Así pasaron
dos años más. Después, Juan Pablo y sus padres volvieron a Buenos Aires.
—iChicos!,
ya les dije que molestan acá. Es peligroso —insistió con fastidio el vecino que
trataba de apagar las llamas. La chica entendió, el hombre se había puesto
nervioso porque vivían en un pasaje y los autos estaban estacionados en hilera,
casi sin espacio entre ellos y tenía miedo de que todos se prendieran fuego.
—Esto no es
chiste —gritó el hombre mientras sacudía una manta. Tenía la ropa sucia y una
mancha negra en el mentón. Media cuadra más abajo, mientras el coche del papá
de Juan Pablo chisporroteaba como si fuera una bengala, los que se acercaron a
ayudar tosían. se tapaban la boca, corrían de aquí para allá con matafuegos y
frazadas viejas.
—¿Y los
bomberos? ¿Llamaron a los bomberos? —preguntó Juan Pablo. El señor dijo un
montón de palabras apretadas que sonaron como un tiro. Lo único que los chicos
pudieron entender fue '...así que mejor que cierres el pico". Las cosas no
podían ser peores. Marcela y Juan Pablo intentaron mirarse, dentro de lo que
podían, claro, porque el viento les metía la humareda entre las pestañas,
dentro del lagrimal, en los orificios de la nariz, entre los dientes, debajo de
la lengua y no les quedaba más remedio que llorar y llorar. Pero, en realidad,
ninguno de los dos sabía si lloraban por el humo o de tristeza. Él por él y
ella también. Marcela estiró una mano que, por casualidad, fue a parar al pecho
de su amigo. ¡Si no hubiera presumido con ella! La chica recordó el día en que
volvieron de Tucumán. Esa mañana, todo parecía más lindo y más luminoso que
cuando se fueron. Ella y sus padres hablan ido a recibirlos al aeropuerto. Se
los veía contentos y emocionados. Hablan llevado flores y bombones. En cuanto
los vieron aparecer, se abrazaron los seis. Después, se instalaron otra vez en
el departamento -C" que sus amigos habían puesto en condiciones para
ellos. E hicieron de cuenta que el tiempo no había pasado. Volvieron a ser los
mismos de antes. Pero si tenían que ser sinceros, no podían ser los mismos
porque Marcela y Juan Pablo habían crecido. De frente, él tenia unos hombros
que parecía un atleta.
—Y de
perfil, a ella se le nota que es "toda una señorita" –decía la madre.
Pero el cambio no se notaba solo en los frentes y en los perfiles. Se
diferenciaban en el carácter. Y mucho más él que ella. Muchísimo más. Juan
Pablo había cambiado de cabo a rabo. Marcela comparaba el chico que había sido
tiempo atrás con el que era ahora. Antes, siempre le daba la razón y defendía.
Ahora, no solo no la protegía, sino que era el primero en hacerle la vida
imposible.
—¿Qué me
miras? —decía si alguien la molestaba
— .
¡Arreglate sola, nena! Lo que más le dolía a la chica era que ni siquiera
tocaba el timbre de la casa ni quería hablarle y cuando los padres se reunían
para comer o tomar café, él se encerraba en su dormitorio con cualquier pretexto.
Decía que estaba cansado o que tenía mucho que estudiar. No, es imposible
entenderlo pensaba mientras se preguntaba qué habla pasado con su amigo. Una
noche, se cruzaron en la puerta del edificio.
—¿Estás
enojado conmigo? —preguntó. Pero no pudo recordar la respuesta que había
recibido porque, justo en ese momento, el papá de Juan Pablo se acercó a ellos
y los miró. Montones de chispas salían del auto, se esparcían en el aire y
caían hechas ceniza sobre las cabezas de los que trataban de apagar el
incendio.
—¿No se dan
cuenta de que puede explotar el motor y de que es un peligro que sigan acá?
¡Vayan adentro, por favor! —protestó el señor, y después miró al chico con los
ojos desorbitados— ¡Ya vamos a hablar a solas vos y yo! Tenés que darme muchas
explicaciones. ¡Catorce años tenés, sos bastante grandecito para hacer cosas
como éstas! La mano de Marcela, todavía en el pecho de Juan Pablo saltó junto
con el corazón de su amigo. Tuvo pena por él. Pero en realidad, pena no;
Marcela sintió que nunca lo había querido tanto como en ese momento. ni
siquiera cuando iban al preescolar y la defendía de la nena rubia de la sala
azul que mordía al que se le acercaba ¡Qué difícil le resultaba entender
ciertas cosas! ¡Le dolía tanto que todo hubiera cambiado tanto entre ellos dos!
Por eso, aquella vez, cuando se cruzaron en la puerta del edificio le preguntó
si estaba enojado con ella. Primero, de malos modos, Juan Pablo le dijo que no
y enseguida, reconoció que sí, que sí, que sí. Estaba rabioso.
—Pero...
¿por qué?
—¿No te
ves? Hacés un papelón con esas polleras tan cortas y ridículas que tenés? A
Marcela, la boca casi se le cayó de la cara. Y casi se le cayó de la cara
porque ella no era la única de las chicas del barrio que usaba polleras cortas.
Por otra parte. todos, hasta sus abuelos que eran re antiguos, le decían que le
quedaban bien.
—Porque,
ella no exagera —decía su mamá llena de orgullo.
—Me parece,
nene. que no estás bien. Mírame y decime a qué Ilamás 'pollera corta y
ridícula" ¡Por favor! No seas tonto —protestó ofendida y se fue sin
saludar. Se alejó más de dos cuadras hasta que se dio cuenta de que había
salido a tirar la basura y que habla caminado por ahí sin ton ni son con la
bolsa de residuos en la mano. De repente, le pareció que todos la miraban, así
que dejó la bolsa en cualquier canasto y volvió tan enojada como se había ido.
Lo encontró en la puerta, él parecía no querer mirarla. Tenía los ojos clavados
en el cordón de la vereda. Cuando ella se acercó. dio un salto y se fue como si
lo hubiera picado una avispa. Era una noche lisa y lustrosa, una noche cargada
de estrellas. Ni una nube. Bajo la luz de la luna, las casas del barrio, con
esos techos rojos y esas rejas negras. parecían de película. Marcela no podía
creer que estaba allí. parada en medio de semejante calle y semejante verano
con semejante rabieta. Por supuesto que después de lo que había pasado, ni
ganas tenía de saludarlo. Él, en cambio, no dejaba de hacerse notar. Fue
terrible.
Pero más
terrible todavía era lo que pasaba justo en ese momento. El coche ardía y las
llamas parecían incontrolables. Al ver el resplandor, Marcela empezó a
asustarse. Menos mal que habían tenido tiempo de sacar los otros vehículos. Los
habían estacionado en las esquinas, en las otras cuadras. A unos cien metros,
el coche del padre de Juan Pablo ardía solo, solito y solo. Lo de los fósforos
habla sido cosa de irresponsables. Todo para llamar la atención de su amiga que
seguía fastidiada con él. Se habían encontrado con un grupo de chicos del
barrio, hacían planes para ir a bailar cuando a Juan Pablo se le ocurrió subir
al auto de su papá.
—Vengan
—invitó. Y ellos fueron. Al principio, todo bien, pero después, no tuvo mejor
idea que empezar a tirar fósforos encendidos a diestra y siniestra. Una y otra
vez Marcela le dijo que dejara de hacerse el gracioso, pero cuanto más le
pedía. menos caso le hacía él. Hasta que un fósforo cayó sobre una botella de
bencina que el padre de Juan Pablo había dejado en el asiento de atrás y,
¡¡fzzzz!!, de golpe se prendió fuego. Los chicos saltaron fuera del coche y
trataron de apagar las llamas, pero resultó imposible, en menos de dos minutos,
el tapizado parecía un volcán en erupción. Después, fue una confusión total.
Marcela supo enseguida que iba a ser muy difícil que el padre perdonara a su
amigo y sintió mucha pena, por eso, lloraba. Justo en ese momento, ella y el
chico estaban a cien metros del fuego.
—Vas a ver
que estalla —suspiró Juan Pablo —, y que aparece un hongo amarillo en el
cielo... Pero en lugar del hongo amarillo, apareció el padre. Se paró frente a
él y lo señaló con un dedo que parecía una espada. Tenía los ojos inyectados en
sangre, Marcela no supo si era por el humo, por la furia o por las dos cosas.
—Vos y yo,
tenemos muuucho de que hablar —dijo—. Así que va a ser mejor que te vayas a tu
pieza y andá haciéndote a la idea de no salir ni mirar televisión por un mes
por lo menos... ¡¡¡Un mes!!! La chica suspiró aliviada. Un mes no parecía
tanto. Al fin y al cabo. era una suerte que no hubiera decidido cortarle la
cabeza. Juan Pablo se levantó del cordón donde se había sentado y sin levantar
la cabeza, caminó hacia el edificio de departamentos. Marcela corrió detrás de
él.
—¡Esperá!
—gritó y en cuanto su amigo se detuvo, lo abrazó con toda su alma y le dio un
beso ahí, en medio de la calle, delante de todo el mundo. Después, cruzaron la
calle agarrados de la manos como dos enamorados. No bien llegaron a la vereda.
la chica volvió la cabeza y creyó ver una sonrisa en la cara del padre de Juan
Pablo.
—Me parece
que tu papá sonrió. Algo es algo. ¿no? —dijo. Fue cuando escucharon la
explosión y, justo en ese momento, llegaron los bomberos. Justo en ese momento.
Pelos de
alambre
Esa tarde
llovía y hacia frío, tanto, que al salir del colegio. Verónica tuvo que subirse
el cierre de la campera hasta el tope. Después, caminó casi pegada a la pared
mientras pensaba en Alejandro. Ella sabia que cuando pensaba en él, su cabeza
le jugaba más de una broma pesada porque en lugar de imaginárselo asi como era,
un chico como todos los demás, le parecía que lo veía de capa azul y corona.
Cada día que pasaba, se convencía más y más de que no era ningún príncipe.
Ningún príncipe. Sin embargo, en cuanto se acordaba de él, la capa y la corona
seguían dando vueltas por su cabeza. Llegó a su casa sin dejar de esquivar el
recuerdo de Alejandro y los paraguas que ondulaban por la calle. Llegó con el
corazón en un puño y ganas de llorar. Justamente, al entrar, fue cuando
encontró la carta. Estaba llena de sellos. Enseguida, se dio cuenta de dónde
venía. Suspiró. Su Lela iba a ponerse contenta. Volvió a suspirar mientras sus
manos húmedas dejaban el sobre encima de la mesa. Mucho más tarde, en la cama,
tuvo que reconocer que ese no habla sido uno de sus mejores días. Primero, el
lío en la escuela y los chicos que se la habían agarrado con ella. ¡Pelos de
alambre! La culpa de todo la tenia Selva. Selva, que le decía Pelos de alambre.
¿Por qué no se miraba ella un poquito en el espejo? ¡Con esos dientes de conejo
que tenía! ¡Pelos de alambre! ¡Uf! Y después, la carta aquella... al final, no
se había equivocado cuando pensó que su Lela iba a bailar de contenta. En
cuanto vio el sobre, saltó de alegría. Afuera llovía mucho. Desde la cama, y a
través de la puerta balcón, podía ver los remolinos que dibujaba el agua sobre
los pocos paraguas que iban y venían por la vereda de enfrente. Avanzaban y
retrocedían. Avanzaban y retrocedían. De golpe, un rayo, y la luz del relámpago
que, como un mal presagio, iluminó las paredes de su cuarto. Verónica recordó
el accidente. Según le habían contado, esa noche, la del accidente, también
llovía. Con rapidez, decidió distraerse con otra cosa. Entonces, pensó en los
dientes de conejo de Selva. ¡Pelos de alambre!
—Bueno, ¿y
qué? —se había defendido ella—, no soy la única con el pelo ondulado. —¿Qué
ondulado. nena? Tenés la cabeza como una esponja para cacerolas — se burló la
otra. Y así, le hablan puesto el sobrenombre ese que tanto le molestaba. Pero
esa tarde, Selva se habla pasado de graciosa.
—Palos, pilos. polos, pulos...¿Qué falta...?
¡Ah, sí! Falta "pelos". ¡Pelos de alambre! Todos la miraron y
soltaron la carcajada. Todos. Y Alejandro también. Por eso, de rabia, cuando
terminó el recreo; ella le dio un codazo a Selva. Había sido un codazo padre y
la otra no pudo reaccionar porque estaban paradas en la fila para entrar en el
grado y la seño de Matemáticas no les sacaba la vista de encima. ¡Puajjj! ¡Qué
tarde tan maravillosa! Las cosas habían ido de mal en peor. Verónica se sentía
mal y lo que más le dolía era pensar en Alejandro. Él, justo él. se había reído
de ella junto con los demás. ¡Qué lástima! ¿Por qué haría esas cosas?
—¡Bah. los
hombres son todos iguales —dijo en voz alta. Antes de dormirse, decidió que al
día siguiente iba a devolverle los corazoncitos que él mismo le había regalado
a principios de año. "A" y "V'. ¡Bah! Puras mentiras. Puras
mentiras también cuando le dijo que él gustaba de ella. Puras, puras mentiras
como cuando estaban en clase y él tocaba con su zapatilla la de ella. Y ella, Vero,
de tonta que era, se alegraba y se ponía colorada. Nada de nada. Puras
mentiras. Ya iba a ver el muy traidor, en cuanto lo viera, iba a devolverle los
corazoncitos que tenía guardados en su pastillero como si fueran el más grande
de los tesoros. Pero cuando lo vio, de lo que menos se acordó fue de su enojo.
Eran cerca de las once de la mañana cuando sonó el teléfono y escuchó a su
abuela que conversaba con alguien en voz baja.
—Nena. ¿podrías venir? —la llamó al rato. Esa
tarde, Vero iba para el colegio con cara de haber visto el final de una
película que no lograba entender.
—Me
llamaron tus tíos. Hija, Antonio, tu hermano, viene a vivir con nosotras en
unos meses. No lo podía creer, iba a conocer a Antonio. ¡Tantas veces antes se
había preguntado cómo sería! Nunca había visto una foto suya. ¡Tantas veces
antes se había preguntado cómo sería! Tantas que en ese momento, ya casi no le
interesaba la respuesta. No, no era que no le importaba, más bien le daba
miedo. ¿Y si después, se llevaban mal? ¿Si venía contra su voluntad? ¿O si no
la quería? No podía olvidarse de que él tenia su historia. Una historia que su
abuela nunca le había dejado de contar y que ella conocia de memoria.
—Antonio
tenía cinco años y vos no caminabas todavía. Esa noche. iban los cuatro en el
auto de tu papá. Tu hermano y vos viajaban atrás. Eso los salvó. El choque fue
fatal para tus padres. La gente que los ayudó dijo que tu hermano te había
agarrado de la mano y que no quería soltarte por nada... En esa parte, su
abuela siempre hacía una pausa, se quedaba quieta. con los ojos cerrados y
Verónica tenía toda la impresión de que lloraba para adentro. Por eso, por la
historia que sabía de memoria y porque faltaban unos meses para conocer a su
hermano después de casi once años, fue que esa tarde iba para el colegio con
cara de haber visto el final de una película o, por ahí, no se trataba del
final, sino del principio... Encontró a Alejandro en la calle, estuvo a punto
de darle vuelta la cara, pero él se acercó y le regaló un caramelo de frutilla.
Entonces, la capa azul y la corona volvieron a dar vueltas por su cabeza. Así
que se olvidó de su enojo y le dio las gracias con una sonrisa.
—A fin de
año, cuando terminemos las clases, viene mi hermano —le dijo. Quería quedar
bien, quería llamarle la atención. quería que él esperase a Antonio junto con
ella, de su lado. Quería. Al principio lo consiguió. Alejandro se puso contento
y estuvo con ella toda la tarde, hasta que llegó el recreo largo y los dientes
de Selva se cruzaron con ellos. Primero, empezó a sacudir las trenzas, después
hizo gestos como de lavar una cacerola y, al final, se le dio por cantar el
trabalenguas ese que le daba tanta rabia. —Palos, pilos, polos, pulos... ¿Qué
falta...? Y empezó a burlarse como la tarde anterior. Verónica miró a Alejandro
y, cuando vio que se reía junto con los demás, odió a Selva. Asi que en un
momento dado, en medio de su furia, decidió dejar que se acercara y, no bien la
tuvo cerca, le dio un soberano empujón. Pero esa vez, no la tomó desprevenida
porque en cuanto la tocó, la muy falsa empezó a llorar.
—Te la
buscaste. —dijo Verónica. Y se fue. Por supuesto que no llegó muy lejos. Las
maestras no tardaron en castigarla y, por supuesto también, le pusieron una
nota en el cuaderno de comunicados. A la otra, le llevaron un vasito de agua,
pobrecita. “¿Pobrecita?" pensó Verónica "¡Ojalá que se trague los
dientes!". Por culpa de la pobrecita, la habían dejado plantada como un
árbol en la Dirección. Pero eso no era lo peor. lo peor era la nota. ¿Qué iba a
decir su abuela? Se lo podía imaginar.
—¿Te parece
bonito? ¡A los golpes con una chica! Como si tuvieras cinco años, ¿no te da
vergüenza? No. No le daba vergüenza. Para nada. La próxima vez, Selva lo iba a
pensar muy bien antes de meterse con ella. Pero. ¿y los otros chicos? Pffff. No
le interesaban, que hicieran los que se les diera la gana. Todos, menos
Alejandro, claro. Para ella. él era distinto. Desde el dia anterior, no hacía
más que enojarse por culpa de las burlas. Tomó aire con la boca abierta.
Después, siguió con la vista el movimiento de los hombros de la secretaria del
colegio que, en ese momento, hablaba por teléfono. Los volados de la blusa
asomaban por la solapa del delantal que estaba duro de tanto apresto. Parece de
cartón" se dijo Verónica y, por un segundo. se divirtió imaginando que la
secretaria también era de cartón. Y si la secretaria era de cartón, ella
vendría a ser algo así como Alicia en el País de las Maravillas. '¡Dale!, que
cuando salgas del País de las Maravillas, vas a escuchar a tu abuela!', se
dijo.
—¡Ay, nena
—le decía siempre—, no es cuestión de enojarse por cualquier cosa! ¡Qué
carácter el tuyo, hija! Pero ahora, cuando supiera lo del empujón la que se iba
a enojar era ella. Aunque, por ahi, la perdonaba porque como su Lela no hacía
más que pensar en Antonio... ¡Antonio! ¡Su hermano! ¡El que era un desconocido
para ella! ¿Cómo sería? La sola idea de que en unos meses, iban a estar frente
a frente le hacía temblar las rodillas. ¿Qué cosas les contarla de su vida?
—Tus tíos
lo llevaron a Europa —le había contado su abuela—, porque pensaban volver en
unos meses, pero ya se sabe. es verdad lo que dicen "el hombre propone y
Dios dispone". Sus tíos. Según Lela, habían sido los primeros en llegar
después del accidente de tus padres... Desde la ventana de la Dirección,
Verónica miró el patio donde sus compañeros hablaban entre ellos. Al verlos, se
dio cuenta de que en esos momentos, en su casa también se hablaba de algo muy
importante para ella y los suyos.
—¡Qué
lástima! —dijo. ¡Qué lástima que sus tíos no la hubieran llevado a ella
también! Este último pensamiento la hizo sentir mal por Lela, su Lelita, ¡tan
buena! Ella había sido toda su familia. Pero lamentaba tanto haber estado lejos
de su hermano. —Yo les pedí que te dejaran conmigo —contaba su abuela—, como
dijeron que volvían pronto...
Lo que
nadie se imaginó fue que ese trabajo del tío iba a retenerlos y que los iba a
obligar a recorrer Europa de punta a punta. De punta a punta y con su hermano.
Claro que nunca dejaron de escribirse, pero su Lela no le dejaba ver las fotos.
—Ya van a conocerse —solía decir. ¡Su Lela tenía cada ocurrencia! Lo cierto es
que habían pasado más de diez años y ella y Antonio no se conocían. ¿Qué irían
a decirse cuando se encontraran? El timbre de la salida sonó en la Dirección y
la llenó de alivio. ¡Por fin! El plantón se habla terminado. Por otra parte,
castigada o no, lo que más le gustaba del colegio era ese timbre. En cuanto la
secretaria le dijo que podía irse, agarró sus cosas y salió al patio para
ponerse en la fila. Mientras esperaban que arriaran la bandera, miró a Selva
que, en ese momento, le hizo un gesto amenazante, mientras Alejandro, que
acompañaba a Selva, se hacia el desentendido. Salieron de dos en dos. Cuando
estuvieron en la calle, él le dio la espalda y se fue con los demás. Entonces,
los ojos de Verónica se llenaron de lágrimas. Así llegaron a noviembre. Nada
cambió. Planearon el viaje de egresados sin grandes novedades. Y. también
prepararon una fiesta de fin de curso.
Una tarde,
Verónica entró en su casa como siempre y. de pronto, se encontró frente a
frente con un chico. Más que chico, un muchacho. ¡Era él, su hermano! ¡Antonio!
No cabía ninguna duda. ¿Quién podía negarlo? Le pareció que estaba frente a un
espejo. La misma boca, los mismos ojos y, ¡esos pelos! ¡Pelos de alambre! El
sobrenombre le llegó de golpe. Primero le dio risa, pero después, una sensación
tibia en su garganta la empujó y dio un salto hacia él. Antonio la recibió con
los brazos abiertos.
Al dia
siguiente, cuando su hermano la acompañó hasta la escuela, todos los miraron y
cuchichearon entre sí. Si hasta la maestra de Lengua se asomó a la puerta y le
pidió que se lo presentara.
Después, al
ver que los comentarios no terminaban, la misma maestra le dijo que pasara al
frente y contara a sus compañeros la historia de ese viaje tan largo de
Antonio. De espaldas al pizarrón, Verónica empezó a hablar. Las caras de los
chicos parecían brillar sobre los delantales; entre esas caras. también
brillaba la de Alejandro. La chica notó que tenia los cachetes colorados. tan
colorados como los corazones cortados en dos que le había devuelto meses atrás.
—¡Tomá —le había dicho—, cortamos! Me revientan los fallutos. De espaldas al
pizarrón, terminó su historia contando a todos. el abrazo que ella y su hermano
se dieron al encontrarse. Los chicos, que no hablan dejado de prestarle
atención ni por un minuto, empezaron a aplaudir. Al escucharlos, ella se
imaginó que esos aplausos y esas miradas emocionadas le ponían una capa y una
corona. Sintió que, aunque no hubiese sido más que por un rato, ella había sido
como la princesa de un cuento. De un cuento con un hermoso final. Entonces, con
una sonrisa de oreja a oreja, caminó como una reina y volvió a su lugar.
Verde,
blanco, naranja
Ella y mi
hermana iban al mismo colegio. Todavía me parece verla como la veía: el pelo
largo que flotaba de costado sobre la frente, los ojos claros y el moño del
guardapolvo un poco arrugado. En esa época cuando nos cruzábamos en la calle.
me daba vuelta la cara. Elena, mi hermana, que era menor que yo, no la quería.
—Es rara
—decía e imitaba los gestos antipáticos de la chica—. Debe de ser por los
padres. Y, la verdad, tenía razón en las dos cosas. Nadie sabía dónde estaba la
madre, del padre se comentaba que era un hombre violento y ella... ella era muy
rara. No era que la gente se ocupara en especial de esa familia, pero como
tenían una panadería, los vecinos los trataban a diario. Ella no parecía una
chica común. Usaba ropa de verano en pleno invierno. De lejos se la veía con
esa blusa blanca, finita, y la pollera a rayas. Verde, blanco, naranja. Rara.
Sacudía la cabeza y hablaba fuerte como si tuviese miedo de que no la
escucharan. Yo tenía mis amigos, ella, me parece que ninguno. Y a no ser por un
encuentro o dos cada tanto, por casualidad, apenas si nos conocíamos. Pero una
tarde nos cruzamos en la esquina de casa. Esa tarde. Cargaba una bolsa que
parecía demasiado pesada para ella. Cuando la vi tan cargada, me dio no sé qué.
Entonces. le pregunté si quería que la ayudara. Ella me pasó la bolsa con un
alivio tal, que tuve la impresión de que habla estado deseando que alguien le
ofreciese una mano. Mientras caminábamos hasta la casa. nos pusimos a charlar y
después, aunque habíamos llegado, seguimos charlando. Así empezó todo. Desde
esa tarde no dejamos de encontrarnos. aunque tengo que reconocerlo. según
soplaba el viento, a veces, me saludaba y otras, se hacía la desentendida. Era
rara, mi hermana tenía razón. Siempre lela, cantaba canciones pasadas de moda y
cuando estábamos juntos, tenía días en los que conversaba sin parar y otros, en
los que parecia triste, distraida y ni siquiera contestaba cuando le hablaba.
—¿Qué te
pasa? —le pregunté en una de sus tardes de silencio. Ella desvió la vista como
quien no quiere confesar algo vergonzoso.
—¡Dale!
¿Qué te pasa? —insistí. Ella movió la cabeza. —¡Vamos, contame!
—Mi papá me pegó —contestó con los ojos bajos.
Dos cosas se me cruzaron por la cabeza. Lo primero que pensé fue en cómo podía
hacer para evitar que el padre volviera a intentarlo. Lo segundo, en qué diría
mi mamá si se enteraba de esa historia.
—No me
gusta esa chica —comentaba—. Es rara. Y vos, ¡tené cuidado, eh! Porque ya me
dijo tu hermana que los vio juntos. No salgas con ella porque tengo miedo. Vaya
uno a saber si un día de estos no va y te mete en un lío y nadie sabe lo que
puede pasar. ¡Ay, los hijos! ¡Prometeme que no vas a salir más con ella!
¡Prometémelo! Sí. por supuesto que le prometí lo que quería y, por supuesto
también, fue imposible cumplir mi promesa. Y fue imposible porque a partir del
momento en que ella me dijo que el padre le pegaba, empecé a preocuparme por
ella. y mucho. Más de una vez notaba que la pollera rayada iba y venía por allí
y no dudaba en acercarme para caminar a su lado, aunque la que usaba esa
pollera no siempre me llevaba el apunte.
En uno de
esos días en los que tenía ganas de hablar, me contó que la madre estaba en
Córdoba, que había ido a cuidar a una hermana que estaba muy enferma. Y dijo
algo después, que me sorprendió.
—Pienso que
por eso, porque la extraña, mi papá toma mucho. ¡Cambia tanto con la bebida...!
Mientras la escuchaba. tuve ganas de acariciarle el pelo, no sé por qué, pero
me di cuenta de que extrañaba a su mamá y que le dolía lo que pasaba con su
padre. Y así pasamos casi todo el invierno. Hasta que una tarde fue a buscarme
a la salida del colegio. ¡Estaba de linda! Empezamos a caminar como siempre y,
como siempre que estábamos juntos, las cuadras me parecieron cortas, llenas de
sol, de dulces verdes, blancos y naranjas.
—¿Vamos a
la plaza? —le pregunté. No llegó a contestarme porque una mano huesuda apareció
entre los dos.
—¿Qué hacés
vos acá? —era el padre. Su voz sonaba como un vaso roto. En cuanto lo vi, me
empezaron a temblar las piernas. Quise defenderla, pero mi lengua no pudo
obedecerme y se me pegó al paladar. Entonces, la miré. Ella se había apoyado
contra el tronco de un árbol. Estaba pálida. Muy pálida.
El hombre
no perdió tiempo, la agarró del brazo y así se la llevó como si fuera una
prisionera. Me quedé ahí, junto al árbol en el que ella se habla apoyado unos
segundos antes. No lograba recuperar ni la voz ni las piernas. Sentí que me
había convertido en una estatua de piedra. La estatua del miedo. ¡Cuánto me
hubiera gustado ser más grande, hablar con el señor de igual a igual y hacerle
entender que no hacíamos nada malo! Pero era un chico. En cuanto pude
reaccionar, corrí hasta su casa. Quería ayudarla como lo habla hecho con la
bolsa aquella vez. Algo. Quería hacer algo por ella. Pero no pude. Cuando
llegué, el lugar parecía deshabitado. Al dia siguiente, conté las horas para
salir del colegio. Pensé que capaz que estaba afuera. Capaz que me esperaba y me
decía que el padre no le había hecho nada, que las cosas no habían sido para
tanto. Al salir, me llevé a todo el mundo por delante. Bajé las escaleras como
si hubiera tenido ruedas en los pies. Esquivé a mis compañeros, corrí. Corrí.
Pero la dueña de la pollera a rayas había desaparecido. Verde, blanco. naranja,
no. Como una semana después, llegó mi hermana con la noticia de que nadie sabía
nada del padre.
—Por ahí lo
llevaron preso —comentó—, porque la panadería está cerrada y nadie sabe nada de
él. En esa casa, la gente aparece y desaparece como por arte de magia. Una vez
que estuve seguro de que el padre estaba lejos, decidí ir a buscarla. A medida
que me acercaba, el nudo que tenía en la garganta aumentaba. Tenía ganas de
estar con ella. de charlar como siempre o de caminar callados. Lo que fuera,
quería verla. Si hasta tuve la impresión de que podía encontrarla por ahí, a la
vuelta de cualquier esquina. Verde, blanco. naranja. Desde que nos sabia nada
de ella, mi mundo había cambiado. Iba a contárselo. Iba a decirle que la
extrañaba, que me gustaba estar con ella. Que la quería. Estaba seguro de que
ella también. Seguro. Llegué a su casa más que apurado y llamé. La idea de que
pudiera tardar en abrir no se me habla cruzado por la cabeza. Pero tardó. Tardó
¡y cómo!, tanto, que primero toqué el timbre. después, golpeé la puerta con los
puños y. al final, la llamé a gritos.
—No hay
nadie, pibe. Se mudaron —dijo un vecino que se asomó al balcón cuando escuchó
el alboroto que yo había armado. Entonces, me quedé ahí, en el umbral sin saber
qué hacer ni entender nada. Al rato largo, de la otra casa, salió una señora
que se me acercó con una sonrisa.
—¡Ya sé
quién sos! Te esperaba. Tu amiga me dijo que ibas a venir. No te vayas que
tengo algo para vos. Me había dejado una nota. Decía que la madre habla viajado
a buscarlos y que se habían ido con ella. Decía que me iba a extrañar mucho y
me daba una dirección para que le escribiera. Guardé el sobre en el bolsillo y
me fui con la sensación de que nunca iba a poder salir del todo de ese lugar.
Me fui con la impresión de que en esa casa había perdido algo muy querido.
Verde, blanco naranja. Todos los colores se borraron de golpe; mi vida se había
vuelto gris. No volví a estar con ella. En cambio, chateamos, hablamos por la
compu y nos vemos por la webcam. ¡Está de linda! Me contó que abrieron un
negocio en Córdoba, que tienen algunos problemas, pero tratan de solucionarlos.
Dice que algún día, cuando seamos mayores, vamos a volver a encontrarnos. Me
pide que la espere. Bueno, sí, la espero. La espero. Y si ella no viene, voy a
ir yo a buscarla. Tengo su dirección. La espero.
Algún día,
vamos a volver a vernos personalmente.
Algún día
verde, blanco, naranja. Algún dia con sol.
No por
mucho madrugar
Estiró la
mano hacia el despertador que sonaba y sonaba, pero tenia tanto sueño que el
brazo se le cayó como si fuera de piedra. Trató de seguir durmiendo. Trató,
pero no pudo porque la alarma del reloj parecía no tener fin. Al rato, levantó
el brazo con dificultad y esa vez, sí, logró lo que quería. En cuanto lo hizo,
sintió que el silencio se convertía en una caricia para su oído.
—A las
diez, en el club –había dicho Pablo, el entre-nador. No bien la palabra
"club" apareció en su cerebro, saltó de la cama. ¡Eran casi las diez
y el partido empezaba a las diez y media...! A ver si llegaba tarde. Lo único
que faltaba. —Tranqui –se dijo–. En quince minutos estás allí. En medio del lío
de camisetas y zapatillas que era su dormitorio, empezó a armar el bolso
mientras pensaba en el partido. No quería perder. De ninguna manera quería
perder.
A las
apuradas, terminó de poner sus cosas en el bolso y después, se fue de su
cuarto.
—¡Martín!
—dijo el padre al verlo salir como una flecha— ¿No querés tomar algo? ¡Tomar
algo! ¡Ja! ¡No era tan fácil! Con los nervios que tenía, ¿qué iba a pasarle por
la garganta? De todas maneras. por educación, dijo que no con la cabeza y se
fue de la casa a todo correr. Por suerte. el colectivo llegó enseguida. ¡El
partido! Sabía que iban a ganar. Tenían que ganar. En especial, por Debie y por
el plomo de Adrián. ¡El plomo de Adrián! ¡Bah! ¡Qué tanto Adrián! Mejor, lo
llamaba como todo el mundo y todo el mundo le decía Unicéjalo, o Uni, para
hacerla más corta. La verdad, la verdad, nunca ninguna otra chica le había
importado como Debie, el único problema era que Uni sentía lo mismo. Se le
notaba en todo. Por eso él y su equipo tenían que ganar ese partido a los
contrarios, entre los que estaba Adrián, Uni, ¡bah! No sabía por qué, pero se
le había puesto en la cabeza que el resultado tenia que ver con lo que Debie le
fuera a contestar cuando el encuentro terminara.
¡Debie!
¡Qué chica! Era más que muy hermosa. —¡Linda hora, eh! —dijo Pablo al verlo
entrar en el vestuario—. Hace rato que los demás están listos.
—Bueno,
tampoco es tan grave —se defendió mientras se ponía la camiseta de su equipo—.
todavía faltan como diez minutos. En cuanto salieron a la cancha, los recibió
una lluvia de papelitos. No hacía falta ser adivino para darse cuenta de que
ellos eran los que tenían más hinchada. Un rato antes, mientras se terminaban
de vestir, Pablo le dijo que había visto entrar a Debie. Sin dejar de mirar a
la tribuna, Martín se preguntó dónde se habría sentado.
—¡Mirá!
—dijo uno de sus compañeros—, allá están los nuestros —y señaló a un grupo
numeroso de chicos con banderas amarillas. Los del equipo de Uni no eran menos.
Ocupaban buena parte de las gradas y agitaban banderas verdes que identificaban
a los suyos. Mientras el público cantaba para apoyar a unos o a otros, Martín y
Uni se cruzaron.
—¡Unicéjalo!
—dijo Martín con desprecio y caminó hacia el otro.
—¡Camioneta!
—contestó el otro y esquivó el codazo de Martín con un movimiento rápido.
Estaban en la cancha parados frente a frente como dos gallos de riña y a punto
de echarse uno sobre el otro, cuando el silbato del referí puso de pie al
público y empezó el juego. Entonces, todo el estadio fue un solo grito.
Justamente a ese club habla llegado Debie la tarde más calurosa del verano
anterior. Martín no podía sacarle los ojos de encima. Dio más de doscientas
vueltas para acercarse a ella hasta que, al fin, se animó.
—¿De dónde
sos? —preguntó más colorado que un tomate mientras la chica jugaba con el
pasto. Pasto, pasto, pelota. Pelota, pasto y él que corría y no dejaba de
correr. No le costaba mucho, habían entrenado bastante. Además, lo hacía con
ganas porque se imaginaba que en medio de las manos que aplaudían estaban las
de Debie. Debie, las manos que aplaudían y pasto, piernas y la pelota que se le
escapaba, que flotaba como un globo a sus espaldas. De repente, se dio cuenta
de lo que venía, giró con todas sus fuerzas para impedirlo, pero un jugador del
equipo contrario, se adelantó.
—iGol! —el
grito lo hizo saltar. Miró hacia su propio arco. Los jugadores de camiseta
verde festejaban entre gritos y abrazos. Saltaban igual que monos. Mientras el
arquero, sentado a un costado de la red, se agarraba la cabeza con desconsuelo.
Les habían metido un gol, el primero de la tarde. Ahora, tenían que trabajar el
doble. Cuando el juego se normalizó, Martín. se adelantó por el medio de la
cancha para contraatacar. Sorteó con habilidad al jugador que lo marcaba y no
bien recibió el pase de su compañero. alcanzó a darle un cabezazo a la pelota
que salió disparada y trazó un semicírculo en el aire.
—En el aire
—le había dicho Debie alguna vez—. vivo en el aire. Para hacerse el simpático.
Martín le contestó que, en cambio, él vivía en la luna. Tuvo suerte, a ella le
causó gracia y soltó la carcajada. Claro que eso habla pasado hacía más de un
año y medio. Después aparecieron otras cosas. Al principio, se encontraban en
el club, pero con el tiempo, él iba a buscarla a su casa. Como a los dos meses,
apareció Uni. Nunca supo cómo conoció a Debie, pero lo cierto era que vivía
cerca y no los dejaba solos ni a sol ni a sombra. Para colmo, siempre se las
ingeniaba para quedar bien con ella. Esto enfurecía a Martín que lo llamaba
'oreja".
—¡Vos
callate, pibe! —se defendía Uni—. Aquí no te llamó nadie, ¿qué tenés que
meterte?
—¡Tenés que
meterte! ¡Metete! —gritó la hinchada en ese momento. Entonces, se paró frente
al arco y pateó con todas sus fuerzas. —¡¡¡G0000l!!! Con el alma otra vez en su
cuerpo, se dejó abrazar por sus compañeros y sonrió con ganas. Así le gustaba
Debie, con ganas. La sonrisa dulce y el pelo largo, tan suave que parecía el de
una muñeca. Lo malo era que Adrián, Uni para Martín, pensaba lo mismo que él. Y
lo peor, que Martín no se animaba a abrir la boca. No encontraba las palabras
para decirle a Debie lo que sentía por ella. Hasta que una tarde, hacía poco,
juntó coraje.
—¿No querés
salir conmigo? —le preguntó de golpe. Ella bajó la cabeza.
—No sé
—contestó—. Voy a ser sincera, Adrián también me pidió lo mismo y ahora, no sé.
No sé qué hacer.
—Entonces...
¿cuándo me contestas? Debie bajó la cabeza como toda respuesta. —¡Dale!
¿Después del partido? ¿Si?
—Está bien
—decidió ella—. Después del partido.
Ivlartín
sintió un gusto amargo en su boca. No le gustaba esperar. ¡Faltaba más de una
semana!, ¿para qué le habla dicho -después del partido"? Ahora, corría con
toda su alma detrás de la pelota, pero toda su alma era poco. Cuando la pierna
de un jugador contrario se llevó la pelota junto a él, pensó que tenía que
sacar alguna ventaja. Tenía que "madrugarlo".
—¡Tuve que madrugarlo! –comentaba su vecino
cuando quería decir `sorprenderlo' o "anticiparme'. Y también él tenía que
"madrugar' al jugador contrario. Lo hacía para que Debie lo viera como a
un campeón. El solo pensar en ella lo llenó de coraje, entonces, levantó el pie
y clavó los tapones de sus botines en la pierna del otro.
—¡Sucio!
–gritó el otro desde el suelo. Pero él ni volvió la cabeza y escapó hacia el
arco. Avanzó contento porque nadie lo había visto. ¡Tramposo! No le importaba,
lo único que queda era ganar.
—¡A ganar!
¡A ganar! –gritaban desde la tribuna. Martín eludió a un jugador del equipo
contrario y se plantó frente al arquero que hizo un gesto desesperado. ¡Esta
era la suya! ¡Ahora metía otro gol! Saltó, pero en ese momento, hubo un córner.
vino el centro, salió a cabecearlo con el arco a su disposición, pero el hombro
de uno de sus rivales lo desestabilizó y cayó.
No supo
cómo, pero su cabeza fue solita al encuentro del palo. Fue un instante. Primero
vio la madera frente a sus ojos, enseguida sintió el césped de la cancha pegado
a su cara y después, no vio ni oyó nada. Se despertó en el vestuario. —¡Te
golpeaste lindo! —dijo el médico que estaba junto a la camilla. Antes de que
Martín pudiera contestar nada, afuera, estalló el grito. —¡¡¡G0000lll!!! ¿Qué
equipo lo habría hecho? Ese tanto definía el partido. Era muy importante. El
chico quiso levantarse. pero al hacerlo, casi se cae de la camilla. —Quedate
quieto que podés lastimarte —dijo el hombre. Pasaron unos minutos y después se
escucharon voces en el pasillo que daba al vestuario. El primero en entrar fue
el arquero que venía sucio y transpirado. —¿Cómo terminó el partido? —preguntó
Martín, aunque, por la cara que traía su compañero, no le fue difícil conocer
la respuesta. —Perdimos. Sobre la hora, me metieron otro gol. Martín sintió que
la boca se le ponía amarga. Fue cuando llegaron Debie y Uni. Enseguida le
preguntaron cómo se sentía.
—Bueno,
¡pobre! —dijo Debie con voz dura— ¿Cómo vas a estar después del golpe que te
diste? El chico la miró. Nunca antes una voz dura le había sonado tan blanda y
suave. —Te desmayaste —dijo ella. Y después de que su dedo indice le señaló el
chichón que él tenía en la cabeza, se inclinó sobre él. En ese instante, Martín
sintió el perfume fresco que siempre flotaba alrededor de la chica y ya no tuvo
más molestias. Un rato después, salía del vestuario apoyado en el entrenador.
Se lo veía pálido y caminaba inseguro. No hacía mucho Debie y Adrián se habían
ido. Se hablan ido tomados de la mano. Verlos y entender la respuesta de la
chica fue todo uno para él. Martín recordó al compañero que había golpeado, y
su grito de "sucio" resonó en sus oídos. Se sintió mal, muy mal, tan
mal que no se atrevió a levantar la cabeza para mirar a su acompañante.
—¿Te duele
el chichón? —preguntó el entrenador.
—No, casi
nada —contestó en voz baja. Y era mentira porque le dolía todo. Todo le dolía.
Sí, todo era dolor.
Grande, chica,
chica grande
Los padres
de Marianela vieron llegar a su hija con cara de pocos amigos y la invitaron a
sentarse.
—Tenemos
que aclarar algo —dijo el papá. Y, sin darle tiempo a reaccionar, empezó a
hablar, a hablar y a hablar. Mientras el hombre le explicaba vaya a saber qué,
la chica lo miró. Había cambiado. Tenia canas en las patillas y un par de
arrugas en la frente.
—Todo bien
—contestó Marianela no bien el padre se quedó en silencio—. Pero me gustaría
saber en qué quedamos. ¿Soy chica o grande? Porque si soy grande, me voy con
Sole a pasar el fin de semana a casa de su primo. Y si soy chica, me ocupo solo
de mis cosas. No me pidan que despierte a Patricio ni que haga compras.
¡Díganme en qué quedamos! ¡Quiero saber! En realidad, lo que quería saber era
si después de todo, salía con su amiga o no.
Después
pensó en que tal vez, las cosas hablan empezado a complicarse el día en que
renunció a sentarse en la falda de sus padres. Habla dejado de gustarle que la
mimaran como a una beba. Ellos tampoco intentaban levantarla como si fuera una
pluma igual que antes. Ahora, cuando perdía la paciencia o se encaprichaba,
pocas veces corrían a tranquilizarla o a darle lo que pedía.
—Estás por
cumplir los trece, hija. No tenés edad para berrinches —le decía su papá en
tono de reproche. Esas palabras la enorgullecían. Su papá tenía razón. Mucha
razón. Ya no era una nena. Sin embargo le dolía un poco escucharlo. En cambio a
Patricio, su hermano mayor, los dieciséis años le venían como anillo al dedo
para salirse siempre con la suya. Siempre peleaban por eso. En realidad, ella
lo quería mucho, pero la divertía hacerlo rabiar. Una tarde, lo vio llegar con
uno de sus amigos. La cara llena de pecas de Patricio resplandecía. Se notaba
que estaba contento. No bien entraron, el comedor diario cambió. Encendieron
todas las luces como si estuvieran en una fiesta y como si estuvieran en una
fiesta, también, se rieron, tomaron un licuado, comieron torta que sacaron de
la heladera y dejaron todo sucio. Al rato, entre platos con torta a medio comer
y vasos pegajosos, se sentaron a jugar con la Play. Entonces, se acercó con
cara de distraída y les desenchufó el joystick para molestarlos. Solo para
molestarlos. No tenía otro motivo. Como iba ganando, su hermano se enfureció.
—Maaa,
mirala, después dicen que no le tengo paciencia. La madre fue a ver qué pasaba
y al enterarse. la miró muy seria.
—Marianela
—protestó—, sos grande para hacer estas cosas... Algo después, un viernes, a la
tarde, al volver de la escuela, la chica entró en su casa hecha una tromba.
Primero pasó por la cocina, tomó gaseosa y después corrió a su dormitorio.
—Hola, ¿no?
—saludó la madre— ¿Qué te pasa que estás tan apurada?
—Me voy,
mami, mañana a primera hora, las dos nos vamos a pasar el fin de semana a casa
de unas amigas. —¿Qué dijiste? Con toda naturalidad, la chica repitió lo que
había dicho.
—Y eso,
¿con quién lo consultaste?
—Con nadie.
—Ah!, no
mlijita, no. No. Todavía sos muy chica —dijo la madre—, para tomar ese tipo de
decisiones. Antes, tenés que preguntar si estamos de acuerdo... Y después salió
de la habitación dando un portazo. Un portazo que dejó a Marianela con la boca
abierta. No podía entender lo que había escuchado. —Cuando seas grande —le
aseguraban años atrás—vas a hacer todo lo que se te dé la gana sin pedir
permiso a nadie. Pero ahora, no. Sin que la sorpresa le permitiera cerrar la
boca, recordó. Hacía poco, el día en que le desenchufó el joystick a su
hermano, esa misma señora, su mamá, le había dicho que... Fue cuando se enojó.
Dejó el bolso a medio armar y la ropa en desorden sobre la cama para correr al
living donde sus padres conversaban.
—¡Pero..A ¿En qué quedamos? ¿Soy chica o
grande? —preguntó desafiante. El papá la miró, la invitó a sentarse y empezó a
hablar, a hablar y a hablar. —Todo bien —contestó no bien el padre se quedó en
silencio—, pero, quiero saber en qué quedamos. ¿Soy chica o grande? Porque si
soy grande, mañana nos vamos a pasar el fin de semana a casa de unas amigas. Y
si soy chica, me ocupo solo de la escuela. No me pidan que despierte al
dormilón de Patricio ni que haga compras ni nada más. ¡Díganme en qué quedamos!
¡Quiero saber! —Primero, no nos hables así —dijo la madre—, y segundo, ya que
querés saber, te contesto que sos grande para algunas cosas y para salir sola,
sos chica. Marianela sintió rabia al escuchar a su mamá. Y algo más sintió,
sintió que los ojos le ardían. Los ojos. Los ojos no dejaron de arderle hasta
que lloró. Y así, llorando, dio la espalda a sus padres y salió de allí. Pasó
el fin de semana encerrada en su dormitorio y salió para comer solo cuando tuvo
ganas. Miró tele todo el tiempo. Aveces, sentada en una silla, de espaldas a la
ventana acostada, otras, con los brazos debajo de la cabeza. El lunes sus
padres se fueron temprano. —A primera hora, tenemos una reunión muy importante
en el estudio del contador y vamos a apagar los celulares. Así que cualquier
cosa, arréglense entre ustedes—, habian comentado la noche anterior mientras
cenaban. El estudio del contador quedaba lejos. por eso el lunes, se habían ido
temprano. Cuando los escuchó cerrar la puerta de calle, Marianela se tapó la
cabeza con la almohada. No pensaba despertar a su hermano. Si se le hacía tarde
para ir al colegio, peor para él. Una hora después, se levantó. Desayunaba
cuando, de buenas a primeras, oyó el quejido.
—iPat000!
¿sos vos?
—¡Patooo—volvió
a preguntar sin recibir respuesta. Intrigada, dejó su café con leche todavía
humeante sobre la mesa y se dirigió al cuarto de su hermano. Antes de llegar,
un nuevo "¡asir, le anticipó lo que iba a encontrar. En la cama, su
hermano se quejaba casi sin voz.
—¿Qué te
pasa? —le preguntó desde la puerta.
—Me duele
la panza y no puedo doblar la pierna... Escucharlo la impresionó. Nunca hablaba
en ese tono. Entonces, se acercó y sin saber para qué, le tocó la frente. En
cuanto lo hizo. se dio cuenta. Patricio volaba de fiebre. —¡Quedate tranquilo!
—dijo—. Voy a llamar a mamá. Pero no bien llegó al teléfono, recordó aquel
"Vamos a apagar los celulares. Así que cualquier cosa, arréglense entre
ustedes" que habían dicho la noche anterior. Entonces, pensó en
comunicarse con el estudio del contador, pero cambió de idea enseguida y marcó
el número de Urgencias de la obra social que aparecía pegado en el auricular.
—Apendicitis
—dijo el médico después de revisar a Patricio
—. Tenemos
que internarlo. Cuando los padres llegaron, encontraron a la chica solita,
sentada en la sala de espera.
—Tienen que autorizar la intervención —dijo en
cuanto los vio. A partir de ese momento. no hubo quien dejara de felicitar a
Marianela por su actitud.
—Gracias,
flaca —dijo su hermano en cuanto se recuperó de la operación—, si no hubiera
sido por vos... Los padres sonrieron al escucharlo. "Flaca", le habla
dicho. Hacía mucho que no la llamaba así. La chica también se sintió
satisfecha. A pesar de las diferencias y de las discusiones, en el fondo, ese
"flaca" era una muestra de cariño de parte de Patricio. Después, todo
volvió a la normalidad.
—Mami —dijo
Marianela una tarde—. Sole me invitó a cenar en su casa... Los padres se
miraron antes de contestar.
—Hija —dijo
la madre—, demostraste que sos responsable Estamos seguros de que vas a hacer
lo correcto.
—¿Irías a
buscarme, papá?
El padre la
esperó, tal como hablan quedado. para acompañarla hasta la casa. Y cuando se
acostó, Marianela pensó que esa noche, sus padres la habían tratado como a una
chica grande. Pero, de verdad, de verdad, otro había sido el dia en que empezó
a ser mayor.
Las cosas
del crecer
Cuando
llegué, papá hablaba con la hermana Filomena. Pedí permiso y después de
escuchar el "Pase" de la secretaria, entré. No bien vi a mi papá en
la dirección, lo saludé sin dejar de temblar. Las piernas apenas me sostenían.
—Bueno, nena –dijo él–, estuve hablando con la hermanita y me dijo que te van a
levantar el aplazo. Me había salvado. Yo, que tengo un boletín
es-pec-ta-cu-lar, estuve a punto de sacarme un tres en Matemática.
—¡Qué raro,
vos! –dijo papá cuando le conté lo que me pasaba.
—Estudié, te doy mi palabra, es que la de
Matemática no me puede ni ver. Apenas terminé de hablar, papá puso cara de
"no me vengas con ésas" y entonces, le expliqué.
—Cuando
empezó el año, la profesora avisó que nos iba a poner un cero cada vez que nos
encontrara hablando...Tenía un ocho en un oral y un diez en un escrito y la
señorita "Dientes para afuera "dice que charlaba mucho y me metió
cuatro ceros. Dieciocho dividido seis, tres. —Hable como corresponde —contestó
él que cuando se enojaba me trataba de usted—, si lo que cuenta es verdad, voy
a ir a hablar con la directora. Vamos a ver qué explicación me da. Y le decía
la verdad. Entonces fue. Pero un mes antes, mi amiga Mirta, Ana Laura y yo
hicimos algo que nadie sabía. Resulta que un viernes a la mañana. Mirta y Ana
Laura me estaban esperando a una cuadra del colegio. —
Nos
cansamos de llamarte al celu —dijoMirta—¿No lo oíste? Claro que no lo había
oído porque me lo habla olvidado en mi casa. Así que les conté y después, les
pregunté qué querían. —Hoy, nos vamos al zoológico —dijo Mirta—. Dale, nena,
veni con nosotras. De ninguna manera, jamás había hecho una cosa asi. Además,
¿para qué? Si cuando quería quedarme en casa, le escribía una notita cariñosa a
mi papá y él me daba el gusto. Era bueno. Muy bueno. Papá no hizo más que vivir
para mí desde que nací y me parecía horrible defraudarlo. Por eso, les dije que
no.
Pero Mirta
y Ana Laura insistieron. Insistieron tanto, que todavía protestaba cuando
subimos al colectivo que nos llevó al zoológico.
—Bueno —me
rendí al final—, pero volvemos antes de la salida de cole. Como las chicas
estuvieron de acuerdo. me divertí con ellas. Caminamos de aquí para allá,
compramos galletitas para los animales. nos pegoteamos los dedos con los copos
de azúcar y nos matamos de risa. Disfrutamos cada momento. Hasta que miré el
reloj. Eran las once. Teníamos el tiempo justo para volver al colegio.
—¡No,
nena!, ¿qué te pasa? ¿Sos tonta o qué? Si volvemos, se van a dar cuenta de que
nos rateamos —dijo Ana Laura con fastidio. Mirta, en cambio, se mostró más
comprensiva.
—¡Ehhh.
Ani, qué modos! —le dijo—. A ver si te das cuenta de que no le gusta mentirle
al padre. Ana Laura movió la cabeza; creo que entendió.
—Está bien
—contestó con un tono mucho más amigable—, pero volver allá sería un desastre.
Lo mejor que podemos hacer es estar en nuestras casas a la hora de siempre y
poner cara de soy inocente. Al final, me convencieron otra vez. Cada una de
nosotras llegó a su casa en el horario acostumbrado, disimuló y ¡listo!, nadie
se dio cuenta. Ellas disimularon. yo no, porque estaba sola en el departamento.
Bueno, ¡bah!, sola no, mi abuela vivía en el mismo edificio y siempre estaba
atenta por si necesitaba algo. Por suerte, ese día ni se asomó al pasillo y me
quedé tranquila. Sin embargo, esa tarde, cuando papá me preguntó si me había
ido bien, le contesté que sí con un nudo en la garganta. Le contesté que si, y
él no sospechó nada. Las que, en menos de una semana, se dieron cuenta de las
ratas fueron nuestras compañeras. Se dieron cuenta porque cuando pasaban lista,
todas, todas menos dos: Mirta y Ana Laura, decíamos -Presente". Así
empezaron con las faltas. Después terminaron yendo a clase como con hipo: un día
sí, el otro no. Hasta que una mañana, la madre de Mirta llamó al colegio para
que la dejaran salir un ratito antes, porque tenia que ir al médico y mejor no
hablar de la sorpresa que recibió cuando le dijeron que "la niña había
faltado". Fue tal el lío, que la historia corrió de boca en boca como
reguero de pólvora. Fue justo la mañana en que papá iba a ir a hablar con la
hermana Filomena por el tres que me habían puesto en Matemática. Y, para colmo,
yo, ese dia llegué tarde. No bien me senté, una compañera me contó lo que había
pasado.
—Vino la
Hermana Filomena y nos dijo que si alguna de nosotras se habla rateado alguna
vez con las chicas, mejor que lo confiese porque después, va a ser peor...
Tragué saliva varias veces. ¿Y si mi compañera inventaba? ¿Y si lo decía por
hacer una maldad? Pero. ¿si no mentía? Si no mentía..., después iba a ser peor,
seguro. Así que junté coraje y en el recreo largo, bajé a la dirección y le
dije a la hermana Filomena que una vez, me había hecho la rata con Mida y Ana
Laura.
—Por favor,
hermana, no se lo diga a mi papá —le pedí al salir.
La hermana
me miró entre seria y preocupada.
—Lo voy a
pensar -contestó. Por eso, porque no sabía qué había decidido. cuando entré en
la dirección, no podía dejar de temblar. Papá me dio un beso y enseguida. me
tranquilizó con la noticia de que la de Matemática. por el concepto en el que
me tenían, había prometido que iba a mejorar la nota. Un santo cuatro me puso,
un santo cuatro. Nada más. Después de decir que no tenía que hablar en clase, papá
me miró. Tenia los ojos más celestes que nunca. —Ahora, nena, ¿qué es esto que
me contó la hermana? Supe enseguida qué era "esto'. La directora se lo
había dicho. SE LO HABÍA DICHO. Entonces, las piernas dejaron de temblarme.
Sentí que le había fallado, que había traicionado su confianza. Me dio una
vergüenza tan grande, que ya no pude levantar la cabeza.
—iPerdoname,
pa! —le pedí llorando a lágrima viva. Y corrí a abrazarlo.
—Bueno,
nena, bueno —contestó mientras me recibía con los brazos abiertos. Después,
mientras la hermana Filomena nos miraba sin decir palabra, me consoló.
—Todos
cometemos errores, son cosas que pasan al crecer —dijo—, está bien..., hija, te
perdono, pero no vuelvas a hacerlo... Desde ya, no volví a ratearme. Por su
parte él nunca más me reprochó ni preguntó nada. Ni siquiera tocó el tema. Pero
eso sí, más de una vez. a la salida del colegio, en la parada del colectivo,
encuentro a mi papá.
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