Somos así Olga Drennen

 

Casi me muero

En cuanto Mariela me dijo que Ramiro estaba en el hotel Amarilis, casi me muero. Casi me muero. La verdad es que yo, el año pasado, no me tomaba el amor así. Cuando mamá me pidió que ordenara mi ropa porque nos íbamos a Córdoba de vacaciones. casi me muero. ¿Qué iba a hacer yo ahí? Aburrirme. Pero después me enteré de que Mariela y su familia también tenían pensado ir al Amarilis. Nada más que ellos viajaban unos días antes. Yo, casi me muero, pero de alegría. Porque eso de irme y dejar a Mariela, sola en el barrio con Ramiro, no me gustaba para nada. El lío habla empezado en el invierno.

 —¿Sabés? —había dicho Mariela que era mi mejor amiga—, me gusta un chico.

—Ay, nena, por favor, no me hagas hacer mala sangre! A mí también me gusta un chico —le dije. Le había dicho que no me hiciera hacer mala sangre porque, ¡ahhh!, Ramiro,

el chico del que yo estaba enamorada, no me miraba ni por casualidad. Y que no me mirara ni por casualidad me ponía loca, por eso no le había contado a Mariela que gustaba de él, nada más que por eso, porque ella y yo siempre nos contábamos todo. Las dos vivíamos en el mismo barrio, Villa del Parque y, además, en la misma manzana. Él era el más nuevo de los tres; en cambio, nosotras habíamos nacido allí. Yo, en la calle José Pedro Varela; mi amiga en Campana y, ¡ahhh!, Ramiro, en Simbrón. ¡Me gustaba tanto! Con esas cejas gruesas que tenía y esos dientes grandes... Pero él ni me miraba. Estaba enojado conmigo porque una vez, cuando éramos chicos, lo llevé por delante con mi bicicleta. ¡Qué rencoroso! ¡Total! No era para tanto, porque para un chico, ¿qué es una calda más? Nada, un par de moretones en las piernas. Nada, ya dije. Pero también le pedí perdón. Y él me había contestado que sí, que me disculpaba, que no le dolía nada, que esto, que lo otro y. ¿para qué? Si me di cuenta de que muchas veces se hacía el distraído como si no me hubiera visto en su vida y ni me miraba. Por eso le dije a Mariela que no me hiciera hacer mala sangre. Porque estaba enamorada y no le veía ningún buen futuro a lo que sentía.

—¿¿¿Y??? ¿No me preguntas cómo se llama el chico del que gusto? —dijo Mariela. La verdad es que tenía razón, mi mejor amiga me contaba cosas importantes para ella y yo ahí como una idiota, pensando en Ramiro.

—Bueno..., perdoname, no me di cuenta. ¡Dale! Decime cómo se llama. A Mariela se le dieron vuelta los ojos y suspiró. Le tuve envidia, pero una envidia buena porque la vi tan linda con esa naricita levantada para arriba, tan simpática, tan..., ¡qué sé yo! La vi tan bonita, que pensé que a ella no iba a pasarle lo mismo que a mí; seguro, seguro. que el chico que ella quería, la quería a ella también.

—Ramiro. Gusto de Ramiro —dijo Mariela como si nada. De Ramiro, había dicho ¡de Ramiro! Casi me muero.

—¿Y él? —le pregunté con cara de Blancanieves. En ese momento, ella dijo las palabras mágicas.

 —No sé. Nunca me dijo nada. ¡No me lo vas a sacar! pensé primero enojada y después, con ganas de llorar.

 —Bueno —le dije sin mirarla a la cara—, así son las cosas. Ami me pasa lo mismo. Como tenía que ser, Mariela me preguntó por el chico que me gustaba; entonces, yo volví a hacerme la tonta. —Es u-uno q-que vive cerca de la casa de mi a-abuela –contesté sin poder levantar la cabeza. Por suerte. mi abuela vivía como a treinta cuadras. Pero no iba a ser tan fácil salir del paso porque Mariela no dejaba de preguntar y preguntar por cómo se llamaba el chico, por el pelo, por la edad...Parecía una máquina.

—iJulieta!, ¿cómo se llama? –insistió.

—Diego –le solté el primer nombre que se me ocurrió y enseguida empecé a pensar en Maradona–. Tiene rulitos –agregué–, y juega a la pelota que es un rey. Mariela me miró y me preguntó si la estaba cargando. Que no, le dije, que de ninguna manera y mientras tanto, cruzaba los dedos a escondidas para cortar la mentira. Ella volvió a clavarme los ojos. pero esa vez, logré sostenerle la mirada. Al final, pensé, no es tan linda porque con esa nariz para arriba que tiene, parece un chanchito. Como a la semana fue el cumpleaños de Ramiro. Ella le compró una tarjeta boba de esas empalagosas con angelitos, corazones cruzados y cosas escritas por quién sabe quién. Fue el cumpleaños de Ramiro y yo, ni enterada. Quedé mal, claro. Bueno, ¿qué me importaba a mí lo de la tarjeta? Eso, ¿qué me importaba? Si al final, él le dio las gracias y después se fue como si nada. Y así pasé el invierno con Mariela que no paraba de hablar de Ramiro, que lo había visto, que le había dicho "chau", que patatín y que patatán. Casi me muero. Y yo que trataba de despistarla, no paraba de hablar de Diego que me había guiñado un ojo, que me había encontrado en la esquina de la casa de mi abuela, que patatín y que patatán. Puras mentiras. Puras mentiras para salir del paso. Después terminaron las clases, llegó el verano y apareció mamá con la noticia de las vacaciones en el Amarilis Y casi me muero. Y casi me muero porque si me iba a Córdoba, ¿quién los vigilaba?, ¿eh? Digo yo, ¿quién los vigilaba? Bueno, cuando vino mamá y me dijo lo del Amarilis, se me dio por gritar y dar portazos, ¡cómo protestó mamá! Malcriada me llamó y también, que si no la cortaba iba a perder la paciencia. Por eso, traté de mantener la boca cerrada y las puertas en su lugar. Y no bien Mariela llamó para darme la gran noticia de que íbamos a estar juntas en el mismo hotel, el alma me volvió al cuerpo. Me serenó saber que. en primer lugar, al no estar ella, Ramiro no corría peligro

y, en segundo lugar, era bueno tener una compañera en las vacaciones. Después de todo, había sido mi mejor amiga, aunque ella no supiera que ya no lo era. Fue una suerte que los padres de Mariela le hubieran recomendado el lugar a mamá. Y ni qué decir de la alegría que sentí cuando me enteré de que Ramiro también paraba en el Amarilis. No faltaba nadie. Estábamos todos. El Amarilis. Era lindo. No como para decir ¡uuuaaff!, pero pasaba. Me recordaba un quesito para untar, un triángulo todo blanco. En la parte de atrás, tenía un parque con muchos árboles y una pileta preciosa. Por supuesto que Mariela nos recibió en la puerta y enseguida, me llevó al parque. Mientras la escuchaba, me fijé en ella: de remera rosa y jeans, parecía una bebota. En cambio, yo le llevaba como una cabeza. Me sentía como dice mi abuela que soy: una señorita hecha y derecha. —...y al final —contaba Mariela—, Ramiro me preguntó si quería salir con él. ¡Casi me muero! Atragantada, tosí, tosí y tosí como si me hubiera tragado un caramelo entero.

—¡Julieta! ¿Qué te pasa? Era mamá. Había caído justo. Nunca una madre fue mejor recibida por su hija. Claro que no podía contarle lo que me pasaba ahí delante de mi amiga, así

quién sabe quién. Fue el cumpleaños de Ramiro y yo, ni enterada. Quedé mal, claro. Bueno, ¿qué me importaba a mí lo de la tarjeta? Eso, ¿qué me importaba? Si al final. él le dio las gracias y después se fue como si nada. Y así pasé el invierno con Mariela que no paraba de hablar de Ramiro, que lo había visto, que le había dicho "chau", que patatín y que patatán. Casi me muero. Y yo que trataba de despistarla, no paraba de hablar de Diego que me había guiñado un ojo, que me había encontrado en la esquina de la casa de mi abuela, que patatin y que patatán. Puras mentiras. Puras mentiras para salir del paso. Después terminaron las clases, llegó el verano y apareció mamá con la noticia de las vacaciones en el Amarilis Y casi me muero. Y casi me muero porque si me iba a Córdoba, ¿quién los vigilaba?, ¿eh? Digo yo, ¿quién los vigilaba? Bueno, cuando vino mamá y me dijo lo del Amarilis. se me dio por gritar y dar portazos, ¡cómo protestó mamá! Malcriada me llamó y también, que si no la cortaba iba a perder la paciencia. Por eso, traté de mantener la boca cerrada y las puertas en su lugar. Y no bien Mariela llamó para darme la gran noticia de que íbamos a estar juntas en el mismo hotel, el alma me volvió al cuerpo. Me serenó saber que, en primer lugar. al no estar ella, Ramiro no corria peligro

y, en segundo lugar, era bueno tener una compañera en las vacaciones. Después de todo, había sido mi mejor amiga, aunque ella no supiera que ya no lo era. Fue una suerte que los padres de Mariela le hubieran recomendado el lugar a mamá. Y ni qué decir de la alegría que sentí cuando me enteré de que Ramiro también paraba en el Amarilis. No faltaba nadie. Estábamos todos. El Amarilis. Era lindo. No como para decir ¡uuuaaff!, pero pasaba. Me recordaba un quesito para untar, un triángulo todo blanco. En la parte de atrás, tenía un parque con muchos árboles y una pileta preciosa. Por supuesto que Mariela nos recibió en la puerta y enseguida, me llevó al parque. Mientras la escuchaba, me fijé en ella: de remera rosa y jeans, parecía una bebota. En cambio, yo le llevaba como una cabeza. Me sentía como dice mi abuela que soy: una señorita hecha y derecha. —...y al final —contaba Mariela—, Ramiro me preguntó si quería salir con él. ¡Casi me muero! Atragantada, tosí. tosí y tosí como si me hubiera tragado un caramelo entero.

—¡Julieta! ¿Qué te pasa? Era mamá. Había caído justo. Nunca una madre fue mejor recibida por su hija. Claro que no podía contarle lo que me pasaba ah i delante de mi amiga, así que le contesté que tenía mucho calor.

 —Ponete la malla y andá a refrescarte —dijo. Al rato me había sentado al borde de la pileta. Mariela y Ramiro ya estaban en el agua. Ella me vio enseguida. Él también me miró.

—Ju, vení, tirate —dijo ella. No tuvo necesidad de insistir, me zambullí de cabeza y después empecé a nadar y matarme de risa por cualquier cosa. Una mosca, un ruido, cualquier cosa venía bien. La cuestión era hacerme notar. Ramiro que se había tentado, se reía conmigo. Nadamos, jugamos hasta que mi amiga se fue a un costado. ¡Pobre! Parecía una pelota medio desinflada en un ángulo de la pile. Después de comer, las dos fuimos a caminar por ahí. Mariela parecía medio seria. —Julieta —dijo al rato—, quiero decirte algo. Me imaginé que se había enojado conmigo porque me habla hecho la tonta. De pronto, pensé que si se había molestado conmigo, tenía razón. Así que dejé de caminar y bajé la cabeza como quien espera una explosión. —Te engañé, Ju. ¡perdoname! Ramiro no me pidió nunca que saliera con él —

dijo de un tirón—. Me agrandé con vos. No sé por qué. Y tenía pensado seguirla. pero hoy cuando te vi tan bien, tan contenta, ¡qué sé yo! Me da vergüenza haberte mentido... ¡Buuuaaaa. buuuaaaa! Esa era yo, no podía parar de llorar. Parecía una canilla. Mariela no supo qué hacer. la pobre. Pero lo peor fueron las terribles ganas que me dieron de decirle la verdad. No sé qué pasó, pero, de repente, sentí que tenía que decirle la verdad. Entonces, empecé por donde me resultó más fácil: el principio. —Yo también te mentí, Mariela. Diego no existe, es un invento mío —confesé. Y, después, entre un buuua y otro, le conté la verdad. Mi amiga me escuchó con la naricita levantada. Me escuchó con los ojos redondos. Me escuchó con su cara de beba. No bien empecé a hablar, casi me muero, pero enseguida, sentí un alivio tan, tan grande, que hasta me pareció que flotaba en el aire. Quise decirle que ahora era yo la que pedía perdón, pero Mariela me abrazó y me di cuenta de que no hacía falta agregar nada más. Como éramos los tres únicos chicos de la misma edad en el hotel, pasamos juntos todo el tiempo. No voy a decir que fue un verano maravilloso porque sería mentira. Nos peleamos bastante, pero. por suerte, ese día, el primero, Mariela y yo dejamos de hacemos trampas. Hasta que llegó la última noche. Pasó que los grandes decidieron hacer una fiesta de despedida de las vacaciones. Nosotros tres no dejábamos de tomar gaseosas. En una de esas, la madre de Mariela le pidió que fuera hasta la habitación a buscarle un chal porque tenía frío y mi amiga fue. Entonces Ramiro tiró la bomba. —¿Querés salir a caminar un rato conmigo solos? —me preguntó con todos esos dientes que tiene. ¡Y me lo había dicho a mí! ¡A Mi! Casi me muero. En ese momento, vi que Mariela venía con el chal que la mamá le habla pedido en la mano. Casi me muero. —Sí —le contesté y todavía no sé cómo me salió la voz—. Sí, pero otro día. cuando volvamos. Ahora podríamos ir los tres, ¿no te parece? Él me miró como diciendo 'te entendí" y dijo que le parecía bien, que estaba de acuerdo. Por eso, después fuimos tres a tirar piedras al lago, tres a correr, tres a hacer lío. A cada rato. nos reíamos. Nos reimos tanto, que los mayores salieron a preguntar el por qué de tanto barullo.

Nunca nos llevamos tan bien como esa noche. Y no me arrepentí de haber estado con Mariela porque, después de todo, ella es mi mejor amiga. Además, el veraneo terminaba y, por otra parle, Villa del Parque es tan grande y tan linda, tiene un montón de veredas llenas de sol y Ramiro y yo, vivimos muy, muy, cerca.

Dolor de oídos

¡Mi hermano es un mentiroso! Me parece que en casa nadie se dio cuenta, pero yo si. Y digo que es un mentiroso porque lo escuché. —No tenés que decir mentiras, Diego. Es muy feo —le dije. Él levantó la mano como para darme un coscorrón, pero no me lo dio. Levantó la mano, nada más. —Si Ilegás a abrir la bocota..., ¡pobres tus dientes! —contestó. Bueno, contestar, lo que se dice contestar, no contestó. Más bien diría que gritó. Pero, ¿la verdad, la verdad? No se me habla ocurrido decir nada ni a mamá ni a papá. De pura lástima que le tenía. Y le tenía lástima porque estaba enfermo. Estaba tan enfermo que creí que le iba a pasar algo malo. Se le había puesto la cara como una torta. Todo empezó con un dolor de oídos y después, el médico agarró y dijo que tenía una enfermedad que no me acuerdo cómo se llama, pero por el nombre, me di cuenta enseguida de que tenía algo serio. Muy serio.

La gente tendría que estar siempre sana y más, los chicos. Claro que mi hermano chico no es. Cumplió un montón. Tiene pelitos en la cara igual que papá y hace rato que se afeita. Yo todavía no me afeito; Diego, mi hermano, el de la cara de torta, dice que me falta un montón para tener barba. Al principio, cuando me di cuenta de que tenía algo grave, me pegué un susto terrible, pero enseguida pensé que capaz que mamá o papá lo salvaban. Seguro que lo salvaba mamá porque mamá siempre lo arregla todo. Fue una suerte que mi hermano me llamara justo cuando pensaba en cosas tristes. —¡Leandro! ¡Vení. tomá! —dijo—. Llevale esto a Luciana. Y me dio el sobre con la carta. Que Diego y esa chica eran novios no era ninguna novedad para mí. Lo sabía porque cuando él charlaba con sus amigos por teléfono, me hacía el dormido y me enteraba de todo lo que hablaban. Por eso no era ninguna novedad para mi. —¡Qué linda es Luciana! —decía mi hermano antes de enfermarse. Y después, un día lo escuché cuando le contaba a su mejor amigo que ahora salía con ella. Además, se pasan el día chateando. ¡Es un plomo! Nunca me presta la compu porque se lo pasa escribiendo. Me dio risa saber que Diego estaba enamorado. Sabía qué le pasaba porque me pasa lo mismo. Yo también gusto de una chica. Cuando la veo, me agarra no sé qué y quiero darle todos los caramelos que tengo en el bolsillo. Me dio risa saber que estaba enamorado y me imaginé que la miraría con cara de bobo. Además de risa, sentía un poquito de rabia, no sabía de qué, pero sentía rabia. Entonces, se me ocurrió una idea. Iba a burlarme de él. Asi que colgué un cartel en el comedor.

DIEGO Y LUCIANA SON NOBIOS

¡Ufff! ¡Cómo se enojó! ¡Me corrió por toda la casa! —¡Novios, nene! —decía— ¡Aprendé a escribir! Novios se escribe con Be corta. Y, como no consiguió alcanzarme, empezó a revolear los zapatos de mamá, así que salí picando. Yo, a mi hermano, a veces, lo quiero y a veces, le tengo bronca, pero el día en que me dio el sobre, no le tenia bronca porque el pobre estaba muy enfermo. —¡Llevale esto a Luciana que está en la esquina! —dijo. Yo sabia lo que decia la carta porque la había leido a escondidas. El muy tonto le había escrito que se iba de viaje no sé adónde. ¡Juasss! ¿Quién se lo iba a creer?

—¡Decile a tu hermano que no me importa si se va o se queda! ¡Decile que todo esto tiene olor a mentira! ¡Que deje de inventar! —dijo Luciana mientras rompía el papel en pedacitos. ¡Claro! No le creyó ni jota. Tenia razón! Pero igual, me cayó mal que hablara así de Diego.

—¡Paró, nena! —le dije— ¿No te das cuenta de que mi hermano está muy grave? No sé si mi mamá va a poder salvarlo. Luciana se puso seria. Los ojos se le llenaron de lágrimas. En ese momento. me pareció que ella y Cynthia, la nena que me gusta, eran igualitas, además, las dos tenían flequillo y pelo largo. Después, cuando Luciana se fue, me quedé en la calle charlando con mis amigos. Al rato, mi mamá salió a buscarme. —Leandrito. tu hermano está furioso, ¿qué le dijiste a esa chica? No. seguro que no se parecía a Cynthia. Ella era buena y jamás iba a meter a nadie en un lío como me habla metido Luciana a mí. —¿Qué tenés que hablar, mentiroso? —gritó Diego en cuanto nos cruzamos. Lo dejé que gritara porque era mi hermano. Estaba muy mal y yo tenía ganas de llorar.

—¿Qué te pasa, Leandro? ¿Por qué Ilorás así? —preguntó mi papá.

—¡Buaaaa! Le dije que Diego estaba grave —contesté.

—Pero, ¿qué le pasa a este chico? ¿De dónde sacaste eso?

—Yo escuché cuando el médico dijo que tenía paridiotitis —dije sin dejar de llorar. Primero los tres se quedaron mudos. Papá escondió la cara detrás del diario y me pareció que quería disimular para que no llorara más. Pero se olvidaba de que tenía ojos en la cara y lo veía a mi hermano con esa cabeza que parecía una pelota. Y cuando se le inflara todo el cuerpo, ¿qué? Seguro que iba a salir volando por la ventana como un globo. ¿Y si se partía en dos como dijo el doctor? ¿Quién iba a pegarlo. eh? Ninguno de nosotros podía. No, a mi, no me convencían así no más. Enseguida, empezaron a reirse. ¡Me puse furioso! Y, más después, cuando Diego se burló.

—Parotiditis, nene, tengo paperas. ¿No ves que sos un gil? —dijo con esa carota que tenía—. Nadie se muere por tener paperas, tontito, se te hincha la cara, tragás mal y en unos días se te va. ¡Qué me voy a morir, hermanito!

Entonces, le pregunté por qué le había mentido a Luciana si él la quería... Diego me acarició la cabeza y me llevó al patio agarrado del hombro.

—Me dio calor. loco —me dijo—, no quise que pensara que me enfermaba como un nene. Por suerte, a mi hermano, se le pasó el enojo. No sé qué mosca lo picó. pero después de esa tarde, me empezó a tratar mejor. Que Leandrito de acá. que Leandrito de allá. ¿Quién entiende a los mayores? Como era verano, todas las tardes, me daba cartitas para que le llevara a Luciana porque ella lo había borrado de su Facebook y él quería amigarse con ella. Yo se las llevaba y a la vuelta, pasaba por la casa de Cynthia para verla. Un día, me desperté con dolor de oídos.

—Leandro se contagió la parotiditis —dijo el médico en cuanto me revisó. Pero no me asusté, sabía que se me iba a pasar igual que a mi hermano. Por suerte, él ya estaba bien. Una tarde, vi que se preparaba para salir y le dije que le quería pedir que, por favor, le llevara una carta a Cynthia. Diego medio que se quiso reír, pero yo lo miré muy serio.

—Bue. está bien. Ahora se la llevo —dijo, y me dio una palmada en la espalda.

Aveces, uno aprende con los hermanos, aunque sean plomos como el mío, porque yo aprendí algo de mi hermano. Por eso, a Cynthia, en la carta, le puse:

"Querida Cynthia: Te escribo porque estoy en la cama, con paperas. Cuando me cure, voy a verte para que juguemos. Te mando saludos, chau. Leandro"

Y no me importó que piense que soy chico, al final, ella es chica también, como yo.

 

 

 

 

 

Los tres gritos de Corina

Tres veces gritó Corina, la señora de la granja, esa mañana. La primera vez fue un "¡Falta la Silvestreeeee!" que heló la sangre en las venas a su marido y a casi todos los demás. Jano Cuello y Fósforo López hablan llegado allí hacía casi una semana con seis chicos más. La idea era quedarse siete días más para hacer una convivencia. Los acompañaban el padre de uno de ellos y el profesor de gimnasia. El resto de los compañeros de la división acampaba, también dividido en grupos. en otras quintas vecinas. De dia, se encontraban y hacían distintas cosas y :uando llegaba la noche, cada cual a su alojamiento. Los dueños de la granja donde dormían Jano y Fósforo tenían una vaca, un gallinero, patos, que andaban sueltos por ahí, y un chiquero. En el chiquero. estaba a Silvestre. La Silvestre era una chancha vulgar, nadie hubiera dicho que tenía algo digno Je destacar. No parecía fiel como un perro ni astuta como un gato ni noble como   los caballos. Era una chancha. Una chancha así no más. Gorda, sucia, chillona. Una cochina que no hacia más que gruñir, gruñir y escarbar la tierra. Nunca se supo por qué, pero en cuanto se cruzó con Jano. empezó a dar vueltas y a rebotar como una pelota detrás de él. Por su parte, el chico parecía encantado con las piruetas de la chancha y la adoptó enseguida como mascota. Los otros compañeros se reían a escondidas.

—Ahí viene Jano con su futura esposa —decía Fósforo al verlos pasar. Los dos chicos no se llevaban bien. Vivían a una cuadra de distancia el uno del otro. ten ian la misma edad, iban a la misma escuela y, sin embargo, algo, no sabían qué, nunca les permitió acercarse y ser amigos. Y dio la casualidad que en ese viaje, les habia tocado compartir la pieza, cosa que a ninguno de los dos le gustaba.

—iAh! Para eso sí que se pusieron de acuerdo. De ninguna manera. Tienen que aprender a convivir —dijo el profesor de gimnasia cuando, juntos, pidieron cambio de compañero. Ellos se miraron sin ganas; sin ganas, cargaron sus bolsos hasta el dormitorio y, sin ganas también, acomodaron sus cosas. Bien separadas, eso sí.  Decir "convivir" es fácil, lo difícil para ellos fue hacerlo. No tenían ni las mismas costumbres ni los mismos gustos. Jano leía hasta quedarse dormido. Fósforo estornudaba en cuanto veía un libro y, por otra parte, la luz encendida no lo dejaba dormir. Uno era más bien callado, el otro hablaba hasta por los codos. Todo los separaba. La habitación que les habla tocado era bastante amplia y no tenía demasiadas cosas: las camas, un par de sillas viejas, un placard destartalado, una mesa y dos veladores. El mueble más importante era la mesa que separaba las dos camas. Una mesa grande como para que coman seis personas, de madera oscura, alta y de patas anchas. La habían cubierto con una carpeta bordada a mano que llegaba hasta el suelo. Había fotos amarillentas en unos cuadros con marcos antiguos colgando de las paredes, un plato con espirales para espantar mosquitos apoyado en un estante y nada más. Sí. la habitación que les habla tocado era bastante amplia, pero a ellos les parecía que estaban demasiado juntos y se sentían incómodos. Todas las mañanas, después del desayuno, antes de encontrarse con el grupo, Jano pasaba por el chiquero para ver a la Silvestre. Y enseguida se oía el "oink, oink" con que la chancha lo recibía.

—¡Qué cariñosos! —decía Fósforo en voz baja—, ¿Estarán haciendo planes para el futuro? Y cuando Jano se acercaba, no había quien no escondiera la cara para disimular la risa. El chico movía la cabeza con desagrado. Él sabía que el promotor de las burlas era su compañero de cuarto, pero se hacía el desentendido. Hasta que una noche, al meterse en la cama, encontró una margarita debajo de la almohada. La flor tenía una tarjeta atada al tallo, 'Amor silvestre" decía. Con rabia, dejó el libro sobre la mesa, tiró la margarita al suelo y apagó la luz. Así no veía el gesto de "yo no fui" que dibujaba la cara de su compañero. Al día siguiente, encontró más margaritas y al otro, un ramo. Todas las flores. con tarjetas y todas terminaron en el mismo lugar que la primera: el piso. Poco después, sucedió algo que colmó su paciencia. "La historia de las flores vaya y pase", pensó, "pero lo de la vaca es una broma demasiado pesada". Pasó que aquella tarde, todos habían ido a bañarse al río que corría detrás de la granja. La Silvestre retozaba en el barro mientras esperaba a Jano que iba y venía con algunos de sus compañeros. Al rato, apareció la vaca. Alguien le habla colgado una cartulina al cogote "Te invito al casamiento de Jano con Silvestre" decía con letras bien grandes.

Esta vez, la carcajada fue general, pero pronto las risas se convirtieron en gritos cuando Jano y Fósforo empezaron a pelear. Al principio, gritaron y después. se fueron a las manos. Se pegaron una y otra vez hasta que cayeron entre las piedras de la orilla del río ante los chillidos de la chancha que parecía pedir ayuda. Por fin, el profesor corrió a separarlos. Uno terminó castigado en la pieza y el otro tuvo que baldear el patio.

—Para que reflexionen —dijo el profesor. Volvieron a encontrarse a la hora de cenar.

—¿Saben? —dijo Fósforo con una sonrisa maliciosa—, mañana, sacrifican a la Silvestre. Por supuesto, nadie le creyó. Entonces, el chico les contó que esa misma tarde, había escuchado al dueño de la granja mientras hablaba con Corina. Le decía que al dia siguiente iba a sacrificar a la chancha. —No puedo decirles nada más porque en cuanto se dieron cuenta de que los oia, bajaron la voz. Entonces, todos los ojos se clavaron en Jano que dejó caer la silla al levantarse y se fue de allí sin probar bocado. Fósforo terminó de comer, conversó un rato con sus amigos y después, se fue a su dormitorio. Entró a tientas. La lámpara estaba apagada asi que de desvistió y trató de dormir, pero había algo que lo desvelaba. -es la oscuridad", pensó, "el tonto éste me acostumbró a la luz". Mucho más tarde, todavía daba vueltas en la cama. Entonces, escuchó el sollozo. No bien salió del comedor, Jano corrió hasta el chiquero y buscó a la Silvestre. La chancha corrió hacia él con su 'oink' de costumbre. El chico estiró la mano y la acarició. Nunca la habla tocado y el roce de sus dedos en el pelo áspero del animal le pareció extraño.

—Sos fea –dijo–. pero te quiero igual. Como si lo hubiera entendido, la chancha dejó de revolver la tierra por primera vez y levantó la cabeza. Fue cuando Jano se agachó y le dio un abrazo que le dolió como una lastimadura. Después, caminó de un lado a otro sin saber qué hacer y al fin, caminó hasta su cuarto. Esa noche. la cama estaba limpia de flores. —Mejor para él –dijo en voz alta–, porque hoy, me las hubiera pagado todas juntas Al rato largo, escuchó los pasos de Fósforo y se acomodó de cara a la pared mientras las palabras del otro le daban vueltas en la cabeza. 'Mañana. sacrifican a la Silvestre". 'Mañana. sacrifican a la Silvestre". Afuera los ruidos de la noche parecían un eco de sus pensamientos "Mañana, sacrifican a la Silvestre". 'Mañana, sacrifican a la Silvestre'. "Mañana, sacrifican a la Silvestre". Y. de pronto, el nudo que tenía en la garganta se le deshizo en llanto. Lloró con la boca apretada, lloró hasta que sintió la mano sobre su hombro.

—iJano! Jano! iEscuchame! iCalmate! •Mirame, che, no seas así! Se me ocurrió una idea. La espalda que se sacudía por los sollozos dejó, poco a poco, de temblar. Después, alguno de los dos encendió la luz. Quedaron frente a frente y, por primera vez. se miraron con respeto. Todavía no habla amanecido cuando los dos chicos corrieron al chiquero correas en mano. Al principio, el animal se resistió un poco, pero después, las caricias de su amigo y los empujones de Fósforo parecieron convencerla y se dejó llevar. El sol caía sobre las tostadas del desayuno cuando se oyó el primer grito de la dueña de la granja.

—iFalta la Silvestreeeee! Jano y Fósforo cambiaron miradas de complicidad y salieron con los otros a revisar cada lugar. desde el chiquero hasta el rio. Dieron vuelta piedra por piedra. Pero nada. Nada encontraron. La chancha había desaparecido. —Por ahí —dijo el profesor de gimnasia—, algún sinvergüenza que pasó, vio la chancha suelta y se la llevó en un camión. El dueño de la granja sacudió la cabeza, como apenado.

—Era un lindo animal —suspiró. Poco a poco, cada uno volvió a lo que estaba haciendo. Los chicos, a sus tostadas, la mujer, a limpiar las habitaciones, los hombres, a sus tareas. Al rato, a todos se les heló la sangre en las venas porque escucharon el segundo grito de Corina.

—¡¡¡La mesa me persigue!!! Y, enseguida. gritó por tercera vez.

—¡¡¡La chanchaaaaaa!!! Chicos y grandes corrieron. El cuarto era un desastre, agua en el piso, la ropa revuelta, un olor penetrante y desagradable que hacía fruncir la nariz y la Silvestre con su "oink, oink' de siempre. a los saltos con las patas sujetas a la mesa por dos correas. Una mirada colectiva cayó sobre Jano que se puso colorado hasta la raíz del pelo. Entonces, Fósforo se paró delante de él como si tratara de protegerlo.

—La idea fue mía —dijo. A partir de ese momento, los chicos fueron inseparables. Compartieron todo con entusiasmo y hasta quisieron sentarse juntos en el viaje de vuelta. Pero antes de irse, saludaron a los dueños de la granja, les pidieron que cuidaran a la Silvestre y creyeron en la promesa: "Nadie va a lastimarla, vayan tranquilos tenemos muchos chanchos.” No. seguro. nadie; porque después de todo, Corina y su marido eran parte del grupo y. también como ellos, habían aprendido a convivir.

El plato con las hojas de alcauciles

Todo empezó la noche de los alcauciles. Hacía rato que mamá no era la misma. No sé por qué, pero parecía otra, otra mamá distinta de la que tenía cuando era chica. Por eso, ya me imaginaba la que se iba a armar cuando viera los alcauciles desparramados. Y no me equivoqué. Ardió Troya.

—¡¡¡Paula. Eduardo!!! ¡¡¡Vengan para acá!!! ¡¡¡Blanquita!!! —llamó con una voz que parecía un trueno. Blanquita era, soy, yo, pero por nada en el mundo, quería ir. Así que me hice la dormida. Pero mamá, que no es de las que se dan por vencidas, insistió. —¡Les doy tres minutos para que vengan acá, si no, ya saben! Claro que sabíamos. No hacía falta que nos explicara. Así que los tres nos levantamos, de mala gana, pero nos levantamos. Al rato, estábamos en la cocina. Mi hermana, que tenía todo el pelo en la cara, parecía una nutria y Eduardo apenas si podía abrir los ojos del sueño. Nos sentamos uno al lado del otro como en una sala de espera. “Como condenados" pensé. Lo pensé, pero no me atreví a abrir la boca porque, en los últimos tiempos. mamá no tenía el menor sentido del humor. Cuando nos mostró el plato con los alcauciles desarmados, me di cuenta de que no íbamos a zafar así no más.

—Esto me parece injusto —protestó mamá—. Yo preparé alcauciles rellenos para todos y ustedes me dejan esto. ¿Tanta hambre tenían? Mis hermanos y yo bajamos la cabeza. —¿Y? ¿Qué me dicen? ¿Quién fue?

Sin necesidad de mirar, me di cuenta de que mi hermana se movía en la silla. Quise hacerle una seña para que cerrara la boca. Pero, como de costumbre, empezó a hablar y a hablar. Temblé. ¡Seguro que metía la pata! Y la metió. ¿Cómo iba a perderse la oportunidad?

—No, mamá, mirá yo te voy a explicar. Resulta que hoy al mediodía, Blanquita no tuvo tiempo de levantar la mesa (ese día me tocaba a mí, Blanquita) y de guardar la fuente en la heladera. Entonces, dejó todo acá. Y resulta que vino Fugitivo (Fugitivo es el gato. Mamá le habla puesto ese nombre porque cada vez que nos descuidábamos, se escapaba por el patiecito de atrás), y se comió todo el relleno y desparramó todas las hojas de los alcauciles y...

—¡Pero, che!, ¿no podés cerrar la bocota? —protesté. —Terminá de contarme, Paula... ¿qué pasó? —ordenó mamá. Entonces, no pude pararla, mi hermana se lo dijo todo. La muy abriboca le contó que habíamos levantado la comida del piso y que la hablamos vuelto a poner en la cacerola. Mamá abrió los ojos y se quedó pensando. En cuanto terminó de entender que se había comido las sobras del gato, se puso verde, pero verde, verde. Mamá se puso verde y Eduardo empezó a llorar. Me dio lástima. Era el más chico de los tres y cuando mamá y papá se divorciaron, las cosas cambiaron para él. Mamá tuvo que empezar a trabajar y él, Edu, que estaba acostumbrado a salir del colegio y encontrarla en la calle, tuvo que aprender a volver solo a casa. Y otra cosa por la que lo compadezco es que tenía que quedarse con Paula. nuestra hermana, la boca floja, ¡que es una bruja...! Yo no podía hacerme cargo de ellos porque tenía que estudiar y aunque a veces salía más temprano del colegio, me iba con mis amigas para que mamá no me pidiera que hiciera las cosas de la casa. ¡Y bueno! Podía darle una mano de vez en cuando, pero de la forma que ella quería, no sé, me parecía demasiado. Otro de los motivos para no volver temprano a casa era Chapita (se llamaba Fernando. pero todos le decían Chapita por los cinturones llenos de tachas que  usaba). De verdad, él parecía lo que no era porque, por ejemplo, si uno lo veía con esa ropa rara que usaba y tan alto, ¿qué iba a pensar? Que era un prepotente o uno de esos chicos buenos para nada. Pero no, de ninguna manera, nadie más bueno y dulce que Chapita Además, era un tímido total, hablaba poco y cuando nos encontrábamos en algún cumpleaños, tenía que pedirle yo que me sacara a bailar. Me gustaba y cada vez que podía, pasaba por su casa con cara de distraída. Claro que mamá no sabía nada, yo hubiera querido contarle todo lo que me pasaba, pero ella había cambiado tanto en los últimos tiempos, que no me animaba. Pero, bueno, vuelvo a lo de los alcauciles, decía que mi hermano se habla puesto a llorar cuando vio ponerse verde a nuestra madre.

—¿Qué mosca te picó? —le preguntó mamá. ¡No sé! No puedo entender cómo no se daba cuenta. Yo sí. yo me di cuenta enseguida. El pobre chico lloraba porque estaba asustado. Entonces, se lo dije.

—¡Pero, no, tontito! —dijo ella mientras se lo ponla en la falda— ¿Qué te va a hacer mami? A mí me dio no sé qué.

—Dale, ma, deci la verdad, si nos despertaste a los gritos, ¿cómo querés que no se asuste?

Mejor. me hubiera callado. Mamá, que tenía bien presente que le había hecho comer las sobras de Fugitivo, con voz bien baja, me contestó que no me atreviera a hablar porque se las iba a pagar todas juntas. Tengo que reconocer que tengo la boca floja como Paula, por algo somos hermanas, y la seguí, la seguí, la seguí hasta que mamá se cansó.

—¡Estás castigada! —explotó—. Ahora, no salís por una semana. Palabras mágicas. Eduardo dejó de llorar en cuanto la escuchó. ¡Claro! ¡Qué vivo! ¡Total! A él, le venia genial que se las agarraran conmigo. Y yo, al otro día, presa. ¡justo un sábado! Cuando mamá se fue a trabajar sin dirigirme la palabra, por supuesto, me pregunté: "¿Presa? ¿Y por qué? ¡De ninguna manera!". Así que a eso de las diez de la mañana, me escapé de casa y pasé haciéndome la distraída por la casa de Chapita. Cuando no lo veía en la calle, me costaba despegar los ojos de la puerta. Tenía la impresión de que si insistía con la mirada, él iba a salir como si hubiera oído mi llamado. Mis ojos eran un timbre.

Riing, riing. Chapita, soy yo, Blanca. Riing. Te espero. Parece mentira, pero casi siempre, si estaba en la casa, al ratito, se asomaba. Ese sábado también salió y nos encontramos "por pura casualidad" en la esquina. —¿Vas a ir esta noche al cumple de Natalia? —pregunté no bien me saludó. Él no había terminado de decir que sí, cuando yo le pedí que fuéramos juntos.

—Bueno —contestó sin mirarme, colorado hasta los pies. Había dicho "Bueno" y a mí me dio una alegría que me hubiera puesto a saltar. Claro que después, recordé a mamá y me temblaron las piernas. ¿Y si en serio no me dejaba ir? "¿Cómo que no?", dije para mis adentros. "seguro que se olvida y voy". —Te espero a las seis —le dije—, en la esquina. Y volví a casa. Menos mal, porque al rato, justo cuando arreglaba mi habitación, sonó el teléfono. Era mamá. —¿Por qué tardaste en atender? ¿Dónde estabas? —preguntó y enseguida me avisó que no venía hasta la noche tarde.

—Tengo que hacer, por favor, ocupate vos de la comida. ¡Tenía que hacer! ¡Ahhh! Entonces, por eso. me había castigado. Tenía que hacer y necesitaba que me quedara a cuidar a mis hermanos. ¡Me dio una rabia! Igual, preparé el almuerzo y la cena para todos, pero a la tarde, bien tarde, mandé a mis hermanos a dormir la siesta. Después me cambié y a las seis en punto, estaba en la esquina esperando a Chapita Antes de salir, dejé una nota para mamá: 'Yo también tengo que hacer. Vuelvo tarde. Blanquita". En cuanto Chapita llegó. nos fuimos a casa de Nati. No quise darle charla porque estaba un poco nerviosa; antes nunca me había escapado así y, además, tenía miedo de cruzarme con mamá. Esa no me la iba a perdonar con tanta facilidad. Una vez, cuando ella y papá todavía vivían juntos, me escondí, no recuerdo por qué, en el placard. Y mamá se enojó tanto, tanto, que papá tuvo que intervenir. Era bueno papá, yo lo quería. ¡Qué lástima que ya no podía verlo! Cosas de mamá.

—Ni pienses en ver a los chicos —le dijo a papá el día que se separaron. Después, papá llamó, habló, insistió. Nosotros también. Pero nada conseguimos. Había dicho "no" y fue no. Cosas de mamá. Por eso, de solo pensar que tenía que volver y encontrarme con ella, se me aflojaban las rodillas. Los padres de Nati habían tirado la casa por la ventana; la fiesta era genial. Todos bailaban y se reían. Al rato de haber llegado, saqué a bailar a Chapita Estábamos en el parque. De repente. le pregunté si quería ser mi novio.

—Sí —contestó él sin dejar de toser. Nos quedamos juntos toda la noche, claro, y cuando la reunión terminó, me acompañó hasta casa. En la puerta. Chapita me agarró de la mano y a mí me pareció que las estrellas se hablan convertido en mariposas de mil colores. Después se fue. Recién en ese momento, noté que la luz del dormitorio de mamá estaba encendida. Y, en ese momento, también, todo el coraje que había sentido, se me evaporó como quitaesmalte. ¡Si hubiera estado papá! Me quedé un rato más parada en el jardín sin saber qué hacer. Fue cuando me acordé de Fugitivo. ¡El patio de atrás! Agarré el llavero con ganas y caminé despacito hasta la puerta del costado. Tardé como mil horas en abrir y otras mil, en sentarme ante la mesita de Paula. ¡Hacía un frío! Pero, bueno, por lo menos, había encontrado dónde estar. Así, pasé la noche, sentada ante una mesa de juguete, muerta de frío y con los ojos puestos en la luz de la ventana de mamá que no se apagó hasta la mañana. Como a las siete, la escuché andar por la cocina.

—iMamá! —llamé pegada a las rejas de la puerta. Abrió enseguida. Cuando la miré. me pareció que tenía los ojos colorados.

—¿Dónde estuviste? —preguntó. Yo, que no aguantaba más, me puse a llorar y le conté la verdad. Le dije que me gustaba Chapita y también algo que tenía atravesado en el medio del alma. Le dije que extrañaba a papá y que quería verlo.

—Él pidió el divorcio —contestó.

—Y yo, ¿qué culpa tengo? ¿Qué hice yo? Al principio. mamá no dijo nada. Se quedó parada de espaldas a mi. Después suspiró fuerte y se me acercó.

—Tenés cara de cansada —dijo acariciándome la frente. Pero la que tenía cara de cansada era ella. Como ya dije, mi mamá tiene dias en los que parece otra, aunque, para ser sincera, a veces, creo que empiezo a entenderla. Tiene muchos problemas. Y digo todo esto porque ese domingo estuvo genial.

Resulta que cuando me desperté, la encontré sentada al lado de mi cama.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

Pero antes de que pudiera contestarle. me dijo que me levantaba el castigo. Después, me dio un papelito, ¡con el nuevo número de teléfono de papá! —Ahora está. Si querés. Ilamalo, que yo ya hablé con él. ¡Ah! Hace un rato, vino a buscarte ese chico, tu amigo. ¿Chapita se llama? Le dije que a la tarde, puede venir un rato. Cosas de mamá, que es mi mamá. Será por eso que a veces, me enojo con ella y otras, tengo ganas de abrazarla fuerte, como ese domingo, por ejemplo, que sentí que nos queríamos mucho. Porque querer es lindo, ¿no?

 

 

 

Flores de madera

Cerré el bolso y lo puse sobre la cama. Al rato apareció mi prima Ana Laura y me hizo una señal. Marisa estaba afuera, así que puse un poco de plata en la billetera y salí sin mirarla.

—¡Qué perfume, Norberto! —dijo mi tia burlona

—¡Y qué pinta!, parecés un actor de la tele... Le hice un gesto desganado y salí. Yo, que estoy acostumbrado a otro clima, sentí que no aguantaba más el calor húmedo de Buenos Aires. Pleno marzo y la brea de la calle se pegaba a mis zapatillas. Marisa me esperaba en la esquina. Cuando me vio, sonrió con tristeza y al sonreír. se le marcaron dos hoyuelos en los cachetes. ¡Era tan linda!

—Ya que mañana volvés a tu casa, podríamos despedirnos con un helado — dijo.

Levanté los hombros, me daba igual dónde ir. Lo único que quería era estar con ella. De ser posible, a solas.

—Vamos –dije por decir algo. Yo vivía en Tandil con mis padres y mi hermana mayor. Vivía en Tandil, pero pasaba las vacaciones en Buenos Aires. Hacía años que hacíamos así, hasta que terminaban las clases, en casa y después, en Buenos Aires, con mis tíos. Al principio, me acompañaba mi papá, pero ese año había viajado solo. Cuando subí al micro, mamá me hizo mil quinientas recomendaciones.

—Abrigate, cuidate. hacé caso a Mechita y no ensucies la casa con esa cosa. -Mechita' era mi tía y 'esa cosa' era mi navaja con la que me gustaba tallar figuras de madera. Vivía en Tandil, igual que mis amigos y que Griselda Galibati. Griselda era mi novia desde primer grado. A veces, discutíamos como perro y gato, pero al final, terminábamos juntos. Al vernos. todos comentaban "Norberto y la chica de Galibati van a terminar casándose". Escuchar eso nos daba risa y también. un poco de vergüenza, pero ninguno de los dos hacía nada para que pensaran otra cosa porque, en el fondo, tanto ella como yo teníamos la misma idea que los demás. Ese fin de año. viajar solo a casa de mis tíos me pareció toda una aventura y estaba contento. A Griselda, en cambio, el plan no le gustó para nada. Y como no me gustan las peleas. traté de conformarla. Le prometí mails, cartas. llamados y mensajitos por el celu; todo me pareció poco. Al final, tuve la idea salvadora. Le tallé un ramo de flores de madera.

—Te prometo que siempre voy a ser el mismo, igual que este ramo, nada me va a cambiar —le dije cuando le entregué el ramo. Eso la tranquilizó un poco. Menos mal, porque tuve miedo de que terminara amargándome el viaje con una de sus peleas "para toda la vida". Los primeros días en Buenos Aires, me resultaron más que muy aburridos. Extrañaba mi casa, a Griselda, a mi familia, a mis amigos, todo. Cierto que en Buenos Aires, estaba Ana Laura, mi prima. Pero no sé qué pasó ese verano porque de pronto, descubrí que Ana Laura era una desabrida y estar con ella me resultaba pesado. La cosa fue que no hacía otra cosa más que hablar por teléfono con sus amigas. En mis visitas anteriores, en cambio, no divertíamos todo el día. Asi que me pasé dos semanas mirando el techo. La única esperanza que quedaba era su cumpleaños. Por ahí, invitaba a alguno de los chicos que yo conocía y arreglaba un partido de fútbol o una salida, ¡qué sé yo!

Pero mi tío me mató porque apareció con la brillante idea de ir a pasar el día al club, y a la noche, invitar nada más que a algunos compañeros y compañeras a cenar todos juntos en la casa. —Pero no exageres al elegir, ¿sabés, hija? No más de cuatro o cinco —dijo tía Mechita para completar mi desencanto.

Cuando la escuché, pedí mentalmente que mi prima pusiera el grito en el cielo, pero no. le pareció una maravilla (ese año, mi prima decía que era "una maravilla' todo lo que le gustaba). Pero a mí, no me pareció tan maravilloso y por eso, me dolió bastante comprobar que Ana Laura había dejado de ser la chica compinche y alegre que, de enero a marzo, se divertía conmigo. Por suerte. estaba equivocado. Lo comprobé después, cuando necesité ayuda y allí estuvo ella con la mano tendida para demostrar no solo que por algo teníamos el mismo apellido, sino que además de familiar, sabia ser amiga. Faltaba justo una semana para el 'gran día", así que me pasé siete dias tallando flores de madera con mi navaja. Quería regalárselas. Le hice un ramo de margaritas Me quedaron re bien. Tanto que la tía se emocionó y todo cuando las vio.

Mi prima dijo que la pileta del club era una maravilla y esa vez, coincidimos.

Durante dos meses y medio. Todo fue un mar de aceite hasta la noche aquella. Estábamos en el patio y jugábamos a las cartas con Ana Laura y Marisa cuando sonó el teléfono. —Nobertoooooooooooo—dijo mi tia

—. Te llaman. Era Griselda. —¿No me ibas a llamar o a escribir todos los días? Nunca te encuentro en Internet, tenés el celular apagado. ¿qué pasó? —preguntó furiosa y sin saludar.

—Es que..., esteee...voy a trabajar con mi tío siempre y volvemos muy tarde... —mentí mal

. —Bueno —contestó de mal humor, —entonces, dejá de estar tan ocupado. Voy a Buenos Aires por dos días, me lleva mi papá. Quiero que nos veamos, dame la dirección de tus tíos. No le creí, pensé que me lo decía de enojada y le di los datos que me pedía. Después, volví al patio.

—Era mi hermana —dije—, quiere que le compre un buzo. Mañana me ocupo. Unos días después, charlaba con Marisa en el comedor. Yo la tenía agarrada del hombro y, parecerá mentira, pero cuando menos me lo imaginaba, apareció Griselda. Mi tía, que la conocía, la habla hecho pasar. Entró como una tromba y, al vernos, se fue también como una tromba sin dejar de hacer pucheros. La corrí hasta la puerta, aunque sin saber para qué.

 —¡Gri! —llamé— ¡Por favor, no te vayas! No dio vuelta la cabeza ni para mirarme y salió dando un portazo. Me quedé en la vereda como si me hubieran tirado un balde de agua fria hasta que Marisa y Ana Laura salieron a buscarme. Esa vez, la que hacía pucheros era Marisa. No quiso volver a verme, pero mi prima insistió tanto, que la convenció y el día anterior de mi regreso a casa, nos encontramos en la esquina. Fuimos a una heladería. ¡Era tan linda! Al sonreír. se le hacían dos hoyuelos en los cachetes. Le regalé tres flores de madera. Una por cada mes que estuvimos juntos.

—Si puedo a venir a Buenos Aires antes del verano, ¿puedo llamarte para vernos? Mientras el 'sí" grande como una casa que me contestó Marisa, todavía resonaba en mis oídos, noté que el micro se acercaba a Tandil. Recién al llegar, pensé en Griselda, recordé el ramo que le había tallado y lo que escribí en la tarjeta cuando se lo di.

Entonces, me di cuenta de que lo que había prometido era imposible de cumplir porque con el tiempo, todo cambia. Todo, hasta las flores de madera.

 

 

 

Justo en ese momento

Justo en ese momento, el auto se quemaba. Le salían llamas por los cuatro costados. De la humareda, a Marcela le lloraba un ojo; el otro no. El otro le lloraba de pena. Había olor a plástico achicharrado. Un olor que hacia picar la garganta. La chica tosió y se atragantó sin dejar de mirar a Juan Pablo que se habia sentado junto a ella más blanco que un papel. El pobre temblaba como un pollo mojado. Marcela pensó que eso le pasaba por hacerse el grande y que seguro ya se había olvidado de todo. Pero ella, no. Ella, no. Recordaba y al recordar, el ojo que lloraba de pena se le desbordaba como un río.

—Chicos, levántense de ahí y vayan a la vereda de enfrente —les ordenó uno de los vecinos que trataban de apagar el fuego—, no pueden estar aquí. Molestan. A unos metros de ellos, el auto se freia como un huevo. Juan Pablo movió la cabeza con el corazón en un puño, ¡con lo que sus padres se habían sacrificado para comprar ese coche!

La historia que terminaba tan mal. habla empezado hacía menos de un año, cuando Juan Pablo y su familia volvieron de Tucumán. Ella, Marcela, y el chico habían crecido juntos. vivían en el mismo edificio, en el mismo piso. Los padres de la chica en el departamento "E', los padres de Juan Pablo, en el "O"; pero más que vecinos eran como hermanos. Tenían casi la misma edad. se llevaban siete días de diferencia. Las madres habían tejido juntas sus escarpines. Los padres iban a la cancha cada domingo y, por supuesto. los dos chicos aprendieron a caminar juntos. Hasta que el papá de Juan Pablo tuvo que viajar. Marcela todavía recordaba la cara de su amigo en el aeropuerto y después, las manos agitándose al saludar mientras se iba.

—¡Nena. por favor, no llores más! —dijo el padre.

—¡También —contestó la mamá—, si parecían siameses! ¡Pero cambiá la cara. hija. que se me rompe el corazón cuando te veo! Tengo un nudo en la garganta... Marcela pensó que las palabras de sus padres no le alcanzaban, porque en ese momento, ella y su amigo sentían que los partían en dos como un durazno y mientras una mitad se iba en avión para Tucumán, la otra parte se quedaba en Buenos Aires. Incompletas. Después, no hubo ni una semana en que no se escribieran. Además, peluches y galletitas fueron y vinieron en encomiendas. Cuando Marcela cumplió los once, recibió un dibujo en el que aparecían dos osos abrazados. Así pasaron dos años más. Después, Juan Pablo y sus padres volvieron a Buenos Aires.

—iChicos!, ya les dije que molestan acá. Es peligroso —insistió con fastidio el vecino que trataba de apagar las llamas. La chica entendió, el hombre se había puesto nervioso porque vivían en un pasaje y los autos estaban estacionados en hilera, casi sin espacio entre ellos y tenía miedo de que todos se prendieran fuego.

—Esto no es chiste —gritó el hombre mientras sacudía una manta. Tenía la ropa sucia y una mancha negra en el mentón. Media cuadra más abajo, mientras el coche del papá de Juan Pablo chisporroteaba como si fuera una bengala, los que se acercaron a ayudar tosían. se tapaban la boca, corrían de aquí para allá con matafuegos y frazadas viejas.

—¿Y los bomberos? ¿Llamaron a los bomberos? —preguntó Juan Pablo. El señor dijo un montón de palabras apretadas que sonaron como un tiro. Lo único que los chicos pudieron entender fue '...así que mejor que cierres el pico". Las cosas no podían ser peores. Marcela y Juan Pablo intentaron mirarse, dentro de lo que podían, claro, porque el viento les metía la humareda entre las pestañas, dentro del lagrimal, en los orificios de la nariz, entre los dientes, debajo de la lengua y no les quedaba más remedio que llorar y llorar. Pero, en realidad, ninguno de los dos sabía si lloraban por el humo o de tristeza. Él por él y ella también. Marcela estiró una mano que, por casualidad, fue a parar al pecho de su amigo. ¡Si no hubiera presumido con ella! La chica recordó el día en que volvieron de Tucumán. Esa mañana, todo parecía más lindo y más luminoso que cuando se fueron. Ella y sus padres hablan ido a recibirlos al aeropuerto. Se los veía contentos y emocionados. Hablan llevado flores y bombones. En cuanto los vieron aparecer, se abrazaron los seis. Después, se instalaron otra vez en el departamento -C" que sus amigos habían puesto en condiciones para ellos. E hicieron de cuenta que el tiempo no había pasado. Volvieron a ser los mismos de antes. Pero si tenían que ser sinceros, no podían ser los mismos porque Marcela y Juan Pablo habían crecido. De frente, él tenia unos hombros que parecía un atleta.

—Y de perfil, a ella se le nota que es "toda una señorita" –decía la madre. Pero el cambio no se notaba solo en los frentes y en los perfiles. Se diferenciaban en el carácter. Y mucho más él que ella. Muchísimo más. Juan Pablo había cambiado de cabo a rabo. Marcela comparaba el chico que había sido tiempo atrás con el que era ahora. Antes, siempre le daba la razón y defendía. Ahora, no solo no la protegía, sino que era el primero en hacerle la vida imposible.

—¿Qué me miras? —decía si alguien la molestaba

— . ¡Arreglate sola, nena! Lo que más le dolía a la chica era que ni siquiera tocaba el timbre de la casa ni quería hablarle y cuando los padres se reunían para comer o tomar café, él se encerraba en su dormitorio con cualquier pretexto. Decía que estaba cansado o que tenía mucho que estudiar. No, es imposible entenderlo pensaba mientras se preguntaba qué habla pasado con su amigo. Una noche, se cruzaron en la puerta del edificio.

—¿Estás enojado conmigo? —preguntó. Pero no pudo recordar la respuesta que había recibido porque, justo en ese momento, el papá de Juan Pablo se acercó a ellos y los miró. Montones de chispas salían del auto, se esparcían en el aire y caían hechas ceniza sobre las cabezas de los que trataban de apagar el incendio.

—¿No se dan cuenta de que puede explotar el motor y de que es un peligro que sigan acá? ¡Vayan adentro, por favor! —protestó el señor, y después miró al chico con los ojos desorbitados— ¡Ya vamos a hablar a solas vos y yo! Tenés que darme muchas explicaciones. ¡Catorce años tenés, sos bastante grandecito para hacer cosas como éstas! La mano de Marcela, todavía en el pecho de Juan Pablo saltó junto con el corazón de su amigo. Tuvo pena por él. Pero en realidad, pena no; Marcela sintió que nunca lo había querido tanto como en ese momento. ni siquiera cuando iban al preescolar y la defendía de la nena rubia de la sala azul que mordía al que se le acercaba ¡Qué difícil le resultaba entender ciertas cosas! ¡Le dolía tanto que todo hubiera cambiado tanto entre ellos dos! Por eso, aquella vez, cuando se cruzaron en la puerta del edificio le preguntó si estaba enojado con ella. Primero, de malos modos, Juan Pablo le dijo que no y enseguida, reconoció que sí, que sí, que sí. Estaba rabioso.

—Pero... ¿por qué?

—¿No te ves? Hacés un papelón con esas polleras tan cortas y ridículas que tenés? A Marcela, la boca casi se le cayó de la cara. Y casi se le cayó de la cara porque ella no era la única de las chicas del barrio que usaba polleras cortas. Por otra parte. todos, hasta sus abuelos que eran re antiguos, le decían que le quedaban bien.

—Porque, ella no exagera —decía su mamá llena de orgullo.

—Me parece, nene. que no estás bien. Mírame y decime a qué Ilamás 'pollera corta y ridícula" ¡Por favor! No seas tonto —protestó ofendida y se fue sin saludar. Se alejó más de dos cuadras hasta que se dio cuenta de que había salido a tirar la basura y que habla caminado por ahí sin ton ni son con la bolsa de residuos en la mano. De repente, le pareció que todos la miraban, así que dejó la bolsa en cualquier canasto y volvió tan enojada como se había ido. Lo encontró en la puerta, él parecía no querer mirarla. Tenía los ojos clavados en el cordón de la vereda. Cuando ella se acercó. dio un salto y se fue como si lo hubiera picado una avispa. Era una noche lisa y lustrosa, una noche cargada de estrellas. Ni una nube. Bajo la luz de la luna, las casas del barrio, con esos techos rojos y esas rejas negras. parecían de película. Marcela no podía creer que estaba allí. parada en medio de semejante calle y semejante verano con semejante rabieta. Por supuesto que después de lo que había pasado, ni ganas tenía de saludarlo. Él, en cambio, no dejaba de hacerse notar. Fue terrible.

Pero más terrible todavía era lo que pasaba justo en ese momento. El coche ardía y las llamas parecían incontrolables. Al ver el resplandor, Marcela empezó a asustarse. Menos mal que habían tenido tiempo de sacar los otros vehículos. Los habían estacionado en las esquinas, en las otras cuadras. A unos cien metros, el coche del padre de Juan Pablo ardía solo, solito y solo. Lo de los fósforos habla sido cosa de irresponsables. Todo para llamar la atención de su amiga que seguía fastidiada con él. Se habían encontrado con un grupo de chicos del barrio, hacían planes para ir a bailar cuando a Juan Pablo se le ocurrió subir al auto de su papá.

—Vengan —invitó. Y ellos fueron. Al principio, todo bien, pero después, no tuvo mejor idea que empezar a tirar fósforos encendidos a diestra y siniestra. Una y otra vez Marcela le dijo que dejara de hacerse el gracioso, pero cuanto más le pedía. menos caso le hacía él. Hasta que un fósforo cayó sobre una botella de bencina que el padre de Juan Pablo había dejado en el asiento de atrás y, ¡¡fzzzz!!, de golpe se prendió fuego. Los chicos saltaron fuera del coche y trataron de apagar las llamas, pero resultó imposible, en menos de dos minutos, el tapizado parecía un volcán en erupción. Después, fue una confusión total. Marcela supo enseguida que iba a ser muy difícil que el padre perdonara a su amigo y sintió mucha pena, por eso, lloraba. Justo en ese momento, ella y el chico estaban a cien metros del fuego.

—Vas a ver que estalla —suspiró Juan Pablo —, y que aparece un hongo amarillo en el cielo... Pero en lugar del hongo amarillo, apareció el padre. Se paró frente a él y lo señaló con un dedo que parecía una espada. Tenía los ojos inyectados en sangre, Marcela no supo si era por el humo, por la furia o por las dos cosas.

—Vos y yo, tenemos muuucho de que hablar —dijo—. Así que va a ser mejor que te vayas a tu pieza y andá haciéndote a la idea de no salir ni mirar televisión por un mes por lo menos... ¡¡¡Un mes!!! La chica suspiró aliviada. Un mes no parecía tanto. Al fin y al cabo. era una suerte que no hubiera decidido cortarle la cabeza. Juan Pablo se levantó del cordón donde se había sentado y sin levantar la cabeza, caminó hacia el edificio de departamentos. Marcela corrió detrás de él.

—¡Esperá! —gritó y en cuanto su amigo se detuvo, lo abrazó con toda su alma y le dio un beso ahí, en medio de la calle, delante de todo el mundo. Después, cruzaron la calle agarrados de la manos como dos enamorados. No bien llegaron a la vereda. la chica volvió la cabeza y creyó ver una sonrisa en la cara del padre de Juan Pablo.

—Me parece que tu papá sonrió. Algo es algo. ¿no? —dijo. Fue cuando escucharon la explosión y, justo en ese momento, llegaron los bomberos. Justo en ese momento.

Pelos de alambre

Esa tarde llovía y hacia frío, tanto, que al salir del colegio. Verónica tuvo que subirse el cierre de la campera hasta el tope. Después, caminó casi pegada a la pared mientras pensaba en Alejandro. Ella sabia que cuando pensaba en él, su cabeza le jugaba más de una broma pesada porque en lugar de imaginárselo asi como era, un chico como todos los demás, le parecía que lo veía de capa azul y corona. Cada día que pasaba, se convencía más y más de que no era ningún príncipe. Ningún príncipe. Sin embargo, en cuanto se acordaba de él, la capa y la corona seguían dando vueltas por su cabeza. Llegó a su casa sin dejar de esquivar el recuerdo de Alejandro y los paraguas que ondulaban por la calle. Llegó con el corazón en un puño y ganas de llorar. Justamente, al entrar, fue cuando encontró la carta. Estaba llena de sellos. Enseguida, se dio cuenta de dónde venía. Suspiró. Su Lela iba a ponerse contenta. Volvió a suspirar mientras sus manos húmedas dejaban el sobre encima de la mesa. Mucho más tarde, en la cama, tuvo que reconocer que ese no habla sido uno de sus mejores días. Primero, el lío en la escuela y los chicos que se la habían agarrado con ella. ¡Pelos de alambre! La culpa de todo la tenia Selva. Selva, que le decía Pelos de alambre. ¿Por qué no se miraba ella un poquito en el espejo? ¡Con esos dientes de conejo que tenía! ¡Pelos de alambre! ¡Uf! Y después, la carta aquella... al final, no se había equivocado cuando pensó que su Lela iba a bailar de contenta. En cuanto vio el sobre, saltó de alegría. Afuera llovía mucho. Desde la cama, y a través de la puerta balcón, podía ver los remolinos que dibujaba el agua sobre los pocos paraguas que iban y venían por la vereda de enfrente. Avanzaban y retrocedían. Avanzaban y retrocedían. De golpe, un rayo, y la luz del relámpago que, como un mal presagio, iluminó las paredes de su cuarto. Verónica recordó el accidente. Según le habían contado, esa noche, la del accidente, también llovía. Con rapidez, decidió distraerse con otra cosa. Entonces, pensó en los dientes de conejo de Selva. ¡Pelos de alambre!

—Bueno, ¿y qué? —se había defendido ella—, no soy la única con el pelo ondulado. —¿Qué ondulado. nena? Tenés la cabeza como una esponja para cacerolas — se burló la otra. Y así, le hablan puesto el sobrenombre ese que tanto le molestaba. Pero esa tarde, Selva se habla pasado de graciosa.

 —Palos, pilos. polos, pulos...¿Qué falta...? ¡Ah, sí! Falta "pelos". ¡Pelos de alambre! Todos la miraron y soltaron la carcajada. Todos. Y Alejandro también. Por eso, de rabia, cuando terminó el recreo; ella le dio un codazo a Selva. Había sido un codazo padre y la otra no pudo reaccionar porque estaban paradas en la fila para entrar en el grado y la seño de Matemáticas no les sacaba la vista de encima. ¡Puajjj! ¡Qué tarde tan maravillosa! Las cosas habían ido de mal en peor. Verónica se sentía mal y lo que más le dolía era pensar en Alejandro. Él, justo él. se había reído de ella junto con los demás. ¡Qué lástima! ¿Por qué haría esas cosas?

—¡Bah. los hombres son todos iguales —dijo en voz alta. Antes de dormirse, decidió que al día siguiente iba a devolverle los corazoncitos que él mismo le había regalado a principios de año. "A" y "V'. ¡Bah! Puras mentiras. Puras mentiras también cuando le dijo que él gustaba de ella. Puras, puras mentiras como cuando estaban en clase y él tocaba con su zapatilla la de ella. Y ella, Vero, de tonta que era, se alegraba y se ponía colorada. Nada de nada. Puras mentiras. Ya iba a ver el muy traidor, en cuanto lo viera, iba a devolverle los corazoncitos que tenía guardados en su pastillero como si fueran el más grande de los tesoros. Pero cuando lo vio, de lo que menos se acordó fue de su enojo. Eran cerca de las once de la mañana cuando sonó el teléfono y escuchó a su abuela que conversaba con alguien en voz baja.

 —Nena. ¿podrías venir? —la llamó al rato. Esa tarde, Vero iba para el colegio con cara de haber visto el final de una película que no lograba entender.

—Me llamaron tus tíos. Hija, Antonio, tu hermano, viene a vivir con nosotras en unos meses. No lo podía creer, iba a conocer a Antonio. ¡Tantas veces antes se había preguntado cómo sería! Nunca había visto una foto suya. ¡Tantas veces antes se había preguntado cómo sería! Tantas que en ese momento, ya casi no le interesaba la respuesta. No, no era que no le importaba, más bien le daba miedo. ¿Y si después, se llevaban mal? ¿Si venía contra su voluntad? ¿O si no la quería? No podía olvidarse de que él tenia su historia. Una historia que su abuela nunca le había dejado de contar y que ella conocia de memoria.

—Antonio tenía cinco años y vos no caminabas todavía. Esa noche. iban los cuatro en el auto de tu papá. Tu hermano y vos viajaban atrás. Eso los salvó. El choque fue fatal para tus padres. La gente que los ayudó dijo que tu hermano te había agarrado de la mano y que no quería soltarte por nada... En esa parte, su abuela siempre hacía una pausa, se quedaba quieta. con los ojos cerrados y Verónica tenía toda la impresión de que lloraba para adentro. Por eso, por la historia que sabía de memoria y porque faltaban unos meses para conocer a su hermano después de casi once años, fue que esa tarde iba para el colegio con cara de haber visto el final de una película o, por ahí, no se trataba del final, sino del principio... Encontró a Alejandro en la calle, estuvo a punto de darle vuelta la cara, pero él se acercó y le regaló un caramelo de frutilla. Entonces, la capa azul y la corona volvieron a dar vueltas por su cabeza. Así que se olvidó de su enojo y le dio las gracias con una sonrisa.

—A fin de año, cuando terminemos las clases, viene mi hermano —le dijo. Quería quedar bien, quería llamarle la atención. quería que él esperase a Antonio junto con ella, de su lado. Quería. Al principio lo consiguió. Alejandro se puso contento y estuvo con ella toda la tarde, hasta que llegó el recreo largo y los dientes de Selva se cruzaron con ellos. Primero, empezó a sacudir las trenzas, después hizo gestos como de lavar una cacerola y, al final, se le dio por cantar el trabalenguas ese que le daba tanta rabia. —Palos, pilos, polos, pulos... ¿Qué falta...? Y empezó a burlarse como la tarde anterior. Verónica miró a Alejandro y, cuando vio que se reía junto con los demás, odió a Selva. Asi que en un momento dado, en medio de su furia, decidió dejar que se acercara y, no bien la tuvo cerca, le dio un soberano empujón. Pero esa vez, no la tomó desprevenida porque en cuanto la tocó, la muy falsa empezó a llorar.

—Te la buscaste. —dijo Verónica. Y se fue. Por supuesto que no llegó muy lejos. Las maestras no tardaron en castigarla y, por supuesto también, le pusieron una nota en el cuaderno de comunicados. A la otra, le llevaron un vasito de agua, pobrecita. “¿Pobrecita?" pensó Verónica "¡Ojalá que se trague los dientes!". Por culpa de la pobrecita, la habían dejado plantada como un árbol en la Dirección. Pero eso no era lo peor. lo peor era la nota. ¿Qué iba a decir su abuela? Se lo podía imaginar.

—¿Te parece bonito? ¡A los golpes con una chica! Como si tuvieras cinco años, ¿no te da vergüenza? No. No le daba vergüenza. Para nada. La próxima vez, Selva lo iba a pensar muy bien antes de meterse con ella. Pero. ¿y los otros chicos? Pffff. No le interesaban, que hicieran los que se les diera la gana. Todos, menos Alejandro, claro. Para ella. él era distinto. Desde el dia anterior, no hacía más que enojarse por culpa de las burlas. Tomó aire con la boca abierta. Después, siguió con la vista el movimiento de los hombros de la secretaria del colegio que, en ese momento, hablaba por teléfono. Los volados de la blusa asomaban por la solapa del delantal que estaba duro de tanto apresto. Parece de cartón" se dijo Verónica y, por un segundo. se divirtió imaginando que la secretaria también era de cartón. Y si la secretaria era de cartón, ella vendría a ser algo así como Alicia en el País de las Maravillas. '¡Dale!, que cuando salgas del País de las Maravillas, vas a escuchar a tu abuela!', se dijo.

—¡Ay, nena —le decía siempre—, no es cuestión de enojarse por cualquier cosa! ¡Qué carácter el tuyo, hija! Pero ahora, cuando supiera lo del empujón la que se iba a enojar era ella. Aunque, por ahi, la perdonaba porque como su Lela no hacía más que pensar en Antonio... ¡Antonio! ¡Su hermano! ¡El que era un desconocido para ella! ¿Cómo sería? La sola idea de que en unos meses, iban a estar frente a frente le hacía temblar las rodillas. ¿Qué cosas les contarla de su vida?

—Tus tíos lo llevaron a Europa —le había contado su abuela—, porque pensaban volver en unos meses, pero ya se sabe. es verdad lo que dicen "el hombre propone y Dios dispone". Sus tíos. Según Lela, habían sido los primeros en llegar después del accidente de tus padres... Desde la ventana de la Dirección, Verónica miró el patio donde sus compañeros hablaban entre ellos. Al verlos, se dio cuenta de que en esos momentos, en su casa también se hablaba de algo muy importante para ella y los suyos.

—¡Qué lástima! —dijo. ¡Qué lástima que sus tíos no la hubieran llevado a ella también! Este último pensamiento la hizo sentir mal por Lela, su Lelita, ¡tan buena! Ella había sido toda su familia. Pero lamentaba tanto haber estado lejos de su hermano. —Yo les pedí que te dejaran conmigo —contaba su abuela—, como dijeron que volvían pronto...

Lo que nadie se imaginó fue que ese trabajo del tío iba a retenerlos y que los iba a obligar a recorrer Europa de punta a punta. De punta a punta y con su hermano. Claro que nunca dejaron de escribirse, pero su Lela no le dejaba ver las fotos. —Ya van a conocerse —solía decir. ¡Su Lela tenía cada ocurrencia! Lo cierto es que habían pasado más de diez años y ella y Antonio no se conocían. ¿Qué irían a decirse cuando se encontraran? El timbre de la salida sonó en la Dirección y la llenó de alivio. ¡Por fin! El plantón se habla terminado. Por otra parte, castigada o no, lo que más le gustaba del colegio era ese timbre. En cuanto la secretaria le dijo que podía irse, agarró sus cosas y salió al patio para ponerse en la fila. Mientras esperaban que arriaran la bandera, miró a Selva que, en ese momento, le hizo un gesto amenazante, mientras Alejandro, que acompañaba a Selva, se hacia el desentendido. Salieron de dos en dos. Cuando estuvieron en la calle, él le dio la espalda y se fue con los demás. Entonces, los ojos de Verónica se llenaron de lágrimas. Así llegaron a noviembre. Nada cambió. Planearon el viaje de egresados sin grandes novedades. Y. también prepararon una fiesta de fin de curso.

Una tarde, Verónica entró en su casa como siempre y. de pronto, se encontró frente a frente con un chico. Más que chico, un muchacho. ¡Era él, su hermano! ¡Antonio! No cabía ninguna duda. ¿Quién podía negarlo? Le pareció que estaba frente a un espejo. La misma boca, los mismos ojos y, ¡esos pelos! ¡Pelos de alambre! El sobrenombre le llegó de golpe. Primero le dio risa, pero después, una sensación tibia en su garganta la empujó y dio un salto hacia él. Antonio la recibió con los brazos abiertos.

Al dia siguiente, cuando su hermano la acompañó hasta la escuela, todos los miraron y cuchichearon entre sí. Si hasta la maestra de Lengua se asomó a la puerta y le pidió que se lo presentara.

Después, al ver que los comentarios no terminaban, la misma maestra le dijo que pasara al frente y contara a sus compañeros la historia de ese viaje tan largo de Antonio. De espaldas al pizarrón, Verónica empezó a hablar. Las caras de los chicos parecían brillar sobre los delantales; entre esas caras. también brillaba la de Alejandro. La chica notó que tenia los cachetes colorados. tan colorados como los corazones cortados en dos que le había devuelto meses atrás. —¡Tomá —le había dicho—, cortamos! Me revientan los fallutos. De espaldas al pizarrón, terminó su historia contando a todos. el abrazo que ella y su hermano se dieron al encontrarse. Los chicos, que no hablan dejado de prestarle atención ni por un minuto, empezaron a aplaudir. Al escucharlos, ella se imaginó que esos aplausos y esas miradas emocionadas le ponían una capa y una corona. Sintió que, aunque no hubiese sido más que por un rato, ella había sido como la princesa de un cuento. De un cuento con un hermoso final. Entonces, con una sonrisa de oreja a oreja, caminó como una reina y volvió a su lugar.

Verde, blanco, naranja

Ella y mi hermana iban al mismo colegio. Todavía me parece verla como la veía: el pelo largo que flotaba de costado sobre la frente, los ojos claros y el moño del guardapolvo un poco arrugado. En esa época cuando nos cruzábamos en la calle. me daba vuelta la cara. Elena, mi hermana, que era menor que yo, no la quería.

—Es rara —decía e imitaba los gestos antipáticos de la chica—. Debe de ser por los padres. Y, la verdad, tenía razón en las dos cosas. Nadie sabía dónde estaba la madre, del padre se comentaba que era un hombre violento y ella... ella era muy rara. No era que la gente se ocupara en especial de esa familia, pero como tenían una panadería, los vecinos los trataban a diario. Ella no parecía una chica común. Usaba ropa de verano en pleno invierno. De lejos se la veía con esa blusa blanca, finita, y la pollera a rayas. Verde, blanco, naranja. Rara. Sacudía la cabeza y hablaba fuerte como si tuviese miedo de que no la escucharan. Yo tenía mis amigos, ella, me parece que ninguno. Y a no ser por un encuentro o dos cada tanto, por casualidad, apenas si nos conocíamos. Pero una tarde nos cruzamos en la esquina de casa. Esa tarde. Cargaba una bolsa que parecía demasiado pesada para ella. Cuando la vi tan cargada, me dio no sé qué. Entonces. le pregunté si quería que la ayudara. Ella me pasó la bolsa con un alivio tal, que tuve la impresión de que habla estado deseando que alguien le ofreciese una mano. Mientras caminábamos hasta la casa. nos pusimos a charlar y después, aunque habíamos llegado, seguimos charlando. Así empezó todo. Desde esa tarde no dejamos de encontrarnos. aunque tengo que reconocerlo. según soplaba el viento, a veces, me saludaba y otras, se hacía la desentendida. Era rara, mi hermana tenía razón. Siempre lela, cantaba canciones pasadas de moda y cuando estábamos juntos, tenía días en los que conversaba sin parar y otros, en los que parecia triste, distraida y ni siquiera contestaba cuando le hablaba.

—¿Qué te pasa? —le pregunté en una de sus tardes de silencio. Ella desvió la vista como quien no quiere confesar algo vergonzoso.

 

—¡Dale! ¿Qué te pasa? —insistí. Ella movió la cabeza. —¡Vamos, contame!

 —Mi papá me pegó —contestó con los ojos bajos. Dos cosas se me cruzaron por la cabeza. Lo primero que pensé fue en cómo podía hacer para evitar que el padre volviera a intentarlo. Lo segundo, en qué diría mi mamá si se enteraba de esa historia.

—No me gusta esa chica —comentaba—. Es rara. Y vos, ¡tené cuidado, eh! Porque ya me dijo tu hermana que los vio juntos. No salgas con ella porque tengo miedo. Vaya uno a saber si un día de estos no va y te mete en un lío y nadie sabe lo que puede pasar. ¡Ay, los hijos! ¡Prometeme que no vas a salir más con ella! ¡Prometémelo! Sí. por supuesto que le prometí lo que quería y, por supuesto también, fue imposible cumplir mi promesa. Y fue imposible porque a partir del momento en que ella me dijo que el padre le pegaba, empecé a preocuparme por ella. y mucho. Más de una vez notaba que la pollera rayada iba y venía por allí y no dudaba en acercarme para caminar a su lado, aunque la que usaba esa pollera no siempre me llevaba el apunte.

En uno de esos días en los que tenía ganas de hablar, me contó que la madre estaba en Córdoba, que había ido a cuidar a una hermana que estaba muy enferma. Y dijo algo después, que me sorprendió.

—Pienso que por eso, porque la extraña, mi papá toma mucho. ¡Cambia tanto con la bebida...! Mientras la escuchaba. tuve ganas de acariciarle el pelo, no sé por qué, pero me di cuenta de que extrañaba a su mamá y que le dolía lo que pasaba con su padre. Y así pasamos casi todo el invierno. Hasta que una tarde fue a buscarme a la salida del colegio. ¡Estaba de linda! Empezamos a caminar como siempre y, como siempre que estábamos juntos, las cuadras me parecieron cortas, llenas de sol, de dulces verdes, blancos y naranjas.

—¿Vamos a la plaza? —le pregunté. No llegó a contestarme porque una mano huesuda apareció entre los dos.

—¿Qué hacés vos acá? —era el padre. Su voz sonaba como un vaso roto. En cuanto lo vi, me empezaron a temblar las piernas. Quise defenderla, pero mi lengua no pudo obedecerme y se me pegó al paladar. Entonces, la miré. Ella se había apoyado contra el tronco de un árbol. Estaba pálida. Muy pálida.

El hombre no perdió tiempo, la agarró del brazo y así se la llevó como si fuera una prisionera. Me quedé ahí, junto al árbol en el que ella se habla apoyado unos segundos antes. No lograba recuperar ni la voz ni las piernas. Sentí que me había convertido en una estatua de piedra. La estatua del miedo. ¡Cuánto me hubiera gustado ser más grande, hablar con el señor de igual a igual y hacerle entender que no hacíamos nada malo! Pero era un chico. En cuanto pude reaccionar, corrí hasta su casa. Quería ayudarla como lo habla hecho con la bolsa aquella vez. Algo. Quería hacer algo por ella. Pero no pude. Cuando llegué, el lugar parecía deshabitado. Al dia siguiente, conté las horas para salir del colegio. Pensé que capaz que estaba afuera. Capaz que me esperaba y me decía que el padre no le había hecho nada, que las cosas no habían sido para tanto. Al salir, me llevé a todo el mundo por delante. Bajé las escaleras como si hubiera tenido ruedas en los pies. Esquivé a mis compañeros, corrí. Corrí. Pero la dueña de la pollera a rayas había desaparecido. Verde, blanco. naranja, no. Como una semana después, llegó mi hermana con la noticia de que nadie sabía nada del padre.

—Por ahí lo llevaron preso —comentó—, porque la panadería está cerrada y nadie sabe nada de él. En esa casa, la gente aparece y desaparece como por arte de magia. Una vez que estuve seguro de que el padre estaba lejos, decidí ir a buscarla. A medida que me acercaba, el nudo que tenía en la garganta aumentaba. Tenía ganas de estar con ella. de charlar como siempre o de caminar callados. Lo que fuera, quería verla. Si hasta tuve la impresión de que podía encontrarla por ahí, a la vuelta de cualquier esquina. Verde, blanco. naranja. Desde que nos sabia nada de ella, mi mundo había cambiado. Iba a contárselo. Iba a decirle que la extrañaba, que me gustaba estar con ella. Que la quería. Estaba seguro de que ella también. Seguro. Llegué a su casa más que apurado y llamé. La idea de que pudiera tardar en abrir no se me habla cruzado por la cabeza. Pero tardó. Tardó ¡y cómo!, tanto, que primero toqué el timbre. después, golpeé la puerta con los puños y. al final, la llamé a gritos.

—No hay nadie, pibe. Se mudaron —dijo un vecino que se asomó al balcón cuando escuchó el alboroto que yo había armado. Entonces, me quedé ahí, en el umbral sin saber qué hacer ni entender nada. Al rato largo, de la otra casa, salió una señora que se me acercó con una sonrisa.

—¡Ya sé quién sos! Te esperaba. Tu amiga me dijo que ibas a venir. No te vayas que tengo algo para vos. Me había dejado una nota. Decía que la madre habla viajado a buscarlos y que se habían ido con ella. Decía que me iba a extrañar mucho y me daba una dirección para que le escribiera. Guardé el sobre en el bolsillo y me fui con la sensación de que nunca iba a poder salir del todo de ese lugar. Me fui con la impresión de que en esa casa había perdido algo muy querido. Verde, blanco naranja. Todos los colores se borraron de golpe; mi vida se había vuelto gris. No volví a estar con ella. En cambio, chateamos, hablamos por la compu y nos vemos por la webcam. ¡Está de linda! Me contó que abrieron un negocio en Córdoba, que tienen algunos problemas, pero tratan de solucionarlos. Dice que algún día, cuando seamos mayores, vamos a volver a encontrarnos. Me pide que la espere. Bueno, sí, la espero. La espero. Y si ella no viene, voy a ir yo a buscarla. Tengo su dirección. La espero.

Algún día, vamos a volver a vernos personalmente.

Algún día verde, blanco, naranja. Algún dia con sol.

 

No por mucho madrugar

Estiró la mano hacia el despertador que sonaba y sonaba, pero tenia tanto sueño que el brazo se le cayó como si fuera de piedra. Trató de seguir durmiendo. Trató, pero no pudo porque la alarma del reloj parecía no tener fin. Al rato, levantó el brazo con dificultad y esa vez, sí, logró lo que quería. En cuanto lo hizo, sintió que el silencio se convertía en una caricia para su oído.

—A las diez, en el club –había dicho Pablo, el entre-nador. No bien la palabra "club" apareció en su cerebro, saltó de la cama. ¡Eran casi las diez y el partido empezaba a las diez y media...! A ver si llegaba tarde. Lo único que faltaba. —Tranqui –se dijo–. En quince minutos estás allí. En medio del lío de camisetas y zapatillas que era su dormitorio, empezó a armar el bolso mientras pensaba en el partido. No quería perder. De ninguna manera quería perder.

A las apuradas, terminó de poner sus cosas en el bolso y después, se fue de su cuarto.

—¡Martín! —dijo el padre al verlo salir como una flecha— ¿No querés tomar algo? ¡Tomar algo! ¡Ja! ¡No era tan fácil! Con los nervios que tenía, ¿qué iba a pasarle por la garganta? De todas maneras. por educación, dijo que no con la cabeza y se fue de la casa a todo correr. Por suerte. el colectivo llegó enseguida. ¡El partido! Sabía que iban a ganar. Tenían que ganar. En especial, por Debie y por el plomo de Adrián. ¡El plomo de Adrián! ¡Bah! ¡Qué tanto Adrián! Mejor, lo llamaba como todo el mundo y todo el mundo le decía Unicéjalo, o Uni, para hacerla más corta. La verdad, la verdad, nunca ninguna otra chica le había importado como Debie, el único problema era que Uni sentía lo mismo. Se le notaba en todo. Por eso él y su equipo tenían que ganar ese partido a los contrarios, entre los que estaba Adrián, Uni, ¡bah! No sabía por qué, pero se le había puesto en la cabeza que el resultado tenia que ver con lo que Debie le fuera a contestar cuando el encuentro terminara.

¡Debie! ¡Qué chica! Era más que muy hermosa. —¡Linda hora, eh! —dijo Pablo al verlo entrar en el vestuario—. Hace rato que los demás están listos.

—Bueno, tampoco es tan grave —se defendió mientras se ponía la camiseta de su equipo—. todavía faltan como diez minutos. En cuanto salieron a la cancha, los recibió una lluvia de papelitos. No hacía falta ser adivino para darse cuenta de que ellos eran los que tenían más hinchada. Un rato antes, mientras se terminaban de vestir, Pablo le dijo que había visto entrar a Debie. Sin dejar de mirar a la tribuna, Martín se preguntó dónde se habría sentado.

—¡Mirá! —dijo uno de sus compañeros—, allá están los nuestros —y señaló a un grupo numeroso de chicos con banderas amarillas. Los del equipo de Uni no eran menos. Ocupaban buena parte de las gradas y agitaban banderas verdes que identificaban a los suyos. Mientras el público cantaba para apoyar a unos o a otros, Martín y Uni se cruzaron.

—¡Unicéjalo! —dijo Martín con desprecio y caminó hacia el otro.

—¡Camioneta! —contestó el otro y esquivó el codazo de Martín con un movimiento rápido. Estaban en la cancha parados frente a frente como dos gallos de riña y a punto de echarse uno sobre el otro, cuando el silbato del referí puso de pie al público y empezó el juego. Entonces, todo el estadio fue un solo grito. Justamente a ese club habla llegado Debie la tarde más calurosa del verano anterior. Martín no podía sacarle los ojos de encima. Dio más de doscientas vueltas para acercarse a ella hasta que, al fin, se animó.

—¿De dónde sos? —preguntó más colorado que un tomate mientras la chica jugaba con el pasto. Pasto, pasto, pelota. Pelota, pasto y él que corría y no dejaba de correr. No le costaba mucho, habían entrenado bastante. Además, lo hacía con ganas porque se imaginaba que en medio de las manos que aplaudían estaban las de Debie. Debie, las manos que aplaudían y pasto, piernas y la pelota que se le escapaba, que flotaba como un globo a sus espaldas. De repente, se dio cuenta de lo que venía, giró con todas sus fuerzas para impedirlo, pero un jugador del equipo contrario, se adelantó.

—iGol! —el grito lo hizo saltar. Miró hacia su propio arco. Los jugadores de camiseta verde festejaban entre gritos y abrazos. Saltaban igual que monos. Mientras el arquero, sentado a un costado de la red, se agarraba la cabeza con desconsuelo. Les habían metido un gol, el primero de la tarde. Ahora, tenían que trabajar el doble. Cuando el juego se normalizó, Martín. se adelantó por el medio de la cancha para contraatacar. Sorteó con habilidad al jugador que lo marcaba y no bien recibió el pase de su compañero. alcanzó a darle un cabezazo a la pelota que salió disparada y trazó un semicírculo en el aire.

—En el aire —le había dicho Debie alguna vez—. vivo en el aire. Para hacerse el simpático. Martín le contestó que, en cambio, él vivía en la luna. Tuvo suerte, a ella le causó gracia y soltó la carcajada. Claro que eso habla pasado hacía más de un año y medio. Después aparecieron otras cosas. Al principio, se encontraban en el club, pero con el tiempo, él iba a buscarla a su casa. Como a los dos meses, apareció Uni. Nunca supo cómo conoció a Debie, pero lo cierto era que vivía cerca y no los dejaba solos ni a sol ni a sombra. Para colmo, siempre se las ingeniaba para quedar bien con ella. Esto enfurecía a Martín que lo llamaba 'oreja".

—¡Vos callate, pibe! —se defendía Uni—. Aquí no te llamó nadie, ¿qué tenés que meterte?

—¡Tenés que meterte! ¡Metete! —gritó la hinchada en ese momento. Entonces, se paró frente al arco y pateó con todas sus fuerzas. —¡¡¡G0000l!!! Con el alma otra vez en su cuerpo, se dejó abrazar por sus compañeros y sonrió con ganas. Así le gustaba Debie, con ganas. La sonrisa dulce y el pelo largo, tan suave que parecía el de una muñeca. Lo malo era que Adrián, Uni para Martín, pensaba lo mismo que él. Y lo peor, que Martín no se animaba a abrir la boca. No encontraba las palabras para decirle a Debie lo que sentía por ella. Hasta que una tarde, hacía poco, juntó coraje.

—¿No querés salir conmigo? —le preguntó de golpe. Ella bajó la cabeza.

—No sé —contestó—. Voy a ser sincera, Adrián también me pidió lo mismo y ahora, no sé. No sé qué hacer.

—Entonces... ¿cuándo me contestas? Debie bajó la cabeza como toda respuesta. —¡Dale! ¿Después del partido? ¿Si?

—Está bien —decidió ella—. Después del partido.

Ivlartín sintió un gusto amargo en su boca. No le gustaba esperar. ¡Faltaba más de una semana!, ¿para qué le habla dicho -después del partido"? Ahora, corría con toda su alma detrás de la pelota, pero toda su alma era poco. Cuando la pierna de un jugador contrario se llevó la pelota junto a él, pensó que tenía que sacar alguna ventaja. Tenía que "madrugarlo".

 —¡Tuve que madrugarlo! –comentaba su vecino cuando quería decir `sorprenderlo' o "anticiparme'. Y también él tenía que "madrugar' al jugador contrario. Lo hacía para que Debie lo viera como a un campeón. El solo pensar en ella lo llenó de coraje, entonces, levantó el pie y clavó los tapones de sus botines en la pierna del otro.

—¡Sucio! –gritó el otro desde el suelo. Pero él ni volvió la cabeza y escapó hacia el arco. Avanzó contento porque nadie lo había visto. ¡Tramposo! No le importaba, lo único que queda era ganar.

—¡A ganar! ¡A ganar! –gritaban desde la tribuna. Martín eludió a un jugador del equipo contrario y se plantó frente al arquero que hizo un gesto desesperado. ¡Esta era la suya! ¡Ahora metía otro gol! Saltó, pero en ese momento, hubo un córner. vino el centro, salió a cabecearlo con el arco a su disposición, pero el hombro de uno de sus rivales lo desestabilizó y cayó.

No supo cómo, pero su cabeza fue solita al encuentro del palo. Fue un instante. Primero vio la madera frente a sus ojos, enseguida sintió el césped de la cancha pegado a su cara y después, no vio ni oyó nada. Se despertó en el vestuario. —¡Te golpeaste lindo! —dijo el médico que estaba junto a la camilla. Antes de que Martín pudiera contestar nada, afuera, estalló el grito. —¡¡¡G0000lll!!! ¿Qué equipo lo habría hecho? Ese tanto definía el partido. Era muy importante. El chico quiso levantarse. pero al hacerlo, casi se cae de la camilla. —Quedate quieto que podés lastimarte —dijo el hombre. Pasaron unos minutos y después se escucharon voces en el pasillo que daba al vestuario. El primero en entrar fue el arquero que venía sucio y transpirado. —¿Cómo terminó el partido? —preguntó Martín, aunque, por la cara que traía su compañero, no le fue difícil conocer la respuesta. —Perdimos. Sobre la hora, me metieron otro gol. Martín sintió que la boca se le ponía amarga. Fue cuando llegaron Debie y Uni. Enseguida le preguntaron cómo se sentía.

—Bueno, ¡pobre! —dijo Debie con voz dura— ¿Cómo vas a estar después del golpe que te diste? El chico la miró. Nunca antes una voz dura le había sonado tan blanda y suave. —Te desmayaste —dijo ella. Y después de que su dedo indice le señaló el chichón que él tenía en la cabeza, se inclinó sobre él. En ese instante, Martín sintió el perfume fresco que siempre flotaba alrededor de la chica y ya no tuvo más molestias. Un rato después, salía del vestuario apoyado en el entrenador. Se lo veía pálido y caminaba inseguro. No hacía mucho Debie y Adrián se habían ido. Se hablan ido tomados de la mano. Verlos y entender la respuesta de la chica fue todo uno para él. Martín recordó al compañero que había golpeado, y su grito de "sucio" resonó en sus oídos. Se sintió mal, muy mal, tan mal que no se atrevió a levantar la cabeza para mirar a su acompañante.

—¿Te duele el chichón? —preguntó el entrenador.

—No, casi nada —contestó en voz baja. Y era mentira porque le dolía todo. Todo le dolía. Sí, todo era dolor.

 

Grande, chica, chica grande

Los padres de Marianela vieron llegar a su hija con cara de pocos amigos y la invitaron a sentarse.

—Tenemos que aclarar algo —dijo el papá. Y, sin darle tiempo a reaccionar, empezó a hablar, a hablar y a hablar. Mientras el hombre le explicaba vaya a saber qué, la chica lo miró. Había cambiado. Tenia canas en las patillas y un par de arrugas en la frente.

—Todo bien —contestó Marianela no bien el padre se quedó en silencio—. Pero me gustaría saber en qué quedamos. ¿Soy chica o grande? Porque si soy grande, me voy con Sole a pasar el fin de semana a casa de su primo. Y si soy chica, me ocupo solo de mis cosas. No me pidan que despierte a Patricio ni que haga compras. ¡Díganme en qué quedamos! ¡Quiero saber! En realidad, lo que quería saber era si después de todo, salía con su amiga o  no.

Después pensó en que tal vez, las cosas hablan empezado a complicarse el día en que renunció a sentarse en la falda de sus padres. Habla dejado de gustarle que la mimaran como a una beba. Ellos tampoco intentaban levantarla como si fuera una pluma igual que antes. Ahora, cuando perdía la paciencia o se encaprichaba, pocas veces corrían a tranquilizarla o a darle lo que pedía.

—Estás por cumplir los trece, hija. No tenés edad para berrinches —le decía su papá en tono de reproche. Esas palabras la enorgullecían. Su papá tenía razón. Mucha razón. Ya no era una nena. Sin embargo le dolía un poco escucharlo. En cambio a Patricio, su hermano mayor, los dieciséis años le venían como anillo al dedo para salirse siempre con la suya. Siempre peleaban por eso. En realidad, ella lo quería mucho, pero la divertía hacerlo rabiar. Una tarde, lo vio llegar con uno de sus amigos. La cara llena de pecas de Patricio resplandecía. Se notaba que estaba contento. No bien entraron, el comedor diario cambió. Encendieron todas las luces como si estuvieran en una fiesta y como si estuvieran en una fiesta, también, se rieron, tomaron un licuado, comieron torta que sacaron de la heladera y dejaron todo sucio. Al rato, entre platos con torta a medio comer y vasos pegajosos, se sentaron a jugar con la Play. Entonces, se acercó con cara de distraída y les desenchufó el joystick para molestarlos. Solo para molestarlos. No tenía otro motivo. Como iba ganando, su hermano se enfureció.

—Maaa, mirala, después dicen que no le tengo paciencia. La madre fue a ver qué pasaba y al enterarse. la miró muy seria.

—Marianela —protestó—, sos grande para hacer estas cosas... Algo después, un viernes, a la tarde, al volver de la escuela, la chica entró en su casa hecha una tromba. Primero pasó por la cocina, tomó gaseosa y después corrió a su dormitorio.

—Hola, ¿no? —saludó la madre— ¿Qué te pasa que estás tan apurada?

—Me voy, mami, mañana a primera hora, las dos nos vamos a pasar el fin de semana a casa de unas amigas. —¿Qué dijiste? Con toda naturalidad, la chica repitió lo que había dicho.

—Y eso, ¿con quién lo consultaste?

—Con nadie.

—Ah!, no mlijita, no. No. Todavía sos muy chica —dijo la madre—, para tomar ese tipo de decisiones. Antes, tenés que preguntar si estamos de acuerdo... Y después salió de la habitación dando un portazo. Un portazo que dejó a Marianela con la boca abierta. No podía entender lo que había escuchado. —Cuando seas grande —le aseguraban años atrás—vas a hacer todo lo que se te dé la gana sin pedir permiso a nadie. Pero ahora, no. Sin que la sorpresa le permitiera cerrar la boca, recordó. Hacía poco, el día en que le desenchufó el joystick a su hermano, esa misma señora, su mamá, le había dicho que... Fue cuando se enojó. Dejó el bolso a medio armar y la ropa en desorden sobre la cama para correr al living donde sus padres conversaban.

 —¡Pero..A ¿En qué quedamos? ¿Soy chica o grande? —preguntó desafiante. El papá la miró, la invitó a sentarse y empezó a hablar, a hablar y a hablar. —Todo bien —contestó no bien el padre se quedó en silencio—, pero, quiero saber en qué quedamos. ¿Soy chica o grande? Porque si soy grande, mañana nos vamos a pasar el fin de semana a casa de unas amigas. Y si soy chica, me ocupo solo de la escuela. No me pidan que despierte al dormilón de Patricio ni que haga compras ni nada más. ¡Díganme en qué quedamos! ¡Quiero saber! —Primero, no nos hables así —dijo la madre—, y segundo, ya que querés saber, te contesto que sos grande para algunas cosas y para salir sola, sos chica. Marianela sintió rabia al escuchar a su mamá. Y algo más sintió, sintió que los ojos le ardían. Los ojos. Los ojos no dejaron de arderle hasta que lloró. Y así, llorando, dio la espalda a sus padres y salió de allí. Pasó el fin de semana encerrada en su dormitorio y salió para comer solo cuando tuvo ganas. Miró tele todo el tiempo. Aveces, sentada en una silla, de espaldas a la ventana acostada, otras, con los brazos debajo de la cabeza. El lunes sus padres se fueron temprano. —A primera hora, tenemos una reunión muy importante en el estudio del contador y vamos a apagar los celulares. Así que cualquier cosa, arréglense entre ustedes—, habian comentado la noche anterior mientras cenaban. El estudio del contador quedaba lejos. por eso el lunes, se habían ido temprano. Cuando los escuchó cerrar la puerta de calle, Marianela se tapó la cabeza con la almohada. No pensaba despertar a su hermano. Si se le hacía tarde para ir al colegio, peor para él. Una hora después, se levantó. Desayunaba cuando, de buenas a primeras, oyó el quejido.

—iPat000! ¿sos vos?

—¡Patooo—volvió a preguntar sin recibir respuesta. Intrigada, dejó su café con leche todavía humeante sobre la mesa y se dirigió al cuarto de su hermano. Antes de llegar, un nuevo "¡asir, le anticipó lo que iba a encontrar. En la cama, su hermano se quejaba casi sin voz.

—¿Qué te pasa? —le preguntó desde la puerta.

—Me duele la panza y no puedo doblar la pierna... Escucharlo la impresionó. Nunca hablaba en ese tono. Entonces, se acercó y sin saber para qué, le tocó la frente. En cuanto lo hizo. se dio cuenta. Patricio volaba de fiebre. —¡Quedate tranquilo! —dijo—. Voy a llamar a mamá. Pero no bien llegó al teléfono, recordó aquel "Vamos a apagar los celulares. Así que cualquier cosa, arréglense entre ustedes" que habían dicho la noche anterior. Entonces, pensó en comunicarse con el estudio del contador, pero cambió de idea enseguida y marcó el número de Urgencias de la obra social que aparecía pegado en el auricular.

—Apendicitis —dijo el médico después de revisar a Patricio

—. Tenemos que internarlo. Cuando los padres llegaron, encontraron a la chica solita, sentada en la sala de espera.

 —Tienen que autorizar la intervención —dijo en cuanto los vio. A partir de ese momento. no hubo quien dejara de felicitar a Marianela por su actitud.

—Gracias, flaca —dijo su hermano en cuanto se recuperó de la operación—, si no hubiera sido por vos... Los padres sonrieron al escucharlo. "Flaca", le habla dicho. Hacía mucho que no la llamaba así. La chica también se sintió satisfecha. A pesar de las diferencias y de las discusiones, en el fondo, ese "flaca" era una muestra de cariño de parte de Patricio. Después, todo volvió a la normalidad.

—Mami —dijo Marianela una tarde—. Sole me invitó a cenar en su casa... Los padres se miraron antes de contestar.

—Hija —dijo la madre—, demostraste que sos responsable Estamos seguros de que vas a hacer lo correcto.

—¿Irías a buscarme, papá?

El padre la esperó, tal como hablan quedado. para acompañarla hasta la casa. Y cuando se acostó, Marianela pensó que esa noche, sus padres la habían tratado como a una chica grande. Pero, de verdad, de verdad, otro había sido el dia en que empezó a ser mayor.

Las cosas del crecer

Cuando llegué, papá hablaba con la hermana Filomena. Pedí permiso y después de escuchar el "Pase" de la secretaria, entré. No bien vi a mi papá en la dirección, lo saludé sin dejar de temblar. Las piernas apenas me sostenían. —Bueno, nena –dijo él–, estuve hablando con la hermanita y me dijo que te van a levantar el aplazo. Me había salvado. Yo, que tengo un boletín es-pec-ta-cu-lar, estuve a punto de sacarme un tres en Matemática.

—¡Qué raro, vos! –dijo papá cuando le conté lo que me pasaba.

 —Estudié, te doy mi palabra, es que la de Matemática no me puede ni ver. Apenas terminé de hablar, papá puso cara de "no me vengas con ésas" y entonces, le expliqué.

—Cuando empezó el año, la profesora avisó que nos iba a poner un cero cada vez que nos encontrara hablando...Tenía un ocho en un oral y un diez en un escrito y la señorita "Dientes para afuera "dice que charlaba mucho y me metió cuatro ceros. Dieciocho dividido seis, tres. —Hable como corresponde —contestó él que cuando se enojaba me trataba de usted—, si lo que cuenta es verdad, voy a ir a hablar con la directora. Vamos a ver qué explicación me da. Y le decía la verdad. Entonces fue. Pero un mes antes, mi amiga Mirta, Ana Laura y yo hicimos algo que nadie sabía. Resulta que un viernes a la mañana. Mirta y Ana Laura me estaban esperando a una cuadra del colegio. —

Nos cansamos de llamarte al celu —dijoMirta—¿No lo oíste? Claro que no lo había oído porque me lo habla olvidado en mi casa. Así que les conté y después, les pregunté qué querían. —Hoy, nos vamos al zoológico —dijo Mirta—. Dale, nena, veni con nosotras. De ninguna manera, jamás había hecho una cosa asi. Además, ¿para qué? Si cuando quería quedarme en casa, le escribía una notita cariñosa a mi papá y él me daba el gusto. Era bueno. Muy bueno. Papá no hizo más que vivir para mí desde que nací y me parecía horrible defraudarlo. Por eso, les dije que no.

Pero Mirta y Ana Laura insistieron. Insistieron tanto, que todavía protestaba cuando subimos al colectivo que nos llevó al zoológico.

—Bueno —me rendí al final—, pero volvemos antes de la salida de cole. Como las chicas estuvieron de acuerdo. me divertí con ellas. Caminamos de aquí para allá, compramos galletitas para los animales. nos pegoteamos los dedos con los copos de azúcar y nos matamos de risa. Disfrutamos cada momento. Hasta que miré el reloj. Eran las once. Teníamos el tiempo justo para volver al colegio.

—¡No, nena!, ¿qué te pasa? ¿Sos tonta o qué? Si volvemos, se van a dar cuenta de que nos rateamos —dijo Ana Laura con fastidio. Mirta, en cambio, se mostró más comprensiva.

—¡Ehhh. Ani, qué modos! —le dijo—. A ver si te das cuenta de que no le gusta mentirle al padre. Ana Laura movió la cabeza; creo que entendió.

—Está bien —contestó con un tono mucho más amigable—, pero volver allá sería un desastre. Lo mejor que podemos hacer es estar en nuestras casas a la hora de siempre y poner cara de soy inocente. Al final, me convencieron otra vez. Cada una de nosotras llegó a su casa en el horario acostumbrado, disimuló y ¡listo!, nadie se dio cuenta. Ellas disimularon. yo no, porque estaba sola en el departamento. Bueno, ¡bah!, sola no, mi abuela vivía en el mismo edificio y siempre estaba atenta por si necesitaba algo. Por suerte, ese día ni se asomó al pasillo y me quedé tranquila. Sin embargo, esa tarde, cuando papá me preguntó si me había ido bien, le contesté que sí con un nudo en la garganta. Le contesté que si, y él no sospechó nada. Las que, en menos de una semana, se dieron cuenta de las ratas fueron nuestras compañeras. Se dieron cuenta porque cuando pasaban lista, todas, todas menos dos: Mirta y Ana Laura, decíamos -Presente". Así empezaron con las faltas. Después terminaron yendo a clase como con hipo: un día sí, el otro no. Hasta que una mañana, la madre de Mirta llamó al colegio para que la dejaran salir un ratito antes, porque tenia que ir al médico y mejor no hablar de la sorpresa que recibió cuando le dijeron que "la niña había faltado". Fue tal el lío, que la historia corrió de boca en boca como reguero de pólvora. Fue justo la mañana en que papá iba a ir a hablar con la hermana Filomena por el tres que me habían puesto en Matemática. Y, para colmo, yo, ese dia llegué tarde. No bien me senté, una compañera me contó lo que había pasado.

—Vino la Hermana Filomena y nos dijo que si alguna de nosotras se habla rateado alguna vez con las chicas, mejor que lo confiese porque después, va a ser peor... Tragué saliva varias veces. ¿Y si mi compañera inventaba? ¿Y si lo decía por hacer una maldad? Pero. ¿si no mentía? Si no mentía..., después iba a ser peor, seguro. Así que junté coraje y en el recreo largo, bajé a la dirección y le dije a la hermana Filomena que una vez, me había hecho la rata con Mida y Ana Laura.

—Por favor, hermana, no se lo diga a mi papá —le pedí al salir.

La hermana me miró entre seria y preocupada.

—Lo voy a pensar -contestó. Por eso, porque no sabía qué había decidido. cuando entré en la dirección, no podía dejar de temblar. Papá me dio un beso y enseguida. me tranquilizó con la noticia de que la de Matemática. por el concepto en el que me tenían, había prometido que iba a mejorar la nota. Un santo cuatro me puso, un santo cuatro. Nada más. Después de decir que no tenía que hablar en clase, papá me miró. Tenia los ojos más celestes que nunca. —Ahora, nena, ¿qué es esto que me contó la hermana? Supe enseguida qué era "esto'. La directora se lo había dicho. SE LO HABÍA DICHO. Entonces, las piernas dejaron de temblarme. Sentí que le había fallado, que había traicionado su confianza. Me dio una vergüenza tan grande, que ya no pude levantar la cabeza.

—iPerdoname, pa! —le pedí llorando a lágrima viva. Y corrí a abrazarlo.

—Bueno, nena, bueno —contestó mientras me recibía con los brazos abiertos. Después, mientras la hermana Filomena nos miraba sin decir palabra, me consoló.

—Todos cometemos errores, son cosas que pasan al crecer —dijo—, está bien..., hija, te perdono, pero no vuelvas a hacerlo... Desde ya, no volví a ratearme. Por su parte él nunca más me reprochó ni preguntó nada. Ni siquiera tocó el tema. Pero eso sí, más de una vez. a la salida del colegio, en la parada del colectivo, encuentro a mi papá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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